Durante la segunda gran guerra, él había trabajado en los archivos del municipio de la ciudad. Había anotado cualquier cantidad de nombres de origen polaco, húngaro; algunos alemanes también. Personas, listas interminables de personas que por algún motivo debía registrar. No había preguntado por qué ni para qué. En ese entonces no conocía a Lola. Su mujer se enojó mucho después, cuando le preguntó qué había hecho durante la guerra. Se indignó con él.
- Ayudaste al régimen -le espetó, mientras remendaba una media de Oskar, de color verde furioso.
¿Por qué las medias de la familia tenían esos colores imposibles?
- ¿De qué hablas, Lola? Hice mi trabajo, nada más.
- Eran listas para los campos, eso es evidente. Estaba en tus manos salvar a algunos de esos pobres judíos, y no hiciste nada.
Al señor Fischer se le había parado el corazón. ¿Era el responsable de haber enviado a los hornos a esa gente, y no lo sabía? No, no podía ser cierto. Esas listas eran de gente que no había pagado los impuestos, que había evadido al fisco, o que había ocupado ilegalmente propiedades abandonadas. Estaban fuera de la ley, eran estafadores y gente como ellos, como el señor Fischer y como Lola, que jamás habían dejado de pagar un solo impuesto, era la que siempre se perjudicaba.
- Impuestos, já -se burló Lola, cada vez más enojada con él.
Cosía la media como si estuviera armando una granada.
- Tú sí que crees en pajaritos preñados, ¿no? Justamente con personas como tú es que las barbaridades más grandes pudieron cometerse. Todo un pueblo ciego, crédulo, indiferente.
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