viernes, 25 de febrero de 2011

más adelantos!

Durante la segunda gran guerra, él había trabajado en los archivos del municipio de la ciudad. Había anotado cualquier cantidad de nombres de origen polaco, húngaro; algunos alemanes también. Personas, listas interminables de personas que por algún motivo debía registrar. No había preguntado por qué ni para qué. En ese entonces no conocía a Lola. Su mujer se enojó mucho después, cuando le preguntó qué había hecho durante la guerra. Se indignó con él.

- Ayudaste al régimen -le espetó, mientras remendaba una media de Oskar, de color verde furioso.

¿Por qué las medias de la familia tenían esos colores imposibles?

- ¿De qué hablas, Lola? Hice mi trabajo, nada más.
- Eran listas para los campos, eso es evidente. Estaba en tus manos salvar a algunos de esos pobres judíos, y no hiciste nada.

Al señor Fischer se le había parado el corazón. ¿Era el responsable de haber enviado a los hornos a esa gente, y no lo sabía? No, no podía ser cierto. Esas listas eran de gente que no había pagado los impuestos, que había evadido al fisco, o que había ocupado ilegalmente propiedades abandonadas. Estaban fuera de la ley, eran estafadores y gente como ellos, como el señor Fischer y como Lola, que jamás habían dejado de pagar un solo impuesto, era la que siempre se perjudicaba.

- Impuestos, já -se burló Lola, cada vez más enojada con él.

Cosía la media como si estuviera armando una granada.

- Tú sí que crees en pajaritos preñados, ¿no? Justamente con personas como tú es que las barbaridades más grandes pudieron cometerse. Todo un pueblo ciego, crédulo, indiferente.

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