cena con una tía especial de esas cuyo apellido está en nombres de calles, y que ha sabido tener muchas -demasiadas- hectáreas en su haber. vida como tantas, las clases no hacen la diferencia: casamientos, hijos, infidelidades, divorcios, etc. y al final de la vida esto: quién me escucha los recuerdos, las vivencias. humanidad, al fin.
en esa casa, en la que se cena con mantelería de hilo bordado, platos de porcelana y platería, y copas de cristal de todo tipo - a dios gracias, y tenemos a mónica escribiendo de eso hace años- hay una señora que cocina y atiende.
la señora que atiende -léase en viejos léxicos políticamente incorrectos: la empleada, por no llamarla de otro modo- hace regalos de navidad. recibe los suyos, y todos son a tono. ¿quién lee a quién? ¿desde cuándo sabe qué me caracteriza? ¿dónde leyó lo que leyó (se trata de una lectura simbólica, claro)?suena beethoven en el fondo, qué maravilla que nadie cuestiona, a quién se le ocurre pensar que beethoven (al fin y al cabo se quedó sordo por los golpes que le propinaba el padre en la cabeza, ¿eso se entenderá como violencia doméstica? todos los niños golpeados son beethoven en potencia?)
el asunto es que hay relámpagos, alarte naranja o amarilla o roja, da lo mismo, porque el servicio meteorológico no es confiable, pero el cielo oscuro y relampagueante, sí. entonces los "de este lado" deciden acercar al servicio hasta su casa, faltaba más, porque es noche oscura, tormentosa y el transporte, incierto. y allá vamos. ¿la dirección estará en el gps? quién sabe. nombres de calles que nadie conoce, nadie que no haya vivido la inclusión, que se haya "animado" a salir del cuadrilátero "seguro". ¿desde cuándo una patrona lleva a la empleada a su casa? se conversa. claro que sí. se conversa de humanidades. sería esto posible en un país de hace diez años? no. no sería posible. no de este modo.
y se habla de asuntos que rara vez son tratados. dice ella: mi madre me educó: el apellido. la honestidad. es lo que hay. jamás hay que traicionarlo. es lo que tengo.
ay, es lo que hay, piensa uno, y piensa en cuántos se olvidan de que lo único que se tiene es la palabra dada, el apellido y la honestidad.
se habla de quién roba y quién no, de por qué se roba y por qué no.
y mientras la noche transcurre y el gps no sirve de mucho (el gps, sospecho, es clasista!), uno abraza esa noche- esta noche- y se pregunta dónde cornos se perdió aquello que no se sabe qué es, pero cuando se percibe, se detiene en el detalle, está ahí, al alcance de la mano.
viva la navidad, podría decir uno, y pensar en el viejo marx y en el viejo freud y en tantos viejos dando vueltas por ahí, mientras la gente vive, sufre, comprende y sigue sin bajar los brazos, no importa quién esté al frente del asunto. se trata de distinguir, parece, entre no traicionar lo que uno es (las raíces, cierta educación en valores) y todo lo otro. el oportunismo, la baratura, la indignidad, no importa de dónde venga.
feliz navidad, le decimos, antes de que entre en su casa y nos despidamos. después, es cuestión, sin gps, de encontar el camino de vuelta.
mea culpa.
en esa casa, en la que se cena con mantelería de hilo bordado, platos de porcelana y platería, y copas de cristal de todo tipo - a dios gracias, y tenemos a mónica escribiendo de eso hace años- hay una señora que cocina y atiende.
la señora que atiende -léase en viejos léxicos políticamente incorrectos: la empleada, por no llamarla de otro modo- hace regalos de navidad. recibe los suyos, y todos son a tono. ¿quién lee a quién? ¿desde cuándo sabe qué me caracteriza? ¿dónde leyó lo que leyó (se trata de una lectura simbólica, claro)?suena beethoven en el fondo, qué maravilla que nadie cuestiona, a quién se le ocurre pensar que beethoven (al fin y al cabo se quedó sordo por los golpes que le propinaba el padre en la cabeza, ¿eso se entenderá como violencia doméstica? todos los niños golpeados son beethoven en potencia?)
el asunto es que hay relámpagos, alarte naranja o amarilla o roja, da lo mismo, porque el servicio meteorológico no es confiable, pero el cielo oscuro y relampagueante, sí. entonces los "de este lado" deciden acercar al servicio hasta su casa, faltaba más, porque es noche oscura, tormentosa y el transporte, incierto. y allá vamos. ¿la dirección estará en el gps? quién sabe. nombres de calles que nadie conoce, nadie que no haya vivido la inclusión, que se haya "animado" a salir del cuadrilátero "seguro". ¿desde cuándo una patrona lleva a la empleada a su casa? se conversa. claro que sí. se conversa de humanidades. sería esto posible en un país de hace diez años? no. no sería posible. no de este modo.
y se habla de asuntos que rara vez son tratados. dice ella: mi madre me educó: el apellido. la honestidad. es lo que hay. jamás hay que traicionarlo. es lo que tengo.
ay, es lo que hay, piensa uno, y piensa en cuántos se olvidan de que lo único que se tiene es la palabra dada, el apellido y la honestidad.
se habla de quién roba y quién no, de por qué se roba y por qué no.
y mientras la noche transcurre y el gps no sirve de mucho (el gps, sospecho, es clasista!), uno abraza esa noche- esta noche- y se pregunta dónde cornos se perdió aquello que no se sabe qué es, pero cuando se percibe, se detiene en el detalle, está ahí, al alcance de la mano.
viva la navidad, podría decir uno, y pensar en el viejo marx y en el viejo freud y en tantos viejos dando vueltas por ahí, mientras la gente vive, sufre, comprende y sigue sin bajar los brazos, no importa quién esté al frente del asunto. se trata de distinguir, parece, entre no traicionar lo que uno es (las raíces, cierta educación en valores) y todo lo otro. el oportunismo, la baratura, la indignidad, no importa de dónde venga.
feliz navidad, le decimos, antes de que entre en su casa y nos despidamos. después, es cuestión, sin gps, de encontar el camino de vuelta.
mea culpa.
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