sábado, 13 de diciembre de 2014

Santa Bernardina, Durazno, diciembre 2014

Santa Bernardina, Durazno

El barrio - Santa Bernardina- tiene 1500 vecinos, según me informan, en el departamento de Durazno. Durazno,  la ciudad, está habitada por unas 50 mil almas. Es decir, el barrio es chico. Por decirlo de algún modo. Queda un poco alejado del Centro, muy cerca del aeropuerto de la Fuerza Aérea, que es un aeropuerto alternativo (dícese del aeropuerto que recibe naves cuando Carrasco no puede funcionar). Es decir, no es un aeropuerto menor. Allí también está la "villa militar", donde viven los oficiales de la Fuerza Aérea, y otros. Casitas lindas, de ladrillo, con jardincitos y techos a dos aguas, iluminadas cuando cae la noche, silenciosas.Pacíficas.

Heber Souza me recibe en el Centro de Integración Barrial de Santa Bernardina (*). Es un local de techo curvo, con paredes pintadas a la cal y una orgullosa cartelera donde destacan noticias de la policía comunitaria. Me presenta a la oficial, una mujer sonriente y afable que tiene un hijo chico-lo conozco después- que destaca por su energía que dan ganas de atarlo porque no para de moverse.

En ese Centro pasan cosas. Hay una biblioteca del barrio, con libros de todo tipo, mucha literatura nacional (para mi sorpresa), muchos libros infantiles (para mi sorpresa) y muchas enciclopedias (para mi sorpresa). También hay carteles con los nombres de los funcionarios a cargo, gente que trabaja allí, para el barrio, que es lindo, tranquilo, con casas bajas, jardincitos delanteros y mucho verde. Me dicen que abren las oficinas a las 6 de la mañana. Trato de imaginarme a nuestra Intendencia a esa hora. Es un ejercicio difícil.

A Heber Souza lo conocí en Chañaral, la primera vez que fui, y me conmovió la dedicación a su trabajo y su pasión por el departamento. Entonces no sorprende que todos lo saluden y que él hable con cada uno, con la simpatía habitual, esa cosa carismática y cariñosa que todavía se vive en el interior. Me digo que Montevideo debería mirar con más atención al interior, del que tenemos mucho que aprender.
Después alguna gente me comenta que en Montevideo no tratan bien a la gente del interior. Que incluso han visto un pegotín que dice "sos del interior, jodete". No lo vi, pero lo creo posible y me disculpo.

Acá la gente se saluda, dice "salud" si alguien estornuda, cede el paso y se ríe y escucha lo que dicen los demás. Montevideo es un atraso, me digo, y recuerdo un artículo que leí hace poco de cuánto daño le ha hecho la urbanización exagerada a esta ciudad, que separó a los vecinos...

Pues que aquí estamos. Heber me invitó a dar una charla para un público ecléctico, según me adelantó, sobre "Comunicación y escritura". No sabe en el lío que me metió, porque no es un tema menor. Así que desde octubre he estado pensando en el asunto, y cuánto más lo pensé, menos claro tenía el panorama. Después decidí que vería cómo era el público y vería, sobre la marcha, cómo decir lo que había pensado. Y el público realmente es las "fuerzas vivas" de una colectividad. Allí hay madres y abuelas y niños chicos, y funcionarios municipales, y policías y algún militar, y personas de todo tipo, pero en común: son vecinos del barrio, agradecidos por esta actividad. Entonces, después de las palabras del Intendente de Durazno, que para mi sorpresa se sienta entre el público y se queda, las de Heber y las de algún otro, me toca hablar. ¿Qué les puedo decir, si soy yo la que está aquí para aprender? Pero digo algo, claro, sobre lo que considero que es la responsabilidad del escritor en relación con el lector, al que rara vez conoce. Sobre la responsabilidad de las palabras y sobre la necesidad de las palabras. Sobre el vínculo con la comunicación, y Heber interviene y pregunta si creo que la escritura ayuda a la comunicación. Entonces se abre el ruedo, y algunas personas hablan, comentan, sobre la lectura, sobre la escritura, y los niños se silencian, y es un tiempo increíblemente enriquecedor y afectuoso. Agradezco la invitación de Heber, y la paciente atención del público que ha colmado la sala, mientras afuera se ha hecho de noche y es verano y algunos niños juegan en la calle como ya no se ve en Montevideo. Después, hay entrega de reconocimientos, porque este Centro de Integración Barrial dicta cursos para los vecinos que quieran asistir, con la intención, también, de ofrecerles una salida laboral. Y la gente aplaude, y yo fumo en silencio y se me hace que estoy en otra parte, donde la gente es gente y pese a las dificultades está feliz. Parece tan sencillo. Y mientras Alicia, la compañera de Heber, sirve saladitos y sándwiches y me pone un plato entre las manos para "que me alimente, porque no comés nada, nena", me digo que hay una continuidad con lo que hacemos en Chañaral.

Heber comenta sobre el grupo de murga de adultos mayores y otros proyectos que desarrollan; también, que en ese Centro, todos limpian, barren, pintas las paredes y trabajan como descosidos. Entonces pienso que para esto sirve ser escritor. Me quedo con estos encuentros, con estos intercambios, con los ojos brillantes de esas mujeres y hombres que se han acercado para escuchar hablar de este tema, que claramente no es un tema que cambie al mundo, pero que de algún modo les interesa. La noche sigue lenta. Heber me convida con un vino dulce. Es diciembre, se acercan las fiestas, hay arbolitos de Navidad en las casas, y esto es una celebración. Ojalá haya muchos Centros Integrales Barriales en este país; ojalá haya muchos Heber Souza y Alicias para sacar adelante este trabajo que le devuelve a la gente la sensación y el sentimiento de ser eso, gente, personas, seres humanos.

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(*) Estos Centros surgen como iniciativas de las Intendencias en relación con la descentralización para fortalecer los vínculos con las comunidades.

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