estamos en carrera 70 con calle 5, una zona de aceras amplias, sitios de comidas al paso, y muchos boliches ruidosos por las noches y tranquilos durante el día. a pocas cuadras está la estación del metro (que circula por un carril especial sobre la superficie terrestre, al aire libre y no bajo tierra), que tomamos regularmente para recorrer la ciudad. el metro es un ejemplo más de cómo esta ciudad se relaciona con la cultura en todos sus aspectos: hay murales que celebran poetas y poemas locales; hay librerías, está impecable, y dentro, en el vagón, una voz recuerda dar el asiento a quien parece estar más cansado que nosotros, y que eso también es cultura. el pasaje es barato (un dólar) y permite conexiones. así conocemos distintas partes, la plaza botero, una zona rosa popular, calles y callejones: la gente es muy amable y la ciudad es limpia por donde se la mire. hay tarantines con guarapo y jugos de fruta y cualquier cantidad de variables de comidas al paso. pero todo limpio.
la plaza botero, con las enormes esculturas del genial artista me da la misma impresión que cuando volví a leer Cien años de soledad, ya en caracas. pensé: garcía márquez es un escritor costumbrista, nada más (ni nada menos!). acá, los personajes de botero parecen ser retratos exagerados de las personas que transitan por la plaza. casualidad o destino, el hecho es que vemos pasar a las mujeres gordas, a los hombres de sombrerito absurdo, a todo un conjunto de personas que son las estatuas de botero.
el arte copia a la realidad es lo que uno piensa y enseguida lo desecha. la realidad vuelta arte podría ser la otra cara de la interpretación. en todo caso, qué importa. el arte es el arte, y eso está a la vista.
más allá, sobre la montaña, y similar a caracas, está el barrio coqueto, chic, de clase alta, muy alta. son edificios enormes, bellos, rodeados de jardines, y para subir y bajar, necesariamente se necesita carro o taxi. allí la vida parece correr por otro carril, se tiene la ciudad a los pies, pero algo le falta. cerca del hotel que visitamos vemos una tanqueta militar. se trata de un arresto domiciliario de un criminal poderoso. seguimos de largo.
tomamos nuevamente el metro y luego algo que se llama metrocable: un aerocarril que sube y sube y sube, y se mete en los cerros, donde hay casitas humildes, y más arriba más casitas aun más humildes y arriba del todo está la biblioteca pública, que también es un ejemplo de cómo la cultura bien pensada y diseñada y gestionada sirve para mantener a una comunidad. hoy, domingo, había actividades para niños y jóvenes, las salas estaban pobladas y había adolescentes estudiando en el salón de consultas. temprano las callecitas están casi vacías, pero a eso de las once de la mañana todo se vuelve macondo, fellinesco, hay una vida callejera multicolor y multisonido. los comercios dan directamente a las aceras, y es posible obtener todo, una mezcla curiosa de lo local con la masificación de los malos productos chinos. en medio de eso, viejos y jóvenes sentados en la vereda, música tropical (que aquí tiene un sentido muy claro, porque les pertenece realmente). me detengo en un tarantín que vende frutas y una me llama la atención. parece un coco en miniatura, pero sin la textura velluda y amarronada. pregunto y es un zapote. quiero saber cómo se come y me dice que tengo que jalar del palito y después pelarla con los dedos. explicación insuficiente, pero la compro. es dulce y carnosa, una versión mucho más sabrosa que el mango, pero igualmente imposible de comer sin hacerse un lío de jugo y pringue en las manos. pero valió la pena, uno podría comer un zapote y otro y otro, y sentirse feliz. la callecita sigue, y veo venir a dos jóvenes tambaléandose. es temprano, pero ya han bebido suficiente alcohol como para estar felices. me hago a un lado. nadie quiere líos. seguimos caminando y alcanzamos la biblioteca pública, una maravilla de arquitectura diseñada y construida por giancarlo mazzeti, un colombiano cuyo padre era ítalo-francés. está cerrada y me entretengo con unos murales que retratan los típicos buses, que son chicos y van rapidísimo. para mi asombro veo que mi compañero, gerardo, se ha metido por otra callecita y está conversando con los jóvenes borrachos, que le ofrecen cerveza. los tres gesticulan y me quedo cerca. estaban hablando de fútbol, me explica, el fútbol hermana a las personas.
seguimos subiendo y bajando calles empinadas, conversamos con dos mujeres y un hombre que preparan arepas a las brasas y parecen muy contentos (todos parecen contentos, pese a que llovizna y no hay dónde guarecerse). da la impresión de que allá muy lejos queda el barrio chic, "el poblado", acá, en el cerro, parece que se concentra la vida. y no se trata de soñar con el "buen salvaje", sino de comprender los contrastes que se repiten infinidad de veces en latinoamérica. hay países que resuelven bien las cosas, como parece ser el caso de medellín, que se propuso reconstruirse e integrar a sus habitantes (tres millones y medio, como todo uruguay); hay otros que excluyen de un modo terrible, como las favelas de río de janeiro.
desde aquí tomamos otro metrocable que nos lleva a 2500 mts de altura, al parque arbí, que es una reserva natural de flora y fauna. el propio viaje en esta cabina compacta, con capacidad para seis personas, vale la pena. como si se tratara de un aparato a vuelo rasante, se ven desde arriba las casas que se van achicando y luego una portentosa naturaleza que se transforma, y de pronto hay coníferas que mantienen un suelo húmedo poblado de helechos enormes. uno piensa que si se cae, esa fronda será como un colchón salvador. da un poco de vértigo. entramos en una nube, y refresca. la ciudad cada vez es más pequeña e insignificante, un lego amarronado (todas las construcciones en medellín son de ladrillo, porque ese material dura más y es más barato de mantener acondicionado) con manchas de verde. a lo lejos, también, se ven el río y el aeropuerto donde ocurrió el accidente en que murió gardel, que es una celebridad local. el silencio y la inmensidad del parque contrastan con el bullicio de los barrios populares y de la ciudad llana. mientras bajamos, como en una película, escuchamos las distintas músicas que salen por las ventanas abiertas, mezcladas, una banda sonora real, que después se convierte en tráfico, bocinas y el traqueteo tan entrañable del metro, que para nosotros es un tren.
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