el avión aterriza en un aeropuerto rodeado de montañas de picos nevados; desde arriba, mientras da las vueltas de rigor, se ven cúpulas de iglesias y torres, al menos de hace 200 años. el aeropuerto es pequeño, como era el de carrasco hace muchísimo tiempo, y todavía tiene una terraza en la que hay gente mirando llegar al avión. hace frío a esa hora, las seis de la mañana, pero ya hay un sol radiante y el cielo está despejado. no fue un vuelo muy numeroso, de modo que la maleta aparece con prontitud, y una vez afuera, encuentro a los organizadores de la feria del libro, que me depositan en la calle de los mercaderes, en el hostal el conquistador.
la ciudad no llega al millón de habitantes, y el hostal se encuentra en el centro, en una calle peatonal, con muchos comercios que todavía están cerrados. a pocas cuadras de allí, me dicen, está la plaza de armas, y un poco más allá el mercado de san camilo. el hostal es una vieja casona del siglo XVIII que mantiene su estructura -después entiendo que en esta zona la mayoría de las edificaciones es así: varios patios "españoles" a los que dan espacios de mayor o menor tamaño. en este caso, han sido convertidos en la recepción, el comedor, una suerte de sala común. al final del tercer patio hay construcciones más modernas, pero que siguen el estilo del edificio principal.
salgo a caminar, y todavía hay poca gente en la calle, pero el trajín se siente, hay olor a comida callejera (pinchos de res, pollo y cerdo) y pastelería fresca. en los kioscos, se vocean los periódicos, y se ven muchos taxis diminutos, enteramente amarillos, que andan muy rápido, pero que frenan a tiempo en una cebra o cuando cambia la luz del semáforo. soy la única blanca en todas las cuadras que recorro, hasta que entro a la catedral, en la plaza de armas.
sorprende de inmediato la limpieza extrema de las calles, de los comercios, y también sorprende que no haya botes donde tirar la basura. pregunto y alguien explica que a arequipa se la conoce como la ciudad blanca por la limpieza que la caracteriza. pienso: medellín, santiago de chile, ahora arequipa; también potosí y santa cruz me parecieron limpias. qué le pasa a montevideo?
en la catedral hay un gran número de vírgenes con nombres diferentes, en vitrinas, de un tamaño que impresiona, y también porque el cabello es negrísimo, y los rasgos no son los estamos acostumbrados a ver. sólo allí me cruzo con otras personas blancas.
la gente en la calle es amable, la mayoría sonríe; muchas madres con niños chicos, jóvenes, parejas, viejos. al rato, a la hora de caminar, ya hace mucho calor. es menester volver al hostal a ponerse protector solar y desayunar.
a las doce me encuentro con gloria mendoza borda, la poeta artífice de que yo esté aquí, en la tercera feria internacional del libro de arequipa. caminamos nuevamente hasta la plaza fuerte y de allí al mercado de san camilo, a por un sombrero para mí. el mercado es tal como imaginé, y como los que se conocen en otras ciudades latinoamericanas. un griterío, un conjunto de olores, texturas, colores, alimentos, ropas y cosas que son voceadas sobre los gritos y las voces fuertes de quienes compran o preguntan precios. me recuerda al mercado de potosí, y al de caracas, y al de quito y también al de lucca. los mercados son la gente, y eso es lo más lindo que hay. a quién se le ocurriría visitar un shopping mall para saber cómo huele una ciudad? ser blanca y rubia no favorece en nada mi deseo de comprar el sombrero. en el primer tenderete la vendedora pide un precio disparatado, y gloria hace que no con la cabeza y vamos al segundo, donde la joven que nos atiende rebaja el precio a la mitad de lo que la primera quería. el sombrero me salva del solazo, que realmente quema y hiere los ojos, pero me convierte, ahora sí, en una gringa seguramente encantada con el color local. es una pena, me digo, parecer lo que no soy, pero qué le vamos a hacer. gringa de sombrero por el casco viejo de la ciudad, y que además toma fotografías es el último papel que me interesa representar.
en la calle, gloria se cruza con conocidos. es profesora de comunicación y semiótica -además de una magnífica poeta- en la escuela de bellas artes, y las personas la saludan con afecto. la escuela queda aquí cerca, en el vecindario. me dice que debemos ir a la feria del libro, a presentarme. para eso, nos metemos por un conjunto de callecitas y callejones de casas bajas, similares en arquitectura a las del hostal, grandes patios que dan a otros patios, pero también otras más pequeñas, con el dintel bajo y con un escalón hacia adentro, tal como las vi en san pedro de atacama. de pronto ya no sé dónde estoy ni en qué época. no hay nada que diga que estamos en el año 2011, y es de agradecer. no hay gente caminando con celulares en las manos o con ipods en las orejas, ni nada que se le parezca. entonces aparecen los carros, que son como los carritos por puesto venezolanos: pequeños no sé qué, en los que alguien en el pescante vocea las paradas y que van cargados de pasajeros. nos montamos en uno, y una vez más siento que todos me miran. qué más da. el carro baja rápido la cuesta, curvilínea, se mete por un vecindario de casas un poco más grandes, llamado el vallecito, y por fin nos bajamos a una cuadra de la feria del libro. es grande, al aire libre, y hay muchas personas. muchos padres con hijos chicos, y el leit motiv es acercar la lectura, convertirla en una toma de conciencia, en una actitud civil, me explica freddy tito velázquez, uno de los organizadores, que está con sus hijos chicos allí. recorremos los distintos puestos, y realmente hay muchísimos libros, todos interesantes. se nota el orgullo que se siente por que el nobel sea vargas llosa, hijo de esta ciudad. entramos a una charla muy interesante sobre la lectura y cómo incentivar a la gente a leer; en otro lugar, dos escritores han fundado algo que se llama "recreo" que acerca libros a poblados alejados donde no hay ni bibliotecas ni libros. trabajan con los padres y con los niños, y ya se han convertido en un proyecto nacional. la lectura cunde, es contagiosa, porque aparentemente han encontrado la manera: participar activamente y pensar en quién es el lector. un escritor joven dice que de nada sirve acercarle a un joven que no lee las obras completas de vargas llosa, pero sí un cuento, porque eso hará sentir que puede. en la secundaria hay una materia que se llama planificación lectora... me consuelo: parece que el problema de la lectura trasciende fronteras. acá, en esta ciudad, se propusieron hacer la feria del libro y ya van por el tercer año, y con éxito.
hace calor, tengo sed, y gloria dice que debemos tomar un helado de queso. pues eso hacemos, y la vendedora explica que es una tradición de la época de cuando la conquista española. los conquistadores vieron que en las montañas había mucho hielo, y que también había mucha leche. pusieron a los esclavos a traer el hielo de la montaña y a picarlo y meterlo en bateas. después pusieron allí la leche, y movieron la batea. la leche, con el frío y el azúcar se pegotea a los bordes y termina formando algo con la consistencia parecida al queso, a una ricotta cremosa. es muy frío y sabroso. se sirve en vasitos con un poco de canela. supongo que también tiene unas gotas de vainilla. seguimos caminando, recorriendo la feria.
después volvemos a tomar otro carro y nos bajamos mal, pero a gloria le brillan los ojos y dice que aprovecharemos para visitar a un pueblo dentro de un pueblo. subimos una escalera alta, y recorremos una calle de dos cuadras con casas bajas, muchas de ellas destinadas a comercios de artículos de cuero: botas, aperos para los caballos, monturas. y por fin encuentra la entrada, una reja enorme, un callejón que se abre y, efectivamente, entre dos calles, hay otro pueblo. un conjunto de casitas bajas, todas iguales, con ventanas adornadas con malvones y geranios; una placita en una esquina donde tres adolescentes discuten, y más allá una pareja descansando en un banco. hay cactus por todas partes, no sólo aquí, sino en todas partes; unos cactus grandes que dan las tunas, y que resaltan contra las paredes blancas. en este pueblo interior incluso hay una iglesia y un par de tiendas de abarrotes. sí, no sé cómo se llaman, pero parecen salidas de una película, y llamarlas almacén no sería hacerles justicia. dejamos el pueblito atrás y seguimos caminando. gloria me lleva a que conozca la escuela de bellas artes, un enorme edificio que recuerda a un monasterio románico, con un patio central con árboles centenarios y un david que saluda bajo una bóveda. a unas cuadras de allí, entramos en la primera universidad de arequipa, que remite a la misma sensación de estar en un monasterio, con los pasillos en pasiva, arcos románicos, pisos y paredes de piedra, y un enorme jardín arbolado, fresco, con bancos que invitan a pensar. dan ganas de quedarse y escuchar a algún profesor. gloria dice que aquí se le hizo un homenaje a vargas llosa, hace unos años, y que fue su antiguo marido el que dio la charla de presentación. lo dice con orgullo. antes había dicho: hay gente que no se alegró por el premio a vargas llosa, por su forma de pensar y las cosas que dijo, pero es un buen escritor. y en la feria del libro un escritor -no recuerdo el nombre- dijo que los primeros libros de vargas llosa le gustaron mucho, pero que los últimos le parecieron malos. "todos tenemos derecho a dejar un libro por la mitad", agrega, "y no importa si es de alguien famoso, de alguien bueno o no".
caminamos unas cuadras más, hasta dar nuevamente con la plaza de armas. en la catedral, me pregunta gloria, ¿has visto al diablo? no, digo, sólo vi vírgenes, santos y a jesús. pues, dice, tenemos que ir a que veas el diablo. hay un diablo allí, y la gente a veces dice que va a ver al diablo y no a dios. pero la catedral ya está cerrada, y el diablo quedará para mañana.
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