bien, se viaja demasiado (nunca es demasiado), se juntan papeles inútiles -salvo para uno mismo- y se lee "las escrituras del yo". un ateo supersticioso como quien firma esta crónica sospecha que viajar a caracas a un homenaje a ángel rama, con una delegación de uruguayos, se parece un poco al accidente que tuvieran él, marta traba y otros (como cristina gaab, antigua compañera de clase), al despegar de madrid hace muchísimos años. uno, entonces, decide, dos días antes de partir, hacer un testamento, ese papelucho infame que siempre es pista en cualquier novelita policial. pues que no hay bienes que repartir (ni tampoco deudas), sino precisamente esos papeles inútiles -salvo para uno mismo- que, contra toda lógica, uno quiere preservar. pero, si uno muere -un suponer, aceptando el silogismo socrático- y todo eso queda a la buena de dios? precisamente, dios nos salve, en esta época en que cualquier intimidad, por más idiota que sea, parece valer oro y moro, e inescrupulosas manos deciden publicar cualquier inédito (pobre tolkien!) o la correspondencia o lo que sea? ni qué hablar de todas las barrabasadas que guarda un disco duro. en "escrituras del yo", idea vilariño -a través de ana inés larre borges- explica por qué fue incapaz, en vida, de quemar sus diarios y su correspondencia (vale la pena leer ese artículo, perfecto). es tan acertada su exposición, que fue una iluminación tajante. nadie puede quemar toda una vida, tomos y tomos de palabrejas, apuntes y tonterías, porque es como convertirse en bonzo sin un motivo muy altruista, pero quiere asegurarse de una especie de fuego que hará otro. así que no puede hacerlo, pero teme que alguien, alguna vez, lea (y se da cuenta de que ese temor, salvo excepciones, como las de gide o flaubert en ciertas partes de su correspondencia o incluso proust, son bastante comunes en escribidores de diarios, adicción sobre la que el psicoanálisis no ha expuesto demasiados motivos, pero ya será tema de coloquios interdisciplinarios). va más allá de eso, tiene algo de ética proyectada. vayan las intimidades propias, de las que uno se hace cargo. pero las de los demás? y ya se sabe que las iniciales no son un misterio para nadie. alcanza con leer los diarios comentados de wittgenstein (o los de kafka o los de virginia woolf), que además estaban cifrados, para darse cuenta de que no es posible ocultar nada. y no es que uno se crea wittgenstein, pero en la viña del señor -así, dicho por un ateo- hay de todo. entonces hay que hacer un testamento. dejar la casa ordenada, cada cosa en su lugar y que otro se haga cargo de encender el fósforo. pues resulta que un testamento no es algo tan sencillo. hay fórmulas, obligaciones, y se necesitan tres testigos. cómo se consiguen testigos a medianoche? pues aparecen, y los testigos aceptan, pensando que es una especie de broma. cuando llega la hora de firmar, se dan cuenta de que es en serio. antes dicen: no se te ocurra morirte en la mitad del semestre. después de firmar, en ausencia del testamentario, y a la vuelta, agregan: pero era en serio! pues sí, nadie hace un testamento en broma! (además de pienso, cuesta dinero) pues bien, hecho el testamento queda la gran duda, que instaló el señor kafka, cuando su voluntad fue burlada por su amigo del alma, max brod. dice la leyenda que kafka le pidió a brod que quemara todo y no publicara nada. brod le aseguró que lo haría, y no bien muerto kafka -por suerte- todo fue editado. el testamentario no es kafka, por supuesto, ni su amigo es max brod (una pena). pero se instala la pregunta: y quién se ocupa de que las condiciones del testamento sean fielmente cumplidas y supervisadas? ah, los escribanos han pensado en todo. existe la figura del albacea. el albacea es una especie de sargento incorruptible, con una vara en la mano, que comprueba que el deseo último del testamentario se cumpla cabalmente, hasta las últimas consecuencias. así que el testamentario debe decidir, en su lista de amistades y conocidos (y también enemigos, por qué no) cuál de ellos puede asumir ese rol, quizá mañana, quizá dentro de muchos años, cuando incluso el testamentario se haya olvidado de que dejó un testamento. pues aparece un albacea, que también debe firmar. alguien que, como caballero de la edad media, y sin espada en el hombro mediante, se compromete a eso: cuidar que la última voluntad se cumpla. bien, todo queda resuelto unas horas antes del viaje. pero no hay accidente, no hay muertos, hay todo lo contrario, un enorme saludo a la vida. y el testamento permanece, impoluto.
llegada la mudanza, el testamentario decide ocuparse personalmente de embalar sus propias intimidades. y, por supuesto, porque es ateo y dios no existe, las empaca mal. pésimamente mal, porque de embalajes y mudanzas sabe tanto como de bonsai. pero no se da cuenta. llega el rudo proletariado, que de intimidades y correspondencias no entiende nada ni debe entender, carga con las cajas - con ollas, con libros, con papeles, con cajas de té, con tonterías de todo tipo y color- y las empieza a subir por una ventana.
y entonces ocurre.
la caja que responde al testamento, la que ha suscitado esa última voluntad custodiada por un cancerbero más dantesco que el de dante, se desfonda. vuelan por la acera y en el jardín vecino, cientos de papelitos y papeles, cuadernos partidos en dos, anotaciones, fotografías, recuerdos de viajes y todo eso que no vale nada más que para uno mismo, vuela y parece que serrat está cantando en el fondo, y el rudo proletariado no repara en el asunto, pero el testamentario sí, que aúlla como si fueran las joyas de la corona, los lingotes perdidos del capitán blood, la cara oculta de la luna. entonces, el rudo proletariado, en un esfuerzo sobrehumano por complacer a la mudante que se ha convertido en araña pollito, deja todo y corretea atrás de papelitos y papelones, aquí y allá, y el testamentario que ha sobrevivido a un accidente que no llegó, desde la ventana, convertido en inspector del gusano loco, dice que lo más importante ha caído en el jardín del vecino. y ellos, que no han hecho todavía la revolución rusa ni han espantado a los rusos blancos ni tomado el palacio de invierno, ni leído el manifiesto, ni parece que vayan a hacerlo ya, ideologías muertas mediante, se trepan a la reja que nos separa del caserón del vecino -una réplica de castillito de la cenicienta- en cuyo hermoso jardín, cuidado, podado, regado y reverdecido, campean los papelitos en cuestión.
se trepan, violan la verja, violan las seguridades inalámbricas y entonces estalla la alarma. a las cuatro de la tarde explota una alarma que indica que hay intrusos en una finca. ellos son los intrusos, y el que lo ha ordenado es el testamentario que se muda. qué hacer? una alarma insoportable como todas las alarmas del mundo, del planeta, del universo, que taladra los oídos y, atea también, no sabe lo que es la compasión. me miran, los miro. nada de preocuparse por alarmas, el deber supone recoger cada cuestioncita de esas, que, frágiles, todas desafían las leyes de la gravedad y revolotean entre flores y más flores. uno dice:
-no importa, la cámara nos filmó, pero estamos de mudanza, y ella lo vio todo.
el otro agrega:- callate la boca, y desconectá el botón.
los botones se desconectan, lección del día.
la alarma se silencia y ellos recogen incluso boletos capicúa que no sé bien cómo llegaron a la caja de la vida privada, esa que debe ser quemada algún día si la cobardía no se vuelve valiente.
entregan todo y el testamentario respira aliviado. pero, oh, faltan un par de tomos de los cuadernitos rojos! el que tiene albacea (cuestión no menor, vamos) reclama:
- dónde están? es lo más importante de todo.
uno dice:
-los pusimos en aquella caja (lejos, lejos, lejos de la ventana).
el testamentario dice, ordena, clama:
-me dan la caja ya.
el hombre se encoge de hombros; supongo que cada mudanza tendrá su personaje. ellos ya fueron los míos cuando pensaron que el cuadro representaba a montevideo bombardeada durante el golpe de estado. ahora yo soy el de ellos. pero menos literario y menos lisonjero, seguramente.
ahora hay un cajón lleno de estúpidos papelitos, que no valen nada, salvo para el testamentario, que debe ordenar de algún modo. si el invierno es largo y tedioso, será un pasatiempo más. a quién se le ocurre mudarse, a quién guarduar todas estas cosas? menos mal que dios no existe, si no, lo castigaría a uno por pedante. y que dios le dé ánimos al heredero universal y sentido de humor al albacea, y confiemos en que los testigos sobrevivan al testamentario. el testamentario, mi fuente, se olvidó de averiguar si debía nombrar suplentes, en caso de que fallecieran antes que el testamentario, como en el fútbol.
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