La tribu del fuego
Aeropuerto de carrasco
Antes, pasar encendedores en los aeropuertos era
relativamente sencillo. Cuando digo antes, me refiero a hace unos pocos meses.
Lo he hecho, sin problemas, en lugares tan dispares como china, alemania, gran
bretaña, camboya, grecia, perú, argentina, chile y dios sabe cuántos otros que
ya no recuerdo.
Pues han mejorado los dispositivos de seguridad, en un país que parece desconocer el asunto. En el aeropuerto de
carrasco, que hasta ahora me parecía de los que menos atención le prestaban a
la seguridad, descubrieron mis dos reservas de yesca! Claro que el
oficial de la fuerza aérea fue muy simpático –tenía acento de la frontera- y se que las RRPP llegaron a las armas, y
también bromeó con una mujer que llevaba en la cartera alcohol en gel y ella
dijo que no era para beber y él respondió:
-
Soy alcohólico anónimo.
No pude menos que intervenir:
-
Más vale borracho conocido que alcohólico
anónimo.
A lo cual el oficial agregó un comentario, le condonó el
alcohol en gel, pero se quedó con mis dos encendedores.
En este aeropuerto, sin embargo, hay alguien
gentil - y buen negociante- que abrió un pub con una terraza en donde se puede fumar, terraza bajo una terraza que hace dudar eso de "al aire libre", pero nos salva. Los dueños incluyen ceniceros, encendedores y fósforos, para los viciosos, pero henos
aquí que alguien se llevó el encendedor y la caja de fósforos, por lo tanto no hay cómo encender el desgraciado cigarrillo. Bien. ¿Qué hacer? Pues que hay un solitario
samaritano fumando, al que le pido fuego. Él hombre me da. Le pregunto cómo
hizo para burlar al nuevo instrumental tecnológico-que-detecta-viciosos-empedernidos
(y no terroristas!) y me dice que tuvo suerte, que lo metió en la mochila.
Vaya, pienso, es como responder a la pregunta de dónde esconder a un elefante. Pues
bien a la vista, para que todos lo vean y nadie piense que está escondido. Un elefante entre elefantes es lo menos escondido que hay. Me
da fuego, se levanta y se va. Dios, pienso, el único fuego que tengo es el de
mi brasa. Habrá que alimentarlo.
Fuego a mantener vivo, fumo uno atrás del otro, para mantener
la brasa con vida. Entran, de a uno, fumadores que también escondieron mal sus
encendedores y me piden fuego. Así que les digo: cuiden la brasa, es lo único
que hay.
Y de pronto esto parece una cueva
de Altamira, con una tribu de cro magnones, cuidando el fuego (el lar, dirían
los griegos siglos más tarde), y es eso. Me he convertido en la dadora de brasa,
en múltiples idiomas. Resulta, entonces, cierto: el fuego nuclea hombres y
mujeres, como en una babel, cuya única liason es esta: fumar en paz en un mundo
que considera al fumador casi tan peligroso como un leproso o un portador de
ébola. Todos nos tenemos simpatía. Incluso al que tampoco tiene cigarrillos, al
que convido con amplio placer.
Y después me levanto, después de
comprobar que los fumadores tienen sus cigarrillos encendidos y voy al free
shop. No vende encendedores, por supuesto.
Ya en migraciones, en Santiago, la cola se divide en tres: residentes, turistas, pasajeros que vienen de áfrica (por el ébola). no sé qué les hacen en el cuartito. será para la siguiente entrada de este blog.
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