domingo, 17 de agosto de 2014

no todos los yanquis son hijos del imperio


domingo en tristán narvaja. camino aquí y allá, sin buscar nada en especial, pero buscando. alguien dijo una vez que son las cosas las que los buscan a uno. un libro que está solo, una fotografía que se cayó de un album y nadie quiere, y pide ser querida. así es que aparece una escarapela del viejo lenin- seguramente hoy un desconocido que podría ser tomado por un cantante de alguna banda semi-under (convengamos que hasta el under se ve poco)- un sombrero de un soldado ruso, un libro de 1820 y algunas cosas más, un "wish you were here" del mejor grupo del mundo, pink floyd, y tanto olor a vida, tanto olor a vida. y de pronto, a unas cuadras: música en vivo. un blues. divino blues, que redime el alma, y que todo el mundo debería saber que significa "tristeza" y en alemán, estar "azul" (blau, como lola blau) es más complejo, pero refleja el estado del alma. el asunto es que hay un blusero gringo tocando, con una gibson que parece del 70 y una harmónica,m una cachucha de baseball y eso que hace que se note que no es de acá. ¿pero de dónde? charli dice que es gringo.  entonces le respondo, porque es un buen compinche de correrías urbanas,  "vamos a por una cerveza, porque esto no existe" (porque recuerdo el mercado de camden, en londres,  y esto es lo mismo, pero acá).
(dos cuadras antes pasamos por la esquina dura, donde la pasta base y los chorros son una sola cosa, pero así es montevideo, pleno empleo, marihuana libre, y uno que sigue creyendo que se puede)

así que consigo una cerveza "azul" (vaya coincidencia, no sabía que existían, que se compra en una panadería de la cuadra,linda entre tenderetes que venden brochetas que parecen de grecia o de tel aviv, botellita que va para la colección) y le pregunto a un feriante si me puedo sentar en su puesto y dice que sí, y charli se queda semisentado -no sé cómo hace, pero los hombres son bichos raros- y escuchamos al gringo que canta unos blues magníficos, allí, en un domingo que parece de primavera, pero estamos en agosto, y no puede ser. entonces le pido que cante "swing low, sweet charriot" que es una belleza, y me dice que él sólo canta sus canciones, que las compone él. es gordo, tiene una especie de sex appeal a su pesar, no le importa lo que piensen de él, me parece. me parece que sólo le interesa cantar y nada más. le pregunto "where are you from". y dice: "I was born in the united states " (sí, como la canción del amigo bruce), "pero no soy de ese pueblo, no quiero serlo, y me vine para acá". a la pucha. un voto menos para don obama. ni chomsky ni susan sontag lo hubieran expresado tan bien. "ahora estoy acá.". "welcome to our country" , me sale decirle, porque me parece increíble que alguien quiera venir de la green card a uruguay. "vengo acá cuando hay sol o cuando no llueve. hablo poco español. hace seis años que estoy acá". no hay cómo agradecerle al concierto que nos da, allí, en esa esquina. pero de pronto, la gente se detiene. quizá porque, involuntariamente, dos sujetos como nosotros, sentados en el piso, escuchando a este hombre que todavía sueña, llama la atención. y entonces le agradecemos. brindamos a su salud. y seguimos caminando, así, tranquilos, charli y yo, perdidos entre un mar de gente, que seguramente no sepa hasta qué punto es gente, pese a todo. viva el blues! que nació como rebelión, y que parece que no dejará de serlo. 


el amor existe: pablo y regina

domingo, montevideo, gente que va y viene, que da pena, que parece no saber bien adónde va. uno tampoco, somos todos lo mismo. parece que hay algo así como una anomia inperceptible en todas partes.

subo al taxi casi a las 10 de la noche, en una montevideo con el tráfico insoportable de costumbre. doy la dirección. el taxista, con un sombrero que lo asemeja más a un carapintada que a un ser humano, apenas si me hace caso. en bulevar artigas, a la altura de rivera comienza a gesticular y se acerca peligrosamente a un bus de cutcsa. me parece que está enojado por algo y me preparo para las cotidianas y relativamente detestables peleas de tránsito, que últimamente no terminan bien. pero no. toma el celular y dice: "te estoy viendo, te estoy viendo. estoy a tu lado, te amo". uno puede pensar que un taxista enloquece sin ningún motivo. error. uno no debe tener prejuicios. se acerca más al bus y agrega: "¿me ves ahora? estoy acá, estoy acá". y hace señas con el brazo. un poco confundida,  le pregunto qué pasa. y me dice: "es que esa, la guarda, es mi mujer. y como nos vemos poco, cada vez que me la cruzo en el tránsito, le digo que la amo". zás. alguien cree en el amor en una época en la que nadie cree en el amor, o en la que nadie parece saber qué es el amor. le digo: "si no soy indiscreta, ¿podrías explicarme?" "claro", dice, se saca el sombrero y resulta ser un pelado con cara de bueno, uno de esos que no uno mira por equivocación en la calle. uno de esos que alguna vez, hace años, cuando la izquierda era izquierda hubiera dicho "es pueblo" y ahora ni eso. "hace 16 años que estamos casados, tuvimos malos años, y descubrimos que la manera de seguir juntos es esta: decir que nos amamos cada vez que podemos". a la flauta, pienso, este es mucho más vivo que el nabo de coelho y que a toni kamo y a pilar sordo le da dos mil vueltas. "por ejemplo, la semana pasada, le mandé un ramo de rosas rojas, porque tenemos tres hijas y no siempre tenemos tiempo para nosotros. pero si no te hacés el tiempo, si no escuchás al otro, si no le prestás atención, se te fue". ahora sí que me interesa. ¿ahora los tacheros saben más que los escritores de por ahí, de los periodistas de la radio, de etc.? y cuenta y cuenta. "ella ya está un poco más gorda, claro, con tres hijos y trabajando de guarda, pero yo igual la quiero, igual me gusta. y sí, y en enero y en febrero, que lo del taxi es un desastre, la que para la olla es ella, no yo. y yo se lo agradezco. y siempre hablamos de todo. y en mi casa: no acepto la violencia de ningún tipo. los temas se discuten. y si no estoy de acuerdo, pienso, y si me equivoco, se lo digo, y me disculpo". "y ella?" le pregunto, como si estuviera escuchando una versión siglo xxi de las emisiones de francis durante el franquismo, maldito franquismo que le arruinó la vida a tantos. pero este, este se salvó de un montón de porquerías que no sé quién quiere que creamos. "y ella hace lo mismo. y las nenas - tenemos tres- son lo más importante. pero nos hacemos un rato para nosotros". "¿cómo"? entre la una y media y las dos y media, apagamos el celular, apagamos todo, y nos hablamos y nos queremos". zás, esto no lo ha dicho nadie así, pienso. mientras tanto, nos acercamos a destino. entonces se detiene en la esquina y seguimos conversando. le digo que no baje la bandera, pero dice: "no, ahora es fuera del viaje. seguimos charlando". y el tachero sigue contando cómo logró mantener una familia, con amor, a su modo, con los consejos que las estúpidas revistas para mujeres en las peluquerías dicen siempre mal, con total naturalidad. y hay detalles que esta crónica no puede ni quiere revelar, pero que muestran que hay seres humanos en todas partes y que se trata de verlos y de reconocerse uno como ellos. lo de las nenas, que son chicas todavía, a veces interrumpe el amor, pero siempre hay maneras de arreglarlo, y el tachero se sonríe, para sí, como si tuviera un secreto. y es claro que lo tiene, pero es claro que significa que cada uno debería hacerse la pregunta. ¿cómo amar? ¿cómo construir el amor?  entonces dice: "porque esto es serio, cuando vos elegís una mujer, entonces hay cosas que no corren. acá, en el taxi, se ven cosas. y no te hacés una idea". espero. ya las dirá. "hace unas semanas se subió una mina, de esas bien vestidas, de pocitos, incluso con una bandeja del emporio de los sándwiches" (atención, eso significa algo, símbolo). y me dio la dirección, por el Cerro. allá fuimos. cuando llegamos, le dije: son 450. y la mina me dice (una rubia de esas): tengo 400. y yo le digo: o 450 o nos vamos a la 24 -la comisaría del barrio".  hace un alto en el relato y me mira, serio: "y la mina me dice: a la 24 no, date una vuelta por ahí, y lo arreglamos como vos quieras". bien. silencio. me imagino la situación. el tachero dice: "¿vos te das cuenta? qué falta de dignidad. ni por cincuenta ni por mil. esa mina no se quería nada. así no se puede andar por la vida. esa mina no entendió nada. está perdida. y no es que critique lo que haga con su vida. es que no se hace así". salute. así que todavía hay personas con valores y principios. vamos bien. no está todo perdido, como a veces nos quieren hacer creer. entonces le pregunto el nombre: pablo. "¿y tu mujer?" "regina". bien, le digo. te agradezco la charla. y él dice: "así son las cosas. amar y seguir en  esto no es fácil. pero de a dos, y con buena voluntad y sabiendo lo que querés, se puede. en serio que se puede, se trata de encontrar en cada día algo del otro, y recordarlo. es así. y regina es mi vida". me bajé del taxi, preguntándome qué buena estrella me tocó esta vez, que me puso esto ante los ojos.
(esta historia es para charli, que va a entender, espero).


lunes, 12 de agosto de 2013

postales platenses (hola, roberto arlt)

el hotel queda en 49 entre 14 y 15, a dos cuadras de la catedral.
a media cuadra hay una suerte de parking donde antes seguramente había una casona antigua, con un muro blanquísimo en el que se lee: la música no hace daño. y delante de ese muro, a plena luz del día, 2 de la tarde de una tarde soleada y tibia, hay un jovencito, imberbe, flaquito (sí, sobran los diminutivos), haciendo un grafiti. es enorme (el grafiti). en rojo, azul, blanco y negro. me llama la atención porque tiene un lápiz en la oreja y porque es delgado y pálido. me lo quedo observando. entonces me da como un poco de cortedad y le pregunto:
- ¿te puedo mirar trabajar?
- claro.

observo. la mitad ya está delineada, se lee claramente "caso". recuerdo haber visto esto en otras paredes en muros de la plata (también recuerdo grafitis alemanes que son una maravilla). le pregunto:
- ¿qué significa "caso"?
- caso soy yo.

me muestra un cuaderno con el boceto del grafiti.

- calculé mal y traje poca tinta- dice.
- ah, tú sos caso. hay muchos grafitis tuyos, los he visto.

se sonroja un poco, lo que menos parece es un grafitero, y pienso en un compañero del curso, matías, que estudia las intervenciones artísticas en los espacios urbanos. ¿conocerá a caso? ¿conocerá el caso?

caso sigue pintando su arte; hay gente que pasa a su lado y ni lo mira. la única que parece verlo soy yo. alguien me ha dicho que estoy en la zona de tribunales, de los leguleyos, los abogados y tal. será por eso que a nadie le importa lo que pinte caso. el asunto es que él sigue exprimiendo su aerosol hasta que el color negro se termina, pero de todos modos hace un sombreado interesante. no me animo a preguntarle por qué lo único que hace es poner su apodo, su nombre o como se llame lo que es caso. fumo mientras él dibuja. a unos metros, hay una verdulería de un peruano al que le he comprado alguna cosa. me saluda con amabilidad. le digo a caso que tengo un hijo que también hizo grafitis, pero no le importa, o no me escucha, o le debe de parecer una estupidez supina. tiene razón. a quién puede importarle. le agradezco que me haya prestado atención y dejado ver cómo hace su arte, y me dice "chau" y eso es todo. en la esquina hay un restaurante de sushi y varios trajeados; algunos canosos, otros más jóvenes. si me guío por lo que me dijeron, son abogados o similar. escucho un fragmento de la conversación:
- vamos al restó -dice uno de voz joven.
el veterano responde:
-mirá el pendejo dándome órdenes. dónde está el turco.

(recuerdo el artículo leído en paparazzi sobre la pelea entre lanata y rial y me parece todo muy absurdo, pero comprensible) (mucha gente "pro" lee paparazzi, me entero luego)

pero van adonde dijo el joven, que parece salido de una publicidad de armani. el veterano es veterano y me da un poco de pena. unas cuadras más adelante, un boliviano me vende varios cartones de marlboro. es un quiosco diminuto en el que no caben dos personas, y que, además, vende algo de verdura. es extraño. a la vuelta, una boutique de vinos muy coqueta, donde suena soda estéreo a todo dar, y donde los precios son surrealistas. compro un sacacorchos no chino y algo de vino. y después voy a bambuc (sí, así, no se sabe por qué), un self-service chino que tiene comida china y un jardín zen que no se puede usar, pero que es una belleza. el dueño ya me conoce, me parece, porque le pregunto si me puedo sentar en su mesa a almorzar y me dice:
- en diez minutos cierro.
- como rápido - le digo, y es cierto.

allí se respira una paz distinta. hay bambús plantados, y una fuente y unas campanas que suenan con levedad, y habla en chino con el cocinero, y su comida es rica y sana, y le agradezco que me dejara sentarme allí, entre libros y papeles, y él sólo se ríe cuando le digo "xie xie ni"; sentada en esa mesita mirando por la ventana el jardín zen y los bambús resplandecientes y leyendo a castoriadis y tratando entender de qué se trata entender, termino de comer la comida china y me despido y le digo: mingtian lai, que quiere decir: mañana vuelvo, y se ríe y alza el pulgar, a lo yanki, y me da una profunda tristeza. pienso en cuánto le debe de haber costado adaptarse a esto, a esta manera de ser, a combinar el tofu y el chow mein con las milanesas de pollo y los flanes con dulce de leche, y en qué idioma pensará cuando piensa. recuerdo entonces beijing y cuán solidarios son los chinos cuando detectan a un desgraciado, cosa que en ese momento claramente represento. así que le agradezco doblemente. y recuerdo al chino qiu, en mataró, que viene de zheijiang, provincia que nadie conoce, pero en donde se paga en euros, porque la mayoría de los padres de familia viajó a españa a trabajar y tiene hijos que envían a china para que los abuelos les enseñen el chino y la cultura que en mataró no aprenden. pienso en qiu, en su esposa e hijas, que conocí hace tan poco, y que me regalaron un algo chino, porque sintieron que podía comprenderlos. pienso en las migraciones y en los territorios y en que esto de ir y venir por tantos lugares sólo muestra que lo que una vez lao tsé o alguien similar dijo: si quieres escribir sobre el mundo, dedícate a escribir sobre tu aldea. tofu, poeta chino sobre el que conocemos poco en occidente, se dedicó a escribir sobre su aldea, y retrató el mundo. un peruano, guillermo dañino, lo ha traducido, y vale la pena leerlo.
y todo eso en una mañana en la plata, mientras uno fuma y se pregunta qué demonios es la vida y cómo vivirla. por fin, luciana y angie, en la facultad, me dicen que tenemos que sentarnos en el fondo, porque tienen mate. les digo:
- en mis clases, los que se sientan al fondo son los que están más desatentos.
- acá es por el mate, y porque no sabemos si la materia nos va a interesar. podemos disimular.

pero la materia nos atrapa, disentimos, asentimos, discutimos, y tomamos mate. y la yerba argentina de pronto sabe bien; acaban de tener elecciones, se entiende poco (yo, al menos), pero como somos el hermano menor, el hijo de la provincia que no fue, no hay problema.

hace frío a la salida, y, tal como dijo la docente, llega un punto en que uno quiere sumergirse en la corriente y alienarse. dejar de ser. no preocuparse más. al menos hasta el siguiente día.


lunes, 28 de enero de 2013

el romanticismo y la excursión a la suiza sajona, enero 2013

para kant, el espectador percibe el gozo o la sensación de "lo bello" al tomar conciencia de que en la naturaleza (o en el objeto representado) existen un orden, un sentido, y de allí surge la noción de que esa naturaleza (o el objeto) tendría un objetivo (una intención).

cuando hegel anuncia el fin del arte, no se refiere a que ya no hay arte, sino a que aquella cosa que tenía, que ante la visión de una madonna, el espectador naturalmente sentía la necesidad de hincarse, dejó de existir. el arte ya no sería más la expresión de lo absoluto. sin embargo, a veces uno vuelve a sentir que es el arte la manera en que puede percibirse, aprehenderse, experimentarse esa totalidad que uno intuye es absoluta.  el portento de la naturaleza -no la belleza de un paisaje, sino la brutalidad de su presencia que se impone más allá de toda elección- es aquello que quita el aliento, y hace nacer el deseo de abrazar y dejarse abrazar por esa fuerza.

es lo que se siente -al menos así lo sentí- cuando se recorre una parte de la región conocida como la suiza sajona. se trata de una región ubicada en la parte más oriental del estado de sajonia, al sureste de dresden, al que partimos en excursión una mañana helada y soleada de fines de enero. la denominación de la región se debe a dos artistas suizos, quienes, en el siglo XVIII, después de recorrerla, recordaron a su país natal. la zona montañosa, que crece al pie del río elba, da una formación vertical, con picos cuadrados, profundas gargantas y bosques en las partes más altas. estamos en la formación natural llamada bastei (bastión, en español), y a lo lejos se ve la fortaleza de königstein, donde alguna vez estuvo detenido el señor bakunin.

en pleno invierno, la belleza se manifiesta en el contraste de la piedra marrón oscuro y la nieve blanca que encandila. y se vuelve una escenografía magnífica cuando el sol aparece por el este y se refleja con fuerza en las paredes nevadas.

uno de los pintores más representativos del romanticismo alemán, caspar david friedrich (que murió en dresden en 1840) retrató como ninguno algunas de estas formaciones montañosas. sus cuadros, que pincelan la naturaleza como si fuera un ser vivo y autónomo, sin embargo, corrigen, aquí y allá alguna cosa. pero, parada delante de ellos en el museo albertinum, y después, en medio de los paisajes originales, en el frío ventoso de la altura, la sensación de magnificencia es la misma.

la belleza de la pintura y la del original son dos bellezas diferentes; ambas se perciben por los sentidos; delante del cuadro, la mente y el espíritu divagan, en la tibieza del enorme salón del museo, e imaginan toda suerte de relatos fantásticos. es fácil representarse un ser mitológico, o el rumor de un arroyo que discurre por las laderas, o el lamento de un espíritu atormentado.
delante del modelo original, en medio del paisaje, con la nieve de diez centímetros, la ventisca que la hace escupir por una de las gargantas, y las ramas altas y nevadas de un pino que encuadra una de las curvas del río elba, la sensación es otra. aquí y allá hay rastros de una antigua tribu de germanos (?) del siglo II d.N.E. , que tallaron escalones en la roca escarpada y construyeron una catapulta para defenderse de los enemigos. se plantea la pregunta de cómo llegaron a instalarse aquí, en un sitio tan agreste y de difícil acceso, y qué enemigos podrían querer conquistar estas rocas afiladas entre las que no es fácil imaginar una choza o un sitio donde protegerse.

el camino discurre de un pico al otro, con escalones, senderos y puentes sobre la altura, y para quien sienta vértigo lo mejor es mirar el horizonte y olvidarse de que bajo los pies no hay nada. pero eso hace que precisamente la vista del horizonte, con sombras de bosques lejanos y otras formaciones rocosas en brumas se convierta en otro paisaje más, del que ya no se sabe si es real o pintado.

luego del descenso, se sigue un sendero que bordea un arroyo que se convierte en estanque congelado, rodeado de un bosque de pinos y otros árboles desnudos. espera uno ver aparecer un hada, un duende o un gnomo. dicen que más al este se filmaron partes del señor de los anillos y no es de extrañar. luego el sendero se convierte en la escalera más larga del mundo. escalones y escalones entre las formaciones rocosas, que crecen verticales y a veces ocultan las luz del sol, y allí las cascadas se han congelado y se han convertido en carámbanos, transparentes algunos, otros amarillentos, seguramente debido a los minerales de la tierra. qué pasaría si uno se perdiera aquí? no hay cómo saber dónde están el norte o el sur; el blanco de la nieve hace que todo sea idéntico, y un árbol y una piedra se parecen a todos los demás. el silencio se rompe sólo si se pisa una rama, o si se hace crujir el hielo y se corre el riesgo de un serio resbalón. más allá de eso, ni siquiera un cuervo planea ni hay otra cosa que nosotros caminando. parece que el tiempo se hubiera detenido. esto podría ser en cualquier época. por aquí se peleó también en la guerra de los treinta años, y una zona se conoce como "los agujeros de los suecos", porque era en esos agujeros donde se escondían. es difícil imaginar esta nieve cubierta de huellas de botas militares, estos bosques pacíficos albergar el estruendo de los fusiles y las escopetas, los gritos de los heridos, las órdenes desordenadas de los sargentos.

los cuadros de caspar david friedrich también son silenciosos, y es algo en lo que por primera vez reparo: algunos cuadros están inmersos en el silencio o de ellos surge la ausencia de sonidos. qué sensibilidad la del artista para retratar lo sublime de un paisaje, y dejar que ese paisaje suene por sí mismo. y qué sensibilidad la de la naturaleza, que sin intención alguna -una reverencia al señor kant- da toda la impresión de haber querer sido perfecta e indomable.



 

jueves, 17 de enero de 2013

siem reap, enero 2013, escuela de artesanos

quiero ir al street market (para distinguirlo del central market, que es una especie de shopping mall únicamente con productos locales: ropas, telas, joyas, especies, tés, jabones y souvenirs), pero el conductor me propone ir a la escuela de artesanos, que queda no demasiado lejos y, según él, vale la pena verla, para después comprender un poco mejor lo que se vende en los mercados. ¿por qué no? y "porque se puede", como diría junior, así que el conductor hace una maniobra en u, sortea a los otros conductores, y se mete por los callejones, algunos tan angostos que hay atascos: un camioncito impide el paso, y por un costado, casi montado contra un muro, un tuk-tuk se salta el obstáculo. mi conductor es menos arriesgado, y espera. todos esperan, pero nadie se altera. minutos después, la circulación es la de antes. un par de callejones más, a la izquierda, a la derecha y de pronto un jardín, un vergel de magnolias y orquídeas, palmeras y bananos, y esculturas en piedra. una suerte de recepción al aire libre donde me ponen una tarjeta de "visitante", y un guía vestido con una camiseta violeta dice que me va a explicar todo. el conductor espera a la sombra. otros ya han tendido las hamaquitas tejidas, que cuelgan bajo el techo del tuk-tuk y dormitan.

este centro de formación de artesanos fue fundado por el ministro de educación en 1992, y durante algunos años tuvo el apoyo de la unión europea. es una organización sin fines de lucro, que desde hace tres años se autosustenta. su objetivo es capacitar a jóvenes de entre 18 y 25 años, que vienen de provincias alejadas y pertenecen a familias de escasísimos recursos. la capacitación dura seis meses y cuando finaliza, no sólo salen preparados para trabajar y producir, sino que regresan a sus pueblos de origen. aquí se dictan las clases y se produce -manualmente- cada una de las cosas que vi en los mercados: artesanía de tallado en piedra, madera, pintura en seda, artesanías de cobre con cubierta de dos baños de plata y otros cuadros en laca. me lleva de un taller al otro. dice que las mujeres mayormente eligen la pintura en seda o el trabajo en laca; los varones, la piedra o la madera o el metal (quienes se dedican al género podrán explicar por qué es esto). me aclara que las mujeres que voy a ver pintando telas son sordomudas, y que las clases se dan en lenguaje de señas. están inclinadas sobre los cuadros y pintan con unos pincelitos tan finos que parecen de un sólo pelo. es que los trazos son milimétricos, y la combinación de la mano delicada, el pincel y la pintura de oro es un cuadro en sí mismo. copian de un modelo que puede ser un paisaje tradicional, un motivo religioso, una danza apsara. en otra habitación, se pintan cuadros de un poco más de un metro de altura o de ancho, y se va armando por partes, como si fueran baldosas o un rompecabezas que se organiza. la pintura de seda me resulta más sugestiva. los talleres son abiertos y muy luminosos; y llegamos a uno que está enteramente cerrado por cristales y el guía me explica que aquí se termina el proceso de laqueado; no puede haber ni una mácula de polvo, porque quedaría adherido a la laca y arruinaría el trabajo. sonríe: aquí trabajan con aire acondicionado. todos, mujeres y varones, llevan cubrebocas, y algunas mujeres, guantes.
el taller de tallado en piedra es amplio; en la entrada hay bloques de los distintos tipos de roca, pero al tacto, en bruto, son de una suavidad tibia. ¿cómo puede ser una roca tibia? de color rosado, o rojo, o amarronado o amarillento o gris, las piedras tienen iris en su interior, y parecen estar vivas.
adentro hay un conjunto de varones empeñados delante de los distintos modelos. el guía dice que se hacen sus propias herramientas, en algunos casos unos cinceles delgados y muy chicos, para tallar los detalles casi minimalistas del sombrerito de los budas; las colas de los elefantes; el trajecito elegante del rey mono, o los mandalas en las manos del buda de la paz y la compasión. otros tallan en madera, y hay distintos tipos. algunas tallas se hacen en una sola pieza de una madera muy liviana; otras, cuando son más grandes, se van armando. en todo caso, ahora sé que el krishna delicado que tengo  fue hecho a mano. en algunos casos, los trabajos más complejos llevan tres meses hasta que están terminados. y hay una sala de control de calidad, en la que los maestros revisan cada pieza antes de darla por buena. la visita culmina con fotografías de la última inundación, en la que sólo se salvaron las piezas de piedra, y da paso al museíto-tienda. si uno pudiera, compraría casi todo, y después un container para enviarlo. pero no es posible.
entonces vamos al mercado. y miro cada cosa con otros ojos y me doy cuenta de que, a diferencia de los mercados que visité en beijing, acá no hay objetos de plástico ni nada que diga "made in china", algo en lo que no había reparado en días anteriores. no regatear es imposible, y por más que uno diga que no está regateando, que simplemente mira y no va a comprar nada, para la vendedora eso ya es regateo y el precio baja y baja, y con cada no baja más, hasta menos de la mitad del precio inicial. ¿cómo decir que no a esa altura de la negociación involuntaria? después recuerdo lo que me explicó hace años liu yan jun, la primera vez que fui a un mercado y vi regatear a la gente: ningún comerciante baja el precio más allá de que deje de representar una ganancia. así que el límite, siempre, lo pone él y no tú. no te preocupes por seguir insistiendo en que es caro. no será nunca injusto para el vendedor. y creo que tenía razón. la vendedora se queja un poco, dice que le caigo simpática y que por eso me deja el collar a un precio tan extraordinariamente barato. me hace gracia, porque lo he oído antes y seguramente forme parte del repertorio. pero no deja de ser gentil.

después decido que nada de tuk-tuk, que simplemente voy a caminar a ver adónde me llevan los pasos. y no está nada mal. hay un río y una ribera, algunos puentes, tenderetes y varios cafés. uno en particular me llama la atención porque la sala principal está de un lado de la calle y una terraza cruzándola, sobre el río, con sillitas de rattan bajo sombrillas doradas con flecos y bordados, y una enorme magnolia que da una sombra agradable (hace calor y aunque es temprano el sol ya es un fuego) y helechos y palmeras y bananos que de alguna forma disminuyen el ruido de las motos y los tuk-tuks. me siento frente al río, y veo un árbol de cuyas ramas crecen raíces que parecen los cabellos ondulados de una mujer, y de las que cuelgan unas cintas azules, doradas, rojas, con las letras khmer. más allá, las cúpulas de algunas pagodas y un templo. en el río se refleja el cielo y uno de los puentes, que es blanco. uno podría quedarse aquí, porque parece que el tiempo se queda estancado. y entonces me doy cuenta de que no he visto un solo cartel de coca-cola.

los pasos después siguen rumbo a una avenida en la que hay toda clase de tiendas, supermercados, bancos, peluquerías, restaurancitos y restauranes,  y cosas. una mujer occidental, con un pañuelo en la cabeza y un sombrero de paja, que me recuerda a una viajera de principios de siglo, me aborda y me pregunta si soy inglesa. le digo que no, pero que hablo inglés, si la puedo ayudar en algo. me pregunta si sé dónde queda la oficina de correos, y le digo que sí. me mira asombrada. agrego que si me da un segundo, le doy la dirección, pero que creo que queda muy cerca, a dos o tres cuadras (unos siete minutos, diría steph, y junior quizá agregaría que podrían llegar a ser unos 3 grados). saco mi libreta de apuntes, aquí está: la avenida pokambor, dos cuadras hacia el río, paralela a la avenida en la que estamos. "amazing", dice la inglesa, encantada, "así  nomás, anotado en un cuadernito". adónde voy, me pregunta. vuelvo al hotel, le digo, pero ahora estoy un poco perdida. quiere saber si deseo que me acompañe a encontrar el hotel, y le respondo que no, que no me importa estar perdida, que ya veré cómo lo encuentro. nos despedimos. aquí uno le desea al otro buena suerte (y no un buen día) y eso hago. es flaca, como si fuera maggie smith en una película.

en alguna parte estará el hotel, pero gracias a la ignorancia, llego al palacio real, donde están los listones del luto por el rey fallecido, y los cuadros enormes del rey, la reina y el heredero. hay algunos guardias, pero no demasiados. no hay aceras. pero ya aprendí a esquivar motos y tuk-tuks, a cruzar la calle sin pensarlo dos veces y viendo cómo mágicamente todo se ordena, y encuentro una galería de fotos en la que hay una exposición de alguien llamado  john mcdermott (un fotógrafo norteamericano que se dedicó a recorrer asia  y antes trabajó para hollywood, tiene un sitio en internet, es interesante). son fotos en blanco y negro, algunas en sepia, curiosamente, de angkor wat y de bayon. para mi sorpresa, una es de una monja que vi ayer, exactamente la misma. una mujer mayor, con un rostro cuarteado y sonrisa suave, enteramente vestida de blanco, celando una estatua de un buda, con flores e incienso. algo en su rostro me llamó mucho la atención y ver su retrato ahora resulta una coincidencia rara. después decido irme, sobre todo porque reconozco el gangoso y prepotente español porteño, por segunda vez, siempre quejándose y diciendo que las cosas no son buenas. por suerte, me olvido rápidamente de la vergüenza ajena, porque delante de la puerta de cristal, algo me retiene. sobre una mesa negra, en un plato, una flor de loto con los pétalos entrelazados de un modo que la convierte en los labios de una joven, y la corola blanca y dorada que parece que descansara entre el rosado de los pétalos. le pregunto a la joven que atiende quién lo hizo y dice que el equipo que trabaja en la galería y ella también y le pido permiso para sacar una fotografía. sonríe sorprendida. quizá le parezca lo más natural del mundo entrelazar los pétalos de una flor de loto. a la salida, en un estanque, hay otra igual, pero que flota y se mueve con una corriente que produce un hilo de agua que sale de una piedra negra. me gustaría llevarme la flor conmigo.

civilización khmer: angkor wat, bayon, angkor tom, ta prohm

se trata de la ciudad de angkor thom y los templos a su alrededor, construidos alrededor del año 1070, en sucesivos reinos. mientras la europa occidental se desangraba en las cruzadas, aquí reinaba suryavarman II, que unificó camboya y extendió la influencia khmer a malasia y burma (hoy myanmar, vaya nombre de balneario uruguayo). y es el responsable de la construcción de angkor wat. que representó el uso de todos los recursos, la sobreutilización del sistema hidráulico; por si fuera poco, en la campaña contra dai viet (hoy vietnam, digamos) murió en una batalla. sin embargo, su legado es impresionante. la historia es larga, y quien se interese realmente por ella, encontrará recursos. vale la pena destacar el reinado de jayavarman VII (1181-1219), que abandonó el culto hindú a shiva y a vishnu y adoptó el budismo mahayana y al bodhisattva de la compasión, como protector de su reino. quizá por eso, la mayoría de las esculturas en los muros, las estatuas en los pequeños recintos de los templos, y los rostros impresionantes de bayon representen el del buda, del cual uno no termina de saber si sonríe o no, con los ojos siempre entrecerrados.
en todo caso, aquí se desarrolló una majestuosa civilización, y lo que queda de ella hoy, cuyas edificaciones han sido reconstruidos con el aporte de distintos países del mundo, es muestra de ello.
parece tonto hacer mención de cosas cuyas fotografías y documentales están al alcance de todos; sin embargo, la impresión, el impacto, el atisbo de lo que deben de haber sido los ingenieros y arquitectos de la época no deja de ser un golpe fuerte. supongo que todas las civilizaciones que marcan la historia de alguna manera, cuando se las visita siglos después, conmocionan del mismo modo. hacen parecer ridículos, en cierto modo, nuestros edificios de tantos pisos.

un lugar da paso a otro, a varios kilómetros de distancia. el calor es agobiante, el sol está encantado de calcinarnos a todos; los conductores, pacientes, atan sus hamaquitas en los techos de los tuk-tuks y esperan las tantas horas que demora cada trayecto por los templos. hay monos tití, elefantes que llevan gente -pobres bichos, piensa uno, mientras se bambolean y ya no llevan príncipes ni princesas, y la trompa se arrastra por un sendero de tierra, completamente limpio: en ninguna parte se puede fumar ni se puede comer. se caminan varios kilómetros, y siempre hay un muro que da paso a una entrada majestuosa, algunos comidos por los árboles centenarios, cuyas raíces parecen talladas en las piedras; los estanques relucen a la luz del sol, y los lotos están florecidos de color púrpura y dorado. entre los árboles se levanta el viento, y hay un aleteo súbito y una inquietud de pájaros y otros animales que no se ven. quizá los estamos incomodando.
he descubierto un buen sistema para evitar el enjambre de turistas japoneses -que hablan a los gritos e impiden el paso de quienes van de a uno y sin guía, porque son muchos y desordenados, vaya japón-; los coreanos, los chinos y los rusos (pocos occidentales del lado de acá). basta con ver que la muchedumbre se dirige a la izquierda, para doblar a la derecha; basta que la muchedumbre suba las escaleras, para bajarlas; basta con que se amontonen delante de una estatua sin cabeza o de una linga, para salir a un patio. así se respira y se tiene una vista más bella. imagino, durante un momento, las fotografías de muchos de ellos: sombreritos, banderitas, espaldas y piernas.
cada tanto hay budas con ofrendas de incienso. una niña me da un palito y una pulserita roja. pongo el incienso en el tiesto con arena y ella se alegra. después pide dinero, para el buda y para ella. bien, la vida es así. hace hambre. el conductor que me ha traído se llama choung. es joven y bastante circunspecto. siempre lo pierdo y él me encuentra a mí, por suerte, porque hay decenas de tuk-tuks estacionados bajo los árboles, y me resulta difícil distinguir uno de otro. me llama por mi nombre. le pregunto si tiene hambre y dice que sí. en alguna guía leí que es mejor comer en los paradores de los conductores, porque es comida "de verdad", más barata y sabrosa. así que le digo de ir almorzar. es un espacio techado por un toldo, donde además se vende toda clase de cosas: ropas, imanes, budas, sombreros, postales, instrumentos musicales, cestos. me siento en la mesa que me indica la mesera, una joven muy joven, y choung se sienta en otra. le digo que compartamos. no sé si es una metida de pata cultural, quizá sí, pero en todo caso, son notables su decoro y su buena educación. yo pido en inglés; él, en khmer. vaya uno a saber qué es. es joven. tiene 26 años, es de familia campesina, del campo, y es huérfano de padres. su madre murió de fiebres (no sé cuál) y su padre murió poco después por la explosión de una mina. camboya es uno de los países que aún tiene el mayor número de minas activas en el mundo; tanto en tierra como en los ríos. así que lo criaron los abuelos. después se vino a siem reap, y terminó la secundaria (tercero de liceo). su inglés es bueno, da para mantener una conversación razonable. es uno de los problemas, me explicaron, cuando uno habla con los conductores, los camareros o la gente que trabaja en la calle. no hay problemas culturales en hacerlo, pero sí existe el de la incomunicación idiomática. choung trabaja como conductor en una empresa de tuk-tuks y motocicletas (está aquí porque el conductor que me trajo ayer a siem reap no maneja tuk-tuk); ganas 70 dólares mensuales, y comparte una habitación con dos "hermanos" (no son de sangre, dice, pero es como si lo fueran) por la que paga 25 dólares al mes. con el resto debe pagar el resto de lo que sea vivir. le pregunto si tiene familia. sonríe y se alza de hombros: "no money, no honey", responde. pienso en el libro sobre budismo que leí ayer, que no estaba mal, y que dice que los budistas aceptan las vicisitudes de la vida con naturalidad. ¿será este el caso? por las dudas, le pregunto si es budista, y me dice que sí. quizá sea el caso.quiere saber dónde queda uruguay y le hago un mapa espantoso de américa del norte y américa del sur. después ubico a uruguay, tan chiquito que nadie lo conoce. a veces, ni siquiera por el fútbol. así las cosas. me digo que compartir una comida siempre es algo humano, no importan las circunstancias, las diferencias, lo que sea cada uno. él usa cubiertos, yo uso palitos. entonces me da vergüenza y le digo si prefiere que sea al revés. con mucha paciencia -me parece- me explica que ese plato de pescado no se come con palitos. vale.
la última parada debiera ser la más espectacular, la mundialmente famosa ta prohr, gracias a angelina jolie y tomb raider. no sé si me interesa el vínculo; la película se me mezcló con las de indiana jones y más lejanamente con gungadin e incluso con la espantosa serie de la momia o como sea que se llamara. sin embargo, después de recorrerla y disfrutarla -termina, digamos, en un estanque largo y rectangular, en donde flota, indiferente, un único loto florecido, de color blanco- me dan ganas de ver el film de nuevo, porque, sinceramente, no se parece en nada a lo que acabo de ver.

vuelvo sobre mis pasos, los tantísimos ni sé cuántos metros que tiene este templo amurallado, y en el camino se escucha una música tristona, una letanía. entre unos árboles, unos hombres jóvenes tocan los instrumentos típicos (muy parecidos a los chinos; al menos reconozco el sonido del eru). me detengo allí, encantada. de a poco, al fijar la vista en ellos, empiezo a comprender. el cartel está en chino, y brevemente en inglés. pero no se necesita leer para entender: el que toca una especie de tamborcito de sonido seco, no tiene casi brazos; el que toca el eru no tiene piernas; el que hace sonar una especie de xilofón-arpa, tampoco tiene piernas; y otro es ciego.
son víctimas de las minas. la música no sé qué representa, pero es triste y hermosa a la vez. compro, claro que sí, el cd que se exhiba en una mesita discreta. otros que pasan dejan una limosna. son buenos músicos, me parece o quiero creerlo. tanta belleza no podía no tener su otro lado. así parece que es en todas partes.

miércoles, 16 de enero de 2013

viaje por el mekong y entrada a siem reap

es uno de los ríos más largos del mundo, haberlo sabido. eso explica que la travesía, que la expendedora de boletos dice demora cinco horas, termine siendo de siete y media.
el barquito -una barcaza cubierta- comienza a hacer sonar la sirena apurando a los que se han retrasado; hay dos filas de asientos con dos y tres sitios cada una; a mí me toca junto a una ventanilla, al ras del agua, y por suerte nadie tiene el número seis. eso me permite viajar con un poco más de comodidad que la mayoría. los rusos, que son como osos, la pasan relativamente mal; dos camboyanos y dos chinos, diminutos y delgaditos, no se quejan; la mayoría de los pasajeros decide treparse al techito curvo y tomar el sol. una pena, porque no ven el paisaje y quedarán convertidos en cangrejos recién hervidos.

abandona el embarcadero en la ribera del río en phnom penh y cobra velocidad. la salida de la ciudad es como si fuera por carretera. los edificios se convierten en casas de dos pisos que se convierten en casas de un piso que se convierten en casillas. y a medida que eso ocurre, más se puebla el río de barcas con pescadores, que van sentados en cuclillas o de pie, con los sombreros cónicos de hoja de palmera -supongo-, los pantalones de colores vivos, y muchos niños chicos que nos saludan a lo lejos. uno en particular me llama la atención, porque resalta el color de la piel en un trajecito enteramente verde, un verde vegetal, potente. pienso que la niñez se termina cuando un niño deja de saludar a un barco, un autobús o un avión.  viendo a este y devolviéndole el saludo, se me ocurre que de grande será un escritor y que escribirá recuerdos de su infancia. pondrá que a la edad de cinco años iba con su padre de pesca y vio pasar a la barcaza sumbo a siem reap, adonde van los turistas. y que alzó la mano y saludó y una mujer le devolvió el saludo, a lo lejos. no sé por qué, se me metió en la cabeza que será un gran escritor.

el viaje sigue, el barco a veces más cerca de una ribera y a veces más cerca de la otra; otras veces va por la mitad del río, que se ensancha y tiene su corriente fuerte, y toca la sirena cada vez que algún pescador está muy cerca. acompañan a todos montículos de lotos que viajan con la corriente, muy rápidos. dicen que acá hay rápidos, pero no sé si se ven o no. en todo caso, pronto el paisaje cambia. las casas están en la altura de unos palafitos; son techos de palmera y paredes tejidas, una gran superficie, como una terraza techada, en donde cuelgan hamacas. también hay casas-barco, algunas ancladas en la ribera, otras siguiendo el curso del río. hay redes tendidas, hay mujeres pescando, otras desgranando lo que supongo son moluscos. se ven las puntas doradas de algunas pagodas entre las palmeras y los bananos; escaleras de bambú que entran al agua; amarras retorcidas y oscuras; barcos y más barcos, y el ruido del motor y del viento y del río golpeando la embarcación. después, las últimas casas dan paso a una vegetación tupida, selvática, que parece impenetrable, porque las raíces forman como rejas que se meten en el agua. la velocidad del río disminuye, se ensancha, hace meandros; hay afluentes que se meten tierra adentro y vaya uno a saber adónde llegan. de a ratos los pasajeros se excitan, salen a una especie de cubierta, toman fotografías. es la misma babel de siempre, pero concentrada. nos han avisado que no hay comida, sólo agua. algunos han sido precavidos: frutas, sándwiches, cerveza y galletitas locales. otros no llevaron nada. algunos duermen, lo que también es una pena.

tras seis horas de travesía, el río se ensancha de pronto, se pierden de vista las riberas y se convierte en mar. es boeng tonle sap y demoramos casi una hora y media en alcanzar tierra firme. el paisaje es desolador; el agua fuerte y muy marrón y muy de vez en cuando se ven los lotos que van hacia el sur. parece que este mar no fuera a terminarse nunca, y cuando llega al horizonte es como si se curvara. si el agua fuera azul, no se distinguiría del cielo, tan cerca están uno del otro. y el sol, desde que salimos, tan cerca del ecuador, está siempre en el mismo lugar y resplandece y ciega la vista.

entonces aparece la ciudad acuática; una completa ciudad formada por barcos-casa, donde no sólo hay viviendas, sino barcos-tienda, barcos-depósito, barcos-arregla-cosas, y mucha gente, mucha gente, en barquitos de todo tamaño, todo de diferentes colores. se la puede visitar, como quien visita valparaíso, y se ven pasar tuk-tuks acuáticos, lo cual no deja de tener su gracia.

el embarcadero de siem reap es una escalera destartalada de madera, y un techo debajo del cual se apiñan los conductores que esperan a los pasajeros. cuando estoy a punto de perder las esperanzas de ver aparecer al mío, lo descubro con un cartelito, detrás de una columna. camino detrás de él y le digo adónde quiero ir. para mi sorpresa y espanto, no se trata de un tuk-tuk, sino de una motocicleta. acomoda la mochila no sé cómo entre las piernas y me dice que me suba. se pone el casco, yo me encomiendo al dios del transporte público de este país y partimos. el camino es polvoriento, de tierra, y los caseríos, también construidos en especie de palafitos, parecen muy pobres. o al menos es la impresión que dan. pero quizá no sean pobres. quizá sea mi prejuicio. andamos así muchos kilómetros, y atravesamos arrozales, con campesinos vestidos de negro, en el agua, y los sombreros tejidos que relucen al sol. a veces el camino se hace muy estrecho, tanto que parece que uno pudiera estirar la mano y tocar las cestas en las casas o las hamacas, donde duermen niños. hay en el aire un aroma dulzón y putrefacto, potente y penetrante (demasiadas "p" en esta descripción) que se mete en la nariz y no se va. el mismo olor de los mercados, de los callejones, y supongo que ha de ser la comida, las frutas y el agua de un arroyo y de la calle.

la gente saluda; las motos son una infantería de moscas que tocan la bocina y van exactamente en contra de nosotros; sin embargo, todos evitan la catástrofe que la física anuncia como inminente. no es que frenen: es que simplemente hacen un suave movimiento hacia la derecha o la izquierda y salvan el obstáculo. así, media hora después, entramos en la ciudad, que nos recibe con pagodas, un puente, un parque arbolado, un frescor en el aire bienvenido, música y cánticos que suenan en alguna parte; bullicio, las tiendas y los tenderetes en la calle; movimiento, mucho movimiento; gente muy joven en todas partes, guardias, trabajadores que barren las calles y las aceras con las escobas que vi en china, de mango muy corto, hechas como haces de paja, que en realidad parece que desparramaran las hojas a un lado y al otro, pero todo está limpio. podríamos usarlas en montevideo, pienso, porque al igual que en phnom penh, todo está limpio, y la basura organizada. de noche, tarde, la basura rebosa en todas partes, pero  más tarde aun pasan cuadrillas y recogen todo, riegan las calles y cuando amanece, a las seis de la mañana, todo reluce.

entonces voy al mercado. una mujer con una niña en brazos me pide que le compre leche (B3) en la farmacia, y lo hago. chay let, el conductor me rezonga: no es para ella ni para la niña; la va a vender.
pienso que si la vende, la vende. entro al mercado. a diferencia de los que visité en la capital, aquí también venden especies y tés de todo tipo. el olor es fuerte, denso; no entra la luz del día, y las sedas y los algodones se confunden con zapatos, frutas, carnes de aspecto poco amigable y pescado, mucho pescado. algunas mujeres sentadas en cuclillas en la misma bandeja donde lo venden, lo limpian y lo ordenan. hay un runrún de voces, griterío de ofertas, gente que regatea (yo también, y es algo fascinante), gente que come en banquitos o en cuclillas cosas que no se parecen a nada pero huelen intensamente. hay una vida en ese mercado que tienta. tanto, que compro especias, tés y cosas que, realmente, no sé qué son, pero se ven bonitas y entrañables. al fin y al cabo, uno no deja de ser un extraño en este lugar fascinante.