quiero ir al street market (para distinguirlo del central market, que es una especie de shopping mall únicamente con productos locales: ropas, telas, joyas, especies, tés, jabones y souvenirs), pero el conductor me propone ir a la escuela de artesanos, que queda no demasiado lejos y, según él, vale la pena verla, para después comprender un poco mejor lo que se vende en los mercados. ¿por qué no? y "porque se puede", como diría junior, así que el conductor hace una maniobra en u, sortea a los otros conductores, y se mete por los callejones, algunos tan angostos que hay atascos: un camioncito impide el paso, y por un costado, casi montado contra un muro, un tuk-tuk se salta el obstáculo. mi conductor es menos arriesgado, y espera. todos esperan, pero nadie se altera. minutos después, la circulación es la de antes. un par de callejones más, a la izquierda, a la derecha y de pronto un jardín, un vergel de magnolias y orquídeas, palmeras y bananos, y esculturas en piedra. una suerte de recepción al aire libre donde me ponen una tarjeta de "visitante", y un guía vestido con una camiseta violeta dice que me va a explicar todo. el conductor espera a la sombra. otros ya han tendido las hamaquitas tejidas, que cuelgan bajo el techo del tuk-tuk y dormitan.
este centro de formación de artesanos fue fundado por el ministro de educación en 1992, y durante algunos años tuvo el apoyo de la unión europea. es una organización sin fines de lucro, que desde hace tres años se autosustenta. su objetivo es capacitar a jóvenes de entre 18 y 25 años, que vienen de provincias alejadas y pertenecen a familias de escasísimos recursos. la capacitación dura seis meses y cuando finaliza, no sólo salen preparados para trabajar y producir, sino que regresan a sus pueblos de origen. aquí se dictan las clases y se produce -manualmente- cada una de las cosas que vi en los mercados: artesanía de tallado en piedra, madera, pintura en seda, artesanías de cobre con cubierta de dos baños de plata y otros cuadros en laca. me lleva de un taller al otro. dice que las mujeres mayormente eligen la pintura en seda o el trabajo en laca; los varones, la piedra o la madera o el metal (quienes se dedican al género podrán explicar por qué es esto). me aclara que las mujeres que voy a ver pintando telas son sordomudas, y que las clases se dan en lenguaje de señas. están inclinadas sobre los cuadros y pintan con unos pincelitos tan finos que parecen de un sólo pelo. es que los trazos son milimétricos, y la combinación de la mano delicada, el pincel y la pintura de oro es un cuadro en sí mismo. copian de un modelo que puede ser un paisaje tradicional, un motivo religioso, una danza apsara. en otra habitación, se pintan cuadros de un poco más de un metro de altura o de ancho, y se va armando por partes, como si fueran baldosas o un rompecabezas que se organiza. la pintura de seda me resulta más sugestiva. los talleres son abiertos y muy luminosos; y llegamos a uno que está enteramente cerrado por cristales y el guía me explica que aquí se termina el proceso de laqueado; no puede haber ni una mácula de polvo, porque quedaría adherido a la laca y arruinaría el trabajo. sonríe: aquí trabajan con aire acondicionado. todos, mujeres y varones, llevan cubrebocas, y algunas mujeres, guantes.
el taller de tallado en piedra es amplio; en la entrada hay bloques de los distintos tipos de roca, pero al tacto, en bruto, son de una suavidad tibia. ¿cómo puede ser una roca tibia? de color rosado, o rojo, o amarronado o amarillento o gris, las piedras tienen iris en su interior, y parecen estar vivas.
adentro hay un conjunto de varones empeñados delante de los distintos modelos. el guía dice que se hacen sus propias herramientas, en algunos casos unos cinceles delgados y muy chicos, para tallar los detalles casi minimalistas del sombrerito de los budas; las colas de los elefantes; el trajecito elegante del rey mono, o los mandalas en las manos del buda de la paz y la compasión. otros tallan en madera, y hay distintos tipos. algunas tallas se hacen en una sola pieza de una madera muy liviana; otras, cuando son más grandes, se van armando. en todo caso, ahora sé que el krishna delicado que tengo fue hecho a mano. en algunos casos, los trabajos más complejos llevan tres meses hasta que están terminados. y hay una sala de control de calidad, en la que los maestros revisan cada pieza antes de darla por buena. la visita culmina con fotografías de la última inundación, en la que sólo se salvaron las piezas de piedra, y da paso al museíto-tienda. si uno pudiera, compraría casi todo, y después un container para enviarlo. pero no es posible.
entonces vamos al mercado. y miro cada cosa con otros ojos y me doy cuenta de que, a diferencia de los mercados que visité en beijing, acá no hay objetos de plástico ni nada que diga "made in china", algo en lo que no había reparado en días anteriores. no regatear es imposible, y por más que uno diga que no está regateando, que simplemente mira y no va a comprar nada, para la vendedora eso ya es regateo y el precio baja y baja, y con cada no baja más, hasta menos de la mitad del precio inicial. ¿cómo decir que no a esa altura de la negociación involuntaria? después recuerdo lo que me explicó hace años liu yan jun, la primera vez que fui a un mercado y vi regatear a la gente: ningún comerciante baja el precio más allá de que deje de representar una ganancia. así que el límite, siempre, lo pone él y no tú. no te preocupes por seguir insistiendo en que es caro. no será nunca injusto para el vendedor. y creo que tenía razón. la vendedora se queja un poco, dice que le caigo simpática y que por eso me deja el collar a un precio tan extraordinariamente barato. me hace gracia, porque lo he oído antes y seguramente forme parte del repertorio. pero no deja de ser gentil.
después decido que nada de tuk-tuk, que simplemente voy a caminar a ver adónde me llevan los pasos. y no está nada mal. hay un río y una ribera, algunos puentes, tenderetes y varios cafés. uno en particular me llama la atención porque la sala principal está de un lado de la calle y una terraza cruzándola, sobre el río, con sillitas de rattan bajo sombrillas doradas con flecos y bordados, y una enorme magnolia que da una sombra agradable (hace calor y aunque es temprano el sol ya es un fuego) y helechos y palmeras y bananos que de alguna forma disminuyen el ruido de las motos y los tuk-tuks. me siento frente al río, y veo un árbol de cuyas ramas crecen raíces que parecen los cabellos ondulados de una mujer, y de las que cuelgan unas cintas azules, doradas, rojas, con las letras khmer. más allá, las cúpulas de algunas pagodas y un templo. en el río se refleja el cielo y uno de los puentes, que es blanco. uno podría quedarse aquí, porque parece que el tiempo se queda estancado. y entonces me doy cuenta de que no he visto un solo cartel de coca-cola.
los pasos después siguen rumbo a una avenida en la que hay toda clase de tiendas, supermercados, bancos, peluquerías, restaurancitos y restauranes, y cosas. una mujer occidental, con un pañuelo en la cabeza y un sombrero de paja, que me recuerda a una viajera de principios de siglo, me aborda y me pregunta si soy inglesa. le digo que no, pero que hablo inglés, si la puedo ayudar en algo. me pregunta si sé dónde queda la oficina de correos, y le digo que sí. me mira asombrada. agrego que si me da un segundo, le doy la dirección, pero que creo que queda muy cerca, a dos o tres cuadras (unos siete minutos, diría steph, y junior quizá agregaría que podrían llegar a ser unos 3 grados). saco mi libreta de apuntes, aquí está: la avenida pokambor, dos cuadras hacia el río, paralela a la avenida en la que estamos. "amazing", dice la inglesa, encantada, "así nomás, anotado en un cuadernito". adónde voy, me pregunta. vuelvo al hotel, le digo, pero ahora estoy un poco perdida. quiere saber si deseo que me acompañe a encontrar el hotel, y le respondo que no, que no me importa estar perdida, que ya veré cómo lo encuentro. nos despedimos. aquí uno le desea al otro buena suerte (y no un buen día) y eso hago. es flaca, como si fuera maggie smith en una película.
en alguna parte estará el hotel, pero gracias a la ignorancia, llego al palacio real, donde están los listones del luto por el rey fallecido, y los cuadros enormes del rey, la reina y el heredero. hay algunos guardias, pero no demasiados. no hay aceras. pero ya aprendí a esquivar motos y tuk-tuks, a cruzar la calle sin pensarlo dos veces y viendo cómo mágicamente todo se ordena, y encuentro una galería de fotos en la que hay una exposición de alguien llamado john mcdermott (un fotógrafo norteamericano que se dedicó a recorrer asia y antes trabajó para hollywood, tiene un sitio en internet, es interesante). son fotos en blanco y negro, algunas en sepia, curiosamente, de angkor wat y de bayon. para mi sorpresa, una es de una monja que vi ayer, exactamente la misma. una mujer mayor, con un rostro cuarteado y sonrisa suave, enteramente vestida de blanco, celando una estatua de un buda, con flores e incienso. algo en su rostro me llamó mucho la atención y ver su retrato ahora resulta una coincidencia rara. después decido irme, sobre todo porque reconozco el gangoso y prepotente español porteño, por segunda vez, siempre quejándose y diciendo que las cosas no son buenas. por suerte, me olvido rápidamente de la vergüenza ajena, porque delante de la puerta de cristal, algo me retiene. sobre una mesa negra, en un plato, una flor de loto con los pétalos entrelazados de un modo que la convierte en los labios de una joven, y la corola blanca y dorada que parece que descansara entre el rosado de los pétalos. le pregunto a la joven que atiende quién lo hizo y dice que el equipo que trabaja en la galería y ella también y le pido permiso para sacar una fotografía. sonríe sorprendida. quizá le parezca lo más natural del mundo entrelazar los pétalos de una flor de loto. a la salida, en un estanque, hay otra igual, pero que flota y se mueve con una corriente que produce un hilo de agua que sale de una piedra negra. me gustaría llevarme la flor conmigo.
este centro de formación de artesanos fue fundado por el ministro de educación en 1992, y durante algunos años tuvo el apoyo de la unión europea. es una organización sin fines de lucro, que desde hace tres años se autosustenta. su objetivo es capacitar a jóvenes de entre 18 y 25 años, que vienen de provincias alejadas y pertenecen a familias de escasísimos recursos. la capacitación dura seis meses y cuando finaliza, no sólo salen preparados para trabajar y producir, sino que regresan a sus pueblos de origen. aquí se dictan las clases y se produce -manualmente- cada una de las cosas que vi en los mercados: artesanía de tallado en piedra, madera, pintura en seda, artesanías de cobre con cubierta de dos baños de plata y otros cuadros en laca. me lleva de un taller al otro. dice que las mujeres mayormente eligen la pintura en seda o el trabajo en laca; los varones, la piedra o la madera o el metal (quienes se dedican al género podrán explicar por qué es esto). me aclara que las mujeres que voy a ver pintando telas son sordomudas, y que las clases se dan en lenguaje de señas. están inclinadas sobre los cuadros y pintan con unos pincelitos tan finos que parecen de un sólo pelo. es que los trazos son milimétricos, y la combinación de la mano delicada, el pincel y la pintura de oro es un cuadro en sí mismo. copian de un modelo que puede ser un paisaje tradicional, un motivo religioso, una danza apsara. en otra habitación, se pintan cuadros de un poco más de un metro de altura o de ancho, y se va armando por partes, como si fueran baldosas o un rompecabezas que se organiza. la pintura de seda me resulta más sugestiva. los talleres son abiertos y muy luminosos; y llegamos a uno que está enteramente cerrado por cristales y el guía me explica que aquí se termina el proceso de laqueado; no puede haber ni una mácula de polvo, porque quedaría adherido a la laca y arruinaría el trabajo. sonríe: aquí trabajan con aire acondicionado. todos, mujeres y varones, llevan cubrebocas, y algunas mujeres, guantes.
el taller de tallado en piedra es amplio; en la entrada hay bloques de los distintos tipos de roca, pero al tacto, en bruto, son de una suavidad tibia. ¿cómo puede ser una roca tibia? de color rosado, o rojo, o amarronado o amarillento o gris, las piedras tienen iris en su interior, y parecen estar vivas.
adentro hay un conjunto de varones empeñados delante de los distintos modelos. el guía dice que se hacen sus propias herramientas, en algunos casos unos cinceles delgados y muy chicos, para tallar los detalles casi minimalistas del sombrerito de los budas; las colas de los elefantes; el trajecito elegante del rey mono, o los mandalas en las manos del buda de la paz y la compasión. otros tallan en madera, y hay distintos tipos. algunas tallas se hacen en una sola pieza de una madera muy liviana; otras, cuando son más grandes, se van armando. en todo caso, ahora sé que el krishna delicado que tengo fue hecho a mano. en algunos casos, los trabajos más complejos llevan tres meses hasta que están terminados. y hay una sala de control de calidad, en la que los maestros revisan cada pieza antes de darla por buena. la visita culmina con fotografías de la última inundación, en la que sólo se salvaron las piezas de piedra, y da paso al museíto-tienda. si uno pudiera, compraría casi todo, y después un container para enviarlo. pero no es posible.
entonces vamos al mercado. y miro cada cosa con otros ojos y me doy cuenta de que, a diferencia de los mercados que visité en beijing, acá no hay objetos de plástico ni nada que diga "made in china", algo en lo que no había reparado en días anteriores. no regatear es imposible, y por más que uno diga que no está regateando, que simplemente mira y no va a comprar nada, para la vendedora eso ya es regateo y el precio baja y baja, y con cada no baja más, hasta menos de la mitad del precio inicial. ¿cómo decir que no a esa altura de la negociación involuntaria? después recuerdo lo que me explicó hace años liu yan jun, la primera vez que fui a un mercado y vi regatear a la gente: ningún comerciante baja el precio más allá de que deje de representar una ganancia. así que el límite, siempre, lo pone él y no tú. no te preocupes por seguir insistiendo en que es caro. no será nunca injusto para el vendedor. y creo que tenía razón. la vendedora se queja un poco, dice que le caigo simpática y que por eso me deja el collar a un precio tan extraordinariamente barato. me hace gracia, porque lo he oído antes y seguramente forme parte del repertorio. pero no deja de ser gentil.
después decido que nada de tuk-tuk, que simplemente voy a caminar a ver adónde me llevan los pasos. y no está nada mal. hay un río y una ribera, algunos puentes, tenderetes y varios cafés. uno en particular me llama la atención porque la sala principal está de un lado de la calle y una terraza cruzándola, sobre el río, con sillitas de rattan bajo sombrillas doradas con flecos y bordados, y una enorme magnolia que da una sombra agradable (hace calor y aunque es temprano el sol ya es un fuego) y helechos y palmeras y bananos que de alguna forma disminuyen el ruido de las motos y los tuk-tuks. me siento frente al río, y veo un árbol de cuyas ramas crecen raíces que parecen los cabellos ondulados de una mujer, y de las que cuelgan unas cintas azules, doradas, rojas, con las letras khmer. más allá, las cúpulas de algunas pagodas y un templo. en el río se refleja el cielo y uno de los puentes, que es blanco. uno podría quedarse aquí, porque parece que el tiempo se queda estancado. y entonces me doy cuenta de que no he visto un solo cartel de coca-cola.
los pasos después siguen rumbo a una avenida en la que hay toda clase de tiendas, supermercados, bancos, peluquerías, restaurancitos y restauranes, y cosas. una mujer occidental, con un pañuelo en la cabeza y un sombrero de paja, que me recuerda a una viajera de principios de siglo, me aborda y me pregunta si soy inglesa. le digo que no, pero que hablo inglés, si la puedo ayudar en algo. me pregunta si sé dónde queda la oficina de correos, y le digo que sí. me mira asombrada. agrego que si me da un segundo, le doy la dirección, pero que creo que queda muy cerca, a dos o tres cuadras (unos siete minutos, diría steph, y junior quizá agregaría que podrían llegar a ser unos 3 grados). saco mi libreta de apuntes, aquí está: la avenida pokambor, dos cuadras hacia el río, paralela a la avenida en la que estamos. "amazing", dice la inglesa, encantada, "así nomás, anotado en un cuadernito". adónde voy, me pregunta. vuelvo al hotel, le digo, pero ahora estoy un poco perdida. quiere saber si deseo que me acompañe a encontrar el hotel, y le respondo que no, que no me importa estar perdida, que ya veré cómo lo encuentro. nos despedimos. aquí uno le desea al otro buena suerte (y no un buen día) y eso hago. es flaca, como si fuera maggie smith en una película.
en alguna parte estará el hotel, pero gracias a la ignorancia, llego al palacio real, donde están los listones del luto por el rey fallecido, y los cuadros enormes del rey, la reina y el heredero. hay algunos guardias, pero no demasiados. no hay aceras. pero ya aprendí a esquivar motos y tuk-tuks, a cruzar la calle sin pensarlo dos veces y viendo cómo mágicamente todo se ordena, y encuentro una galería de fotos en la que hay una exposición de alguien llamado john mcdermott (un fotógrafo norteamericano que se dedicó a recorrer asia y antes trabajó para hollywood, tiene un sitio en internet, es interesante). son fotos en blanco y negro, algunas en sepia, curiosamente, de angkor wat y de bayon. para mi sorpresa, una es de una monja que vi ayer, exactamente la misma. una mujer mayor, con un rostro cuarteado y sonrisa suave, enteramente vestida de blanco, celando una estatua de un buda, con flores e incienso. algo en su rostro me llamó mucho la atención y ver su retrato ahora resulta una coincidencia rara. después decido irme, sobre todo porque reconozco el gangoso y prepotente español porteño, por segunda vez, siempre quejándose y diciendo que las cosas no son buenas. por suerte, me olvido rápidamente de la vergüenza ajena, porque delante de la puerta de cristal, algo me retiene. sobre una mesa negra, en un plato, una flor de loto con los pétalos entrelazados de un modo que la convierte en los labios de una joven, y la corola blanca y dorada que parece que descansara entre el rosado de los pétalos. le pregunto a la joven que atiende quién lo hizo y dice que el equipo que trabaja en la galería y ella también y le pido permiso para sacar una fotografía. sonríe sorprendida. quizá le parezca lo más natural del mundo entrelazar los pétalos de una flor de loto. a la salida, en un estanque, hay otra igual, pero que flota y se mueve con una corriente que produce un hilo de agua que sale de una piedra negra. me gustaría llevarme la flor conmigo.
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