se trata de la ciudad de angkor thom y los templos a su alrededor, construidos alrededor del año 1070, en sucesivos reinos. mientras la europa occidental se desangraba en las cruzadas, aquí reinaba suryavarman II, que unificó camboya y extendió la influencia khmer a malasia y burma (hoy myanmar, vaya nombre de balneario uruguayo). y es el responsable de la construcción de angkor wat. que representó el uso de todos los recursos, la sobreutilización del sistema hidráulico; por si fuera poco, en la campaña contra dai viet (hoy vietnam, digamos) murió en una batalla. sin embargo, su legado es impresionante. la historia es larga, y quien se interese realmente por ella, encontrará recursos. vale la pena destacar el reinado de jayavarman VII (1181-1219), que abandonó el culto hindú a shiva y a vishnu y adoptó el budismo mahayana y al bodhisattva de la compasión, como protector de su reino. quizá por eso, la mayoría de las esculturas en los muros, las estatuas en los pequeños recintos de los templos, y los rostros impresionantes de bayon representen el del buda, del cual uno no termina de saber si sonríe o no, con los ojos siempre entrecerrados.
en todo caso, aquí se desarrolló una majestuosa civilización, y lo que queda de ella hoy, cuyas edificaciones han sido reconstruidos con el aporte de distintos países del mundo, es muestra de ello.
parece tonto hacer mención de cosas cuyas fotografías y documentales están al alcance de todos; sin embargo, la impresión, el impacto, el atisbo de lo que deben de haber sido los ingenieros y arquitectos de la época no deja de ser un golpe fuerte. supongo que todas las civilizaciones que marcan la historia de alguna manera, cuando se las visita siglos después, conmocionan del mismo modo. hacen parecer ridículos, en cierto modo, nuestros edificios de tantos pisos.
un lugar da paso a otro, a varios kilómetros de distancia. el calor es agobiante, el sol está encantado de calcinarnos a todos; los conductores, pacientes, atan sus hamaquitas en los techos de los tuk-tuks y esperan las tantas horas que demora cada trayecto por los templos. hay monos tití, elefantes que llevan gente -pobres bichos, piensa uno, mientras se bambolean y ya no llevan príncipes ni princesas, y la trompa se arrastra por un sendero de tierra, completamente limpio: en ninguna parte se puede fumar ni se puede comer. se caminan varios kilómetros, y siempre hay un muro que da paso a una entrada majestuosa, algunos comidos por los árboles centenarios, cuyas raíces parecen talladas en las piedras; los estanques relucen a la luz del sol, y los lotos están florecidos de color púrpura y dorado. entre los árboles se levanta el viento, y hay un aleteo súbito y una inquietud de pájaros y otros animales que no se ven. quizá los estamos incomodando.
he descubierto un buen sistema para evitar el enjambre de turistas japoneses -que hablan a los gritos e impiden el paso de quienes van de a uno y sin guía, porque son muchos y desordenados, vaya japón-; los coreanos, los chinos y los rusos (pocos occidentales del lado de acá). basta con ver que la muchedumbre se dirige a la izquierda, para doblar a la derecha; basta que la muchedumbre suba las escaleras, para bajarlas; basta con que se amontonen delante de una estatua sin cabeza o de una linga, para salir a un patio. así se respira y se tiene una vista más bella. imagino, durante un momento, las fotografías de muchos de ellos: sombreritos, banderitas, espaldas y piernas.
cada tanto hay budas con ofrendas de incienso. una niña me da un palito y una pulserita roja. pongo el incienso en el tiesto con arena y ella se alegra. después pide dinero, para el buda y para ella. bien, la vida es así. hace hambre. el conductor que me ha traído se llama choung. es joven y bastante circunspecto. siempre lo pierdo y él me encuentra a mí, por suerte, porque hay decenas de tuk-tuks estacionados bajo los árboles, y me resulta difícil distinguir uno de otro. me llama por mi nombre. le pregunto si tiene hambre y dice que sí. en alguna guía leí que es mejor comer en los paradores de los conductores, porque es comida "de verdad", más barata y sabrosa. así que le digo de ir almorzar. es un espacio techado por un toldo, donde además se vende toda clase de cosas: ropas, imanes, budas, sombreros, postales, instrumentos musicales, cestos. me siento en la mesa que me indica la mesera, una joven muy joven, y choung se sienta en otra. le digo que compartamos. no sé si es una metida de pata cultural, quizá sí, pero en todo caso, son notables su decoro y su buena educación. yo pido en inglés; él, en khmer. vaya uno a saber qué es. es joven. tiene 26 años, es de familia campesina, del campo, y es huérfano de padres. su madre murió de fiebres (no sé cuál) y su padre murió poco después por la explosión de una mina. camboya es uno de los países que aún tiene el mayor número de minas activas en el mundo; tanto en tierra como en los ríos. así que lo criaron los abuelos. después se vino a siem reap, y terminó la secundaria (tercero de liceo). su inglés es bueno, da para mantener una conversación razonable. es uno de los problemas, me explicaron, cuando uno habla con los conductores, los camareros o la gente que trabaja en la calle. no hay problemas culturales en hacerlo, pero sí existe el de la incomunicación idiomática. choung trabaja como conductor en una empresa de tuk-tuks y motocicletas (está aquí porque el conductor que me trajo ayer a siem reap no maneja tuk-tuk); ganas 70 dólares mensuales, y comparte una habitación con dos "hermanos" (no son de sangre, dice, pero es como si lo fueran) por la que paga 25 dólares al mes. con el resto debe pagar el resto de lo que sea vivir. le pregunto si tiene familia. sonríe y se alza de hombros: "no money, no honey", responde. pienso en el libro sobre budismo que leí ayer, que no estaba mal, y que dice que los budistas aceptan las vicisitudes de la vida con naturalidad. ¿será este el caso? por las dudas, le pregunto si es budista, y me dice que sí. quizá sea el caso.quiere saber dónde queda uruguay y le hago un mapa espantoso de américa del norte y américa del sur. después ubico a uruguay, tan chiquito que nadie lo conoce. a veces, ni siquiera por el fútbol. así las cosas. me digo que compartir una comida siempre es algo humano, no importan las circunstancias, las diferencias, lo que sea cada uno. él usa cubiertos, yo uso palitos. entonces me da vergüenza y le digo si prefiere que sea al revés. con mucha paciencia -me parece- me explica que ese plato de pescado no se come con palitos. vale.
la última parada debiera ser la más espectacular, la mundialmente famosa ta prohr, gracias a angelina jolie y tomb raider. no sé si me interesa el vínculo; la película se me mezcló con las de indiana jones y más lejanamente con gungadin e incluso con la espantosa serie de la momia o como sea que se llamara. sin embargo, después de recorrerla y disfrutarla -termina, digamos, en un estanque largo y rectangular, en donde flota, indiferente, un único loto florecido, de color blanco- me dan ganas de ver el film de nuevo, porque, sinceramente, no se parece en nada a lo que acabo de ver.
vuelvo sobre mis pasos, los tantísimos ni sé cuántos metros que tiene este templo amurallado, y en el camino se escucha una música tristona, una letanía. entre unos árboles, unos hombres jóvenes tocan los instrumentos típicos (muy parecidos a los chinos; al menos reconozco el sonido del eru). me detengo allí, encantada. de a poco, al fijar la vista en ellos, empiezo a comprender. el cartel está en chino, y brevemente en inglés. pero no se necesita leer para entender: el que toca una especie de tamborcito de sonido seco, no tiene casi brazos; el que toca el eru no tiene piernas; el que hace sonar una especie de xilofón-arpa, tampoco tiene piernas; y otro es ciego.
son víctimas de las minas. la música no sé qué representa, pero es triste y hermosa a la vez. compro, claro que sí, el cd que se exhiba en una mesita discreta. otros que pasan dejan una limosna. son buenos músicos, me parece o quiero creerlo. tanta belleza no podía no tener su otro lado. así parece que es en todas partes.
en todo caso, aquí se desarrolló una majestuosa civilización, y lo que queda de ella hoy, cuyas edificaciones han sido reconstruidos con el aporte de distintos países del mundo, es muestra de ello.
parece tonto hacer mención de cosas cuyas fotografías y documentales están al alcance de todos; sin embargo, la impresión, el impacto, el atisbo de lo que deben de haber sido los ingenieros y arquitectos de la época no deja de ser un golpe fuerte. supongo que todas las civilizaciones que marcan la historia de alguna manera, cuando se las visita siglos después, conmocionan del mismo modo. hacen parecer ridículos, en cierto modo, nuestros edificios de tantos pisos.
un lugar da paso a otro, a varios kilómetros de distancia. el calor es agobiante, el sol está encantado de calcinarnos a todos; los conductores, pacientes, atan sus hamaquitas en los techos de los tuk-tuks y esperan las tantas horas que demora cada trayecto por los templos. hay monos tití, elefantes que llevan gente -pobres bichos, piensa uno, mientras se bambolean y ya no llevan príncipes ni princesas, y la trompa se arrastra por un sendero de tierra, completamente limpio: en ninguna parte se puede fumar ni se puede comer. se caminan varios kilómetros, y siempre hay un muro que da paso a una entrada majestuosa, algunos comidos por los árboles centenarios, cuyas raíces parecen talladas en las piedras; los estanques relucen a la luz del sol, y los lotos están florecidos de color púrpura y dorado. entre los árboles se levanta el viento, y hay un aleteo súbito y una inquietud de pájaros y otros animales que no se ven. quizá los estamos incomodando.
he descubierto un buen sistema para evitar el enjambre de turistas japoneses -que hablan a los gritos e impiden el paso de quienes van de a uno y sin guía, porque son muchos y desordenados, vaya japón-; los coreanos, los chinos y los rusos (pocos occidentales del lado de acá). basta con ver que la muchedumbre se dirige a la izquierda, para doblar a la derecha; basta que la muchedumbre suba las escaleras, para bajarlas; basta con que se amontonen delante de una estatua sin cabeza o de una linga, para salir a un patio. así se respira y se tiene una vista más bella. imagino, durante un momento, las fotografías de muchos de ellos: sombreritos, banderitas, espaldas y piernas.
cada tanto hay budas con ofrendas de incienso. una niña me da un palito y una pulserita roja. pongo el incienso en el tiesto con arena y ella se alegra. después pide dinero, para el buda y para ella. bien, la vida es así. hace hambre. el conductor que me ha traído se llama choung. es joven y bastante circunspecto. siempre lo pierdo y él me encuentra a mí, por suerte, porque hay decenas de tuk-tuks estacionados bajo los árboles, y me resulta difícil distinguir uno de otro. me llama por mi nombre. le pregunto si tiene hambre y dice que sí. en alguna guía leí que es mejor comer en los paradores de los conductores, porque es comida "de verdad", más barata y sabrosa. así que le digo de ir almorzar. es un espacio techado por un toldo, donde además se vende toda clase de cosas: ropas, imanes, budas, sombreros, postales, instrumentos musicales, cestos. me siento en la mesa que me indica la mesera, una joven muy joven, y choung se sienta en otra. le digo que compartamos. no sé si es una metida de pata cultural, quizá sí, pero en todo caso, son notables su decoro y su buena educación. yo pido en inglés; él, en khmer. vaya uno a saber qué es. es joven. tiene 26 años, es de familia campesina, del campo, y es huérfano de padres. su madre murió de fiebres (no sé cuál) y su padre murió poco después por la explosión de una mina. camboya es uno de los países que aún tiene el mayor número de minas activas en el mundo; tanto en tierra como en los ríos. así que lo criaron los abuelos. después se vino a siem reap, y terminó la secundaria (tercero de liceo). su inglés es bueno, da para mantener una conversación razonable. es uno de los problemas, me explicaron, cuando uno habla con los conductores, los camareros o la gente que trabaja en la calle. no hay problemas culturales en hacerlo, pero sí existe el de la incomunicación idiomática. choung trabaja como conductor en una empresa de tuk-tuks y motocicletas (está aquí porque el conductor que me trajo ayer a siem reap no maneja tuk-tuk); ganas 70 dólares mensuales, y comparte una habitación con dos "hermanos" (no son de sangre, dice, pero es como si lo fueran) por la que paga 25 dólares al mes. con el resto debe pagar el resto de lo que sea vivir. le pregunto si tiene familia. sonríe y se alza de hombros: "no money, no honey", responde. pienso en el libro sobre budismo que leí ayer, que no estaba mal, y que dice que los budistas aceptan las vicisitudes de la vida con naturalidad. ¿será este el caso? por las dudas, le pregunto si es budista, y me dice que sí. quizá sea el caso.quiere saber dónde queda uruguay y le hago un mapa espantoso de américa del norte y américa del sur. después ubico a uruguay, tan chiquito que nadie lo conoce. a veces, ni siquiera por el fútbol. así las cosas. me digo que compartir una comida siempre es algo humano, no importan las circunstancias, las diferencias, lo que sea cada uno. él usa cubiertos, yo uso palitos. entonces me da vergüenza y le digo si prefiere que sea al revés. con mucha paciencia -me parece- me explica que ese plato de pescado no se come con palitos. vale.
la última parada debiera ser la más espectacular, la mundialmente famosa ta prohr, gracias a angelina jolie y tomb raider. no sé si me interesa el vínculo; la película se me mezcló con las de indiana jones y más lejanamente con gungadin e incluso con la espantosa serie de la momia o como sea que se llamara. sin embargo, después de recorrerla y disfrutarla -termina, digamos, en un estanque largo y rectangular, en donde flota, indiferente, un único loto florecido, de color blanco- me dan ganas de ver el film de nuevo, porque, sinceramente, no se parece en nada a lo que acabo de ver.
vuelvo sobre mis pasos, los tantísimos ni sé cuántos metros que tiene este templo amurallado, y en el camino se escucha una música tristona, una letanía. entre unos árboles, unos hombres jóvenes tocan los instrumentos típicos (muy parecidos a los chinos; al menos reconozco el sonido del eru). me detengo allí, encantada. de a poco, al fijar la vista en ellos, empiezo a comprender. el cartel está en chino, y brevemente en inglés. pero no se necesita leer para entender: el que toca una especie de tamborcito de sonido seco, no tiene casi brazos; el que toca el eru no tiene piernas; el que hace sonar una especie de xilofón-arpa, tampoco tiene piernas; y otro es ciego.
son víctimas de las minas. la música no sé qué representa, pero es triste y hermosa a la vez. compro, claro que sí, el cd que se exhiba en una mesita discreta. otros que pasan dejan una limosna. son buenos músicos, me parece o quiero creerlo. tanta belleza no podía no tener su otro lado. así parece que es en todas partes.
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