miércoles, 16 de enero de 2013

viaje por el mekong y entrada a siem reap

es uno de los ríos más largos del mundo, haberlo sabido. eso explica que la travesía, que la expendedora de boletos dice demora cinco horas, termine siendo de siete y media.
el barquito -una barcaza cubierta- comienza a hacer sonar la sirena apurando a los que se han retrasado; hay dos filas de asientos con dos y tres sitios cada una; a mí me toca junto a una ventanilla, al ras del agua, y por suerte nadie tiene el número seis. eso me permite viajar con un poco más de comodidad que la mayoría. los rusos, que son como osos, la pasan relativamente mal; dos camboyanos y dos chinos, diminutos y delgaditos, no se quejan; la mayoría de los pasajeros decide treparse al techito curvo y tomar el sol. una pena, porque no ven el paisaje y quedarán convertidos en cangrejos recién hervidos.

abandona el embarcadero en la ribera del río en phnom penh y cobra velocidad. la salida de la ciudad es como si fuera por carretera. los edificios se convierten en casas de dos pisos que se convierten en casas de un piso que se convierten en casillas. y a medida que eso ocurre, más se puebla el río de barcas con pescadores, que van sentados en cuclillas o de pie, con los sombreros cónicos de hoja de palmera -supongo-, los pantalones de colores vivos, y muchos niños chicos que nos saludan a lo lejos. uno en particular me llama la atención, porque resalta el color de la piel en un trajecito enteramente verde, un verde vegetal, potente. pienso que la niñez se termina cuando un niño deja de saludar a un barco, un autobús o un avión.  viendo a este y devolviéndole el saludo, se me ocurre que de grande será un escritor y que escribirá recuerdos de su infancia. pondrá que a la edad de cinco años iba con su padre de pesca y vio pasar a la barcaza sumbo a siem reap, adonde van los turistas. y que alzó la mano y saludó y una mujer le devolvió el saludo, a lo lejos. no sé por qué, se me metió en la cabeza que será un gran escritor.

el viaje sigue, el barco a veces más cerca de una ribera y a veces más cerca de la otra; otras veces va por la mitad del río, que se ensancha y tiene su corriente fuerte, y toca la sirena cada vez que algún pescador está muy cerca. acompañan a todos montículos de lotos que viajan con la corriente, muy rápidos. dicen que acá hay rápidos, pero no sé si se ven o no. en todo caso, pronto el paisaje cambia. las casas están en la altura de unos palafitos; son techos de palmera y paredes tejidas, una gran superficie, como una terraza techada, en donde cuelgan hamacas. también hay casas-barco, algunas ancladas en la ribera, otras siguiendo el curso del río. hay redes tendidas, hay mujeres pescando, otras desgranando lo que supongo son moluscos. se ven las puntas doradas de algunas pagodas entre las palmeras y los bananos; escaleras de bambú que entran al agua; amarras retorcidas y oscuras; barcos y más barcos, y el ruido del motor y del viento y del río golpeando la embarcación. después, las últimas casas dan paso a una vegetación tupida, selvática, que parece impenetrable, porque las raíces forman como rejas que se meten en el agua. la velocidad del río disminuye, se ensancha, hace meandros; hay afluentes que se meten tierra adentro y vaya uno a saber adónde llegan. de a ratos los pasajeros se excitan, salen a una especie de cubierta, toman fotografías. es la misma babel de siempre, pero concentrada. nos han avisado que no hay comida, sólo agua. algunos han sido precavidos: frutas, sándwiches, cerveza y galletitas locales. otros no llevaron nada. algunos duermen, lo que también es una pena.

tras seis horas de travesía, el río se ensancha de pronto, se pierden de vista las riberas y se convierte en mar. es boeng tonle sap y demoramos casi una hora y media en alcanzar tierra firme. el paisaje es desolador; el agua fuerte y muy marrón y muy de vez en cuando se ven los lotos que van hacia el sur. parece que este mar no fuera a terminarse nunca, y cuando llega al horizonte es como si se curvara. si el agua fuera azul, no se distinguiría del cielo, tan cerca están uno del otro. y el sol, desde que salimos, tan cerca del ecuador, está siempre en el mismo lugar y resplandece y ciega la vista.

entonces aparece la ciudad acuática; una completa ciudad formada por barcos-casa, donde no sólo hay viviendas, sino barcos-tienda, barcos-depósito, barcos-arregla-cosas, y mucha gente, mucha gente, en barquitos de todo tamaño, todo de diferentes colores. se la puede visitar, como quien visita valparaíso, y se ven pasar tuk-tuks acuáticos, lo cual no deja de tener su gracia.

el embarcadero de siem reap es una escalera destartalada de madera, y un techo debajo del cual se apiñan los conductores que esperan a los pasajeros. cuando estoy a punto de perder las esperanzas de ver aparecer al mío, lo descubro con un cartelito, detrás de una columna. camino detrás de él y le digo adónde quiero ir. para mi sorpresa y espanto, no se trata de un tuk-tuk, sino de una motocicleta. acomoda la mochila no sé cómo entre las piernas y me dice que me suba. se pone el casco, yo me encomiendo al dios del transporte público de este país y partimos. el camino es polvoriento, de tierra, y los caseríos, también construidos en especie de palafitos, parecen muy pobres. o al menos es la impresión que dan. pero quizá no sean pobres. quizá sea mi prejuicio. andamos así muchos kilómetros, y atravesamos arrozales, con campesinos vestidos de negro, en el agua, y los sombreros tejidos que relucen al sol. a veces el camino se hace muy estrecho, tanto que parece que uno pudiera estirar la mano y tocar las cestas en las casas o las hamacas, donde duermen niños. hay en el aire un aroma dulzón y putrefacto, potente y penetrante (demasiadas "p" en esta descripción) que se mete en la nariz y no se va. el mismo olor de los mercados, de los callejones, y supongo que ha de ser la comida, las frutas y el agua de un arroyo y de la calle.

la gente saluda; las motos son una infantería de moscas que tocan la bocina y van exactamente en contra de nosotros; sin embargo, todos evitan la catástrofe que la física anuncia como inminente. no es que frenen: es que simplemente hacen un suave movimiento hacia la derecha o la izquierda y salvan el obstáculo. así, media hora después, entramos en la ciudad, que nos recibe con pagodas, un puente, un parque arbolado, un frescor en el aire bienvenido, música y cánticos que suenan en alguna parte; bullicio, las tiendas y los tenderetes en la calle; movimiento, mucho movimiento; gente muy joven en todas partes, guardias, trabajadores que barren las calles y las aceras con las escobas que vi en china, de mango muy corto, hechas como haces de paja, que en realidad parece que desparramaran las hojas a un lado y al otro, pero todo está limpio. podríamos usarlas en montevideo, pienso, porque al igual que en phnom penh, todo está limpio, y la basura organizada. de noche, tarde, la basura rebosa en todas partes, pero  más tarde aun pasan cuadrillas y recogen todo, riegan las calles y cuando amanece, a las seis de la mañana, todo reluce.

entonces voy al mercado. una mujer con una niña en brazos me pide que le compre leche (B3) en la farmacia, y lo hago. chay let, el conductor me rezonga: no es para ella ni para la niña; la va a vender.
pienso que si la vende, la vende. entro al mercado. a diferencia de los que visité en la capital, aquí también venden especies y tés de todo tipo. el olor es fuerte, denso; no entra la luz del día, y las sedas y los algodones se confunden con zapatos, frutas, carnes de aspecto poco amigable y pescado, mucho pescado. algunas mujeres sentadas en cuclillas en la misma bandeja donde lo venden, lo limpian y lo ordenan. hay un runrún de voces, griterío de ofertas, gente que regatea (yo también, y es algo fascinante), gente que come en banquitos o en cuclillas cosas que no se parecen a nada pero huelen intensamente. hay una vida en ese mercado que tienta. tanto, que compro especias, tés y cosas que, realmente, no sé qué son, pero se ven bonitas y entrañables. al fin y al cabo, uno no deja de ser un extraño en este lugar fascinante.
 

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