miércoles, 22 de octubre de 2014

chañaral, segundo día: cuando el gato félix se quedó en la prisión

después de la visita a mantoverde -explotación minera de cobre a cielo abierto, lo que aratirí quiere hacer en nuestro país, y que en nuestra visita indigna a cada uno de nosotros, que ve los resultados, la explotación, etc- cuatro de nosotras: gloria, de perú; Judith, de colombia; marcela, de bolivia, y quien esto escribe- atraviesan parte del desierto con omar, para ir a la prisión -la gendarmería- a tener un encuentro con un grupo de reclusos -hombres y mujeres- que han participado durante un año en un taller de escritura creativa a cargo del infatigable omar. la travesía por las carreteras más solitarias que nunca, con un sol inclemente- hace un rato apenas vimos un arco iris crecer de la nada y con la curvatura al revés que, dicen, es señal de tormenta solar en alguna parte- con una conversación a media voz sobre los españoles que cruzaron estos parajes y masacraron indios y culturas a su paso, desemboca, después de pasar por el salado -una de las zonas más pobres que uno pueda imaginar, a la que se ingresa por el camposanto- llegamos a la prisión (aquí le dicen gendarmería). nos abren después de un buen rato. nos guían y debemos dejar pertenencias. para evitar el trámite del registro, nos dicen que amontonemos las carteras, los celulares y los documentos en un cuartito. luego nos hacen pasar a donde están las celdas -algunas- y donde viven -o como sea que esto se llama- los reclusos. dos policías bromean en forma un poco subida de tono, y cuando me ven, se disculpan.

- todo bien- es lo único que se me ocurre decir.

no sé qué hay antes, si la literatura o la realidad. pues lo que veo -y lamento no tener una cámara de fotos- es lo más parecido a "el beso de la mujer araña" en su versión provincial. también, y antes de recorrer el pasillo, en una de las celdas hay tres reclusos con esposas y grilletes, uno de ellos con un corte en la frente, y varios gendarmes ante la reja. nos esperan. no ellos, los de las esposas, sino quienes se interesan por la escritura. hace calor, mucho calor, y el beso arañesco es esplendoroso. alguien que se acaba de duchar cruza un terreno que parece un campamento, apenas cubierto por una toalla. en todas partes cuelgan cosas que alguna fueron prendas, y hay cosas otras, que no se sabe qué son. algunos nos miran, y de pronto tomo conciencia de que somos cuatro mujeres. en un rincón, tres mujeres esperan. mujeres, aunque debería decir jóvenes. una tiene unos ojos negros y un cabello lustroso, que en cualquier baile de la capital haría suspirar al más recio; otra es lánguida y viste de fucsia; una tercera tiene cara de nadie, y me da pena. pero están en un rincón.

nos hacen pasar a un salón de clase, y en el pizarrón hay fórmulas de ecuaciones de segundo grado. hace mucho calor, mucho calor, y el polvo del desierto se ha metido por todas partes y es molesto. de a uno entran los reclusos. las últimas son las mujeres. omar pregunta por los cochambinos, los que cayeron por ser mulas y que jamás reciben visita. "los de chile", aclara, "alguna vez reciben a familiares. los de bolivia están solos". hablamos de que esto es fruto de la pobreza, de la miseria. para acabar con esto hay que resolver la pobreza. les cuento del "sí a la baja", antes de entrar al salón.

hay un recluso alto, de ojos claros, el brazo tatuado, que dice que se dio cuenta de que para escribir hay que tener sentimientos, y mucho dolor. entonces tomo la palabra y hablo del dolor. qué significa el dolor, y qué hacen las palabras con el dolor. él hace preguntas, y tímidamente otros se animan a hablar también. hablo de que el dolor es personal, pero que la literatura lo convierte en universal, y que al ser compartido, a través de lo poético, se transforma. entienden y asienten. le pregunto cómo se llama. "Álvaro", dice, "soy de santiago". dice que antes la vida era otra, pero que tomó por un mal camino. nadie pregunta cuál. en el fondo, hay una pareja. una de las jóvenes está de la mano de un joven. el taller es el único momento que tienen para estar juntos, porque están enamorados, "son pololos", aclara alguien. sigue la conversación.

los miro. me miran. entonces les digo que no hay un aquí y un allá; un nosotros aquí que escribimos, y un ellos encerrados. que hay autores que han sido reclusos durante mucho tiempo, que la literatura no registra demasiados, pero que busquen. les menciono a genet, no sé por qué, y pienso, tampoco sé por qué, en figares. me digo que figares debería estar aquí, hablando con ellos. les digo que lean a autores que han pasado tiempo en la cárcel. no me refiero a presos políticos, me refiero a presos como ellos, que han cometido delitos, y a los que la gente no  mira a los ojos y desprecia. las cuatro estamos allí, y marcela se emociona porque hay cuatro que son de su tierra. entonces, de pronto, Álvaro me dice. ¿me regalas el gato Félix? es un pin que llevo conmigo a todas partes, desde hace muchos años. le digo que debo preguntar si puedo dárselo, porque tiene un pincho. él comprende y no insiste. por fin se termina la charla. salimos. nos despedimos. Álvaro no dice nada. me acerco a un gendarme y le pregunto si hay problemas en que le regale el pin del gato Félix a un recluso, a Álvaro, que ha dicho que escribir le ha cambiado la vida.

- no hay problema -dice, después de que se lo muestro.

entonces lo busco y se lo tiendo.

- me han dicho que puedes quedártelo -aclaro y le sonrío.
- no es para mí! es para mi hijo, adora al gato Félix.

no sé qué decir.
le doy un beso y le digo que me escriba.

ahora hay guardias, más que antes. y pronto vemos por qué.
los reos que están engrillados y esposados salen, entre varios policías, arrastrando los pies, haciendo ruido metálico con las cadenas, y me pregunto si es realidad lo que estoy viendo o si me lo estoy figurando, trastornada por la resolana del desierto. pero sí es verdad.

los reclusos vuelven a sus carpas, a su lugar arañesco. y nosotros salimos a la vida extramuros.
nadie habla. no hay de qué hablar. no hay qué decir.

no, no, no. esta no es la solución. no importa qué hayan hecho. un ser humano no puede vivir así.
pero, me digo, al menos, estos que conocimos hoy, han encontrado algo en la escritura. pero y los que no encuentran nada?

omar se despide de ellos: siempre para adelante; siempre mirar para adelante, tener esperanza, luchar.

 

1 comentario:

  1. encerrados haciendo nada no es la solución; encerrados escribiendo puede ser la reflexión del acto que los hizo entrar y poder cruzar extramuros con la esperanza de no volver

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