el avión aterriza en un aeropuerto rodeado de montañas de picos nevados; desde arriba, mientras da las vueltas de rigor, se ven cúpulas de iglesias y torres, al menos de hace 200 años. el aeropuerto es pequeño, como era el de carrasco hace muchísimo tiempo, y todavía tiene una terraza en la que hay gente mirando llegar al avión. hace frío a esa hora, las seis de la mañana, pero ya hay un sol radiante y el cielo está despejado. no fue un vuelo muy numeroso, de modo que la maleta aparece con prontitud, y una vez afuera, encuentro a los organizadores de la feria del libro, que me depositan en la calle de los mercaderes, en el hostal el conquistador.
la ciudad no llega al millón de habitantes, y el hostal se encuentra en el centro, en una calle peatonal, con muchos comercios que todavía están cerrados. a pocas cuadras de allí, me dicen, está la plaza de armas, y un poco más allá el mercado de san camilo. el hostal es una vieja casona del siglo XVIII que mantiene su estructura -después entiendo que en esta zona la mayoría de las edificaciones es así: varios patios "españoles" a los que dan espacios de mayor o menor tamaño. en este caso, han sido convertidos en la recepción, el comedor, una suerte de sala común. al final del tercer patio hay construcciones más modernas, pero que siguen el estilo del edificio principal.
salgo a caminar, y todavía hay poca gente en la calle, pero el trajín se siente, hay olor a comida callejera (pinchos de res, pollo y cerdo) y pastelería fresca. en los kioscos, se vocean los periódicos, y se ven muchos taxis diminutos, enteramente amarillos, que andan muy rápido, pero que frenan a tiempo en una cebra o cuando cambia la luz del semáforo. soy la única blanca en todas las cuadras que recorro, hasta que entro a la catedral, en la plaza de armas.
sorprende de inmediato la limpieza extrema de las calles, de los comercios, y también sorprende que no haya botes donde tirar la basura. pregunto y alguien explica que a arequipa se la conoce como la ciudad blanca por la limpieza que la caracteriza. pienso: medellín, santiago de chile, ahora arequipa; también potosí y santa cruz me parecieron limpias. qué le pasa a montevideo?
en la catedral hay un gran número de vírgenes con nombres diferentes, en vitrinas, de un tamaño que impresiona, y también porque el cabello es negrísimo, y los rasgos no son los estamos acostumbrados a ver. sólo allí me cruzo con otras personas blancas.
la gente en la calle es amable, la mayoría sonríe; muchas madres con niños chicos, jóvenes, parejas, viejos. al rato, a la hora de caminar, ya hace mucho calor. es menester volver al hostal a ponerse protector solar y desayunar.
a las doce me encuentro con gloria mendoza borda, la poeta artífice de que yo esté aquí, en la tercera feria internacional del libro de arequipa. caminamos nuevamente hasta la plaza fuerte y de allí al mercado de san camilo, a por un sombrero para mí. el mercado es tal como imaginé, y como los que se conocen en otras ciudades latinoamericanas. un griterío, un conjunto de olores, texturas, colores, alimentos, ropas y cosas que son voceadas sobre los gritos y las voces fuertes de quienes compran o preguntan precios. me recuerda al mercado de potosí, y al de caracas, y al de quito y también al de lucca. los mercados son la gente, y eso es lo más lindo que hay. a quién se le ocurriría visitar un shopping mall para saber cómo huele una ciudad? ser blanca y rubia no favorece en nada mi deseo de comprar el sombrero. en el primer tenderete la vendedora pide un precio disparatado, y gloria hace que no con la cabeza y vamos al segundo, donde la joven que nos atiende rebaja el precio a la mitad de lo que la primera quería. el sombrero me salva del solazo, que realmente quema y hiere los ojos, pero me convierte, ahora sí, en una gringa seguramente encantada con el color local. es una pena, me digo, parecer lo que no soy, pero qué le vamos a hacer. gringa de sombrero por el casco viejo de la ciudad, y que además toma fotografías es el último papel que me interesa representar.
en la calle, gloria se cruza con conocidos. es profesora de comunicación y semiótica -además de una magnífica poeta- en la escuela de bellas artes, y las personas la saludan con afecto. la escuela queda aquí cerca, en el vecindario. me dice que debemos ir a la feria del libro, a presentarme. para eso, nos metemos por un conjunto de callecitas y callejones de casas bajas, similares en arquitectura a las del hostal, grandes patios que dan a otros patios, pero también otras más pequeñas, con el dintel bajo y con un escalón hacia adentro, tal como las vi en san pedro de atacama. de pronto ya no sé dónde estoy ni en qué época. no hay nada que diga que estamos en el año 2011, y es de agradecer. no hay gente caminando con celulares en las manos o con ipods en las orejas, ni nada que se le parezca. entonces aparecen los carros, que son como los carritos por puesto venezolanos: pequeños no sé qué, en los que alguien en el pescante vocea las paradas y que van cargados de pasajeros. nos montamos en uno, y una vez más siento que todos me miran. qué más da. el carro baja rápido la cuesta, curvilínea, se mete por un vecindario de casas un poco más grandes, llamado el vallecito, y por fin nos bajamos a una cuadra de la feria del libro. es grande, al aire libre, y hay muchas personas. muchos padres con hijos chicos, y el leit motiv es acercar la lectura, convertirla en una toma de conciencia, en una actitud civil, me explica freddy tito velázquez, uno de los organizadores, que está con sus hijos chicos allí. recorremos los distintos puestos, y realmente hay muchísimos libros, todos interesantes. se nota el orgullo que se siente por que el nobel sea vargas llosa, hijo de esta ciudad. entramos a una charla muy interesante sobre la lectura y cómo incentivar a la gente a leer; en otro lugar, dos escritores han fundado algo que se llama "recreo" que acerca libros a poblados alejados donde no hay ni bibliotecas ni libros. trabajan con los padres y con los niños, y ya se han convertido en un proyecto nacional. la lectura cunde, es contagiosa, porque aparentemente han encontrado la manera: participar activamente y pensar en quién es el lector. un escritor joven dice que de nada sirve acercarle a un joven que no lee las obras completas de vargas llosa, pero sí un cuento, porque eso hará sentir que puede. en la secundaria hay una materia que se llama planificación lectora... me consuelo: parece que el problema de la lectura trasciende fronteras. acá, en esta ciudad, se propusieron hacer la feria del libro y ya van por el tercer año, y con éxito.
hace calor, tengo sed, y gloria dice que debemos tomar un helado de queso. pues eso hacemos, y la vendedora explica que es una tradición de la época de cuando la conquista española. los conquistadores vieron que en las montañas había mucho hielo, y que también había mucha leche. pusieron a los esclavos a traer el hielo de la montaña y a picarlo y meterlo en bateas. después pusieron allí la leche, y movieron la batea. la leche, con el frío y el azúcar se pegotea a los bordes y termina formando algo con la consistencia parecida al queso, a una ricotta cremosa. es muy frío y sabroso. se sirve en vasitos con un poco de canela. supongo que también tiene unas gotas de vainilla. seguimos caminando, recorriendo la feria.
después volvemos a tomar otro carro y nos bajamos mal, pero a gloria le brillan los ojos y dice que aprovecharemos para visitar a un pueblo dentro de un pueblo. subimos una escalera alta, y recorremos una calle de dos cuadras con casas bajas, muchas de ellas destinadas a comercios de artículos de cuero: botas, aperos para los caballos, monturas. y por fin encuentra la entrada, una reja enorme, un callejón que se abre y, efectivamente, entre dos calles, hay otro pueblo. un conjunto de casitas bajas, todas iguales, con ventanas adornadas con malvones y geranios; una placita en una esquina donde tres adolescentes discuten, y más allá una pareja descansando en un banco. hay cactus por todas partes, no sólo aquí, sino en todas partes; unos cactus grandes que dan las tunas, y que resaltan contra las paredes blancas. en este pueblo interior incluso hay una iglesia y un par de tiendas de abarrotes. sí, no sé cómo se llaman, pero parecen salidas de una película, y llamarlas almacén no sería hacerles justicia. dejamos el pueblito atrás y seguimos caminando. gloria me lleva a que conozca la escuela de bellas artes, un enorme edificio que recuerda a un monasterio románico, con un patio central con árboles centenarios y un david que saluda bajo una bóveda. a unas cuadras de allí, entramos en la primera universidad de arequipa, que remite a la misma sensación de estar en un monasterio, con los pasillos en pasiva, arcos románicos, pisos y paredes de piedra, y un enorme jardín arbolado, fresco, con bancos que invitan a pensar. dan ganas de quedarse y escuchar a algún profesor. gloria dice que aquí se le hizo un homenaje a vargas llosa, hace unos años, y que fue su antiguo marido el que dio la charla de presentación. lo dice con orgullo. antes había dicho: hay gente que no se alegró por el premio a vargas llosa, por su forma de pensar y las cosas que dijo, pero es un buen escritor. y en la feria del libro un escritor -no recuerdo el nombre- dijo que los primeros libros de vargas llosa le gustaron mucho, pero que los últimos le parecieron malos. "todos tenemos derecho a dejar un libro por la mitad", agrega, "y no importa si es de alguien famoso, de alguien bueno o no".
caminamos unas cuadras más, hasta dar nuevamente con la plaza de armas. en la catedral, me pregunta gloria, ¿has visto al diablo? no, digo, sólo vi vírgenes, santos y a jesús. pues, dice, tenemos que ir a que veas el diablo. hay un diablo allí, y la gente a veces dice que va a ver al diablo y no a dios. pero la catedral ya está cerrada, y el diablo quedará para mañana.
sábado, 1 de octubre de 2011
sábado, 24 de septiembre de 2011
Reflexiones sobre la soledad del escritor. Artículo para la Feria del Libro de Arequipa, Perú, octubre 2011
Inicialmente, pensé centrar este artículo en la figura del escritor en relación con el proceso creativo de una novela, y enfocarme en la soledad existencial que lo rodea. Sin embargo, y repasando algunas lecturas de otros escritores y críticos, encontré el ensayo que escribió Ángel Rama en 1964, Diez problemas del escritor latinoamericano, y me pareció apropiado tocar algunos de los puntos que menciona, y que de algún modo se relacionan con mi tema.
Así, encuentro dos soledades íntimamente relacionadas: la del escritor, sí, ante su propio proceso de creación, y la del escritor inmerso en el contexto social donde lleva adelante la escritura.
Dice Ángel Rama: “El hombre se construye a sí mismo al construir un arte” (2006, pág. 3), y más adelante señala uno de los principales problemas de quien decide, sin saber en principio por qué (este artículo pretende dar cuenta de las diferentes explicaciones a ese fenómeno), dedicarse a la escritura: la sociedad no considera, aún hoy, que el trabajo del escritor sea tan importante y necesario como el de un médico, un abogado o un ingeniero.
Es brillante la argumentación del ensayista, que analiza la sociedad y encuentra que los primeros intelectuales que alcanzan el grado de especialización son los juristas y los médicos. Luego los maestros y los profesores; lo que supone que la sociedad en su conjunto decide darles fondos para que ejerzan plenamente su profesión, que entienden beneficia a la sociedad. Es decir, aquello que surgió en su momento como una vocación, adquiere un estatus que les permite convertirla en forma de vida remunerada. Significa esto que la sociedad valora, de cara al futuro, que estas profesiones son realmente útiles.
No es ese el caso de los escritores, que, en caso de tener éxito, recuperan todo lo invertido en su larga carrera gracias a algo que nada tiene que ver con la valoración del cuerpo social en su conjunto sobre la obra en sí y su pertinencia. Buenas ventas, en la mayoría de los casos, premios de envergadura, o cosas similares son el remedo que algunos perciben, generalmente al fin de una vida. Entonces la sociedad aplaude, sí, pero como puede aplaudir y festejar las gracias de un mono en un circo o de un malabarista en una feria de pueblo. El escritor es un adorno, alguien que da lustre a una charla o a una fiesta, pero que así como se lo convida, se lo olvida prestamente.
Esto significa que aún hoy, en los albores del siglo XXI ninguna sociedad ha considerado que un escritor lleva adelante una tarea que sea beneficiosa para la comunidad en su conjunto como para remunerlo por ello. Siguiendo a Rama, la mayoría de los escritores vive de otras tareas que no se relacionan con la escritura, pero que se vinculan con un quehacer intelectual: pueden ser funcionarios, periodistas, maestros, profesores. Se sirve de ellas para escribir y contribuye doblemente a la sociedad a la que pertenece: por el trabajo que hace y por la obra a la que le dedica el resto del tiempo.
En esa doble función, el escritor también está solo. Solo porque el entorno no es el de la literatura, y en él debe vivir y socializar con otros, y solo, también, porque una vez sumergido en su propio mundo ficcional tampoco hay con quien compartir las vicisitudes de la escritura. Pero además, como aclara Rama, las mismas capacidades intelectuales que usa en su labor diaria son las que requiere para su tarea como escritor, de modo que en realidad se enfrenta al proceso creativo con lo que le sobra de esas capacidades. Y, en el caso de un novelista, este problema se vuelve un escollo considerable, ya que una novela requiere de un proceso de continuidad, de largo aliento, un gran esfuerzo, sostenido en el tiempo, distinto por completo al dramaturgo, al poeta o al ensayista.
Es probable que –si pudiéramos encontrar el punto de arranque en la Historia- los primeros escritores no pensaran o tuvieran consciencia completa de esta trama compleja que no parece tener solución. Pero avanzada la historia de la literatura, el escritor que surge, que toma la decisión de serlo, sabe que hay un conjunto de escritores en el pasado que son ejemplo veraz y contundente de lo que le espera. Y sin embargo, cuando se toma la decisión, no hay duda de ningún tipo al hacerlo.
Entonces, ¿qué hace que alguien decida ser escritor? Si la cita de Rama es cierta, de que el hombre se construye a sí mismo a través del arte, la elección de convertirse en escritor supone una autoconstrucción, una decisión diferente a los rasgos físicos o la personalidad de cada uno, que viene con el nacimiento y se desarrolla con los años. El escritor, entonces, buscaría saber quién es a través de su escritura. Y si eso fuera así, entonces lo que encuentra son más interrogantes que certezas, y una insatisfacción permanente que sólo se aplaca con el hecho de escribir.
Algunos tildan a esta necesidad, a esta decisión, de enfermedad, como Vargas Llosa que, en Cartas a un novelista, intenta desentrañar la vocación como una predisposición temprana a “fantasear personas, situaciones, anécdotas, mundos diferentes del mundo en que viven, y esa proclividad es el punto de partida de lo que más tarde podrá llamarse una vocación literaria” (1997, pág. 12). Agrega Vargas Llosa, que esa tendencia no necesariamente convierte a esa persona fantasiosa en escritor, y que son pocos los que deciden dedicarse, sí, el resto de sus vidas a crear mundos enteramente de palabras. Quizá suene pueril pensar lo que esto significa: mundos de papel, mundos de cosas referidas que no tienen materialidad ninguna, y que el escritor, seguramente, tampoco terminará de desentrañar ni de comprender completamente.
Dedicarse a escribir, a fundar mundos inexistentes, descritos con palabras, es un acto de rebeldía, o de exclusión: el mundo que me rodea, el mundo en el que habito sin que nadie me haya preguntado si quería hacerlo, no me gusta, no es el lugar en el que quiero estar. Respondo a esa inquietud, a esa molestia, a esa imposición, me rebelo a ella, y escribo. ¿Qué escribo y a quién? En principio, a mí mismo. Lo curioso es que, ese punto de partida individual, íntimo, casi soberbio y egoísta, en algún momento llega al mundo real e influye de cierta forma a personas reales. Lo que en principio puede parecer inocuo: ¿quién le teme a un mundo de palabras? no lo es tanto: a lo largo de la historia, muchos, pero muchos de esos mundos literarios llenaron listas de libros prohibidos, fueron quemados, sus autores censurados o desaparecidos o ignorados. Todos hemos padecido alguna dictadura o conocemos a quienes la sufrieron, y sabemos lo peligrosa, lo odiosa, que resulta la literatura para algunos gobernantes. Entonces, en esa soledad en la que se encuentra el escritor, descubre también que forma parte de una historia de otros, solos y rebeldes como él, que han tenido que apañárselas de algún modo con esa vocación imperiosa que no cede con nada.
Una vez comenzado el proceso de escritura, resulta algo imparable. Se contagia a sí mismo. La literatura se convierte en la actividad mental principal en la vida del escritor, y aun si no está escribiendo, la mente - y él todo- está inmersa en ese universo. La vocación que lo alimenta se alimenta a su vez de él, en una extraña simbiosis que no tiene cura. Para los escritores, escribir es la forma de vivir, y eso ya lo dijo Flaubert cuando escribía Madam Bovary. Eso significa darse cuenta de que nada hay que sea más importante y necesario, imprescindible, que escribir. Y eso sume al escritor en una soledad profunda y sin salida. Puede, sí, alternar con otros, pero en el fondo, siempre, está alternando con el otro que está dentro de él, el escritor, que lo urge, le habla, le hace ver las cosas de otro modo, confundir, a veces, la realidad en la que vive, con la ficción que habita.
En definitiva, la escritura es como una droga, que exige ser consumida en dosis cada vez mayores, y que no tiene cura. Y así como el drogadicto hace su viaje en solitario, el que emprende el escritor también es así: en solitario. Tan en solitario que aunque intentara conversar, hablar con sus personajes, y realmente lo lograra, eso le mostraría que la otra cara de la moneda también es la soledad. Solo ante el mundo, ante sí mismo y ante el universo que ha creado.
Pero hay otro aspecto más en esta soledad que me gustaría analizar brevemente. Y para eso, voy a partir de la realidad diaria, la de cada uno. Alternamos en nuestro entorno, familia, trabajo, vía pública. Hacemos relaciones con los demás. Tenemos el tiempo de una vida para conocer a los otros y dejarnos conocer a nosotros mismos. La tolerancia, los valores en común, los intereses compartidos, la capacidad de comunicarse del ser humano, son herramientas que hacen posible la convivencia en sociedad. Conocemos, a veces más, a veces menos, a las personas con las que nos cruzamos a diario. Además, elegimos aquellas a las que queremos dedicarles más tiempo.
El mundo que crea el escritor no funciona según esas reglas. Es un mundo desconocido desde el principio. Y cada novela, cada cuento, supone un nuevo universo a descubrir. Descubrirlo de la mano de los personajes, que también son desconocidos. Apenas, con suerte, sepamos el nombre, una apariencia, alguno de los gustos o las fobias que pueda tener, pero no mucho más que eso. Es cierto que hay algunos –creo que cada vez son los menos, por lo pronto entre mis colegas, lo que voy a anotar a continuación, no es una práctica- que hacen fichas de cada personaje, mapas de los lugares, y organizan la vida realmente de cabo a rabo. Creo que fue Balzac quien se tomó ese trabajo –para mi gusto absurdo e inútil, porque es inabarcable- cuando se planteó la descomunal obra La comedia humana (inconclusa, por cierto). Digo que es inabarcable porque como en El jardín de los caminos que se bifurcan, de Borges, un personaje tiene casi infinitas posibilidades de existencia, de alternar y de comportarse con los demás y su entorno, puesto que existe allí, en el momento en que el escritor lo decida. Y como no tiene una vida real, ni una motivación real que lo mueva a actuar, a ser, no puede el escritor prever lo que ocurrirá. En su soledad, y si el escritor es grande y lo deja realmente en libertad, verá cómo ese hijo se mueve a su gusto, sin que él, el escritor, pueda intervenir verdaderamente. Pero no sabe lo que hará, y no tiene con quién compartir esa angustia existencial primaria. La misma soledad, pienso a veces, que pudo sentir Dios después de que dejó a Adán y a Eva en el paraíso. La gran diferencia es que Dios, si quería, y de hecho la Biblia pretende ser esa demostración, podía hablar con los personajes. El escritor, por más que quiera, por más que lo intente y hasta llegue a volverse loco, no puede hacerlo. Puede enamorarse de su personaje y saber que ese amor no se consumará nunca; puede padecer por los errores evidentes del personaje y no estar en condiciones de impedirlo. ¿Cómo podría interferir con una vida que se forma de palabras, de elipsis, de analepsis y prolepsis, de adjetivos y sustantivos? Y si suena a locura, en el fondo lo es. Uno padece el pathos de sus criaturas. Recuerdo lo que me ocurrió una vez con una de mis novelas, Zack. Allí, el protagonista, Zack, a quien yo amaba perdidamente, se encuentra, en su periplo, con una mujer, Irina. Necesito aclarar que el escenario era apocalíptico y que los personajes estaban perdidos, sobrevivientes de una catástrofe (nunca supe cuál) y que hacían lo que podían para vivir en un entorno sumamente hostil y peligroso. En realidad, sobrevivía el más fuerte, el que podía adaptarse mejor a un mundo que ya no era el que conocemos. Zack tenía un carácter fuerte, digamos, estaba preparado para sobrevivir sin lastimar a los demás, un solitario. Se encuentra con Irina y ambos viajan durante un tiempo juntos. Ella es más débil, no se adapta al mundo y a una vida transhumante, y llegado un momento, no resiste más y se declara culpable de un crimen que no cometió para que, al menos, en una prisión se sintiera segura otra vez. Recuerdo hasta el día de hoy el momento en que mi personaje entra a una especie de comisaría y dice ser la culpable. Me tomó por sorpresa –a mí y a Zack, que no pudo impedir esa acción- y me afectó tanto que grité, realmente grité del espanto, y dejé de escribir y lloré. ¿Por qué Irina, a la que yo quería tanto, a la que le había dado una vida y un pasado encantador, que además podía armar una especie de vida con Zack, tomaba esa decisión tan terrible, tan traidora de su propia esencia? ¿Qué había hecho yo mal en mi creación que se convertía en lo opuesto de lo que yo había pensado que podía llegar a suceder? Alguna vez he pensado que las novelas –las mías- se escriben durante largos períodos a nivel inconsciente, y que después, cuando me siento a escribir, simplemente soy una especie de traductor de ese inconsciente. Ubico ese lugar de la creación inconsciente a la altura de la nuca, no sé por qué, pero sé que allí se cocina lentamente esa enorme olla burbujeante hasta que irrumpe y se hace consciente. Cuando ocurrió eso que cuento sobre Irina, me sentí mal y sola. No podía compartir con nadie ese malestar. No era lo mismo que hablar con un amigo para decirle que mi hijo, de pronto, se había vuelto delincuente. No. Era mucho más profundo y denso que eso. Era un intangible que ya no tenía solución de ningún tipo. Irina fue a prisión y Zack asistió a todo eso en silencio, de ceño fruncido, desde lejos, horadando el camino de tierra con un pie enfundado en una bota recia. Y yo asistí desde el lado de acá, sin saber ni comprender las motivaciones íntimas de Irina, aquellas que yo jamás conocí ni preví. Entonces, el escritor conoce y no conoce a sus personajes, sus ambientes, incluso las jergas que usan o los pensamientos últimos. Hay una capa de los personajes que es tan desconocida como pueden serlo los pensamientos de las personas que nos rodean. Eso es, a veces, una suerte, pero otras veces es algo terrible, una verdadera maldición.
Me ocurrió, con El señor Fischer, que hubo un hecho en su vida que yo considero deleznable, y cuando apareció, porque yo desconocía su vida, también me produjo un espanto similar. A solas con él, enfrentada a ese momento particular de su vida, no encontré el verdadero motivo para su actitud. ¿Son planos los personajes? No lo creo. Pero un escritor debe aceptar esas cosas, cuando hace ficción, y como dijo el escritor uruguayo Miguel Ángel Campodónico, la verdadera verdad está en la ficción. Simplemente, y yo estoy de acuerdo con él, que es una verdad cuya explicación permanece oculta para el escritor que la inventa. ¿Se puede psicoanalizar a un personaje? Creo que es imposible, puesto que el escritor, de su personaje, apenas conoce ese pedazo, esos fragmentos que están en la novela. Puede imaginar, suponer, intentar reconstruir, a partir de los fragmentos, cómo ha sido su vida toda, día a día, incluso querer hacer una biografía completa de él. Pero no parece posible. Entonces una vez más vuelvo a lo del principio: eso lo sumerge a uno en esa soledad que no tiene remedio. La soledad de hablar a la nada, porque ninguno de ellos puede respondernos.
Hay otros aspectos, al menos que a mí me ocurren y que refuerzan esa soledad, ese estar en solitario, como a la intemperie, cuando se escribe. El espacio en que ocurre la historia, que da forma a la trama y al relato. Ese espacio se nutre de todos aquellos que el escritor conoce, de la vigilia y también de lo onírico. Arma un mapa de una ciudad –a menos que explícitamente recurra a una real- que no existe, y que sabe que jamás podrá conocer. Apenas, con suerte y según la necesidad de la novela y de su extensión, podrá detenerse en alguna esquina, en alguna avenida o parque; y si es un paisaje rural, habrá una montaña nevada que tiene lejanas reminiscencias con alguna real, pero no. Porque habrá detalles que toma prestados de otros, o que simplemente inventa. Es decir, vive, habita con sus personajes, un sitio que no existe más que en su visión interior. No puede internarse completamente en él, porque ni siquiera tiene tres dimensiones; apenas las dos que le permiten las palabras, y las secuencias narrativas. ¿Qué hay detrás de aquella puerta que el personaje jamás abrirá, porque no le corresponde hacerlo? ¿Y si allí hay otro mundo fascinante? ¿Qué se esconde en ese callejón del que el escritor sólo necesita la luz tenue del farol para que la sombra del personaje se refleje vagamente? ¿Por qué no ingresa en él, como haría yo en su lugar, en caso de que tuviera toda la libertad del mundo para hacerla? Me ha pasado de soñar que visito y recorro los lugares de mis personajes. Tengo un sueño recurrente, que surge con claridad cuando estoy en pleno proceso de escritura. Se trata de una ciudad que no existe –a veces creo que se emparenta con Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino-, con construcciones en ladrillo rojo, una amplia explanada, callejones y en alguna parte, un puerto. Sé que hay un puerto porque alcanzo a ver las grúas. En ese sueño, estoy en esa ciudad, y cada sueño me permite conocer un fragmento diferente: así, descubrí que más allá de la explanada, si tomo una calle a la izquierda llego a un parque lleno de rosales y enredaderas; pero si tomo la calle de la derecha llego a una especie de bajo, donde se comercia y trafica con cosas que presumo ilegales y peligrosas, pero que no sé qué son; sólo respiro la tensión y la amenaza que hay en el aire, y debo irme de allí. Apuro el paso, cruzo una plaza vacía y estoy en una parte que me gusta, similar a la plaza mayor de Madrid, con sus pasivas y sus corredores techados, donde hay gente que bebe incansablemente vino o cockteles, y conversa. Nadie allí parece verme, me meto entre las mesas, los miro, pero ellos a mí no. No existo para ellos, del mismo modo que no existo para mis personajes. Ninguno de mis personajes sabe que yo existo. Y cuando uno los ama, es eso, un amor terrible, como cuando uno ama a alguien que sabe imposible y no puede siquiera acercarse a esa persona. La ve de lejos. Pero con los personajes uno convive un largo tiempo, el de la creación, y el de después, cuando salen a la luz pública y alternan. Entonces los lectores hablan de ellos, opinan, los sienten cercanos o lejanos. Y ellos están allí y siguen sin saber quién es uno.
lunes, 19 de septiembre de 2011
antropología y rara avis en medellín
coincidieron casualmente el prof. levy-strauss y la prof. margaret mead, ambos en trabajos de campo similares. luego de intercambiar algunas observaciones y comparar datos, emprendieron una breve recherche, casi lúdica, y en conjunto: entrevistas y registros fotográficos compartidos, y nada de discusiones acerca de marco teórico o derechos de autor.
primer caso: frecuentis avis banalis, en el sujeto denominado "pola orchideae", que resaltó y resultó interesante por varios motivos: morfológicamente similar al homo sapiens, de aspecto agradable para los cánones actualmente instalados en el mainstream, y con un uso lingüístico menos reducido que otros ejemplares del mismo tenor. pero la enciclopedia encefálica resulta insuficiente para captar ironías, sarcasmos, así como para brindarle herramientas de adecuación contextual pertinente. ambos antropólogos tomaron notas e intercambiaron interpretaciones que permitirán, en un futuro próximo, elaborar un conjunto de hipótesis que respondan al fenómeno y permitan ingresar al mencionado ejemplar "pola orchideae" en un registro mayor.
segundo caso: don arquímedes, 100 años, perfecto estado de lucidez y autosuficiencia; con tres hijos y varios nietos. según testimonio de la hija mayor, la receta de arquímedes ha sido parrandear y beber. presto para dejarse fotografiar sin problemas, se puso en pose de prócer; seguidamente, y a solicitud de los investigadores, retomó su pose habitual, con un poncho de lino, un bastón sobre las piernas y una arepa en la mano.
los prof. levy-strauss y margaret mead compartirán más anotaciones en siguientes posts.
primer caso: frecuentis avis banalis, en el sujeto denominado "pola orchideae", que resaltó y resultó interesante por varios motivos: morfológicamente similar al homo sapiens, de aspecto agradable para los cánones actualmente instalados en el mainstream, y con un uso lingüístico menos reducido que otros ejemplares del mismo tenor. pero la enciclopedia encefálica resulta insuficiente para captar ironías, sarcasmos, así como para brindarle herramientas de adecuación contextual pertinente. ambos antropólogos tomaron notas e intercambiaron interpretaciones que permitirán, en un futuro próximo, elaborar un conjunto de hipótesis que respondan al fenómeno y permitan ingresar al mencionado ejemplar "pola orchideae" en un registro mayor.
segundo caso: don arquímedes, 100 años, perfecto estado de lucidez y autosuficiencia; con tres hijos y varios nietos. según testimonio de la hija mayor, la receta de arquímedes ha sido parrandear y beber. presto para dejarse fotografiar sin problemas, se puso en pose de prócer; seguidamente, y a solicitud de los investigadores, retomó su pose habitual, con un poncho de lino, un bastón sobre las piernas y una arepa en la mano.
los prof. levy-strauss y margaret mead compartirán más anotaciones en siguientes posts.
fiesta del libro, medellín 2011
el predio es el del jardín botánico, un espacio muy grande, en el que se han instalado las oficinas de la organización, y luego una serie de tiendas donde se exponen los libros (no representados por países, sino por editoriales o librerías). también hay salas para conferencias y charlas, plaza de comidas, y carpas con actividades de todo tipo. hay una constante muchedumbre, la entrada es libre. los organizadores son jóvenes de entre 20 y 30 años, sumamente amables y bien dispuestos, con una cultura que llama la atención, y un amor por la ciudad que conmueve.
los precios de los libros son atractivos, así como la oferta. nos impresiona ver los estands de las distintas universidades colombianas, que venden sus publicaciones. la producción teórica es vasta y toca todos los temas. uno siente un poco de pena por el país nuestro, que es tan soberbio y pedante. y eso, afuera, se nota con creces.
libros, libros y más libros. editoras independientes que publican obras que son hermosas, cuidadas, ilustradas. mucha poesía.
a nosotros nos toca dar un panorama de la narrativa y la poesía uruguaya, y después presentar nuestros libros. nos modera francisco pulgarín, un médico cuya pasión se centra en la literatura, la crítica. es crítico y ha leído bastante de literatura nacional. se queja -como lo hacemos todos- de que no llegan libros de literatura uruguaya a colombia, y acotamos que no llega nada de ninguna parte a parte alguna. la nefasta política editorial de las "multis", sumada a la ineficiencia y la indiferencia de las editoriales nacionales, hace que los escritores no se conozcan nunca, a menos que los toque la varita mágica de una edición internacional, que ocurre, mayormente, por gracia de la madre españa.
circula por la feria el "manifiesto de medellín", que firmamos, y en el cual se le pide a los gobiernos o las instituciones culturales de cada país, que se dignen diseñar políticas que permitan el cruce de la obra literaria de los latinoamericanos. después de varias conversaciones informales, llegamos a la conclusión de que todos padecemos del mismo mal. y eso se evidencia en la última charla a la que asistimos, en que se presenta una antología de la poesía de medellín, 1950-2011. hay en el libro unos sesenta autores reseñados: en la presentación, sin embargo, no somos más de diez personas. eso significa, nos decimos al despedirnos, que ni siquiera los propios poetas reseñados sintieron la necesidad de asistir y ocupar el espacio que les corresponde. la realidad de la que hablan -poesía, política- es similar a la nuestra, pero se le suma una variable, desconocida para nosotros: la guerra. se habla de la guerra, de la poesía en épocas de guerra y de paz, y de cómo los medios de comunicación ignoran, censuran, reprimen todo lo que se relaciona con la poesía. el debate, por demás interesante, no profundiza lo suficiente, y se queda en la mera queja, en el llantén conocido de siempre. parece que habría que recordar que cualquier política de estado vinculada a la educación y la cultura (como cualquier otra, salud, etc.) responde a la ideología de ese gobierno. entonces, no se puede aislar el tema del contexto mayor en que está contenido. la industria editorial, la industria literaria, que nada tiene que ver con la literatura a secas (buena, mala o regular) es lo que está en cuestión, y por debajo están en cuestión los dirigentes, los que diseñan y hasta estimulan el puro comercio.
llueve, llueve torrencialmente en la feria, y no hay dónde guarecerse. por allí nos detenemos a comer algo y conocemos a don arquímedes, un hombre que acaba de cumplir 101 años y que todavía lee sin lentes. supongo que a él, la industria editorial no le quita el sueño. su hija nos dice que lee todos los días. y qué lee? pues lo que encuentra. de todo.
en la puerta, un jovencísimo policía militar hace guardia. le pregunto si le gusta leer, y dice que sí, pero que ya no tiene tiempo, y es una pena. por qué no tiene tiempo? porque debe trabajar 16 horas diarias.
los stands se vacían, la gente se va, los organizadores se despiden. nosotros también. nos quedamos pensando qué significa ser escritor, poeta, y dónde está el meollo de la cuestión. entonces recuerdo lo que dijo ángel rama, en su ensayo Diez problemas para el novelista latinoamericano, hace muchísimos años: "la única dimensión auténtica del ser escritor es ser escritor latinoamericano, y son los valores peculiares de esta situación los que determinan los restantes, universales, y no a la inversa" (2006, pág. 5).
habrá que revisar a este pensador y seguir encontrándose con poetas y escritores, para lograr que las cosas cambien.
los precios de los libros son atractivos, así como la oferta. nos impresiona ver los estands de las distintas universidades colombianas, que venden sus publicaciones. la producción teórica es vasta y toca todos los temas. uno siente un poco de pena por el país nuestro, que es tan soberbio y pedante. y eso, afuera, se nota con creces.
libros, libros y más libros. editoras independientes que publican obras que son hermosas, cuidadas, ilustradas. mucha poesía.
a nosotros nos toca dar un panorama de la narrativa y la poesía uruguaya, y después presentar nuestros libros. nos modera francisco pulgarín, un médico cuya pasión se centra en la literatura, la crítica. es crítico y ha leído bastante de literatura nacional. se queja -como lo hacemos todos- de que no llegan libros de literatura uruguaya a colombia, y acotamos que no llega nada de ninguna parte a parte alguna. la nefasta política editorial de las "multis", sumada a la ineficiencia y la indiferencia de las editoriales nacionales, hace que los escritores no se conozcan nunca, a menos que los toque la varita mágica de una edición internacional, que ocurre, mayormente, por gracia de la madre españa.
circula por la feria el "manifiesto de medellín", que firmamos, y en el cual se le pide a los gobiernos o las instituciones culturales de cada país, que se dignen diseñar políticas que permitan el cruce de la obra literaria de los latinoamericanos. después de varias conversaciones informales, llegamos a la conclusión de que todos padecemos del mismo mal. y eso se evidencia en la última charla a la que asistimos, en que se presenta una antología de la poesía de medellín, 1950-2011. hay en el libro unos sesenta autores reseñados: en la presentación, sin embargo, no somos más de diez personas. eso significa, nos decimos al despedirnos, que ni siquiera los propios poetas reseñados sintieron la necesidad de asistir y ocupar el espacio que les corresponde. la realidad de la que hablan -poesía, política- es similar a la nuestra, pero se le suma una variable, desconocida para nosotros: la guerra. se habla de la guerra, de la poesía en épocas de guerra y de paz, y de cómo los medios de comunicación ignoran, censuran, reprimen todo lo que se relaciona con la poesía. el debate, por demás interesante, no profundiza lo suficiente, y se queda en la mera queja, en el llantén conocido de siempre. parece que habría que recordar que cualquier política de estado vinculada a la educación y la cultura (como cualquier otra, salud, etc.) responde a la ideología de ese gobierno. entonces, no se puede aislar el tema del contexto mayor en que está contenido. la industria editorial, la industria literaria, que nada tiene que ver con la literatura a secas (buena, mala o regular) es lo que está en cuestión, y por debajo están en cuestión los dirigentes, los que diseñan y hasta estimulan el puro comercio.
llueve, llueve torrencialmente en la feria, y no hay dónde guarecerse. por allí nos detenemos a comer algo y conocemos a don arquímedes, un hombre que acaba de cumplir 101 años y que todavía lee sin lentes. supongo que a él, la industria editorial no le quita el sueño. su hija nos dice que lee todos los días. y qué lee? pues lo que encuentra. de todo.
en la puerta, un jovencísimo policía militar hace guardia. le pregunto si le gusta leer, y dice que sí, pero que ya no tiene tiempo, y es una pena. por qué no tiene tiempo? porque debe trabajar 16 horas diarias.
los stands se vacían, la gente se va, los organizadores se despiden. nosotros también. nos quedamos pensando qué significa ser escritor, poeta, y dónde está el meollo de la cuestión. entonces recuerdo lo que dijo ángel rama, en su ensayo Diez problemas para el novelista latinoamericano, hace muchísimos años: "la única dimensión auténtica del ser escritor es ser escritor latinoamericano, y son los valores peculiares de esta situación los que determinan los restantes, universales, y no a la inversa" (2006, pág. 5).
habrá que revisar a este pensador y seguir encontrándose con poetas y escritores, para lograr que las cosas cambien.
domingo, 18 de septiembre de 2011
medellín 2
estamos en carrera 70 con calle 5, una zona de aceras amplias, sitios de comidas al paso, y muchos boliches ruidosos por las noches y tranquilos durante el día. a pocas cuadras está la estación del metro (que circula por un carril especial sobre la superficie terrestre, al aire libre y no bajo tierra), que tomamos regularmente para recorrer la ciudad. el metro es un ejemplo más de cómo esta ciudad se relaciona con la cultura en todos sus aspectos: hay murales que celebran poetas y poemas locales; hay librerías, está impecable, y dentro, en el vagón, una voz recuerda dar el asiento a quien parece estar más cansado que nosotros, y que eso también es cultura. el pasaje es barato (un dólar) y permite conexiones. así conocemos distintas partes, la plaza botero, una zona rosa popular, calles y callejones: la gente es muy amable y la ciudad es limpia por donde se la mire. hay tarantines con guarapo y jugos de fruta y cualquier cantidad de variables de comidas al paso. pero todo limpio.
la plaza botero, con las enormes esculturas del genial artista me da la misma impresión que cuando volví a leer Cien años de soledad, ya en caracas. pensé: garcía márquez es un escritor costumbrista, nada más (ni nada menos!). acá, los personajes de botero parecen ser retratos exagerados de las personas que transitan por la plaza. casualidad o destino, el hecho es que vemos pasar a las mujeres gordas, a los hombres de sombrerito absurdo, a todo un conjunto de personas que son las estatuas de botero.
el arte copia a la realidad es lo que uno piensa y enseguida lo desecha. la realidad vuelta arte podría ser la otra cara de la interpretación. en todo caso, qué importa. el arte es el arte, y eso está a la vista.
más allá, sobre la montaña, y similar a caracas, está el barrio coqueto, chic, de clase alta, muy alta. son edificios enormes, bellos, rodeados de jardines, y para subir y bajar, necesariamente se necesita carro o taxi. allí la vida parece correr por otro carril, se tiene la ciudad a los pies, pero algo le falta. cerca del hotel que visitamos vemos una tanqueta militar. se trata de un arresto domiciliario de un criminal poderoso. seguimos de largo.
tomamos nuevamente el metro y luego algo que se llama metrocable: un aerocarril que sube y sube y sube, y se mete en los cerros, donde hay casitas humildes, y más arriba más casitas aun más humildes y arriba del todo está la biblioteca pública, que también es un ejemplo de cómo la cultura bien pensada y diseñada y gestionada sirve para mantener a una comunidad. hoy, domingo, había actividades para niños y jóvenes, las salas estaban pobladas y había adolescentes estudiando en el salón de consultas. temprano las callecitas están casi vacías, pero a eso de las once de la mañana todo se vuelve macondo, fellinesco, hay una vida callejera multicolor y multisonido. los comercios dan directamente a las aceras, y es posible obtener todo, una mezcla curiosa de lo local con la masificación de los malos productos chinos. en medio de eso, viejos y jóvenes sentados en la vereda, música tropical (que aquí tiene un sentido muy claro, porque les pertenece realmente). me detengo en un tarantín que vende frutas y una me llama la atención. parece un coco en miniatura, pero sin la textura velluda y amarronada. pregunto y es un zapote. quiero saber cómo se come y me dice que tengo que jalar del palito y después pelarla con los dedos. explicación insuficiente, pero la compro. es dulce y carnosa, una versión mucho más sabrosa que el mango, pero igualmente imposible de comer sin hacerse un lío de jugo y pringue en las manos. pero valió la pena, uno podría comer un zapote y otro y otro, y sentirse feliz. la callecita sigue, y veo venir a dos jóvenes tambaléandose. es temprano, pero ya han bebido suficiente alcohol como para estar felices. me hago a un lado. nadie quiere líos. seguimos caminando y alcanzamos la biblioteca pública, una maravilla de arquitectura diseñada y construida por giancarlo mazzeti, un colombiano cuyo padre era ítalo-francés. está cerrada y me entretengo con unos murales que retratan los típicos buses, que son chicos y van rapidísimo. para mi asombro veo que mi compañero, gerardo, se ha metido por otra callecita y está conversando con los jóvenes borrachos, que le ofrecen cerveza. los tres gesticulan y me quedo cerca. estaban hablando de fútbol, me explica, el fútbol hermana a las personas.
seguimos subiendo y bajando calles empinadas, conversamos con dos mujeres y un hombre que preparan arepas a las brasas y parecen muy contentos (todos parecen contentos, pese a que llovizna y no hay dónde guarecerse). da la impresión de que allá muy lejos queda el barrio chic, "el poblado", acá, en el cerro, parece que se concentra la vida. y no se trata de soñar con el "buen salvaje", sino de comprender los contrastes que se repiten infinidad de veces en latinoamérica. hay países que resuelven bien las cosas, como parece ser el caso de medellín, que se propuso reconstruirse e integrar a sus habitantes (tres millones y medio, como todo uruguay); hay otros que excluyen de un modo terrible, como las favelas de río de janeiro.
desde aquí tomamos otro metrocable que nos lleva a 2500 mts de altura, al parque arbí, que es una reserva natural de flora y fauna. el propio viaje en esta cabina compacta, con capacidad para seis personas, vale la pena. como si se tratara de un aparato a vuelo rasante, se ven desde arriba las casas que se van achicando y luego una portentosa naturaleza que se transforma, y de pronto hay coníferas que mantienen un suelo húmedo poblado de helechos enormes. uno piensa que si se cae, esa fronda será como un colchón salvador. da un poco de vértigo. entramos en una nube, y refresca. la ciudad cada vez es más pequeña e insignificante, un lego amarronado (todas las construcciones en medellín son de ladrillo, porque ese material dura más y es más barato de mantener acondicionado) con manchas de verde. a lo lejos, también, se ven el río y el aeropuerto donde ocurrió el accidente en que murió gardel, que es una celebridad local. el silencio y la inmensidad del parque contrastan con el bullicio de los barrios populares y de la ciudad llana. mientras bajamos, como en una película, escuchamos las distintas músicas que salen por las ventanas abiertas, mezcladas, una banda sonora real, que después se convierte en tráfico, bocinas y el traqueteo tan entrañable del metro, que para nosotros es un tren.
la plaza botero, con las enormes esculturas del genial artista me da la misma impresión que cuando volví a leer Cien años de soledad, ya en caracas. pensé: garcía márquez es un escritor costumbrista, nada más (ni nada menos!). acá, los personajes de botero parecen ser retratos exagerados de las personas que transitan por la plaza. casualidad o destino, el hecho es que vemos pasar a las mujeres gordas, a los hombres de sombrerito absurdo, a todo un conjunto de personas que son las estatuas de botero.
el arte copia a la realidad es lo que uno piensa y enseguida lo desecha. la realidad vuelta arte podría ser la otra cara de la interpretación. en todo caso, qué importa. el arte es el arte, y eso está a la vista.
más allá, sobre la montaña, y similar a caracas, está el barrio coqueto, chic, de clase alta, muy alta. son edificios enormes, bellos, rodeados de jardines, y para subir y bajar, necesariamente se necesita carro o taxi. allí la vida parece correr por otro carril, se tiene la ciudad a los pies, pero algo le falta. cerca del hotel que visitamos vemos una tanqueta militar. se trata de un arresto domiciliario de un criminal poderoso. seguimos de largo.
tomamos nuevamente el metro y luego algo que se llama metrocable: un aerocarril que sube y sube y sube, y se mete en los cerros, donde hay casitas humildes, y más arriba más casitas aun más humildes y arriba del todo está la biblioteca pública, que también es un ejemplo de cómo la cultura bien pensada y diseñada y gestionada sirve para mantener a una comunidad. hoy, domingo, había actividades para niños y jóvenes, las salas estaban pobladas y había adolescentes estudiando en el salón de consultas. temprano las callecitas están casi vacías, pero a eso de las once de la mañana todo se vuelve macondo, fellinesco, hay una vida callejera multicolor y multisonido. los comercios dan directamente a las aceras, y es posible obtener todo, una mezcla curiosa de lo local con la masificación de los malos productos chinos. en medio de eso, viejos y jóvenes sentados en la vereda, música tropical (que aquí tiene un sentido muy claro, porque les pertenece realmente). me detengo en un tarantín que vende frutas y una me llama la atención. parece un coco en miniatura, pero sin la textura velluda y amarronada. pregunto y es un zapote. quiero saber cómo se come y me dice que tengo que jalar del palito y después pelarla con los dedos. explicación insuficiente, pero la compro. es dulce y carnosa, una versión mucho más sabrosa que el mango, pero igualmente imposible de comer sin hacerse un lío de jugo y pringue en las manos. pero valió la pena, uno podría comer un zapote y otro y otro, y sentirse feliz. la callecita sigue, y veo venir a dos jóvenes tambaléandose. es temprano, pero ya han bebido suficiente alcohol como para estar felices. me hago a un lado. nadie quiere líos. seguimos caminando y alcanzamos la biblioteca pública, una maravilla de arquitectura diseñada y construida por giancarlo mazzeti, un colombiano cuyo padre era ítalo-francés. está cerrada y me entretengo con unos murales que retratan los típicos buses, que son chicos y van rapidísimo. para mi asombro veo que mi compañero, gerardo, se ha metido por otra callecita y está conversando con los jóvenes borrachos, que le ofrecen cerveza. los tres gesticulan y me quedo cerca. estaban hablando de fútbol, me explica, el fútbol hermana a las personas.
seguimos subiendo y bajando calles empinadas, conversamos con dos mujeres y un hombre que preparan arepas a las brasas y parecen muy contentos (todos parecen contentos, pese a que llovizna y no hay dónde guarecerse). da la impresión de que allá muy lejos queda el barrio chic, "el poblado", acá, en el cerro, parece que se concentra la vida. y no se trata de soñar con el "buen salvaje", sino de comprender los contrastes que se repiten infinidad de veces en latinoamérica. hay países que resuelven bien las cosas, como parece ser el caso de medellín, que se propuso reconstruirse e integrar a sus habitantes (tres millones y medio, como todo uruguay); hay otros que excluyen de un modo terrible, como las favelas de río de janeiro.
desde aquí tomamos otro metrocable que nos lleva a 2500 mts de altura, al parque arbí, que es una reserva natural de flora y fauna. el propio viaje en esta cabina compacta, con capacidad para seis personas, vale la pena. como si se tratara de un aparato a vuelo rasante, se ven desde arriba las casas que se van achicando y luego una portentosa naturaleza que se transforma, y de pronto hay coníferas que mantienen un suelo húmedo poblado de helechos enormes. uno piensa que si se cae, esa fronda será como un colchón salvador. da un poco de vértigo. entramos en una nube, y refresca. la ciudad cada vez es más pequeña e insignificante, un lego amarronado (todas las construcciones en medellín son de ladrillo, porque ese material dura más y es más barato de mantener acondicionado) con manchas de verde. a lo lejos, también, se ven el río y el aeropuerto donde ocurrió el accidente en que murió gardel, que es una celebridad local. el silencio y la inmensidad del parque contrastan con el bullicio de los barrios populares y de la ciudad llana. mientras bajamos, como en una película, escuchamos las distintas músicas que salen por las ventanas abiertas, mezcladas, una banda sonora real, que después se convierte en tráfico, bocinas y el traqueteo tan entrañable del metro, que para nosotros es un tren.
sábado, 17 de septiembre de 2011
medellín 2011
es volver al trópico después de 27 años, y darse cuenta de que hay una memoria llena de olores y sabores, de ruido a calle distinto al de montevideo, hay un reconocerse en el calor y la lluvia que cae de pronto y así como surgió, desapareció. es arepas y queso de mano (que se llama diferente) y cerveza helada y ver verde por todas partes, esa cosa un poco obscena de la naturaleza que se reproduce sin cesar. es ver una ciudad amable, limpísima, con consciencia de sus ciudadanos (hay senderos para ciegos en las calles, y nada de mugre en parte alguna); es el ritmo de la música, la cumbia, la salsa, el ballenato, pero los de verdad. es contagiosa esta alegría, que trasciende las clases sociales, los edificios altísimos y los barrios más pobres. es hablar con la gente por la calle, subirse al metro, entrar en una tienda de abarrotes, y descubrir a botero en la plaza y comprender su magnitud, es también zafar de dos "punguistas" que intentan el viejo truco de arrinconar a la víctima, en un callejón poblado que súbitamente se queda solo y en silencio; es ver a la policía militar patrullar y responder preguntas con gentileza, y que la gente esté orgullosa de cómo medellín se transformó en lo que es. es hospedarse en la "zona rosa" y escuchar música tropical hasta que amanece y después uno, recién madrugado, mientras todos duermen, desayunar un perico y un café negro, beber jugo de mango, recién exprimido y fresco, un guarapo, y aguardiente de antioquia. es entrar a un barrio coqueto, muy coqueto, y que haya una tanqueta ante una torre, porque allí hay un criminal en arresto domiciliario, es escuchar a poetas recitar a borges, a zitarrosa y a poetas colombianos, caminar por una calle en que en la acera dice "uruguay" (vaya uno a saber por qué) y encontrar algunos gatos mansos y también unos avechuchos parecidos a cuervos que picotean una bolsa de residuos. es volver a subir y bajar elevados, como en caracas, y darse cuenta de que esta latinoamérica, como cada vez que uno la recorre, tiene una multiplicidad de caras, de sueños y de injusticias, pero hay una suerte de hermandad extraña. es recordar amigos que ya no están, pero que lo acompañan a uno en esta recuperación de la memoria y las sensaciones. y es el asombro ante lo que taillard de chardin llamó el fenómeno humano.
sábado, 7 de mayo de 2011
Onetti visto por Dotta, segunda parte
Jamás leí a Onetti es el documental que dirigió Pablo Dotta (Tahití, El dirigible) en 2009, para la conmemoración del centenario del nacimiento de Juan Carlos Onetti. Si bien cumple con el formato del documental, el trabajo de 78 minutos es un relato, en el que las personas (Galeano, Cabrera, De Mattos, Muhr, Drexler, Muñoz Molina, Cruz, Tunda, Gilio) se transforman, como en una novela, y se vuelven personajes. Es imposible no relacionar esta producción con El dirigible, estrenada en 1993, y que tanto diera que hablar. Hay puntos de contacto: la banda sonora de ambas está a cargo de Fernando Cabrera; los intentos infructuosos de la "francesa" por demostrar que Onetti ha vuelto al país (en realidad murió poco antes del estreno de El dirigible), mientras que en Jamás leí a Onetti son los otros los que deben "narrar" al escritor uruguayo. Y, por si fuera poco, el telón de fondo: abre con una panorámica en la que resalta, icónico, el Palacio Salvo y cierra con Fernando Cabrera y la banda cantando, ahora sí, la música que compone a lo largo del documental. En el medio, Dotta inserta la secuencia de El dirigible, en que la uruguaya que regresó del exilio camina por Ramírez en un día lluvioso y frío. Como si marcara en sentido aristotélico el esquema narrativo, esos puntos que refieren al Dirigible parecen indicar que si bien se trata de un documental, sin la existencia de la ficción previa, éste no sería posible. Incluso el propio Dotta se acepta personaje -además de director- en la medida en que incluye, justamente, esa secuencia en blanco y negro, que contrasta con el resto del trabajo: el director, detrás de cámara, también se introduce en su propio trabajo. La secuencia rompe con el pacto de "verdad" del documental, o señala que en realidad no importa, porque si bien Onetti es una entidad real, también es un mito producto de su propia ficción.
Los protagonistas asumen un rol distinto al de meros testigos en un testimonio audiovisual. Quien construye con más perseverancia el suyo es Eduardo Galeano, convertido súbitamente en actor, en el personaje que tiene en la memoria un sinnúmero de anécdotas de Onetti, de su relación con él, de las que elige algunas. También es un personaje Dorothea Muhr, la viuda de Onetti. Ocupa, literalmente, toda la pantalla, y recuerda, en cierto aspecto, a aquellos personajes grotescos de la Wertmüller. Una ironía, una casualidad o una ligera perversión se cumple cuando la Muhr brinda por el trabajo y por Onetti con una copa de Coca Cola, enfrentada directamente a la cámara. María Esther Gilio, quien fuera amiga y "novia" de Onetti en su juventud, y que lo entrevistara en diferentes ocasiones, desempeña el rol de la amada ausente, o, mejor dicho, de la que amó a un ausente y lo sigue amando. Unos planos de su perfil, ensimismada y recordando, la convierten en un personaje romántico, misterioso, que sabe más de lo que dice. Aquí, según Dotta, la realidad de la filmación le jugó una mala pasada, porque el mozo del café donde se rodó esta escena se convirtió súbitamente en actor, y perdió toda la credibilidad. Lo mismo apuntó del taxista que conduce a Cabrera por la Gran Vía, en Madrid. Según Dotta, los taxistas madrileños son verborrágicos, casi groseros, impertinentes. En este caso, el taxista que consiguió la producción parece un caballero inglés. Agregó, además, que tuvieron que rodar la escena varias veces debido a los semáforos, lo que hizo que el taxista terminara repitiendo su discurso casi mecánicamente. Sin embargo, lo que ocurre "fuera de escena", aquello que Dotta y su equipo saben, no hace mella para que el espectador se sumerja y quiera saber hacia dónde va. En ese sentido es más que un documental, es una narración, tiene una tensión narrativa, una progresión: la de la composición musical, la del dibujo de Tunda, la conclusión de los manuscritos inconclusos. Hay un Barthleby, Tomás De Mattos, en el laberinto de la Biblioteca Nacional, quien hurga entre los manuscritos de Onetti hasta dar con el último (1993), fecha puente entre este trabajo y El Dirigible.
El encuentro entre Cabrera y Drexler en el piso de este último en Madrid también es el puente entre la ciudad en la que viviera Onetti y Montevideo. La luz, el clima y los sonidos son otros, pero para entenderlos es imposible no tener como modelo a los de Montevideo. Por ausencia, crece una ciudad, y esa misma ausencia completa las características madrileñas.
El documental que niega la lectura de Onetti (jamás lo leí) es, sin embargo, una reconstrucción del proceso creativo. Y para eso no sólo están los originales que Tomás De Mattos analiza y acaricia, sino el proceso creativo de la banda sonora, la reconstrucción maravillosa de Santa María que hace Tunda y del propio documental en sí. Capas y capas que permiten ser leídas de formas diferentes y que de todos modos concluyen en lo mismo: lo creativo es efímero, existe mientras está en proceso. Para recalcar esta postura casi nihilista, el plano de Santa María es quemado, de modo que tampoco de eso quedan rastros. Y eso mismo afirma Muñoz Molina, cuando dice que al leer a Onetti se tiene la sensación de que en ese preciso momento el texto está siendo creado, como si surgiera de pronto ante los ojos del lector. Esa observación sagaz y acertada, la del instante de la creación, es lo que sobrevuela todo el documental.
Hay un aspecto interesante y es que en estos 78 minutos el espectador recupera, de pronto, la visión de un Uruguay ya muy alejado en el tiempo, aunque hayan pasado algo más de veinte años desde el largometraje de Dotta. Como es imposible separar a Jamás leí a Onetti de El dirigible, la sensación de que la Montevideo de hoy y sus habitantes ha dejado de ser aquélla, la onettiana, es poderosa y casi nostálgica. Ambos trabajos recuerdan, en cierto modo, los esfuerzos por precisar la identidad uruguaya, qué es lo que la caracteriza. Por ausencia, al comparar indefectiblemente con lo de hoy, esas características intangibles, casi imposibles de definir o de nombrar, saltan a la luz. ¿La cámara de Dotta ayuda a remarcar lo que ya no hay? Las luces y las sombras, una cierta distancia del objeto, una mirada calma, pensativa.
Hay muchos otros aspectos que hacen que este trabajo sorprenda y lleve a la reflexión. El montaje, los sonidos, la paciencia. Y además, da ganas de leer a Onetti, como si el Jamás leí a Onetti diera las claves para entenderlo, encontrarlo, re-encontrarlo.
Ficha técnica:
Los protagonistas asumen un rol distinto al de meros testigos en un testimonio audiovisual. Quien construye con más perseverancia el suyo es Eduardo Galeano, convertido súbitamente en actor, en el personaje que tiene en la memoria un sinnúmero de anécdotas de Onetti, de su relación con él, de las que elige algunas. También es un personaje Dorothea Muhr, la viuda de Onetti. Ocupa, literalmente, toda la pantalla, y recuerda, en cierto aspecto, a aquellos personajes grotescos de la Wertmüller. Una ironía, una casualidad o una ligera perversión se cumple cuando la Muhr brinda por el trabajo y por Onetti con una copa de Coca Cola, enfrentada directamente a la cámara. María Esther Gilio, quien fuera amiga y "novia" de Onetti en su juventud, y que lo entrevistara en diferentes ocasiones, desempeña el rol de la amada ausente, o, mejor dicho, de la que amó a un ausente y lo sigue amando. Unos planos de su perfil, ensimismada y recordando, la convierten en un personaje romántico, misterioso, que sabe más de lo que dice. Aquí, según Dotta, la realidad de la filmación le jugó una mala pasada, porque el mozo del café donde se rodó esta escena se convirtió súbitamente en actor, y perdió toda la credibilidad. Lo mismo apuntó del taxista que conduce a Cabrera por la Gran Vía, en Madrid. Según Dotta, los taxistas madrileños son verborrágicos, casi groseros, impertinentes. En este caso, el taxista que consiguió la producción parece un caballero inglés. Agregó, además, que tuvieron que rodar la escena varias veces debido a los semáforos, lo que hizo que el taxista terminara repitiendo su discurso casi mecánicamente. Sin embargo, lo que ocurre "fuera de escena", aquello que Dotta y su equipo saben, no hace mella para que el espectador se sumerja y quiera saber hacia dónde va. En ese sentido es más que un documental, es una narración, tiene una tensión narrativa, una progresión: la de la composición musical, la del dibujo de Tunda, la conclusión de los manuscritos inconclusos. Hay un Barthleby, Tomás De Mattos, en el laberinto de la Biblioteca Nacional, quien hurga entre los manuscritos de Onetti hasta dar con el último (1993), fecha puente entre este trabajo y El Dirigible.
El encuentro entre Cabrera y Drexler en el piso de este último en Madrid también es el puente entre la ciudad en la que viviera Onetti y Montevideo. La luz, el clima y los sonidos son otros, pero para entenderlos es imposible no tener como modelo a los de Montevideo. Por ausencia, crece una ciudad, y esa misma ausencia completa las características madrileñas.
El documental que niega la lectura de Onetti (jamás lo leí) es, sin embargo, una reconstrucción del proceso creativo. Y para eso no sólo están los originales que Tomás De Mattos analiza y acaricia, sino el proceso creativo de la banda sonora, la reconstrucción maravillosa de Santa María que hace Tunda y del propio documental en sí. Capas y capas que permiten ser leídas de formas diferentes y que de todos modos concluyen en lo mismo: lo creativo es efímero, existe mientras está en proceso. Para recalcar esta postura casi nihilista, el plano de Santa María es quemado, de modo que tampoco de eso quedan rastros. Y eso mismo afirma Muñoz Molina, cuando dice que al leer a Onetti se tiene la sensación de que en ese preciso momento el texto está siendo creado, como si surgiera de pronto ante los ojos del lector. Esa observación sagaz y acertada, la del instante de la creación, es lo que sobrevuela todo el documental.
Hay un aspecto interesante y es que en estos 78 minutos el espectador recupera, de pronto, la visión de un Uruguay ya muy alejado en el tiempo, aunque hayan pasado algo más de veinte años desde el largometraje de Dotta. Como es imposible separar a Jamás leí a Onetti de El dirigible, la sensación de que la Montevideo de hoy y sus habitantes ha dejado de ser aquélla, la onettiana, es poderosa y casi nostálgica. Ambos trabajos recuerdan, en cierto modo, los esfuerzos por precisar la identidad uruguaya, qué es lo que la caracteriza. Por ausencia, al comparar indefectiblemente con lo de hoy, esas características intangibles, casi imposibles de definir o de nombrar, saltan a la luz. ¿La cámara de Dotta ayuda a remarcar lo que ya no hay? Las luces y las sombras, una cierta distancia del objeto, una mirada calma, pensativa.
Hay muchos otros aspectos que hacen que este trabajo sorprenda y lleve a la reflexión. El montaje, los sonidos, la paciencia. Y además, da ganas de leer a Onetti, como si el Jamás leí a Onetti diera las claves para entenderlo, encontrarlo, re-encontrarlo.
Ficha técnica:
Guión y Dirección Pablo Dotta / Producción ejecutiva: Mariela Besuievsky / Productor delegado: Daniela Alvarado - Mario Jacob/ Fotografía: Almudena Sánchez - Jose María Ciganda/ Sonido: Aramis Rubio- Daniel Márquez/ Música: Fernando Cabrera/ Edición: Fernando Pardo/ Dibujos y animación: Tunda Prada/ Productor de campo: Claudia Lepage - Lucía Jacob/ Con la participación de: Dolly Onetti/ Eduardo Galeano/ Maria Esther Gilio/ Fernando Cabrera/ Jorge Drexler/ Antonio Muñoz Molina/ Juan Cruz/ Tomás de Mattos/ Tunda Prada
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