miércoles, 16 de enero de 2013

viaje por el mekong y entrada a siem reap

es uno de los ríos más largos del mundo, haberlo sabido. eso explica que la travesía, que la expendedora de boletos dice demora cinco horas, termine siendo de siete y media.
el barquito -una barcaza cubierta- comienza a hacer sonar la sirena apurando a los que se han retrasado; hay dos filas de asientos con dos y tres sitios cada una; a mí me toca junto a una ventanilla, al ras del agua, y por suerte nadie tiene el número seis. eso me permite viajar con un poco más de comodidad que la mayoría. los rusos, que son como osos, la pasan relativamente mal; dos camboyanos y dos chinos, diminutos y delgaditos, no se quejan; la mayoría de los pasajeros decide treparse al techito curvo y tomar el sol. una pena, porque no ven el paisaje y quedarán convertidos en cangrejos recién hervidos.

abandona el embarcadero en la ribera del río en phnom penh y cobra velocidad. la salida de la ciudad es como si fuera por carretera. los edificios se convierten en casas de dos pisos que se convierten en casas de un piso que se convierten en casillas. y a medida que eso ocurre, más se puebla el río de barcas con pescadores, que van sentados en cuclillas o de pie, con los sombreros cónicos de hoja de palmera -supongo-, los pantalones de colores vivos, y muchos niños chicos que nos saludan a lo lejos. uno en particular me llama la atención, porque resalta el color de la piel en un trajecito enteramente verde, un verde vegetal, potente. pienso que la niñez se termina cuando un niño deja de saludar a un barco, un autobús o un avión.  viendo a este y devolviéndole el saludo, se me ocurre que de grande será un escritor y que escribirá recuerdos de su infancia. pondrá que a la edad de cinco años iba con su padre de pesca y vio pasar a la barcaza sumbo a siem reap, adonde van los turistas. y que alzó la mano y saludó y una mujer le devolvió el saludo, a lo lejos. no sé por qué, se me metió en la cabeza que será un gran escritor.

el viaje sigue, el barco a veces más cerca de una ribera y a veces más cerca de la otra; otras veces va por la mitad del río, que se ensancha y tiene su corriente fuerte, y toca la sirena cada vez que algún pescador está muy cerca. acompañan a todos montículos de lotos que viajan con la corriente, muy rápidos. dicen que acá hay rápidos, pero no sé si se ven o no. en todo caso, pronto el paisaje cambia. las casas están en la altura de unos palafitos; son techos de palmera y paredes tejidas, una gran superficie, como una terraza techada, en donde cuelgan hamacas. también hay casas-barco, algunas ancladas en la ribera, otras siguiendo el curso del río. hay redes tendidas, hay mujeres pescando, otras desgranando lo que supongo son moluscos. se ven las puntas doradas de algunas pagodas entre las palmeras y los bananos; escaleras de bambú que entran al agua; amarras retorcidas y oscuras; barcos y más barcos, y el ruido del motor y del viento y del río golpeando la embarcación. después, las últimas casas dan paso a una vegetación tupida, selvática, que parece impenetrable, porque las raíces forman como rejas que se meten en el agua. la velocidad del río disminuye, se ensancha, hace meandros; hay afluentes que se meten tierra adentro y vaya uno a saber adónde llegan. de a ratos los pasajeros se excitan, salen a una especie de cubierta, toman fotografías. es la misma babel de siempre, pero concentrada. nos han avisado que no hay comida, sólo agua. algunos han sido precavidos: frutas, sándwiches, cerveza y galletitas locales. otros no llevaron nada. algunos duermen, lo que también es una pena.

tras seis horas de travesía, el río se ensancha de pronto, se pierden de vista las riberas y se convierte en mar. es boeng tonle sap y demoramos casi una hora y media en alcanzar tierra firme. el paisaje es desolador; el agua fuerte y muy marrón y muy de vez en cuando se ven los lotos que van hacia el sur. parece que este mar no fuera a terminarse nunca, y cuando llega al horizonte es como si se curvara. si el agua fuera azul, no se distinguiría del cielo, tan cerca están uno del otro. y el sol, desde que salimos, tan cerca del ecuador, está siempre en el mismo lugar y resplandece y ciega la vista.

entonces aparece la ciudad acuática; una completa ciudad formada por barcos-casa, donde no sólo hay viviendas, sino barcos-tienda, barcos-depósito, barcos-arregla-cosas, y mucha gente, mucha gente, en barquitos de todo tamaño, todo de diferentes colores. se la puede visitar, como quien visita valparaíso, y se ven pasar tuk-tuks acuáticos, lo cual no deja de tener su gracia.

el embarcadero de siem reap es una escalera destartalada de madera, y un techo debajo del cual se apiñan los conductores que esperan a los pasajeros. cuando estoy a punto de perder las esperanzas de ver aparecer al mío, lo descubro con un cartelito, detrás de una columna. camino detrás de él y le digo adónde quiero ir. para mi sorpresa y espanto, no se trata de un tuk-tuk, sino de una motocicleta. acomoda la mochila no sé cómo entre las piernas y me dice que me suba. se pone el casco, yo me encomiendo al dios del transporte público de este país y partimos. el camino es polvoriento, de tierra, y los caseríos, también construidos en especie de palafitos, parecen muy pobres. o al menos es la impresión que dan. pero quizá no sean pobres. quizá sea mi prejuicio. andamos así muchos kilómetros, y atravesamos arrozales, con campesinos vestidos de negro, en el agua, y los sombreros tejidos que relucen al sol. a veces el camino se hace muy estrecho, tanto que parece que uno pudiera estirar la mano y tocar las cestas en las casas o las hamacas, donde duermen niños. hay en el aire un aroma dulzón y putrefacto, potente y penetrante (demasiadas "p" en esta descripción) que se mete en la nariz y no se va. el mismo olor de los mercados, de los callejones, y supongo que ha de ser la comida, las frutas y el agua de un arroyo y de la calle.

la gente saluda; las motos son una infantería de moscas que tocan la bocina y van exactamente en contra de nosotros; sin embargo, todos evitan la catástrofe que la física anuncia como inminente. no es que frenen: es que simplemente hacen un suave movimiento hacia la derecha o la izquierda y salvan el obstáculo. así, media hora después, entramos en la ciudad, que nos recibe con pagodas, un puente, un parque arbolado, un frescor en el aire bienvenido, música y cánticos que suenan en alguna parte; bullicio, las tiendas y los tenderetes en la calle; movimiento, mucho movimiento; gente muy joven en todas partes, guardias, trabajadores que barren las calles y las aceras con las escobas que vi en china, de mango muy corto, hechas como haces de paja, que en realidad parece que desparramaran las hojas a un lado y al otro, pero todo está limpio. podríamos usarlas en montevideo, pienso, porque al igual que en phnom penh, todo está limpio, y la basura organizada. de noche, tarde, la basura rebosa en todas partes, pero  más tarde aun pasan cuadrillas y recogen todo, riegan las calles y cuando amanece, a las seis de la mañana, todo reluce.

entonces voy al mercado. una mujer con una niña en brazos me pide que le compre leche (B3) en la farmacia, y lo hago. chay let, el conductor me rezonga: no es para ella ni para la niña; la va a vender.
pienso que si la vende, la vende. entro al mercado. a diferencia de los que visité en la capital, aquí también venden especies y tés de todo tipo. el olor es fuerte, denso; no entra la luz del día, y las sedas y los algodones se confunden con zapatos, frutas, carnes de aspecto poco amigable y pescado, mucho pescado. algunas mujeres sentadas en cuclillas en la misma bandeja donde lo venden, lo limpian y lo ordenan. hay un runrún de voces, griterío de ofertas, gente que regatea (yo también, y es algo fascinante), gente que come en banquitos o en cuclillas cosas que no se parecen a nada pero huelen intensamente. hay una vida en ese mercado que tienta. tanto, que compro especias, tés y cosas que, realmente, no sé qué son, pero se ven bonitas y entrañables. al fin y al cabo, uno no deja de ser un extraño en este lugar fascinante.
 

martes, 15 de enero de 2013

killing fields de choeung ek: campos de exterminio

el 17 de abril de 1975, pol pot y el khmer rouge entraron a phnom penh para liberar el país y crear una sociedad perfecta, autosuficiente e igualitaria. para eso, asesinaron unos 3 millones de personas, cerraron escuelas que convirtieron en prisiones y centros de tortura -como la de tuol seng, que ahora es un museo de obligada visita, aunque terrible de visitar. el campo de exterminio de choeung ek queda a unos 15 km de la capital, y para llegar se atraviesan los suburbios y una zona rural que, si no fuera por algunos anuncios, los automóviles y el ruido, podría estar en el pasado. los caseríos y las casas añejas dan paso a campos y tierras, y la calle se llena de pozos y luego de polvo. el sol lastima la vista, y de pronto el tuk-tuk dobla a la izquierda, en un cartel que anuncia el campo de genocidio de camboya.
recibe uno una guía en audio y un mapa, y un cartel a la entrada pide silencio y calma y respeto por los muertos, por los restos, por los desconocidos que allí descansan. pero no es necesaria la solicitud, porque el lugar llama a recogimiento y tristeza. una mujer llora, y no hace nada para ocultarlo. es que escuchar el relato, detenerse en cada estación y tratar de imaginar lo inimaginable provoca un gran dolor. visto desde afuera, para quien no sabe, es un parque con árboles, algunos pedazos del terreno excavados y algunos espacios cubiertos por un techo a dos aguas con bambú y palmas. sin embargo, cada una de esas cosas encierra el espanto. hay todavía en los caminos serpenteantes prendas de los prisioneros; hay el árbol de la muerte, cubierto de brazaletes en conmemoración de los bebes que fueron asesinados allí, sus cabezas destrozadas contra el tronco, o lanzados al aire y atravesados por lanzas. hay el lugar donde enterraron - a veces todavía con vida- a mujeres y niñas; hay el árbol mágico, que recuerda la iluminación de buda, del que colgaba el parlante por el que se escuchaba la melodía de la muerte y el ruido persistente del generador eléctrico. hay un hermoso estanque semicubierto por lotos, algunos en flor, que también guarda cadáveres. aquí fueron exterminadas cerca de 9000 personas, inocentes, obligadas a confesar traiciones, crímenes espantosos, a denunciar a otros. la voz en la estación 2 le pide al visitante se ponga en su lugar y piense qué habría hecho en su situación. pide compasión por quienes confesaron o acusaron a otros. impresiona el silencio. las personas caminan solas o de a dos, y es menester sentarse bajo un árbol para aceptar lo que se escucha y se ve. hay un recogimiento como de templo o de monasterio, que se vuelve pétreo al entrar al monumento de varios pisos que guarda los cráneos de los muertos que fueron apareciendo, muchos de ellos sin nombre. la vista de la muerte masiva, amontonada, encajonada en estantes de cristal, sin embargo, en cierto modo representa una liberación para el visitante. al menos allí están. la gente deja flores, enciende inciensos, se siente compelida a dar algo de sí, un modo también de pedir perdón por algo que supera cualquier intento de comprender. de diferentes nacionalidades, occidentales y orientales, con rostros serios y tristes, los visitantes hacen el recorrido cada vez con mayor pesadumbre, con mayor peso en los hombros. es que no se comprende.

lo siguiente es visitar el centro de torturas y prisión del S-21, en la capital. nuevamente el camino polvoriento, algunas vacas, gallinas flacas, vendedores, gente. pol pot convirtió esta escuela en cárcel. lo que antes eran salones de clase se transformó en celdas de tortura, de detención, de muerte. es una superficie enorme, con tres edificios de cuatro pisos, en los que los pasillos que dan al parque están tapiados con alambre de púas para evitar que los presos intentaran suicidarse. adentro es terrible. hay fotos de todos los que pasaron por allí, que incluye cientos de niños y mujeres muy jóvenes; hay instrumentos de tortura rudimentarios y por lo tanto más cruentos; hay camas de hierro y más fotos; y en un último cuarto una especie de cristalero lleno hasta el tope de cráneos y huesos.

le pregunto al conductor del tuk-tuk qué edad tenía cuando el régimen de pol pot y el khmer rouge, y me dice que 12. en un inglés difícil de comprender, me cuenta su historia, que seguramente es la de la mayoría de los jóvenes que hoy tiene su edad (27 años). tenía 12 años cuando el khmer rouge entró al pueblo donde vivía. recuerda que todos los recibieron con aplausos y sonrisas, porque habían prometido un país libre y rico. pero a los dos días se dieron cuenta de que nada de eso era cierto. él y su familia fueron obligados, como todos, a abandonar el pueblo. pudieron llevar una olla con arroz, una botella con agua y algo de ropa. al padre lo mataron en la selva, unos días después. dice que después que vietnam venció al khmer rouge, su madre no ha cesado de buscar al padre, porque no sabe dónde está. "y no lo va a saber", agrega. me mira. "triste", dice. sigue contando. no pudo seguir en la escuela, puesto que las escuelas fueron cerradas. durante la salida del pueblo, dice que los soldados entraron al hospital y obligaron a los enfermos a salir, a abandonar las camas, diciendo que eran unos débiles inútiles. a otros simplemente los ametrallaron. recuerda los gritos. dice que la gente se moría durante la caminata. luego tuvieron que trabajar, pero no les daban de comer. dice que los que no murieron asesinados, lo hicieron por hambre, enfermedad o agotamiento. tres años después todo cambió. sin embargo, nadie sabía, en el mundo, lo que habia pasado. él llegó a la frontera con vietnam, pero no la pudo cruzar. no tenían permiso de aprender inglés, estaba prohibido. en algunos lugares, algunas personas, a escondidas, enseñaban inglés. él pagó para aprender, pero el dinero no era suficiente, de modo que sólo podía ver las clases por la ventana. así aprendió.

mi hermano dice que menciono la belleza, pero olvido este espanto. es imposible olvidarlo, obviarlo, ignorarlo. recuerdo cuando salieron las primeras noticias, después de que el khmer rouge fue derrotado, sobre los campos de la muerte. sin embargo, a la belleza nada de esto le importa.

la voz en la última estación dice que un genocidio como el de cambodia no se lo esperaba nadie; pero tampoco, agrega, se esperaba lo sucedido en alemania, ni en chile, ni en argentina, ni en tantos otros países, porque son cosas que no tienen explicación ni justificación, y así como sucedieron pueden volver a ocurrir, y uno debe saberlo. invita a apretar el número 111 y escuchar una música compuesta especialmente para las víctimas del régimen y de este campo en particular. es una música hermosa. entonces, hermano, quizá la belleza sea algo que está más allá de la comprensión, así como la maldad y el genocidio. y parece que coexisten, no sólo ahora, sino desde siempre. ojalá un día sea diferente.

lunes, 14 de enero de 2013

phnomm phen, enero 2013

durante un segundo, uno piensa en pelis como tomb raider o indiana jones y el templo de la perdición; como gunga din o el amante. después, se da cuenta de que sí, pero no.
es el lejano oriente, como salido de una postal, pero con olores, ruidos, colores vívidos y gente sonriente, muy joven.
es joven porque el khmer rouge al mando de pol pot aniquiló a miles de personas en pocos años de existencia. la historia de camboya es larga y ese episodio todavía está vivo. tanto, que uno conductor de un tuk-tuk me dice: así, rubia y con lentes, usted hubiera sido enviada a un campo de inmediato. es que las personas que usaban lentes eran consideradas el enemigo. qué dijo mao sobre pol pot? todavía estoy  buscando algo. sí es una vergüenza que hasta 1992, los representantes de camboya en las naciones unidas fueran los mismos que asesinaron a buena parte de la población. el conductor me dice que vivió hasta los doce años en la camboya rural, y que a su abuelo lo asesinaron y su abuela fue brutalmente golpeada y obligada a trabajar como un animal de carga hasta que no podía más. esa es una parte de la historia. pero además, está el concepto de la belleza. palabra que uno debería aprender a re-utilizar después de ver las calles, las avenidas y los callejones. hay una belleza natural, instalada, y no importa si algo huele mal o si en una esquina se amontona la basura. en medio de eso, una planta de un verde reluciente rematada por flores que parecen los cuadros de gaugin. y los budas que sonríen y miran, los ojos entrecerrados, a los mortales que no comprenden la futilidad de las cosas.
las calles son una locura de motos y tuk-tuks. son el transporte público (no hay buses). uno los detiene con la mano (en realidad, se ofrecen todo el tiempo: "madam, tuk-tuk?") y uno se monta, dice adonde quiere ir y llega. no hay semáforos, pero no ocurre nada. cruzar la calle es una experiencia vital de alto riesgo: un sexto sentido que se desarrolla rápidamente -a menos que uno quiera convertirse en estatua en una esquina- indica cuándo cruzar; tomada la decisión, no hay que detenerse ni dudar, de algún modo, cruzante y conductores entablan una suerte de pacto en el que se establece que el conductor aminorará la marcha porque sabe que el cruzante cruza para alcanzar la otra acera (que, en caso de las avenidas es como cruzar el atlántico), lo mismo hacen las motos y los tuk-tuks, que al final se logra, pero se asusta uno porque cree que no llegará. el nombre tuk-tuk, que es el nombre de estos carritos, viene del ruido que hace el motor al andar, exactamente ese ruido: tuc-tuc-tuc-tuc. quien escribe no se animó aún a usar la motocicleta para el traslado urbano, porque parece requerir un cierto conocimiento: las mujeres se sientan de lado, como si anduvieran a caballo. parece mejor el tuk-tuk.

qué decir que no sea un espantoso lugar común? el rey murió de viejo, y su hijo es el heredero. se preparan los funerales que durarán nueve días, lo que complica la celebración del año nuevo chino. delante del palacio real, ayer, iluminado como en una obra de teatro, había gente, y cánticos, y muestras de condolencias. el mismo vendedor de fruta callejero usa el ipad y el celular, descalzo y casi sin dientes. el mercado central, una especie de pulpo enorme cuya cabeza está ocupada por decenas de joyerías que ofrecen jade, plata, perlas y otras piedras y alhajas, se abre en brazos en diagonal que a su vez se ramifican en callecitas cubiertas de toldos donde es posible comprar de todo a precios bajísimos, a los que se suma el regateo. sedas y cacharros, y tallas de madera, y pulseras, y collares, y zapatos, y ollas, y tapices, y cosas que brillan, y las flores más hermosas que uno pueda imaginar, todo eso en un trajín de gente, la mayoría local -algunos occidentales, turistas o que viven aquí, según lo que compren- un chapuceo de distintos idiomas, pero mayormente khmer, y policías amables y carteles en ese idioma que no distingue palabras ni puntuación (me dicen que es uno de los idiomas que a los niños les cuesta más aprender a leer y escribir, pero no saben decirme por qué no se dividen las palabras en palabras ni se usa puntuación); chinos, cuyo idioma suena familiar entre tanta extrañeza, música dulzona, como en beijing, y los sonidos propios del trajín de los callejones aledaños, donde se ofrece comida ambulante (mayormente insectos, pescado fermentado de dudoso aspecto, pero es un problema cultural; frituras con formas curiosas, y siempre una flor y un pequeño buda reverenciado en alguna parte del tarantín). en una terraza en un callejón detrás de un templo, me siento a beber algo fresco (estamos en estación seca, pero el calor es denso y muy húmedo), y me sirven un plato de algo -después averiguo que es papaya preparada con vinagre y cebolla- cuyas formas distintas, algunas de animalitos- ilustran el cuidado que ponen en cada detalle, siempre vinculado con lo hermoso. el platillo blanco de nieve, la fruta dorada y roja y los palitos negrísimos, enmarcados por árboles que crecen hasta el cielo, no sólo ayudan a refrescar el cuerpo -que agradece- sino el espíritu. el templo budista, del que acabo de salir después de recorrerlo durante una hora, es un remanso de una paz distinta. además del templo, enorme, donde hay un buda sonriente de ojos entrecerrados, que me mira con compasión, supongo, y otro buda recostado, durmiendo, todo el lugar hospeda a monjes y monjas, de cráneos rapados a cero; los hombes vestidos con las túnicas color azafrán y descalzos, sentados o en cuclillas o trabajando; las monjas con pantalones oscuros y una camisilla blanca, rapadas también, trabajando o en cuclillas; un perro viejo y otro cachorro juegan entre los monjes. soy la única occidental allí, y me saludan con cortesía y una sonrisa que muestra los dientes blanquísimos y les ilumina los ojos. daría cualquier cosa por comprender lo que hablan, por saber qué piensan.

algunas calles todavía hablan del pasado francés, y dicen "rue 36", por ejemplo. la ribera del río es ancha, y el río, pese a la estación, está alto. hay barcos, barquitos, y mucha gente. atardece de pronto, de un segundo al otro, y la gente sigue atestando las calles, y los pequeños comederos en las calles rebosan, así como los restaurantes de todas partes del mundo. uno es un vergel que incluye una corriente de agua, un puente, techos de bambú lustrado y lotos, flores de loto en todas partes, que se abren y uno entiende por qué el último chacra está representado por esta flor. un platillo típico de la comida khmer incluye hojas de menta que son picantes. la menta es picante, muy. pienso en los amigos mexicanos y en cuánto se alegrarían de semejante portento. los camareros van descalzos, y algunos de los comensales se han quitado los zapatos y los han dejado junto a las sillitas. el mobiliario de madera oscura, con adornos en un rojo casi bordeaux resalta en el verde de la vegetación que es una selva. hay lagartijas en todas partes, que hacen un curioso y potente sonido.

el antiguo hotel que hospedaba a los corresponsales extranjeros se mantiene tal cual, y entrar es como meterse en una película. está muy cerca del río, y en las paredes hay fotos de las diferentes guerras, afiches, mezclado todo con anuncios de la cerveza tigre. las escaleras y los posamanos están gastados. hay ventiladores en el techo que hacen el zumbido que uno ha visto en tantos films, sin sonido surround esta vez. las calles son un hormiguero de gente, niños, hombres, mujeres, conductores, personas que van y vienen, vendedores de todo tipo, de tez oscura y ojos muy negros.
en los balcones y en las azoteas crecen las flores. no hay gatos. hay perros.

se pregunta uno por qué occidente está tan convencido de saber qué es vivir, qué está bien y qué está mal, y qué son la belleza y la libertad. se pregunta uno, con vergüenza, por qué occidente creyó y cree que debía imponer sus costumbres aquí. pregunto y me dicen que es un pueblo pacífico, que no conoce ni los gritos ni la furia. que si algún occidental grita, la reacción es la risa, pero no en sentido de burla, sino como expresión de no comprender el enfado, la ira.

también me dicen que gracias a que asia se ha levantado, las miradas de estos países se dirigen más hacia india y china, incluso tailandia, que a occidente. talvez deberíamos mirar nosotros un poco más hacia aquí y comprender esta sensibilidad, este extraño sentido de la belleza que mezcla lo indiscriptiblemente hermoso con lo más feo, maloliente y sucio, y sale bien parado.
 

lunes, 7 de enero de 2013

encontrando a mr. ballard

el 19 de abril de 2009  murió el escritor j.g.ballard, británico nacido en shanghai, que a los 12 años vivió en un campo de concentración japonés. para quien no lo conoce, "el imperio del sol", de steven spielberg retoma o recrea su novela autobiográfica. para quienes alguna vez nos dejamos atrapar por su literatura de ciencia ficción, ballard representa un autor mayor. era un tipo curioso, piensa uno. vivió en shepperton hasta el año en que falleció, y según su autobiografía, enviudó muy joven y en esa casa crió a sus tres hijos, mientras escribía sus novelas y sus cuentos.
shepperton siempre fue un enigma para mí. alguna vez le escribí, y, británico de buenos modales, tuvo a bien responder mi carta. despué se murió y me pareció que la ciencia ficción se quedaba sin uno de los escritores mayores (él había dicho que ya no escribiría más ciencia ficción, porque se había vuelto algo cotidiano), pero "el mundo sumergido" sigue siendo una obra genial.
así que fuimos a shepperton. para eso se toma el tren, por ejemplo, en la estación de waterloo y se viaja una hora, y shepperton es la última estación. es apenas una calle principal, algunos cafés y un supermercado y no mucho más. en la calle old charlton, en el número 36, vivió. pero eso los supimos después. la calle charlton son tres cuadras, y después hay campo y autopista y allí están crash y la isla de cemento. las casas a ambos lados están en perfecto estado, salvo una. hay una que, literalmente, se cae a pedazos. supe que esa era, antes que una vecina nos la mostrara. esa vecina, una anciana que arreglaba el jardín, nos dijo que por supuesto se acordaba de ballard, y también de la muerte de la esposa, de neumonía, y de los hijos, que iban a conversar con su gato. así que nos acompañó. un jardincito delantero descuidado, una ventana sucia y el sofá, el mismo sofá, piensa uno, que figura en su autobiografía, en el que los niños saltaban mientrás él escribía. sacamos fotos, nos impresionamos, hasta que alguien adentro nos golpea la ventana y es claro que no debemos estar allí. la casa estuvo en venta -no sé si sigue estando- y había una propuesta de que los fanáticos la convirtieran en el museo ballard. pero qué puede contener el museo ballard más que su espíritu y su fantasía? un hombre circunspecto, que buscaba lo extraño en la vida cotidiana, en lo suburbano. por allí cerca están los shepperton studios, que también formaron parte de sus relatos. la campiña a su alrededor es vasta, hay un arroyo y tan luego los pilares inmensos de cemento que hacen creer el puente que conecta ambos lados de la autopista. hay cuervos y liebres y perros y un gran silencio, y el pub al que iba a tomar una cerveza. allí vamos, y preguntamos por él. tal parecemos peregrinos, quizá lo somos. hay gente que se acuerda de él, la más joven no, pero sí saben que por allí vivió un escritor que recalaba en el pub. se come bien allí, y se bebe ale, que es como la cerveza, pero más suave y sin espuma. es extraño estar en un lugar inesperado, y ver lo que ballard vio. en todo caso, vale el homenaje, vale el viaje, el frío y la pena que da que ya no esté para seguir escribiendo.
ballard ha muerto, viva ballard.

lunes, 3 de diciembre de 2012

el arrebato de lulú

nueve de la noche; pocitos. un bar, una mesa en la calle. charla distendida. de pronto, un arrebato. una cartera en una silla, un tipo joven que se la lleva. el cuidacoches, el kiosquero y otro hombre más, lo corren, al igual que nosotras. piernas-largas tiene todas las de ganar. desaparece en la noche semi-oscura (dónde están las luces, intendencia?) de josé martí (vaya con el nombre del revolucionario cubano!). adiós cartera, adiós documentos, papeles, etc. la policía no llega. hay que ir hasta la décima a hacer la denuncia. hay un par haciendo fila para denunciar: robos, arrebatos, pequeñas rapiñas cotidianas. parece que el culpable es uno por no prestar atención a las pertenencias. por supuesto! a quién se le ocurre? dejar una cartera tan a la mano! en fin, para la próxima ya se sabe. es cuestión de experiencia, como todo.

hay un policía joven que toma la declaración, qué grado mínimo se exige para ser policía? sexto de primaria? primero de liceo? seguramente no más que eso. la caligrafía conmueve: de niño de escuela (bien intencionado, de buenos modales, faltaba más, pedimos un baño y allí nos lleva: no hay papel higiénico en ninguno de los gabinetes, quizá el presupuesto del min. del interior no tome en cuenta los baños de las comisarías, quién sabe; impuestos pagamos todos, y debería alcanzar para esos mínimos detalles). antes, un 222 nos explica (nos mostró el carnet, después de preguntar si era policía: sí, lo es, 23 años, podría ser un patovica) que los chorros saben que en ese lugar antes de las 10 de la noche no hay efectivos cuidando. dice: les recomendamos a  los dueños que no pusieran mesas afuera, pero no nos hicieron caso. ahí está. nos toma los datos, descripción del chorro, etc. de qué sirve? nomás al describirlo, queda claro que puede ser cualquiera. tiene un tatuaje tribal en el brazo derecho (pero quién no lo tiene?). nada. en la décima, entonces, el jovencito toma la declaración. antes de firmar leemos. el sospechoso -el chorro- usa yins azules (jeans), el resto es parecido. da pena. da pena por él. dice que con suerte, la cartera aparezca en alguna parte, alguien la retorne a la comisaría y entonces avisan. pregunta qué contiene la cartera. libros. pregunta: de estudio? sí, de estudio. curiosa pregunta, pienso. y si no fueran de estudio, qué? nos preguntaría si eran de benedetti, galeano o de onetti? ni qué hablar si alguien dijera que los libros eran de un tal barthes (por ejemplo). imposible de deletrear. vaya uno a saber con qué criterio se diseñan los formularios. esta comisaría no se parece a las de csi, las de ncis ni las de criminal minds (las itinerantes). esta comisaría es. bueno. así las cosas, mariposa. el cuidacoches da más información: ese corrió hasta la placita esa, cerca del banco república, donde se juntan todos. son de la pasta base. mejor es que busquen en los contenedores. sí, tres mujeres revisando contenedores en pocitos, a ver si la bendita cartera aparece. apestan. huelen mal. cero cartera, pero es toda una experiencia revisar contenedores a las 11 y 30 de la noche, mientras la gente linda pasea, se divierte, compra cosas. porque siempre hay algo abierto para comprar cosas. qué habrá comprado el ladronzuelo? será feliz? en la descripción aclaro: no caminaba como un plancha. ah, seamos políticamente incorrectos. hay un andar plancha? sí, lo hay, ah, llevaba sombrerito, gorra de visera? no, no era un plancha. era un "común y corriente" que vio la oportunidad. qué barbaridad, qué barbaridad, dicen los otros parroquianos. algunas mujeres con experiencia en estas lides acotan: va a aparecer la cartera. seguro que aparece. quién quiere libros y papeles? es cierto, quién querría cuatro libros de estudio! nos volvemos por la mitad de la calle, la iluminada (está todo bastante oscuro, impuestos mediante); hay que cambiar la cerradura, hacer los trámites, sacar cédula, etc. nada del otro mundo; pienso que la sacamos barata. y si el tipo iba armado? y si cuando le grité "hijo de puta" se enoja y nos hace algo (qué es hacer algo?). montevideo, temporada pre-estival. ya sé: joderse por estar en pocitos. no es eso lo que siempre se nos dice? es el precio. vivís en pocitos? eso es lo que pasa. en la comisaría, el policía joven nos consuela: eso, si no es hoy, es mañana. hoy por mucha plata, mañana cae por cincuenta. siempre es así. siempre caen. será que siempre caen? el taxista que me trae de vuelta a casa me dice: a mí me asaltaron cuatro veces, con un arma. me salvé porque tenía plata encima. si tenés dos, tres mil pesos encima, no te hacen nada. si tenés doscientos pesos, se calientan y disparan. señores: anden con tres mil pesos encima, por las dudas de que les toque. me recuerda a caracas, hace años. había que llevar plata en la billetera para salir vivo de un asalto. de dónde sale que estamos en el paraíso del mundo? somos latinoamérica, lisa y llanamente. y en latinoamérica, la vida cada vez vale menos.

martes, 17 de julio de 2012

 Peloponeso, primer día

la región se llama messina; a la derecha, en el mapa (al noreste queda atenas) está esparta, y allí espartanos y atenienses pelearon la larga guerra del peloponeso; perdieron los atenienses.
uno piensa que ha visto paisajes para los cuales los adjetivos pierden el sentido (hermoso, bello, portentoso, desalentador, etc.), pero siempre aparece algo que sorprende. este es el caso. de atenas a kalamata, la ciudad sobre el mar jónico (que no deja de ser mediterráneo), hay cuatro horas en bus, y se atraviesa el peloponeso, una vastísima franja de tierra montañosa, unida a la tierra firme de algún modo que todavía no termino de comprender. la terminal de buses, en atenas, es como una mezcla de tres cruces y de rodoviaria enorme y ruidosa, donde hay cualquier cantidad de griegos que van y vienen, ningún turista a la vista (salvo yo, si me denominara así). incluso hay una familia que viaja con un cachorro que no se resiste a que lo metan en una jaulita e intenta, por todos los medios, asomar la trompa por un agujerito. que las casualidades de la vida hagan que precisamente en este sitio me encuentre con un viejo amigo inglés al que hace más de siete años no veo sólo puede explicarse porque se trata de grecia, y ya se sabe que en la tierra de platón, apolo y aristóteles (sin mencionar a zeus), todo es posible.
hace mucho calor, mucho, cerca de 40 grados, y el sol se pone recién a las 9 de la noche. el viaje en bus es ruidoso, los griegos hablan, gritan, gesticulan, y el conductor escucha una radio a un volumen tal que no hay forma de no escucharla.
de kalamata a la casa donde me hospedo hay una hora de viaje entre las montañas, los olivares salpicados de cipreses y muros de piedra en carreteras que sólo permiten el tránsito de un automóvil.
de mañana, cuando me despierto, me doy cuenta de la verdad: me morí sin darme cuenta y- bautismo mediante- aterricé en el paraíso. no hay otro modo de describir el lugar en el que estoy.
cerca de un pueblo llamado vareka, un camino a la derecha, subiendo la montaña. un caserío y después nada, todo entre los olivares, el chillido interminable de las cigarras (gordas como sapos) y esta casa, construida en la ladera. desde la terraza, donde hay una hornalla para asar pescado, se ve el mar, y una línea clara de lo que es la isla sapienza, vacía. no vive nadie allí, como en otras islas que veré luego.
cómo describir lo que no se puede? ni siquiera la más sagaz de las fotografías no le haría justicia al paisaje y a la sensación del paisaje. si la realidad es subjetiva, entonces esto lo es más. hay laureles, buganvillas y olivos en cualquier rincón, una brisa cálida que viene del mar, y un silencio que permite escuchar los graznidos lejanos de los cuervos y de alguna gaviota que se atreve a tierra firme. el terreno es en terrazas, como en otras partes rurales del mediterráneo, y en cada terraza las filas ordenadas de los olivos -en buena cosecha de estos se obtienen 100 litros de aceite, destinado a los amigos del dueño de casa- interrumpidos por algún ciprés o palmera. un paisaje similar al que vi en israel, en el norte de italia, en el sur de españa. y entonces uno vuelve a recordar la maravillosa historia del mediterráneo, de braudel, y quisiera tomarse un barco y recorrer cada pedazo de costa y comprender un poco más.
no hay coincidencias. ayer, a esta misma hora, estaba en la torre de belem, en el sur de lisboa, de donde salían los aventureros navegantes en sus carabelas, para recorrer un trozo de río tajo y adentrarse en el atlántico. acá los navegantes fueron los griegos, los fenicios, y eso braudel lo describe de un modo maravilloso.
viendo el paisaje montañoso, pero también las largas extensiones de llanura, uno puede menos que intentar imaginar lo que han de haber sido los enfrentamientos entre espartanos y atenienses; lo que debe de haber sido, para aquellos pretéritos filósofos, desentrañar el sentido de la vida y la muerte; el papel que jugaron los dioses en todo este universo incomprensible por su magnificencia, ante la cual un ser humano se siente menos que una hormiga.
es cierto que para que un platón pudiera pensar debía haber una pléyade de esclavos que resolvieran las tareas menores como la vida cotidiana; pero bajo un cielo semejante, ante tamaña naturaleza, con ucon un mar enorme, que parece infinito (dónde queda el horizonte? qué hay después de él?), se agradece una obra como la que apenas vislumbramos. es fácil pensar hoy en lo que dijo platón; lo que me resulta difícil es situarlo en su contexto histórico, geográfico.

más allá de eso, del deslumbramiento (grecia está más cerca de oriente que de occidente, y eso se ve en pequeños detalles),la situación es complicada. 50% de desempleo, caída abrupta del turismo (de lo que vive la gente aquí) y un 30% de posibilidades de que vuelva un régimen militar, si grecia sale de la unión.

la cuna de la civilización occidental en el abismo. y así y todo, se agradece ver realmente todo esto.

miércoles, 11 de julio de 2012

lisboa 1

dicen que es melancólica, y es cierto.
está sobre el río tejo, tiene una ciudad vieja, por donde anduvo pessoa (y seguramente saramago, pero éste no ingresó al archivo de la memoria), y gente que habla, tal como dijo una vez veneciano en caracas: igual que en español, pero sin las vocales. se entiende. es linda, lindísima, y no parece europa (com dicen todos). por qué no parece europa, si en realidad es como todas las ciudades? hay algo distinto. de a ratos, me pareció estar en valparaíso, chile; de a ratos en arequipa, de a ratos, en buenos aires e, incluso, en montevideo. será por el lugar que ocupa en el mapa?

dice alguien que por acá hay buen vino blanco, y es así. bebo vino blanco de distintos tipos y todos están a medio camino entre lo seco y lo chispeante. otro alguien dice que hay que comer lo que da el mar, y eso hago. de día se camina lo más que se puede por todas partes; de pronto se encuentra uno ante el café a brasileiro, en cuya primera mesa pessoa se sentaba a escribir. me siento en la misma mesa y bebo café y miro la plaza por la que transita cualquier cantidad de gente. muchos turistas: llegó un barco y es por eso. porque si no, dice un taxista, la ciudad está vacía porque estamos en vacaciones. cerca del hotel una automotora sólo vende lamborghinis. los autos son más chicos que los de montevideo, y se agradece. el hotel en el que me hospedo da sobre la estación de tren; día y noche se escucha el traqueteo de los vagones, y me recuerda a "seven", la película. hay viento, de día está tibio y de noche refresca. a las nueve, cuando todavía es de día, voy a escuchar fado. me dicen que vaya a "casa luso", donde supuestamente se escucha lo mejor. desilusión. es un espectáculo montado para turistas, una cosa bastante absurda y fea. la comida está bien, el vino está bien, pero la música parece salida de una mala película. le digo al camarero eso y me dice: venga a las 10:30 que empieza el espectáculo para los locales, y le consigo una buena mesa. entonces salgo a la calle traversa de queimada a hacer tiempo. en esa callecita empinada y de adoquines está todo. no sólo turistas blanquitos que parecen quesitos de cabra, sino cualquier cantidad de fauna variopinta, y muchos africanos. se olvida uno que portugal también tuvo sus colonias y no es inocente. se me acerca un hombre joven, renegrido, que vende collares, pulseras, anillos. le digo que no soy turista, y que no uso esas cosas. nos ponemos a conversar. es de senegal, se llama "momodo". quiero saber qué significa el nombre, pero no significa nada. me pregunta cómo me llamo, le digo "ana" y dice: ah, ana, un nombre muy famoso. no sé qué quiso decir. entonces separa de entre todos sus collares dos pulseras y me las da: "un regalo de momodo para ana", "para la buena suerte, ésta, la azul; para la larga vida, ésta, la violeta". me las pone en la muñeca izquierda. se despide y dice "espero que consigas un marido con mucho dinero que te haga feliz". me río un poco, pero también me da un poco de tristeza. hay una muchacha con una calza negra y blanca muy ajustada, que come uvas y distribuye papelitos. pregunto qué hace y me responden que atrae turistas a un pub de música latinoamericana. camino unas cuadras siguiendo la música cubana que sale de alguna parte, un son, y allí está, un barcito diminuto con unos negros que tocan son como si estuvieran en el caribe. otro hombre vende flores, y en algunas casas hay ropa tendida que se agita con el viento. vuelvo al café luso y el mozo me lleva a una mesa con una vela encendida, en un rincón. han cambiado completamente el aspecto del local. ya no hay el escenario grande e iluminado de la primera vez, sino que el espacio está más cerrado. aparecen los músicos; los que tocan las dos guitarras, la de seis cuerdas, española, y la de doce, una especie de mandolina chata; un contrabajista. entra una mujer. canta. eso es fado. es triste, tristísimo. tenemos algo de esa música nosotros. después canta un hombre joven, mal afeitado. también es triste. después se van los cantantes y el guitarrista, que se parece a aute, toca algo. me doy cuenta de que es una simple improvisación en acordes mayores y menores que se pasea por rodrigo, tárrega, villalobos, sanz. es un buen improvisador, porque parece una pieza de verdad. me pregunto entonces qué es el original y qué es la copia. habrá algún original? quizá hubo uno, una primera vez, y el resto son versiones de eso.
entonces pienso que cuando se viene de la comunicación, buena parte de la realidad se estropea porque no se tiene una mirada inocente. ni siquiera en lisboa se puede uno desprender de lo que es.
pago la cuenta y me voy. la noche está llena de gente ruidosa. hay varios africanos que venden collares, pero momodo no está a la vista.
el taxi me deja en el hotel. no hay tránsito. me entero de que los tiger lillies están en la vuelta. iré a verlos.