el 19 de abril de 2009 murió el escritor j.g.ballard, británico nacido en shanghai, que a los 12 años vivió en un campo de concentración japonés. para quien no lo conoce, "el imperio del sol", de steven spielberg retoma o recrea su novela autobiográfica. para quienes alguna vez nos dejamos atrapar por su literatura de ciencia ficción, ballard representa un autor mayor. era un tipo curioso, piensa uno. vivió en shepperton hasta el año en que falleció, y según su autobiografía, enviudó muy joven y en esa casa crió a sus tres hijos, mientras escribía sus novelas y sus cuentos.
shepperton siempre fue un enigma para mí. alguna vez le escribí, y, británico de buenos modales, tuvo a bien responder mi carta. despué se murió y me pareció que la ciencia ficción se quedaba sin uno de los escritores mayores (él había dicho que ya no escribiría más ciencia ficción, porque se había vuelto algo cotidiano), pero "el mundo sumergido" sigue siendo una obra genial.
así que fuimos a shepperton. para eso se toma el tren, por ejemplo, en la estación de waterloo y se viaja una hora, y shepperton es la última estación. es apenas una calle principal, algunos cafés y un supermercado y no mucho más. en la calle old charlton, en el número 36, vivió. pero eso los supimos después. la calle charlton son tres cuadras, y después hay campo y autopista y allí están crash y la isla de cemento. las casas a ambos lados están en perfecto estado, salvo una. hay una que, literalmente, se cae a pedazos. supe que esa era, antes que una vecina nos la mostrara. esa vecina, una anciana que arreglaba el jardín, nos dijo que por supuesto se acordaba de ballard, y también de la muerte de la esposa, de neumonía, y de los hijos, que iban a conversar con su gato. así que nos acompañó. un jardincito delantero descuidado, una ventana sucia y el sofá, el mismo sofá, piensa uno, que figura en su autobiografía, en el que los niños saltaban mientrás él escribía. sacamos fotos, nos impresionamos, hasta que alguien adentro nos golpea la ventana y es claro que no debemos estar allí. la casa estuvo en venta -no sé si sigue estando- y había una propuesta de que los fanáticos la convirtieran en el museo ballard. pero qué puede contener el museo ballard más que su espíritu y su fantasía? un hombre circunspecto, que buscaba lo extraño en la vida cotidiana, en lo suburbano. por allí cerca están los shepperton studios, que también formaron parte de sus relatos. la campiña a su alrededor es vasta, hay un arroyo y tan luego los pilares inmensos de cemento que hacen creer el puente que conecta ambos lados de la autopista. hay cuervos y liebres y perros y un gran silencio, y el pub al que iba a tomar una cerveza. allí vamos, y preguntamos por él. tal parecemos peregrinos, quizá lo somos. hay gente que se acuerda de él, la más joven no, pero sí saben que por allí vivió un escritor que recalaba en el pub. se come bien allí, y se bebe ale, que es como la cerveza, pero más suave y sin espuma. es extraño estar en un lugar inesperado, y ver lo que ballard vio. en todo caso, vale el homenaje, vale el viaje, el frío y la pena que da que ya no esté para seguir escribiendo.
ballard ha muerto, viva ballard.
shepperton siempre fue un enigma para mí. alguna vez le escribí, y, británico de buenos modales, tuvo a bien responder mi carta. despué se murió y me pareció que la ciencia ficción se quedaba sin uno de los escritores mayores (él había dicho que ya no escribiría más ciencia ficción, porque se había vuelto algo cotidiano), pero "el mundo sumergido" sigue siendo una obra genial.
así que fuimos a shepperton. para eso se toma el tren, por ejemplo, en la estación de waterloo y se viaja una hora, y shepperton es la última estación. es apenas una calle principal, algunos cafés y un supermercado y no mucho más. en la calle old charlton, en el número 36, vivió. pero eso los supimos después. la calle charlton son tres cuadras, y después hay campo y autopista y allí están crash y la isla de cemento. las casas a ambos lados están en perfecto estado, salvo una. hay una que, literalmente, se cae a pedazos. supe que esa era, antes que una vecina nos la mostrara. esa vecina, una anciana que arreglaba el jardín, nos dijo que por supuesto se acordaba de ballard, y también de la muerte de la esposa, de neumonía, y de los hijos, que iban a conversar con su gato. así que nos acompañó. un jardincito delantero descuidado, una ventana sucia y el sofá, el mismo sofá, piensa uno, que figura en su autobiografía, en el que los niños saltaban mientrás él escribía. sacamos fotos, nos impresionamos, hasta que alguien adentro nos golpea la ventana y es claro que no debemos estar allí. la casa estuvo en venta -no sé si sigue estando- y había una propuesta de que los fanáticos la convirtieran en el museo ballard. pero qué puede contener el museo ballard más que su espíritu y su fantasía? un hombre circunspecto, que buscaba lo extraño en la vida cotidiana, en lo suburbano. por allí cerca están los shepperton studios, que también formaron parte de sus relatos. la campiña a su alrededor es vasta, hay un arroyo y tan luego los pilares inmensos de cemento que hacen creer el puente que conecta ambos lados de la autopista. hay cuervos y liebres y perros y un gran silencio, y el pub al que iba a tomar una cerveza. allí vamos, y preguntamos por él. tal parecemos peregrinos, quizá lo somos. hay gente que se acuerda de él, la más joven no, pero sí saben que por allí vivió un escritor que recalaba en el pub. se come bien allí, y se bebe ale, que es como la cerveza, pero más suave y sin espuma. es extraño estar en un lugar inesperado, y ver lo que ballard vio. en todo caso, vale el homenaje, vale el viaje, el frío y la pena que da que ya no esté para seguir escribiendo.
ballard ha muerto, viva ballard.
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