lunes, 14 de enero de 2013

phnomm phen, enero 2013

durante un segundo, uno piensa en pelis como tomb raider o indiana jones y el templo de la perdición; como gunga din o el amante. después, se da cuenta de que sí, pero no.
es el lejano oriente, como salido de una postal, pero con olores, ruidos, colores vívidos y gente sonriente, muy joven.
es joven porque el khmer rouge al mando de pol pot aniquiló a miles de personas en pocos años de existencia. la historia de camboya es larga y ese episodio todavía está vivo. tanto, que uno conductor de un tuk-tuk me dice: así, rubia y con lentes, usted hubiera sido enviada a un campo de inmediato. es que las personas que usaban lentes eran consideradas el enemigo. qué dijo mao sobre pol pot? todavía estoy  buscando algo. sí es una vergüenza que hasta 1992, los representantes de camboya en las naciones unidas fueran los mismos que asesinaron a buena parte de la población. el conductor me dice que vivió hasta los doce años en la camboya rural, y que a su abuelo lo asesinaron y su abuela fue brutalmente golpeada y obligada a trabajar como un animal de carga hasta que no podía más. esa es una parte de la historia. pero además, está el concepto de la belleza. palabra que uno debería aprender a re-utilizar después de ver las calles, las avenidas y los callejones. hay una belleza natural, instalada, y no importa si algo huele mal o si en una esquina se amontona la basura. en medio de eso, una planta de un verde reluciente rematada por flores que parecen los cuadros de gaugin. y los budas que sonríen y miran, los ojos entrecerrados, a los mortales que no comprenden la futilidad de las cosas.
las calles son una locura de motos y tuk-tuks. son el transporte público (no hay buses). uno los detiene con la mano (en realidad, se ofrecen todo el tiempo: "madam, tuk-tuk?") y uno se monta, dice adonde quiere ir y llega. no hay semáforos, pero no ocurre nada. cruzar la calle es una experiencia vital de alto riesgo: un sexto sentido que se desarrolla rápidamente -a menos que uno quiera convertirse en estatua en una esquina- indica cuándo cruzar; tomada la decisión, no hay que detenerse ni dudar, de algún modo, cruzante y conductores entablan una suerte de pacto en el que se establece que el conductor aminorará la marcha porque sabe que el cruzante cruza para alcanzar la otra acera (que, en caso de las avenidas es como cruzar el atlántico), lo mismo hacen las motos y los tuk-tuks, que al final se logra, pero se asusta uno porque cree que no llegará. el nombre tuk-tuk, que es el nombre de estos carritos, viene del ruido que hace el motor al andar, exactamente ese ruido: tuc-tuc-tuc-tuc. quien escribe no se animó aún a usar la motocicleta para el traslado urbano, porque parece requerir un cierto conocimiento: las mujeres se sientan de lado, como si anduvieran a caballo. parece mejor el tuk-tuk.

qué decir que no sea un espantoso lugar común? el rey murió de viejo, y su hijo es el heredero. se preparan los funerales que durarán nueve días, lo que complica la celebración del año nuevo chino. delante del palacio real, ayer, iluminado como en una obra de teatro, había gente, y cánticos, y muestras de condolencias. el mismo vendedor de fruta callejero usa el ipad y el celular, descalzo y casi sin dientes. el mercado central, una especie de pulpo enorme cuya cabeza está ocupada por decenas de joyerías que ofrecen jade, plata, perlas y otras piedras y alhajas, se abre en brazos en diagonal que a su vez se ramifican en callecitas cubiertas de toldos donde es posible comprar de todo a precios bajísimos, a los que se suma el regateo. sedas y cacharros, y tallas de madera, y pulseras, y collares, y zapatos, y ollas, y tapices, y cosas que brillan, y las flores más hermosas que uno pueda imaginar, todo eso en un trajín de gente, la mayoría local -algunos occidentales, turistas o que viven aquí, según lo que compren- un chapuceo de distintos idiomas, pero mayormente khmer, y policías amables y carteles en ese idioma que no distingue palabras ni puntuación (me dicen que es uno de los idiomas que a los niños les cuesta más aprender a leer y escribir, pero no saben decirme por qué no se dividen las palabras en palabras ni se usa puntuación); chinos, cuyo idioma suena familiar entre tanta extrañeza, música dulzona, como en beijing, y los sonidos propios del trajín de los callejones aledaños, donde se ofrece comida ambulante (mayormente insectos, pescado fermentado de dudoso aspecto, pero es un problema cultural; frituras con formas curiosas, y siempre una flor y un pequeño buda reverenciado en alguna parte del tarantín). en una terraza en un callejón detrás de un templo, me siento a beber algo fresco (estamos en estación seca, pero el calor es denso y muy húmedo), y me sirven un plato de algo -después averiguo que es papaya preparada con vinagre y cebolla- cuyas formas distintas, algunas de animalitos- ilustran el cuidado que ponen en cada detalle, siempre vinculado con lo hermoso. el platillo blanco de nieve, la fruta dorada y roja y los palitos negrísimos, enmarcados por árboles que crecen hasta el cielo, no sólo ayudan a refrescar el cuerpo -que agradece- sino el espíritu. el templo budista, del que acabo de salir después de recorrerlo durante una hora, es un remanso de una paz distinta. además del templo, enorme, donde hay un buda sonriente de ojos entrecerrados, que me mira con compasión, supongo, y otro buda recostado, durmiendo, todo el lugar hospeda a monjes y monjas, de cráneos rapados a cero; los hombes vestidos con las túnicas color azafrán y descalzos, sentados o en cuclillas o trabajando; las monjas con pantalones oscuros y una camisilla blanca, rapadas también, trabajando o en cuclillas; un perro viejo y otro cachorro juegan entre los monjes. soy la única occidental allí, y me saludan con cortesía y una sonrisa que muestra los dientes blanquísimos y les ilumina los ojos. daría cualquier cosa por comprender lo que hablan, por saber qué piensan.

algunas calles todavía hablan del pasado francés, y dicen "rue 36", por ejemplo. la ribera del río es ancha, y el río, pese a la estación, está alto. hay barcos, barquitos, y mucha gente. atardece de pronto, de un segundo al otro, y la gente sigue atestando las calles, y los pequeños comederos en las calles rebosan, así como los restaurantes de todas partes del mundo. uno es un vergel que incluye una corriente de agua, un puente, techos de bambú lustrado y lotos, flores de loto en todas partes, que se abren y uno entiende por qué el último chacra está representado por esta flor. un platillo típico de la comida khmer incluye hojas de menta que son picantes. la menta es picante, muy. pienso en los amigos mexicanos y en cuánto se alegrarían de semejante portento. los camareros van descalzos, y algunos de los comensales se han quitado los zapatos y los han dejado junto a las sillitas. el mobiliario de madera oscura, con adornos en un rojo casi bordeaux resalta en el verde de la vegetación que es una selva. hay lagartijas en todas partes, que hacen un curioso y potente sonido.

el antiguo hotel que hospedaba a los corresponsales extranjeros se mantiene tal cual, y entrar es como meterse en una película. está muy cerca del río, y en las paredes hay fotos de las diferentes guerras, afiches, mezclado todo con anuncios de la cerveza tigre. las escaleras y los posamanos están gastados. hay ventiladores en el techo que hacen el zumbido que uno ha visto en tantos films, sin sonido surround esta vez. las calles son un hormiguero de gente, niños, hombres, mujeres, conductores, personas que van y vienen, vendedores de todo tipo, de tez oscura y ojos muy negros.
en los balcones y en las azoteas crecen las flores. no hay gatos. hay perros.

se pregunta uno por qué occidente está tan convencido de saber qué es vivir, qué está bien y qué está mal, y qué son la belleza y la libertad. se pregunta uno, con vergüenza, por qué occidente creyó y cree que debía imponer sus costumbres aquí. pregunto y me dicen que es un pueblo pacífico, que no conoce ni los gritos ni la furia. que si algún occidental grita, la reacción es la risa, pero no en sentido de burla, sino como expresión de no comprender el enfado, la ira.

también me dicen que gracias a que asia se ha levantado, las miradas de estos países se dirigen más hacia india y china, incluso tailandia, que a occidente. talvez deberíamos mirar nosotros un poco más hacia aquí y comprender esta sensibilidad, este extraño sentido de la belleza que mezcla lo indiscriptiblemente hermoso con lo más feo, maloliente y sucio, y sale bien parado.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario