ver la guaira y maiquetía desde la ventanilla del avión ya emociona. los recuerdos, olvidados, surgen de a uno. debe de haber una memoria casi física, metabólica, que hace que uno se ubique.
no bien salimos de la manga, una azafata de protocolo del aeropuerto no espera, de modo que - no sabía que éramos tan importantes- no debemos hacer colas eternas de inmigración, ni nada de lo que ocurre en los aeropuertos. sorprende que no haya un cuadro de chávez en la entrada, aunque sí un enorme cartel de la patria bolivariana. salir es sencillo, aunque las maletas se demoran más de la cuenta. afuera nos espera gente de la feria del libro. y, como hace 34 años, el contraste con el aire acondicionado y la humedad envolvente, que cae como un mazazo, de maiquetía, es la misma. y también la vegetación asombrosa, deslumbrante. es época de seca, pero no se nota. incluso el ávila está verde. los caseríos que antes, o al menos en mi memoria, eran marrones, ahora son multicolores, y han crecido hoteles al pie del aeropuerto, y los cerros están poblados de esas casuchas que se derrumban cuando llueve. la alegría venezolana es la misma que recuerdo de hace tantos años. tenemos suerte y la autopista está relativamente despejada. atravesamos boquerón 1 y 2 en un santiamén y entramos en caracas, la bella. cómo ha crecido. donde antes no había nada, ahora se amontonan las casitas y los edificios. entonces sí, se ven los próceres a los lados de la avenida. incluso junto a artigas (no sé por qué está dos veces) está nuestro presidente, el señor mujica. lo ve rosario, yo no, y no me extraña, tengo una especie de ceguera para el señor presidente del uruguay.
caracas es ruidosa, siempre; hay muchos carros, mucha gente caminando, y, en mi recuerdo, para lo que era esta parte -parque central- está limpia. al menos, más limpia que montevideo, lo que es mucho decir.
primer problema: no estamos en un país cualquiera. no se puede sacar moneda extranjera de un cajero automático, y el tipo de cambio oficial es la mitad de lo que se consigue en el negro. por suerte -y da vergüenza- la presidente de la cámara del libro me presta algo de dinero en dólares, y nos da un par de indicaciones de sobrevivencia elemental: no salir de noche, cuidar el pasaporte. andar con cuidado. pero de algún modo eso ya era así antes, de modo que nada sorprende. cruzamos el elevado y nos metemos en el teresa carreño, donde funciona la feria. llegamos a tiempo para escuchar una conferencia de napoleón baccino vía teleconferencia, en la que participan miguel barnett, el que escribió la historia de raquel, un magnífico libro que se considera fundante en su género (él lo niega y lo atribuye a la supina ignorancia de los yankis, que fueron quienes lo definierono así); juan goytisolo, que hace un racconto apasionado y rizomático de lo que NO es la novela histórica, y cómo la historia en realidad es una gran mentira, y cómo la ficción subsana lo que la historia no narra, y luis britto garcía, escritor y ensayista venezolano, figura homenajeada en esta feria, que hace acotaciones que son un compendio de lugares comunes y banalidades por el estilo. se lleva las palmas goytisolo, quien, como buen español, tiene el arte del decir instalado, y la gracia de los españoles que le corre por la sangre. baccino nos adormece profundamente, porque habla de maluco y no sale de un sí mismo un poco tedioso. hay público que hace preguntas, y una estudiante de ciencias políticas que plantea una pregunta que en realidad es una aseveración eterna sobre la identidad latinoamericana que suena a los años sesenta y por lo tanto no sólo no aporta en nada a lo que se ha dicho sobre la novela histórica o la ficción histórica, sino que hace que goytisolo responda: su pregunta es tan compleja, que ni sé qué comentarle. ella se sienta, contenta; parece una líder estudiantil pasada de moda, pasada de época, convencida de que sí existe una identidad latinoamericana, y cuando dice que cualquier escritor latinoamericano debe escribir y reflejar esa búsqueda y esa afirmación de la identidad, me corre frío por la espalda. sonamos, me digo, volvemos a la torta frita, a la guayaba, a la alpargata, a la milonga, lo mágico y el bolero. esa rara certeza instalada, mientras el mundo se debate en precisamente en que ya no se sabe lo que es la identidad, y que todo se ha vuelto una mescolanza, choca irremediablemente con su discurso pasado de época. goytisolo es muy claro: prefiero hablar de consumismo global y no de capitalismo global. cada una de sus intervenciones ha sido un cachetazo al mainstream de cualquier tipo. un placer. irónico, con un humor muy fino y un paseo por toda clase de autores y de temas, sin dejar de lado un amplio conocimiento de las migraciones, da por tierra con cualquier postura medianamente cuadriculada. uno saluda que existan intelectuales de este tipo. barnett se disculpa y se va a una reunión en su embajada. nosotros vamos a descansar un poco y pensar qué haremos mañana.
estoy en caracas, pienso, y no puedo creerlo. ya veré a mis amigos pretéritos y mis nuevos amigos, pero todo es conocido, todo es como nunca dejó de ser, más allá de los cambios, del gobierno, de lo que sea. entonces capaz que existe algo parecido a la identidad, pero como nadie la sabe decir, y se olvida de la emocionalidad, la complica con definiciones categóricas. rosario es más simple: nada de todo esto es científico. la historia no es científica. y y dejo caer algo del bolsillo y respondo: a diferencia de la física: sé que, cuando dejo caer algo, acá o en cualquier parte, va a cumpir con newton y precipitarse hacia abajo. eso es infalible. estoy en un piso diez. no voy a demostrarlo en carne propia. pero la vista es magnífica: caracas a los pies. ruidosa, brillante, peligrosa como siempre.
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