desayuno a la venezolana: huevos revueltos, arepas, mantequilla, jugo de parchita, guayoyo en taza grande, carne esmechada y pollo idem, pabellón, salchicha asada. después de eso, larguísima caminata por el casco antiguo. la memoria sigue firme, pero asombrada. antes, el centro, era donde no se podía estar. caos, suciedad, fealdad, dejadez. bicentenario y gobierno "socialista" de por medio, se lo recastó. zonas peatonales, tráfico ordenado, casonas recuperadas, guardia civil (con boina roja y camisa caqui, botas militares y caras salidas de lo profundo), da gusto caminar y ver y meterse en todas partes. plaza venezuela, el reloj solar que atrasa cinco minutos (no entiendo por qué, será porque acá todo es posible); ni un sólo desperdicio ni papel ni nada en la calle; tampoco hay gatos, dicen que dicen que desde que llegaron los chinos, desaparecieron los gatos; hay papeleras por todas partes, y la algarabía de siempre: el venezolano dirige el tránsito, le dice al otro lo que debe y no debe hacer, y mientras tanto, nosotros, la comitiva, avanzamos. nos guía mirla, a nuestro cargo por la feria, una especialista en literatura latinoamericana hasta el año 1920, que resulta, además, una mujer que sabe muchísima historia venezolana y caribeña, y que claramente disfruta de mostrarnos lo que nosotros no veríamos. feliz, nos dice que el paseo comienza por montarnos en un carrito por puesto (el pasaje cuesta desde hace tres años, me responde, feliz, tres bolívares; el dólar oficial da cuatro, de modo que más o menos es como nuestro boleto). la comitiva incluye un especialista cubano y un ecuatoriano, y pronto nos damos cuenta de que el ecuatoriano es un peligro, distraído, que se pierde a cada esquina y nos hace perder mucho tiempo buscándolo. y cuando no se pierde, hace cosas insólitas que nos restan el poco tiempo que tenemos para recorrer lo que mirla se ha propuesto. pues bien, la casa del padre de la patria, simón bolívar. explica que una casa que tiene un patio con aljibe ya significa poder y dinero, pero en ésta hay tres patios sin contar las caballerizas. es algo magnífico, con cuadros originales en las distintas paredes, los muebles de época y un sabor a historia viva que da gusto. unas cuadras más allá, está la casa donde vivió josé martí en su pasaje por caracas, y ella recita de memoria: "cuentan que un día un viajero llegó un día a caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba adonde estaba la estatua de bolívar...", y allí, en esa casa, nos recibe zaida, una mujerona simpática, nacida en maracaibo, que nos regala libros (libros!) y claro que aceptamos libros y un guayoyo de lo más sabroso y una charla como saben tejerla los venezolanos cuando están en vena, y da la impresión de que siempre lo están. memorias.
de allí -vueltos a perder al ecuatoriano por tercera vez y en realidad deseosos de que se termine de perder del todo, como pulgarcito- vamos a la plaza bolívar, donde está la estatua del prócer y todo un merequetengue de cultura popular. montada en medio de la plaza, como el circo que llegó a macondo una vez, hay una tienda donde hay un grupo que canta y baila una mezcla de salsa y merengue, y que televisión nacional transmite, a los gritos, en vivo y en directo, mientras una multitud, alborozada, baila y disfruta. son las once de la mañana de un día laboral, pero acá parecen pasarla de lo más bien. preguntamos qué significa este festejo y nos responden que es la concepción chavista de la cultura popular. vemos que varios de los asistentes van envueltos en banderas de la patria, y también llama la atención. reconozco, por acá cerca viví, entre la avda. barralt y la urdaneta, y algunos perfiles se han mantenido, y otras cosas han cambiado mucho, pero el aire es el mismo. mirla nos dice que pronto cambiaremos dinero. "a ver, mujeres", dice, "ustedes son de las que necesitan y quieren todo registradito y en regla, o puede ser de otro modo?" de inmediato le digo que somos muy desordenadas. el desorden es una virtud. nos metemos por una galería, después de que ella saluda a un mulato simpático y pronto nos encontramos, al final del pasillo, ante un mostrador en una tienda que no vende nada. dos hombres atienden, mulatos también. "mira", le dice, "aquí mis amigas tienen algo para cambiar". él nos mira: "¿cuánto?" le decimos. "bien", responde, "tanto". y le entregamos los billetes, y secundados por el cubano y el ecuatoriano, que parecen dos guardias pretorianos y mirla, que es delgada y se maneja en el mercado negro como cualquier cristiano en cualquier parte, duplicamos lo que sería el cambio oficial. "a la orden, mirlita", se despide nuestro agente financiero. "volveremos", responde ella y nos sonríe. entonces nos lleva por las callecitas ahora peatonales, donde se vende de todo, en la calle, como parece ser en toda américa latina que conozco menos uruguay, argentina y chile, al menos en sus capitales, y por aquí y por allá nos va contando la historia de esta zona. visitamos la alcaldía, otra casa colonial, con esos patios abiertos y la vegetación frondosa, y con el ávila siempre verde al norte, y del otro lado, al sur, las laderas de los cerros crecidas de rancheríos. por fin la biblioteca nacional, un edificio a la bauhaus, portentoso, enorme, cerca del colegio lasalle, rodeado de un parque en el que crece, orgulloso, un samán, árbol vinculado a las leyendas de este país. la biblioteca es literalmente enorme, y uno piensa en borges. pero borges en el trópico? quizá se hubiera deleitado con el bullicio, los olores y los gritos de los vendedores ambulantes. vamos a la sección de libros y manuscritos raros... y vemos el cuadro original de andrés bello, y rosario m e pide que le tome una fotografía. y allí, en una vitrina está la "gramática de la ortolojía y la métrica del idioma español" y distintas versiones del quijote, y muchos manuscritos y tantos libros que uno no saldría más de allí. en otra sala, la de prensa, están todos los periódicos desde el siglo xix... es extraño salir de allí, tan silencioso, tan fresco, nuevamente a la parte vieja de la ciudad, a pocas cuadras de la pastora, a pocas cuadras de los rancheríos que siempre empiezan en la cuesta donde termina la última acera transitable.
hacemos un alto para beber algo fresco; café helado, había olvidado el sabor que tenía, y de pronto un arco iris de gustos se agolpan en el paladar y pienso que cuatro días no son suficientes para tanta memoria y recuerdos juntos. cruzar la urdaneta es realmente turismo de riesgo; y descubrir que el nuevo circo, la antigua terminal de buses, que era lo m ás parecido a un caos salido de un círculo infernal de dante, se ha convertido en algo más desarrollado que tres cruces sorprende. ¿cómo ha ocurrido todo esto?, le pregunto a mirla, y ella responde: en el 2010, el gobierno se dio cuenta de que caracas estaba desurbanizada. y decidió urbanizarla. ojalá en montevideo el gobierno se diera cuenta de que tenemos problemas de desurbanización y cambiara las cosas. tal parece que en dos años y con recursos, algunas cosas mejoran. de todos modos, el tránsito es el tránsito, los mensajeros en sus motos están en todas partes, y andan que parecen insectos de la quinta dimensión; y como es el bicentenario, hay gente que viste ropa de época: un llanero, una guajira, unas mujeres vestidas como en la corte del siglo xviii. las tiendas de abarrotes se mezclan con los comederos desde los que salen los olores más deliciosos que uno puede imaginar en el trópico, y se amontonan las arepas, los quesos, los dulces dulcísimos y las frutas de todos colores.
tomamos el metro en capitolio, y cuatro estaciones más tarde, en bellas artes, quedamos a media cuadra del hotel. hace mucho calor. el fresco de la mañana dio paso al color denso del mediodía y el sol, que parece que está en el zenit desde hace horas, hiere los ojos y la piel. en el lobby la gente entra y sale, apurada, con carpetas y distintas tarjetas colgadas al cuello. todos bolivarianos, todos con distintivos, todos miembros de alguna institución del poder popular de algo. llama la atención el poder popular de la inclusión y el género.
hay algo extraño en esta mezcla de cosa que parece funcionar bien, de ciudad por fin limpia y relativamente organizada, con el culto a la personalidad de don chávez, que recuerda a otros similares. mirla nos dice, cuando vemos las fotos y los documentos de la exhumación de bolívar: dicen que el cáncer de chávez es resultado de que usurpó las cenizas del padre de la patria. eso dicen los santeros. le respondo: si dicen los santeros, el hombre no tiene cura. y ella responde: eso creemos, que no se juega con las cenizas, y que no tiene cura.
después, con rosario bebemos un jugo y una polar heladas, con una foto de un chavez furibundo que nos recuerda que la patria es esta, latinoamérica. vaya, pero la polar es anterior, y sigue sabiendo igual de buena. y la parchita y la lechosa son la parchita y la lechosa, y la salsa y los manglares seguirán estando. eso tranquiliza. lo demás, es historia.
y como demostró goytisolo, la historia es mentira y sólo existe la ficción. será por eso que uno se vuelve, un día, escritor.
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