uruguay tiene un stand de la cámara del libro bien nutrido, que incluye, no sólo libros de variados autores y temas, sino murales de los autores homenajeados (galeano, benedetti, ángel rama), un lamentable televisor enorme que transmite fútbol (como si lo único que tuviéramos para mostrar fuera eso, once tipos demenciados atrás de un balón), personal bien dispuesto e informado. la feria es grande, se extiende en varios niveles, incluye una zona al aire libre, en el parque (similar a la de medellín) y un par de salas en las que se presentan libros, se hacen conferencias, se habla. en la sala ángel rama, rosario peyrou presenta el diario de ángel rama, editado por monteávila, una editorial de renombre que hace años sacaba de lo mejor de la literatura latinoamericana (ahora supongo que también, pero no lo sé). la presentación de rosario es una delicia, porque para llegar al diario que escribió rama durante su exilio en caracas, es menester decir quién fue y qué representó (y acá en caracas fue el fundador y editor de la biblioteca ayacucho, que es una de las más ambiciosas e importantes de la literatura latinoamericana). y de pronto se encuentra uno escuchando con completa fascinación toda la historia de un hombre hijo de inmigrantes gallegos, que hizo de la literatura, de la crítica literaria, de su afán por lograr una construcción latinoamericana literaria, que fundó arca y publicó a los grandes -garcía márquez, vargas llosa, cortázar, antes de que fueran alguien- su vida y su propia obra. uno sabe quién fue ángel rama, uno llegó a conocerlo tangencialmente, sabe y calibra y admira el valor de su obra, de su inteligencia y de su aporte a la reflexión, y, sin embargo, al escuchar a rosario parece que estuviera oyendo algo nuevo, distinto, y quiere salir a leer lo que no leyó, empezando por el diario. el público también se embelesa. porque rosario embelesa, tiene esa cosa docente de transmitir una pasión y una calidez, de acercar y de provocar. la gente aplaude, se encanta, termina de ver vivo, en carne y hueso, a ese hombre flaco y alto, de mirada intensa (en mi recuerdo de tantos años). hay algo que dice rosario, que queda en el aire: las casas vacías. irse de montevideo, y el largo periplo -caracas, estados unidos, parís- era eso, llenar casas vacías (y pienso en la canción de cabrera, mudanza). de a poco la sala se ha ido llenando, como ocurre en las ferias, y el público pende de las palabras de la presentadora.
después, paseamos por algunos stands y librerías, llenas hasta el tope de gente de todas las edades, que compra libros, hace colas para pagar, revisa estantes y mesas de ofertas. por allí anda hugo ulive, el cineasta uruguayo, tan agudo como siempre. por allí anda también el insoportable luis britto garcía, convertido en la personalidad venezolana de la feria, a quien se lo homenajea una y otra vez. su curriculum pasa por la literatura, la dramaturgia y la ensayística. todo un señor intelectual, y por tal motivo, nos han invitado a una obra teatral que se da en la feria, en unearte -creo que el antiguo ateneo de caracas, pero no estoy segura, le han cambiado el nombre a casi todo-, "muñequita linda", dirigida por román chalbaud, famoso dramaturgo y director vernáculo. una larga cola, eterna, y luego la sala llena. y la obra, infumable. anacrónica, tonta, pasada de tiempo, con un intento triste y tedioso de actualizarla, lenta y sin nudo de ningún tipo, con dos o tres actuaciones interesantes (la criada; una consejera sentimental; y no más que eso), con la repetición del recurso de narrar la historia real de venezuela con documentales de época, que a la tercera vez son un castigo, y el mismo recurso con una radio a válvula. una rara mezcla de costumbrismo con parodia (se parodia a un maestro de escuela comunista; se parodia a un candidato a la presidencia, pero no se entiende por qué), en realidad no se entiende demasiado y me duermo en varias partes, de modo que no termino de comprender qué quiso decir britto, ni qué se propuso chalbaud. pero a la conclusión que se llega fugaz y malditamente es que britto garcía debe de ser uno de los pocos intelectuales afectos a chávez, y que no importa lo que sea, allí está. apoteósico es cuando los casi veintipico actores saludan al público (que aplaude con pasión) y el director grita: el autor, el autor! (como en las pelis de hollywood) y sube el autor, el puño alzado, combativo y combatiente y hay flores y ramos para ellas y ellos, flores rojas, naturalmente, el color de la revolución, y el telón sube y baja, y tal parece que estamos ante una obra mayor de brecht. triste final para un día de feria que incluyó una lectura de poesía de mujeres en un pequeño círculo en el parque, con un público atento, que escucha mientras bebe cerveza y come pepitos.
son las nueve de la noche, y el teatro queda en la acera de enfrente del hotel. para llegar al hotel hay dos chances: o se cruza el elevado que une una acera con la otra, un puente de unos quince metros construido en cemento gris, que es lo que cruzamos de día, o se cruza la calle, cuando el semáforo cambia a verde. preguntamos y dos hombres jóvenes nos dicen: no crucen por el elevado, porque es peligroso. mejor cruzan rapidito la calle y como está iluminado y desde todas partes las ven, es menos riesgoso. nos miramos con rosario y nos parece increíble. es peligroso cruzar un puentecito a las nueve de la noche que une un centro cultural de la envergadura del teresa carreño con un hotel de la envergadura del alba (ex hilton) donde hay guardias, taxis y un movimiento incesante. cruzamos la calle a las corridas. no, no, no se puede vivir en una ciudad donde después de que cae el sol no se puede andar por la calle, no se puede cruzar una calle.
el ascensor me lleva, por error o por afán, hasta el piso 23, donde suben dos muchachitos que parecen taxi boys salidos de una peli de almodóvar. en el tablero del ascensor, desde el piso 21 hasta el 26 son "ejecutivos", está marcado de ese modo, muy evidente, y estos jovencitos, con dos bolsos y cinturas quebradas, que saludan amablemente y se arreglan el cabello ante el espejo y están pálidos como vampiros, descienden en el 26, en la sala ejecutiva, raudos, excitados, desafiantes. son distintos a todo lo que he visto en el hotel, durante el desayuno, el almuerzo, la cena y el trajinar en el lobby y en las distintas salas y tiendas que hay en el hotel. ni siquiera parecen amigos, o tan solo una pareja clandestina, o no sé qué, que explique sus gestos apresurados y fingidos, sus miradas entre directas y escondidas. cuando me encuentro con rosario para ir a cenar, le digo: había algo raro allí, y le cuento. sí, es raro. pero todo se disuelve, como si hubiera sido apenas un deja vu, o algo inventado, o un pedazo de relato, porque en la terraza donde cenamos, los jueves hay música venezolana, llanera, y entonces me olvido de los vampiros pálidos y excitados, de sus cinturas quebradas y los ojos delineados, y suenan el arpa, el cuatro y las maracas, y tan luego aparece el cantor, con esa voz más aguda del llano, y los joropos se meten en la noche fresca, de cielo sin estrellas y el agua de la piscina un poco picada porque se ha levantado la brisa. los mozos diligentes llevan y traen bebidas, y hay gentes de todas partes, y la música tiene esa belleza de la tierra con horizontes amplios, con historias de amor de campo, y hasta la vaca mariposa de simón díaz aparece (y el pobre simón está viejito y con alzheimer, ay, qué pena, qué pena que ya no suene su voz ni resuene su simpatía y su liquiliqui blanco se vea como una bandera), y una mujer entrada en años y en carnes se levanta y baila ese joropo, algo tan difícil de bailar, y se olvida uno del elevado peligroso, de que hay una especie de toque de queda natural, de sobrevivencia, y se deja llevar por la aparente alegría de la música llanera que, en el fondo, muy en el fondo, tiene una melancolía, la melancolía de todos los campos de cualquier parte, esa soledad del hombre ante la naturaleza.
y después aparece cristina, la presidente de todo lo vinculado a la feria, y conversamos y habla de la inseguridad, del peligro, y de cómo, de a poco, han ido cambiando las cosas. es sencillo, dice, se trata de recuperar los espacios públicos, que habían sido tomados por la delincuencia. entonces, el plan estratégico (y desde hace dos años hay una universidad donde se forman los policías) se propone, de a poco, ir reocupando los espacios públicos, con cafés y actividades, y tiendas y vida pública. "no ceder los espacios", dice. la conversación se vuelve más política, mientras el llano sigue sonando con fuerza desde el escenario. le pregunto dónde se puede comer bienmesabe. piensa y dice: mañana le pregunto a las niñas y te respondo. tan difícil como siempre, le respondo, el bienmesabe se hace desear, siempre. y ríe. algo tan sencillo, algo tan sabroso, y de tan difícil captura.
ya las luces de la cota mil se ven, se ven las luces de los rascacielos y de los rancheríos, de los autos, del encendido, de los parques. y salvo los carros, la ciudad se vacía de gente, cambia de sonido. desde el ventanal del décimo piso parece un contrapicado de una serial norteamericana. una frenada, unos bocinazos, el semáforo cambia a rojo, un carro de policía atraviesa una cebra y sigue, una arepera valiente sigue abierta. la noche, en cualquier ciudad grande, se parece.
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