sábado, 10 de marzo de 2012

crónicas de una mudanza o qué diablos hacer con los libros

lo primero que uno piensa, enfrentado a la biblioteca es: y cuándo y por qué compré tanto papel? lo segundo, es que un libro cuesta carísimo, pero a la hora de querer venderlo, por ejemplo, resulta que no vale nada.
y cuando se trata de tres bibliotecas diferentes, de tres generaciones distintas, el problema se hace mayúsculo.

también se piensa en que una biblioteca, analizada así, muestra una ideología, una postura estética, una búsqueda. eso siento ante los libros de mi padre y de mi abuelo (y cuando empiezan a llegar los primeros amigos a llevarse los libros que quieran, los comentarios se relacionan con eso: estos son los libros que había en la casa de mi padre, dice uno; ah, en lo de mis abuelos había de estos libros; dice otro. y claro, aparecen esos libros inexplicables: a quién se le ocurrió comprar esto? (el misterio de los platillos voladores, por ejemplo, o la vida de los indios mizquitos)

cuesta desprenderse de los libros -y uno recuerda la casa de papel de carlos maría domínguez, en todos sus términos: "cuando un libro no se encuentra, es peor que eso..."- hasta que uno se planta ante cada uno y lo interroga: me gustaste? te volvería a leer? conversás con tus vecinos? me ampliaste el horizonte? preguntas crueles, qué culpa tiene el pobre libro de enfrentarse a su condición, de enfrentar a un lector contumaz? los libros que no fueron leídos, salvo excepciones excepcionales, ya no lo serán, es decir, no son libros. ese es el primer criterio de la selección (desgraciadamente son los menos).

 entonces llegan los peones a embalar. pedí 400 cajas, pero pensaron que exageraba, de modo que no les alcanzan ni para la mitad. son dos jóvenes, muy experientes, muy cuidadosos, y rápidamente organizamos por paños cómo deben guardar los libros, si no, dentro de un mes, esto va a ser más que complicado. los dejo trabajando y al rato aparece uno, gordito, un poco tímido. dice: señora, una pregunta, si no lo toma a mal. dígame, respondo, en qué lo puedo ayudar. usted, ¿leyó todo esto? y señala la biblioteca. sí, le digo, lo leí. abre los ojos (como dos platos, para usar un lugar común): y cómo le entró? y claramente me mira la cabeza y calculará cuánto lugar ocupa todo ese palabrerío en un cerebrito. el otro peón, más avispado, dice: es que leer es muy importante (mientras escucha una cumbia villera de su celular) (sí, detesto la cumbia villera, y mucho más si es en mi propia casa). siguen trabajando, y al rato llegan dos peones más, un hombre de unos sesenta años y otro un poco más joven. embalan rápido hasta que se quedan sin cajas. piden para ver cuántos libros restan y les muestro las otras bibliotecas en los otros cuartos.

después los escucho conversar. se han parado delante de un cuadro de mi hermano, "montevideo arde", que es un fotomontaje: montevideo desde arriba, en la que claramente se ven arder edificios, hay nubes de humo y llamas. ocupa una pared y de tanto verlo, me olvidé del impacto que me causó cuando me paré delante de él por primera vez. uno de los peones jóvenes dice: che, pero eso es montevideo bombardeada! cuándo fue eso? discuten entre sí, y el peón de mayor edad, dice, con voz clara y firme, para que no quepan dudas: pero claro, eso fue cuando la dictadura, cuando bombardearon el palacio legislativo! los otros jóvenes se interesan: en serio? bombardearon el palacio legislativo? el otro sigue: y sí, claro, así empezó la dictadura.

salute, me digo desde la cocina, tenemos historia. ahora estos cuatro están convencidos de que porque vieron una foto (tomándola por foto y no por creación artística) y tuvieron que explicarla en el contexto de la realidad, crearon una ficción maravillosa sin darse cuenta. y sin darse cuenta, tampoco, que de peones pasaron a personajes de una narración que no voy a escribir porque la estoy convirtiendo en crónica. y como solemos afirmar con andrés alsina cada vez que nos vemos: la base de la ficción es la crónica, siempre. desde tiempos inmemoriales, la única ficción verdadera está en la crónica...

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