por fin una novela que atrapa. me explico: recuerdo con nostalgia la adolescencia cuando uno se sumergía en una lectura y no dejaba de leer hasta que el libro se terminaba. con la dupla perversa: quiero saber el final/no quiero que el libro se termine. porque después: ¿qué hago?
eso es lo que sucede con esta novela. precisemos: escrita por una amiga-colega, la lectura se dispara en muchas direcciones.
pero nada, es buenísima.
no se puede revelar demasiado de la trama, sin decir el final. el asunto: una gorda obesa (úrsula, muy bien construida por la autora) se encuentra envuelta - ficción dixit- en un secuestro. un empresario -santiago- es secuestrado por dos socios (uno de los cuales desaparece misteriosamente) y por él se pide un rescate. la historia, hasta ahí, parece lineal. pero no lo es. rosende despliega un abanico de recursos narrativos que va desarrollando a lo largo de la novela, que mantienen al lector en el suspenso total.
la novela permite dos lecturas: una, para el lector sin experiencia en la novela negra, policial; otra, para el fanático de lo otro, el lector de chandler, ross mac donald, baldwin, hammet. ambos lectores se sentirán agradecidos por la inteligencia de la narración. los segundos disfrutarán de las guiñadas, de las pistas, de los vínculos (hoy llamados "links") con otras obras anteriores. es imposible, aquí, no mencionar a algunos personajes: úrsula lópez (la mujer equivocada, en todos los sentidos); su tía irene; su padre, su hermana luz.
ambientada en una montevideo fácilmente reconstruible, la novela trasciende la geografía vernácula y se convierte, como en las yankis,en una universal. sea el mercado del puerto o tasende o la ciudad vieja, da lo mismo. hemos leído suficiente de crímenes perpetuados en sunset boulevard o en los angeles. si la novela es buena, la geografía es circunstancial. los personajes son verosímiles y queribles, más allá de sus defectos (qué criminal no los tiene)! las vueltas de tuerca y las guiñadas hacen que la lectura se convierta en una carrera contra reloj: uno quiere saber si lo que intuye, se cumple. todo cierra, no hay nada librado al azar, y y uno agradece a rosende no sólo la trama, el vericueto, la narración, sino el respeto a cierta inteligencia. me molesta no poder revelar aquí más de la trama, pero hay toda una "burla" a los clichés de lo obvio de lo policial.
amén de eso, hay secuencias de construcción de personaje, de descripción, que son ejemplos mayores para cualquier clase de redacción. y por si fuera poco, rosende introduce algo de lo subjetivo, cartas de uno de los personajes, úrsula, la mujer equivocada, que hacen la lectura màs cercana al lector.
además de todo, la novela policial en su conjunto -siempre menos que la "literatura", tan denostada como la ciencia ficción- es un trabajo que supone un gran ejercicio intelectual. pero que no deja de lado el goce narrativo.
vale la pena leerla. a mí me tuvo en vilo durante un día entero, lo que no es poco decir. habituada a la lectura "militante" (por ejemplo, las últimas de paul auster, uno de mis autores preferidos), me encantó encontrarme nuevamente en situación de no poder dejar de leer.
viernes, 17 de febrero de 2012
viernes, 27 de enero de 2012
frankfurt am main, primer día
desde bonn a frankfurt en el meno (suena espantoso en español), si se toma el tren "no-rápido", se gana en belleza. la vía corre paralela al rin, y uno puede ver que entre el rin (transporte fluvial) y las vías del tren, se ha construido una autopista, de modo que están cubiertas las tres formas de transporte. el rin es el rin, y por lo tanto es hermoso; serpentea, orgulloso y dan ganas de recorrerlo, aun en invierno. las pequeñas ciudades y los pueblos alternan con pequeños puertos y lugares industriales, pero siempre están el río y las colinas que le dan el contorno. aquí y allá hay fortalezas, no suficientemente importantes ni vistosas como para que sean remodeladas y convertidas en sitios de interés turístico, pero basta con ver los murallones y las torres con las ventanas minúsculas como para imaginar la edad media, las invasiones, los señores y los vasallos que se protegían de vaya a saber qué invasores, y las leyendas del río. la mitología del río, que tiene que ver con el oro del rin, el anillo de los nibelungos, sigfried y brunhilde, los dioses: odin.toda aquella poesía que uno estudió en el liceo.
sí, el río serpentea, está muy crecido, hay árboles comidos en las laderas, y que cada tanto se asome el sol no cambia en nada la fuerza que tiene. los barcos con mercancías vienen y van, y los caseríos, con una iglesia copuda en alguna parte, surgen naturalmente, para después desaparecer. cómo se vive en semejante lugar? qué tanto peso tienen la historia y la geografía? capaz que a nadie le importa, solo a alguien que creció leyendo sobre estos lugares.
el tren se acerca a frankfurt. gran sorpresa cuando hay una estación únicamente destinada a la opel. vaya con la opel. ¿cuánta gente vive aquí, cuánta trabaja? impresiona. es la opel, pero de todos modos llama la atención. luego viene la estación del aeropuerto; ya el rin se alejó y estamos en zona urbana. y por fin frankfurt am main. por si queda alguna duda, surge en lo alto el "bleistift", un edificio que es idéntico a un lápiz faber. es para mi el icono y la constatación de que he llegado. hace frío, mucho frío y la estación es grande. adiós a la estación de bonn, que tenía cinco andenes, todos parejitos, todos fáciles. aquí hay mucho movimiento. no es como en hamburg, donde con música clásica un intendente logró que los heroinónamos se alejaran (parece que ese tipo de música no se lleva bien con la heroína); acá hay de todo. una gitana ofrece no qué cosa y dos agentes de seguridad en seguida se le acercan para disuadirla. mio hermano me dice que acá a los outsiders les compran un ticket de tren y los mandan a otra ciudad, donde hay centros curativos similares, en todo caso, lejos de acá. pero no es un lugar acogedor. no bien nos encontramos en el andén 2, me dice que tenemos entradas para la ópera, para ver "el ocaso de los dioses", de wagner, la tercera parte de la trilogía. me cambio el abrigo y las medias en el andén, para no lucir tan zaparrastroza, y vamos a la ópera, un edificio moderno, en la plaza willy brandt, donde acampan los ocupas. un conjunto bastante amplio de tiendas y carpas, con pasacalles y afiches de protesta, porque allí se encuentran las sedes de los bancos más importantes. pienso que ser anticapitalista en invierno no es sencillo, pero la protesta no entiende de estaciones;el capitalismo tampoco, y seguramente y a la larga, el capitalismo dará un paso atrás. siempre lo hace, aunque lo disfrace de otra cosa, o lo niegue. si no lo hiciera, dejaría de ser lo que es. en definitiva, necesita al ser humano, le guste o no.
llegamos a la ópera, y hay una gran cola. debemos esperar. la obra dura seis horas, con dos intervalos. se trata de una prueba general, pero el público es público, y la obra es obra. magnífica. para quien sepa de escenografía, seguramente disfrutará más que yo. sin embargo, uno rescata cosas: el escenario es una gran superficie circular que se descompone en círculos que cambian de altura, y gira, cada anillo, en sentido anverso al otro; de modo que hay un arriba y un abajo desigual y un ir y venir desparejo. no hay telón, y de pronto comienza. primer acto, presentación. es un poco lento; y da la impresión de que quien interpreta a sigfried cuida la voz. pero pronto eso da paso a la obra en sí. wagner es wagner. impresiona. ¿en qué pensaba? ¿por qué escribió esta trilogía? aun para alguien que se precia de hablar alemán, es difícil de comprender. ni siquiera los subtítulos son de gran ayuda: wagner escribe su texto en forma de poema, en alemán antiguo, y con palabras inventadas. así y todo, el mito es conocido, y por más conocido que sea, uno se queda atrapado por los cantantes, por la puesta, por la tensión narrativa. en definitiva, el héroe natural, sigfrido, enamorado de brunhilda, cae en una lamentable trampa, se olvida de brunhilda, se promete con gudrun, cuyos hermanos desean el famoso anillo de los nibelungos, su futuro cuñado, hermano de gudrun, se lleva a brunhilda, quien, sin saber que sigfried ha sido vilmente engañado, diseña su muerte. sigfried muere por la espalda, y brunhilda en algún momento se da cuenta de la trampa y hace su declaración (quizá wagner es el padre del teleteatro, vaya uno a saber). lo interesante es que está ambientada en el presente, que los cantantes son los de la ópera de frankfurt, la orquesta suena muy bien, las luces son las que transforman el escenario en río o campo, y las partes en que aparecen multitudes sobre el escenario -el coro- ponen la piel de gallina. el final es apoteósico, y sin que uno se dé cuenta, en un palco junto al escenario, aparecen los viejos dioses, que asisten al gran final con un aspecto y unas miradas que impresionan. uno siente un poco de pena por ellos, y no deja de recordar a mircea eliade.
seis horas de ópera que se pasan como si nada... terminamos la noche en un local típico de hessen, una taberna donde se toma vino de manzana (no me gustó nada), donde se comparten las mesas como en el viejo lobizón de la calle cuareim, y donde se come lo más típico de todo. las milanesas se llaman schnitzel, y no pido ese plato. con la música de wagner en los oídos, uno desea otro tipo de comida.
(a propos wagner, injustamente acusado de nazi. imposible que lo fuera, su vida va de 1813 a 1883. tuvo la desgracia, sí, de que el fúhrer amara su música y tomara un poco de su germanismo como ejemplo o como leitmotiv de su ideología. y también, porque los parientes de wagner se relacionaron con el sr. hitler. pobre señor wagner. tomó el mito del anillo de los nibelungos y aquí y allá cambió y adaptó algunos asuntos -los padres de sigfrido son mellizos! (vaya con el incesto). pero su obra es impresionante, la parte musical del "ocaso de los dioses" es realmente portentosa, y es gracioso darse cuenta de las partes que forman parte, valga la redundancia, de star wars - eso recuerdo yo- y mi hermano insiste con que también es telón musical en apocalypsis now. en todo caso, wagner es grandioso, y se merece un buen estudio)
la ciudad nos recibe con una especie de agua nieve, que, al otro día, se habrá convertido en nevada, y que hará las calles resbalosas y llenas de suspicacia.
frankfurt me gusta. está llena de contrastes, de cosas inesperadas.
franfurt-Lab
un poco alejado del centro, está este "centro", que se funda por iniciativa del "ensemble modern", " la academia de teatro de hessen", "la escuela superior de música y artes escenográficas de frankfurt", de la "casa de la cultura mousonturm" y de la "compañía forsythe", en el año 2009. me recuerda a cualquier institución alemana, cuadrada, con pasillos y ventanas, un poco bauhaus, con perdón de los especialistas. sin embargo, aloja algo intersantísimo. aquí no sólo se experimenta, interdisciplinariamente, sino que se llevan adelante proyectos creativos, vinculados al teatro, la danza, la música y disciplinas que mezclan todo eso, con grupos internacionales, que también invitan a estudiantes avanzados en las distintas artes a que presenten sus trabajos. es un verdadero laboratorio creativo. los artistas conocidos se mezclan o supervisan o asisten a proyectos noveles; la investigación, la producción y la puesta en escena son los objetivos principales del lab. entonces, en la sala 1, de 650 metros, con capacidad para 400 personas, se está preparando una presentación relacionada con la energía atómica; están ensayando la proyección y la participación de distintos actores-bailarines; son jóvenes y se les ve el entusiasmo. en la sala 2, un poco más pequeña, se ensaya una obra de teatro, que claramente no está en un estadio tan avanzado como la anterior; todavía está la mesa de trabajo y discusión, un enorme pizarrón con anotaciones, y, cuando entramos, un actor joven recita su parlamento, dando vueltas y vueltas en círculo por la sala. en alguna parte suena un piano triste. afuera está gris, llovizna y hace frío. tomamos un café en la cocina, y quien dirige todo esto, sabine, se queja de que no todos lavan las tazas después de tomar el café. sí, pienso, los artistas rara vez perciben las tazas sucias, y está bien que alguien se lo señale, si no, se convertiría todo esto en un caos. pero qué fantástico que exista esta posibilidad. sobre todo porque las instituciones que forman parte del franfurt-lab no son menores, sino mayores, y esto que han fundado habla de su vocación artística por encima de todo.
volver a la ciudad cuesta. no es que estemos tan lejos, apenas un par de paradas, quince minutos en tranvía; pero quizá sí lejos de la capital financiera, banquera, comercial que es frankfurt. se nota en el transporte. en otras ciudades, alterna gente de traje y corbata, mujeres en tailleur y extranjeros, con empleados. acá, el tranvía está repleto de trabajadores extranjeros. es que, según entiendo, la mayoría anda en auto o en bicicleta (dos declaraciones de principio) y el resto, los más o menos desgraciados usan el tranvía. sea como sea, sin la fortaleza económica de esta ciudad, la cultura no florecería, no tendría un lugar. habrá que pensar que los nuevos mecenas son las marcas.
en el tranvia se apiña la gente; quizá no sabe que el frankfur-lab existe; o quizá no le importa, o quizá no sé. para uno, es magnífico. y dan ganas de quedarse a uno de los estrenos.
el tranvía atraviesa buena parte de la ciudad rumbo al centro, y cruza lo que podría ser 8 de octubre, pero en manos de turcos, paquistaníes y orientales en general.así que es pintoresco. las voces en el tranvía, donde se mezclan el turco, el polaco, el ruso y otro montón de lenguas que desconozco, son las que llevan el rito. hay menos alemán. ¿estoy en alemania o dónde? pienso en günter grass.
capaz que nadie sabe, capaz que ya no importa demasiado. una vez las fronteras abiertas, la gente se mezcla. la cultura también. y ese desafío es lo que importa, lo que llama la atención, y de cuyo cruce salen obras verdaderamente interesantes. de todos modos, uno se acuerda del no-lugar.
sí, el río serpentea, está muy crecido, hay árboles comidos en las laderas, y que cada tanto se asome el sol no cambia en nada la fuerza que tiene. los barcos con mercancías vienen y van, y los caseríos, con una iglesia copuda en alguna parte, surgen naturalmente, para después desaparecer. cómo se vive en semejante lugar? qué tanto peso tienen la historia y la geografía? capaz que a nadie le importa, solo a alguien que creció leyendo sobre estos lugares.
el tren se acerca a frankfurt. gran sorpresa cuando hay una estación únicamente destinada a la opel. vaya con la opel. ¿cuánta gente vive aquí, cuánta trabaja? impresiona. es la opel, pero de todos modos llama la atención. luego viene la estación del aeropuerto; ya el rin se alejó y estamos en zona urbana. y por fin frankfurt am main. por si queda alguna duda, surge en lo alto el "bleistift", un edificio que es idéntico a un lápiz faber. es para mi el icono y la constatación de que he llegado. hace frío, mucho frío y la estación es grande. adiós a la estación de bonn, que tenía cinco andenes, todos parejitos, todos fáciles. aquí hay mucho movimiento. no es como en hamburg, donde con música clásica un intendente logró que los heroinónamos se alejaran (parece que ese tipo de música no se lleva bien con la heroína); acá hay de todo. una gitana ofrece no qué cosa y dos agentes de seguridad en seguida se le acercan para disuadirla. mio hermano me dice que acá a los outsiders les compran un ticket de tren y los mandan a otra ciudad, donde hay centros curativos similares, en todo caso, lejos de acá. pero no es un lugar acogedor. no bien nos encontramos en el andén 2, me dice que tenemos entradas para la ópera, para ver "el ocaso de los dioses", de wagner, la tercera parte de la trilogía. me cambio el abrigo y las medias en el andén, para no lucir tan zaparrastroza, y vamos a la ópera, un edificio moderno, en la plaza willy brandt, donde acampan los ocupas. un conjunto bastante amplio de tiendas y carpas, con pasacalles y afiches de protesta, porque allí se encuentran las sedes de los bancos más importantes. pienso que ser anticapitalista en invierno no es sencillo, pero la protesta no entiende de estaciones;el capitalismo tampoco, y seguramente y a la larga, el capitalismo dará un paso atrás. siempre lo hace, aunque lo disfrace de otra cosa, o lo niegue. si no lo hiciera, dejaría de ser lo que es. en definitiva, necesita al ser humano, le guste o no.
llegamos a la ópera, y hay una gran cola. debemos esperar. la obra dura seis horas, con dos intervalos. se trata de una prueba general, pero el público es público, y la obra es obra. magnífica. para quien sepa de escenografía, seguramente disfrutará más que yo. sin embargo, uno rescata cosas: el escenario es una gran superficie circular que se descompone en círculos que cambian de altura, y gira, cada anillo, en sentido anverso al otro; de modo que hay un arriba y un abajo desigual y un ir y venir desparejo. no hay telón, y de pronto comienza. primer acto, presentación. es un poco lento; y da la impresión de que quien interpreta a sigfried cuida la voz. pero pronto eso da paso a la obra en sí. wagner es wagner. impresiona. ¿en qué pensaba? ¿por qué escribió esta trilogía? aun para alguien que se precia de hablar alemán, es difícil de comprender. ni siquiera los subtítulos son de gran ayuda: wagner escribe su texto en forma de poema, en alemán antiguo, y con palabras inventadas. así y todo, el mito es conocido, y por más conocido que sea, uno se queda atrapado por los cantantes, por la puesta, por la tensión narrativa. en definitiva, el héroe natural, sigfrido, enamorado de brunhilda, cae en una lamentable trampa, se olvida de brunhilda, se promete con gudrun, cuyos hermanos desean el famoso anillo de los nibelungos, su futuro cuñado, hermano de gudrun, se lleva a brunhilda, quien, sin saber que sigfried ha sido vilmente engañado, diseña su muerte. sigfried muere por la espalda, y brunhilda en algún momento se da cuenta de la trampa y hace su declaración (quizá wagner es el padre del teleteatro, vaya uno a saber). lo interesante es que está ambientada en el presente, que los cantantes son los de la ópera de frankfurt, la orquesta suena muy bien, las luces son las que transforman el escenario en río o campo, y las partes en que aparecen multitudes sobre el escenario -el coro- ponen la piel de gallina. el final es apoteósico, y sin que uno se dé cuenta, en un palco junto al escenario, aparecen los viejos dioses, que asisten al gran final con un aspecto y unas miradas que impresionan. uno siente un poco de pena por ellos, y no deja de recordar a mircea eliade.
seis horas de ópera que se pasan como si nada... terminamos la noche en un local típico de hessen, una taberna donde se toma vino de manzana (no me gustó nada), donde se comparten las mesas como en el viejo lobizón de la calle cuareim, y donde se come lo más típico de todo. las milanesas se llaman schnitzel, y no pido ese plato. con la música de wagner en los oídos, uno desea otro tipo de comida.
(a propos wagner, injustamente acusado de nazi. imposible que lo fuera, su vida va de 1813 a 1883. tuvo la desgracia, sí, de que el fúhrer amara su música y tomara un poco de su germanismo como ejemplo o como leitmotiv de su ideología. y también, porque los parientes de wagner se relacionaron con el sr. hitler. pobre señor wagner. tomó el mito del anillo de los nibelungos y aquí y allá cambió y adaptó algunos asuntos -los padres de sigfrido son mellizos! (vaya con el incesto). pero su obra es impresionante, la parte musical del "ocaso de los dioses" es realmente portentosa, y es gracioso darse cuenta de las partes que forman parte, valga la redundancia, de star wars - eso recuerdo yo- y mi hermano insiste con que también es telón musical en apocalypsis now. en todo caso, wagner es grandioso, y se merece un buen estudio)
la ciudad nos recibe con una especie de agua nieve, que, al otro día, se habrá convertido en nevada, y que hará las calles resbalosas y llenas de suspicacia.
frankfurt me gusta. está llena de contrastes, de cosas inesperadas.
franfurt-Lab
un poco alejado del centro, está este "centro", que se funda por iniciativa del "ensemble modern", " la academia de teatro de hessen", "la escuela superior de música y artes escenográficas de frankfurt", de la "casa de la cultura mousonturm" y de la "compañía forsythe", en el año 2009. me recuerda a cualquier institución alemana, cuadrada, con pasillos y ventanas, un poco bauhaus, con perdón de los especialistas. sin embargo, aloja algo intersantísimo. aquí no sólo se experimenta, interdisciplinariamente, sino que se llevan adelante proyectos creativos, vinculados al teatro, la danza, la música y disciplinas que mezclan todo eso, con grupos internacionales, que también invitan a estudiantes avanzados en las distintas artes a que presenten sus trabajos. es un verdadero laboratorio creativo. los artistas conocidos se mezclan o supervisan o asisten a proyectos noveles; la investigación, la producción y la puesta en escena son los objetivos principales del lab. entonces, en la sala 1, de 650 metros, con capacidad para 400 personas, se está preparando una presentación relacionada con la energía atómica; están ensayando la proyección y la participación de distintos actores-bailarines; son jóvenes y se les ve el entusiasmo. en la sala 2, un poco más pequeña, se ensaya una obra de teatro, que claramente no está en un estadio tan avanzado como la anterior; todavía está la mesa de trabajo y discusión, un enorme pizarrón con anotaciones, y, cuando entramos, un actor joven recita su parlamento, dando vueltas y vueltas en círculo por la sala. en alguna parte suena un piano triste. afuera está gris, llovizna y hace frío. tomamos un café en la cocina, y quien dirige todo esto, sabine, se queja de que no todos lavan las tazas después de tomar el café. sí, pienso, los artistas rara vez perciben las tazas sucias, y está bien que alguien se lo señale, si no, se convertiría todo esto en un caos. pero qué fantástico que exista esta posibilidad. sobre todo porque las instituciones que forman parte del franfurt-lab no son menores, sino mayores, y esto que han fundado habla de su vocación artística por encima de todo.
volver a la ciudad cuesta. no es que estemos tan lejos, apenas un par de paradas, quince minutos en tranvía; pero quizá sí lejos de la capital financiera, banquera, comercial que es frankfurt. se nota en el transporte. en otras ciudades, alterna gente de traje y corbata, mujeres en tailleur y extranjeros, con empleados. acá, el tranvía está repleto de trabajadores extranjeros. es que, según entiendo, la mayoría anda en auto o en bicicleta (dos declaraciones de principio) y el resto, los más o menos desgraciados usan el tranvía. sea como sea, sin la fortaleza económica de esta ciudad, la cultura no florecería, no tendría un lugar. habrá que pensar que los nuevos mecenas son las marcas.
en el tranvia se apiña la gente; quizá no sabe que el frankfur-lab existe; o quizá no le importa, o quizá no sé. para uno, es magnífico. y dan ganas de quedarse a uno de los estrenos.
el tranvía atraviesa buena parte de la ciudad rumbo al centro, y cruza lo que podría ser 8 de octubre, pero en manos de turcos, paquistaníes y orientales en general.así que es pintoresco. las voces en el tranvía, donde se mezclan el turco, el polaco, el ruso y otro montón de lenguas que desconozco, son las que llevan el rito. hay menos alemán. ¿estoy en alemania o dónde? pienso en günter grass.
capaz que nadie sabe, capaz que ya no importa demasiado. una vez las fronteras abiertas, la gente se mezcla. la cultura también. y ese desafío es lo que importa, lo que llama la atención, y de cuyo cruce salen obras verdaderamente interesantes. de todos modos, uno se acuerda del no-lugar.
martes, 24 de enero de 2012
siempre se vuelve a bonn
cuando la conocí por primera vez, todavía era capital de la república federal, el cuerpo diplomático tenía sus embajadas y casonas aquí, las fundaciones importantes, su sede (algunas todavía permanecen aquí), en el aire había olor a rancios funcionarios públicos, los yuppies se apuraban por las calles, y uno estaba, además, en la ciudad que tan bien describió john le carré en una pequeña ciudad en alemania, un libro bellísimo, por cierto.
aquella primera vez, bonn me impresionó mucho. era la primavera tardía, los días se alargaban hasta las once de la noche, todo florecía, y el rin y los parques y bosques de los alrededores parecían salidos de libros ilustrados.
sí, bonn tiene algo. para muchos, sin embargo, decir que a uno le gusta mucho esta ciudad es casi un pecado. los argumentos que esgrimen para semejante aseveración son pobres. que es chica, provinciana, conservadora, con una vida cultural poco interesante. que ahora que ya no es capital, ha perdido lo poco que tenía.
volver a bonn es como regresar a casa. nomás el tamaño a escala humana de la estación de tren resulta agradable. no hay escaleras mecánicas, hay una panadería, una cafetería, hay pocos andenes, y la gente no anda a las apuradas. en la salida de la estación hay un döner (tienda de comida turca al paso), y el empedrado parece ser el mismo de siempre. qué la hace tan especial para mí? el rin, naturalmente. ese río que alguna vez estuvo muerto por la contaminación y que después volvió a vivir, por donde se ven pasar barcos y embarcaciones de todo tipo. en el lado sur, bonn-beul luce las casas menos pretenciosas, rodeadas de árboles; y más atrás, detrás del puente recientemente terminado, está el siebengebirge, un parque natural, que siempre me hace pensar en los cuentos de hadas de la infancia. nunca vi las cumbres sin un halo de niebla cubriéndolas un poco; ni siquiera en días de sol. por algún motivo que desconozco, siebengebirge es sinónimo de goehte y de wagner. asociación libre.
hay una rambla que acompaña la ribera del rin, que hoy está muy crecido. ha llovido bastante, pero además se ha derretido nieve en alguna parte, en alguna de las montañas suizas, y esa agua termina por llegar al río. la subida es notoria, y el río fluye con fuerza, arrastra troncos y ramas consigo. achim y yo caminamos y tomamos fotografías. pasamos por la universidad y el parque, por la iglesia que en navidad da maravillosos conciertos de música sacra, y nos adentramos en las calles adoquinadas que desembocan en la ciudad vieja (que es menos impresionante y "real" que la que está más al sur). allí, en un área no demasiado grande, hay casas de tres pisos, que ya tienen más de cien años, en cuyos alféiceres se ven floreros o velas, y que de noche, cuando se encienden las luces, dan la sensación de un tapiz vivo. también hay tiendas, quioscos, tabacalerías, y cualquier cantidad de gente en los cafés. achim me invita a uno en que, dice, se bebe el mejor espresso de la ciudad, preparado por italianos. no sé si es el mejor, pero en todo caso, pedimos un cappuchino y el que lo prepara hace un cuadro con la leche. en mi taza, un gran corazón; en la de achim, un arbolito. me pongo de pie para ver cómo hace semejante belleza, y el hombre dice que hay un campeonato mundial de decoradores de leche en el cappuchino, que él ha participado. y por si no le creemos, nos prepara otro. la leche, esta vez, dibuja un osito, cuyas orejas, incluso, sobresalen de la superficie. que todo esto esté acompañado de dulces almendrados solo mejora el asunto. entonces me doy cuenta de lo que me ha llamado la atención en todas las ciudades que he visitado: existe la tradición de tomar un café en un café (algunos parecen confiterías). sí, eso es. pero en todos los cafés hay parroquianos, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, disfrutando del café o del cappuchino. algo que, recuerdo de pronto, también ocurría en montevideo, pero que se perdió. tendrá que ver con que ya no quedan cafés que inviten a sentarse (salvo el brasilero o el bacacay...)? una pena realmente. la vida de café invita a conversar, a pensar, a distenderse, a interrumpir el trabajo o lo que sea, y detenerse a disfrutar.
salimos; amenaza con algo de sol, pero se arrepiente de inmediato y todo vuelve a nublarse. entonces vamos a la librería bouvier, una de las más viejas de la ciudad vieja, que fue recientemente comprada por la cadena de librerías "thalia", que hay en todas las ciudades. en general, thalia es como cualquier librería actual, con lo último de lo último, y alguna cosa más. en el caso de bouvier, decidieron no sólo dejar el nombre, sino seguir, en cierto modo, la tradición libresca. así, en el subsuelo, hay libros de filosofía, teología, religión, comunicación y sociología, y otras ciencias humanas, que ocupan paredes y paredes. y no son caros. buena parte son libros de bolsillo, de suhrkamp o ro-ro-ro, de esos que después no resaltan para nada en un estante, y son todos del mismo tamaño. imposible no acercarse a ver qué hay y dejarse tentar por algunos autores. imposible llevarse todo. habría que mudarse aquí para disfrutar de toda la oferta, lo que uno conoce y lo que (más interesante) es desconocido aún. de inmediato pienso en marisol. seguramente ella me daría buenos consejos sobre qué libros valen la pena.
caminar por las calles angostas que de pronto se abren a una plaza circular en la que se alzan los edificios viejos, o las más modernas boutiques provoca placer. es un lunes de vacaciones, y nos tomamos tiempo. entramos a varias tiendas, solo para ver lo que hay a la venta. ropa, zapatos, adornos, cajas de todos los tamaños, discos, velas, jabones, muñecos, cartucheras con inscripciones ingeniosas, postales. como en cualquier ciudad. ¿por qué entonces esta me gusta tanto?
es la cuarta vez que vengo a bonn, y siempre pienso que alguna vez me dejará de gustar; me dejará de impresionar el rin marrón, me aburrirán la pequeña ciudad vieja, los cafés y los tranvías, los callejones y las avenidas llenas de curvas. sin embargo, es todo lo contrario. reconocer una esquina, una tienda de té, un pequeño restaurant en la plaza; ver cómo el puente, que la última vez estaba a medio construir, está terminado y tiene acumuladores de energía solar para ayudar a proteger el medio ambiente, o el parque frente a la academia de ciencias y otro montón de pequeñeces que a nadie le importan, hace que uno sienta que ha llegado a casa. y claro, eso se celebra con los amigos y un buen vino regional.
aquella primera vez, bonn me impresionó mucho. era la primavera tardía, los días se alargaban hasta las once de la noche, todo florecía, y el rin y los parques y bosques de los alrededores parecían salidos de libros ilustrados.
sí, bonn tiene algo. para muchos, sin embargo, decir que a uno le gusta mucho esta ciudad es casi un pecado. los argumentos que esgrimen para semejante aseveración son pobres. que es chica, provinciana, conservadora, con una vida cultural poco interesante. que ahora que ya no es capital, ha perdido lo poco que tenía.
volver a bonn es como regresar a casa. nomás el tamaño a escala humana de la estación de tren resulta agradable. no hay escaleras mecánicas, hay una panadería, una cafetería, hay pocos andenes, y la gente no anda a las apuradas. en la salida de la estación hay un döner (tienda de comida turca al paso), y el empedrado parece ser el mismo de siempre. qué la hace tan especial para mí? el rin, naturalmente. ese río que alguna vez estuvo muerto por la contaminación y que después volvió a vivir, por donde se ven pasar barcos y embarcaciones de todo tipo. en el lado sur, bonn-beul luce las casas menos pretenciosas, rodeadas de árboles; y más atrás, detrás del puente recientemente terminado, está el siebengebirge, un parque natural, que siempre me hace pensar en los cuentos de hadas de la infancia. nunca vi las cumbres sin un halo de niebla cubriéndolas un poco; ni siquiera en días de sol. por algún motivo que desconozco, siebengebirge es sinónimo de goehte y de wagner. asociación libre.
hay una rambla que acompaña la ribera del rin, que hoy está muy crecido. ha llovido bastante, pero además se ha derretido nieve en alguna parte, en alguna de las montañas suizas, y esa agua termina por llegar al río. la subida es notoria, y el río fluye con fuerza, arrastra troncos y ramas consigo. achim y yo caminamos y tomamos fotografías. pasamos por la universidad y el parque, por la iglesia que en navidad da maravillosos conciertos de música sacra, y nos adentramos en las calles adoquinadas que desembocan en la ciudad vieja (que es menos impresionante y "real" que la que está más al sur). allí, en un área no demasiado grande, hay casas de tres pisos, que ya tienen más de cien años, en cuyos alféiceres se ven floreros o velas, y que de noche, cuando se encienden las luces, dan la sensación de un tapiz vivo. también hay tiendas, quioscos, tabacalerías, y cualquier cantidad de gente en los cafés. achim me invita a uno en que, dice, se bebe el mejor espresso de la ciudad, preparado por italianos. no sé si es el mejor, pero en todo caso, pedimos un cappuchino y el que lo prepara hace un cuadro con la leche. en mi taza, un gran corazón; en la de achim, un arbolito. me pongo de pie para ver cómo hace semejante belleza, y el hombre dice que hay un campeonato mundial de decoradores de leche en el cappuchino, que él ha participado. y por si no le creemos, nos prepara otro. la leche, esta vez, dibuja un osito, cuyas orejas, incluso, sobresalen de la superficie. que todo esto esté acompañado de dulces almendrados solo mejora el asunto. entonces me doy cuenta de lo que me ha llamado la atención en todas las ciudades que he visitado: existe la tradición de tomar un café en un café (algunos parecen confiterías). sí, eso es. pero en todos los cafés hay parroquianos, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, disfrutando del café o del cappuchino. algo que, recuerdo de pronto, también ocurría en montevideo, pero que se perdió. tendrá que ver con que ya no quedan cafés que inviten a sentarse (salvo el brasilero o el bacacay...)? una pena realmente. la vida de café invita a conversar, a pensar, a distenderse, a interrumpir el trabajo o lo que sea, y detenerse a disfrutar.
salimos; amenaza con algo de sol, pero se arrepiente de inmediato y todo vuelve a nublarse. entonces vamos a la librería bouvier, una de las más viejas de la ciudad vieja, que fue recientemente comprada por la cadena de librerías "thalia", que hay en todas las ciudades. en general, thalia es como cualquier librería actual, con lo último de lo último, y alguna cosa más. en el caso de bouvier, decidieron no sólo dejar el nombre, sino seguir, en cierto modo, la tradición libresca. así, en el subsuelo, hay libros de filosofía, teología, religión, comunicación y sociología, y otras ciencias humanas, que ocupan paredes y paredes. y no son caros. buena parte son libros de bolsillo, de suhrkamp o ro-ro-ro, de esos que después no resaltan para nada en un estante, y son todos del mismo tamaño. imposible no acercarse a ver qué hay y dejarse tentar por algunos autores. imposible llevarse todo. habría que mudarse aquí para disfrutar de toda la oferta, lo que uno conoce y lo que (más interesante) es desconocido aún. de inmediato pienso en marisol. seguramente ella me daría buenos consejos sobre qué libros valen la pena.
caminar por las calles angostas que de pronto se abren a una plaza circular en la que se alzan los edificios viejos, o las más modernas boutiques provoca placer. es un lunes de vacaciones, y nos tomamos tiempo. entramos a varias tiendas, solo para ver lo que hay a la venta. ropa, zapatos, adornos, cajas de todos los tamaños, discos, velas, jabones, muñecos, cartucheras con inscripciones ingeniosas, postales. como en cualquier ciudad. ¿por qué entonces esta me gusta tanto?
es la cuarta vez que vengo a bonn, y siempre pienso que alguna vez me dejará de gustar; me dejará de impresionar el rin marrón, me aburrirán la pequeña ciudad vieja, los cafés y los tranvías, los callejones y las avenidas llenas de curvas. sin embargo, es todo lo contrario. reconocer una esquina, una tienda de té, un pequeño restaurant en la plaza; ver cómo el puente, que la última vez estaba a medio construir, está terminado y tiene acumuladores de energía solar para ayudar a proteger el medio ambiente, o el parque frente a la academia de ciencias y otro montón de pequeñeces que a nadie le importan, hace que uno sienta que ha llegado a casa. y claro, eso se celebra con los amigos y un buen vino regional.
hamburg, la libre
la historia dice que hamburg fue fundada en el siglo IX n.e. cuando el señor carlomagno mandó construir un castillo para vigilar el río elba. ese castillo se llamó hammaburg, y de ahí le viene el nombre. al ser tan antigua, es extensa su historia también, pero desde el principio, por su situación geográfica, atrajo a muchos comerciantes y gente que se dedicaba a la pesca. en 1189, federico barbarroja le otorga la condición de ciudad libre imperial; en 1241 establece una alianza comercial con lübeck, lo que da lugar a la poderosa liga hanseática, de donde le viene el nombre: ciudad libre y hanseática de hamburg.
a lo largo de los siglos padeció incendios, y fue varias veces arrasada y reconstruida. durante la segunda guerra mundial fue bombardeada por los ingleses y los americanos, que, sin embargo, se cuidaron mucho de no destruir el puerto (hoy el segundo de europa), de importancia estratégica. hamburgo es hermosa. debería llamarse así: ciudad libre y hermosa.
me resulta difícil describir cómo está diseñada, pero hay el río, donde se alza el puerto, una aussenalster (una especie de lago) y una binnenalster (el mismo lago, pero mucho más chico), que la dividen en dos. si entendí bien, en torno al binnenalster están el centro y la innenstadt, la ciudad vieja, y en torno al aussenalster, los demás barrios y vecindarios. puesta a elegir, el binnenalster y su entorno, y la cercanía del puerto, es lo que más atractivo me resulta. de ese lado también está el ayuntamiento, y un conjunto de plazas-mercado, tiendas y galerías, y viejos edificios (siglo xix) en perfectas condiciones. invita a caminar.
la recorro en auto y durante dos días, bajo lluvia, gracias a la buena disposición de anabel, quien, claramente, adora esta ciudad. las fotos que tomo deberían titularse "detrás de un cristal empañado", pero aun así, la belleza supera la inclemencia, incluso la (escasa) nieve que cae, como si de ese modo quisiera hacerse más misteriosa y difícil. sí, hamburg da ganas de quedarse un tiempo largo. tiene más canales que venecia, así dice, con orgullo, mi amiga, mientras me pasea y me explica todo lo que vemos. en cierto modo desordenado, creo que me da un panorama real. tiene unos 2 millones de habitantes, y si bien es una gran ciudad, no da la impresión de estar superpoblada. en todo caso, parece espaciosa, ventilada,y la imagino verde, y la rambla es extensa e invita a pasear y ver las villas y las casonas, cuyos jardines dan al río.
el puerto, de unos 20 km de largo, está integrado al casco urbano, sobre el río elbe. allí, no sólo se alzan los antiguos depósitos de varios pisos en los que los barcos dejaban las mercancías que traían de todas partes, sino la “hafencity”, un conjunto de edificios de viviendas, bares, mercados, restaurantes (algunos de los mejores están precisamente en el puerto), la futura sede de la filarmónica de hamburg, que le cuesta a la ciudad unos 100 millones de euros y que promete convertirse, cuando esté terminada en 2014, en una de los portentos arquitectónicos más impresionantes.
el puerto es tan limpio y dinámico como la ciudad; en algunos muelles hay barcos-restaurantes; en otros, enormes cruceros, en otros, las grúas cargan y descargan contenedores (hamburg-süd, que conocemos de nuestro mini puerto), hay gente que pasea, visita los distintos museos o algunas tiendas de tapices y alfombras de oriente. hay canales, puentes, hay niños y perros. no hay basura, ni se ven marineros ni soldados; el puerto es de la ciudad, y forma parte de una política urbana que decidió que integrarlo era lo mejor que se podía hacer. en todo caso, la ciudad no le da la espalda al puerto, casi siento que se siente orgullosa de él. en el puerto, también, están los mercados de pescados (las pescaderías, se dice en español), y parece que es un espectáculo venir aquí a las cinco de la mañana a ver descargar la mercadería y comprar el pescado fresco, mientras se bebe un buen café (quedará para otra oportunidad). parece que es costumbre que después de pasar una noche de juerga en la reeperbahn, en sankt pauli, se termine aquí en el mercado.
entre muchos lugares, visitamos el museo de las especies, que, según el folleto, es único en el mundo. se llega a él subiendo unas escaleras angostas y empinadas en uno de los antiguos depósitos del puerto. un cartel en la entrada del edificio dice: museo de las especias. guíese por el olfato. y es que desde abajo se huele. al pagar la entrada se recibe, en lugar de una entrada, un paquete de buntes pfeffer, pimienta multicolor. y después se ingresa en una aventura visual, olfativa y táctil. sí. en todo el espacio que se divide según regiones y tipos de especias, además de mostrar los diferentes sistemas de producción, hay enormes sacos de alpillera para que el público meta las manos, huela y saboree todo lo expuesto. muchos niños visitan el museo, y hay una intención claramente lúdico-didáctica en la manera de disponer lo que se exhibe. mientras bebemos un vino caliente con canela, vainilla, clavo de olor y jengibre, meto las manos en los distintos sacos, lo que supone una experiencia nueva para mí. ¿quién ha sumergido las manos y la nariz en romero, o en salvia, o en pimienta, o en lo que sea? para quien guste de cocinar, el museo de las especias no tiene desperdicio ni se compara con nada. algunas están a la venta; lamentablemente no hay pimienta de Sichuan, pese a que estaba en exhibición. una vitrina con chiles de distinto tipo; macetas transparentes con plantas de pimienta y otras especias que se producen a partir de bayas; esquemas, afiches explicativos, una réplica de una antigua tienda, con los recipientes de la época y los nombres de las sustancias, todo eso se encuentra allí y más. da gusto caminar, recorrerlo, oler, tocar, sentir, recordar. dan ganas de ponerse a cocinar allí mismo, de experimentar con recetas de distintas partes. en definitiva, salimos del museo con hambre y buen humor. no importa que la lluvia siga, impertérrita, casi impertinente.
las viviendas del krameramt
cerca de la iglesia de san miguel hay un callejón donde se construyeron viviendas sociales en el siglo xvii. surge de la casa principal, que da a la calle, que data de 1625. allí dentro se apiña un conjunto de casitas (10 en total) de dos pisos, con muchísimas ventanas, de tamaño reducido, así como las puertas, que también son chicas, destinadas, en su momento, a las viudas de los krämer (comerciantes) y fueron construidas por la sociedad de comercianes . quizá las viudas eran mujeres menudas, de baja estatura, me imagino al ver las dimensiones del lugar. hoy se ha convertido en un paseo que alberga buenos petit restaurants, una tienda que vende tés perfumados de distintas partes del mundo, otra que vende muñecas y piezas de cerámica o porcelana. el empedrado mojado lo hace más "viejo", y me imagino a las mujeres con cofias y túnicas oscuras charlando entre sí, sacudiendo las mantas, ventilando las habitaciones. hay un grupo de turistas rusos que gesticulan, se ríen, fuman y conversan. yo saco fotos, una vez más, empañadas, empapadas.
de cómo se relacionan el café parís y surimex
a lo largo de los siglos padeció incendios, y fue varias veces arrasada y reconstruida. durante la segunda guerra mundial fue bombardeada por los ingleses y los americanos, que, sin embargo, se cuidaron mucho de no destruir el puerto (hoy el segundo de europa), de importancia estratégica. hamburgo es hermosa. debería llamarse así: ciudad libre y hermosa.
me resulta difícil describir cómo está diseñada, pero hay el río, donde se alza el puerto, una aussenalster (una especie de lago) y una binnenalster (el mismo lago, pero mucho más chico), que la dividen en dos. si entendí bien, en torno al binnenalster están el centro y la innenstadt, la ciudad vieja, y en torno al aussenalster, los demás barrios y vecindarios. puesta a elegir, el binnenalster y su entorno, y la cercanía del puerto, es lo que más atractivo me resulta. de ese lado también está el ayuntamiento, y un conjunto de plazas-mercado, tiendas y galerías, y viejos edificios (siglo xix) en perfectas condiciones. invita a caminar.
la recorro en auto y durante dos días, bajo lluvia, gracias a la buena disposición de anabel, quien, claramente, adora esta ciudad. las fotos que tomo deberían titularse "detrás de un cristal empañado", pero aun así, la belleza supera la inclemencia, incluso la (escasa) nieve que cae, como si de ese modo quisiera hacerse más misteriosa y difícil. sí, hamburg da ganas de quedarse un tiempo largo. tiene más canales que venecia, así dice, con orgullo, mi amiga, mientras me pasea y me explica todo lo que vemos. en cierto modo desordenado, creo que me da un panorama real. tiene unos 2 millones de habitantes, y si bien es una gran ciudad, no da la impresión de estar superpoblada. en todo caso, parece espaciosa, ventilada,y la imagino verde, y la rambla es extensa e invita a pasear y ver las villas y las casonas, cuyos jardines dan al río.
el puerto, de unos 20 km de largo, está integrado al casco urbano, sobre el río elbe. allí, no sólo se alzan los antiguos depósitos de varios pisos en los que los barcos dejaban las mercancías que traían de todas partes, sino la “hafencity”, un conjunto de edificios de viviendas, bares, mercados, restaurantes (algunos de los mejores están precisamente en el puerto), la futura sede de la filarmónica de hamburg, que le cuesta a la ciudad unos 100 millones de euros y que promete convertirse, cuando esté terminada en 2014, en una de los portentos arquitectónicos más impresionantes.
el puerto es tan limpio y dinámico como la ciudad; en algunos muelles hay barcos-restaurantes; en otros, enormes cruceros, en otros, las grúas cargan y descargan contenedores (hamburg-süd, que conocemos de nuestro mini puerto), hay gente que pasea, visita los distintos museos o algunas tiendas de tapices y alfombras de oriente. hay canales, puentes, hay niños y perros. no hay basura, ni se ven marineros ni soldados; el puerto es de la ciudad, y forma parte de una política urbana que decidió que integrarlo era lo mejor que se podía hacer. en todo caso, la ciudad no le da la espalda al puerto, casi siento que se siente orgullosa de él. en el puerto, también, están los mercados de pescados (las pescaderías, se dice en español), y parece que es un espectáculo venir aquí a las cinco de la mañana a ver descargar la mercadería y comprar el pescado fresco, mientras se bebe un buen café (quedará para otra oportunidad). parece que es costumbre que después de pasar una noche de juerga en la reeperbahn, en sankt pauli, se termine aquí en el mercado.
entre muchos lugares, visitamos el museo de las especies, que, según el folleto, es único en el mundo. se llega a él subiendo unas escaleras angostas y empinadas en uno de los antiguos depósitos del puerto. un cartel en la entrada del edificio dice: museo de las especias. guíese por el olfato. y es que desde abajo se huele. al pagar la entrada se recibe, en lugar de una entrada, un paquete de buntes pfeffer, pimienta multicolor. y después se ingresa en una aventura visual, olfativa y táctil. sí. en todo el espacio que se divide según regiones y tipos de especias, además de mostrar los diferentes sistemas de producción, hay enormes sacos de alpillera para que el público meta las manos, huela y saboree todo lo expuesto. muchos niños visitan el museo, y hay una intención claramente lúdico-didáctica en la manera de disponer lo que se exhibe. mientras bebemos un vino caliente con canela, vainilla, clavo de olor y jengibre, meto las manos en los distintos sacos, lo que supone una experiencia nueva para mí. ¿quién ha sumergido las manos y la nariz en romero, o en salvia, o en pimienta, o en lo que sea? para quien guste de cocinar, el museo de las especias no tiene desperdicio ni se compara con nada. algunas están a la venta; lamentablemente no hay pimienta de Sichuan, pese a que estaba en exhibición. una vitrina con chiles de distinto tipo; macetas transparentes con plantas de pimienta y otras especias que se producen a partir de bayas; esquemas, afiches explicativos, una réplica de una antigua tienda, con los recipientes de la época y los nombres de las sustancias, todo eso se encuentra allí y más. da gusto caminar, recorrerlo, oler, tocar, sentir, recordar. dan ganas de ponerse a cocinar allí mismo, de experimentar con recetas de distintas partes. en definitiva, salimos del museo con hambre y buen humor. no importa que la lluvia siga, impertérrita, casi impertinente.
sankt pauli
que oscurezca no impide que sigamos el paseo. y nos intermanos por sankt pauli, donde queda la reeperbahn, la calle del sexo, el juego y la “perversión”. así, al menos, los cuentos que nos hacían los amigos alemanes en la adolescencia. hoy, lejanamente me recuerda al sunset boulevard de hollywood, y los peep shows y los cabarets porno que fueran tan bien pintados en “parís-texas” parecen un juego de niños. es domingo, y muchos de los “antros” están cerrados. yo esperaba la sordidez de las anécdotas, de las fotos vistas en revistas pornográficas de antaño. esto tiene el encanto de algo que ya no le llama la atención a nadie, y que se ha convertido en parte del turismo urbano. la gente que camina por las calles ni repara en los anuncios o fotos provocativas, que seguramente no le llegan al tobillo a cualquier página web hard core. pero tiene algo; quizá precisamente la mezcla de madres con niños que viven a la vuelta, mujeres de cabello blanco que vuelven de una confitería y se adentran entre las tiendas de neón rojo y amarillo. sankt pauli me hace acordar a mis compañeros de clase, a algunos profesores que habían vivido en hamburg, y pienso en la inocencia de esta calle del sexo. por supuesto que ninguna de las fotos que tomo podrá transmitir la sensación de nostalgia que me provoca. pero los neones encendidos, las curvilíneas mujeres que se exhiben aquí y allá, los casinos y los bares – en su conjunto un cuadro menos decadente y bello que las vegas, por ejemplo- todavía resultan interesantes. si antes acá venían los marineros y los hombres solos, ahora también es visitado por nosotras. las viviendas del krameramt
cerca de la iglesia de san miguel hay un callejón donde se construyeron viviendas sociales en el siglo xvii. surge de la casa principal, que da a la calle, que data de 1625. allí dentro se apiña un conjunto de casitas (10 en total) de dos pisos, con muchísimas ventanas, de tamaño reducido, así como las puertas, que también son chicas, destinadas, en su momento, a las viudas de los krämer (comerciantes) y fueron construidas por la sociedad de comercianes . quizá las viudas eran mujeres menudas, de baja estatura, me imagino al ver las dimensiones del lugar. hoy se ha convertido en un paseo que alberga buenos petit restaurants, una tienda que vende tés perfumados de distintas partes del mundo, otra que vende muñecas y piezas de cerámica o porcelana. el empedrado mojado lo hace más "viejo", y me imagino a las mujeres con cofias y túnicas oscuras charlando entre sí, sacudiendo las mantas, ventilando las habitaciones. hay un grupo de turistas rusos que gesticulan, se ríen, fuman y conversan. yo saco fotos, una vez más, empañadas, empapadas.
de cómo se relacionan el café parís y surimex
Fue fundado en 1882, y es una especie de reliquia concurridísima, donde los mozos hablan tanto alemán como francés, se toma buen café o cappuchino, vino o cerveza; se come (sopas u otros platos), y que para mí es una mezcla del antiguo oro del rin y el sorocabana. da pena que en montevideo esos cafés hayan desaparecido, porque al entrar al café parís, repleto de gente de entre 30 y 70 años, uno se siente en casa. pedimos croissants con jamón y queso, y gladys, una rosarina que vive aquí desde hace muchos años y que nos acompaña en esta tarde fría de domingo, dice que eso es muy uruguayo. pero no, los croissants son más bien parisinos, el jamón es ahumado y el queso es cremoso y muy blanco y no tiene el sabor a queso sándwich o alpa. el cappuchino con la cantidad suficiente de café como para que siente bien.las paredes y el techo del café están decoradas con baldosas de época, y en el techo lucen dos enormes pinturas; las mesas y las sillas (vienesas, quizá) se alinean, de modo que realmente parece salido de una foto en sepia. para entrar al salón debe descorrerse un gran cortinado oscuro, y eso hace la entrada teatral. hay gente que espera para tomar asiento. nosotras esperamos en el mostrador, y luego conseguimos una mesa para tres. la conversación se desgrana divertida, previa a un lunes laboral. hablan del “surimex”, un supermercado regenteado por federico, un cordobés hijo de uno de los sobrevivientes del graf spee, que retornó a alemania hace tiempo y abrió el mercado, que conoceré al día siguiente, donde compraré yerba y dulce de leche para mi hermano.
efectivamente, hay yerba canaria, harina pan para hacer arepas, tortillas mexicanas, carne argentina, camarones, y cualquier cantidad de vinos y licores de américa latina y centroamérica. también un pequeño café- bar donde se puede comer o tomar algo. pero lo más interesante, quizá, de surimex, es lo que ocurre los viernes desde hace tres años, y que lamento no haber podido presenciar. a las 8 de la noche se convierte en “boliche” que recibe a latinos y parroquianos de distintas partes, que se reúnen allí para conversar, bailar, beber, en mesas y sillas improvisadas sobre las heladeras que guardan la carne, los pollos o el pescado; y que se transforme en eso, un sitio de diversión y distensión no impide que si entra alguien que quiera comprar algo a las 2 de la mañana no sea debidamente atendido. la fama y el nombre de surimex como fenómeno de cohesión de identidad es conocido en la ciudad. la reunión de los latinos es como se conoce a lo que ocurre los viernes, y hasta ahora coexisten pacíficamente cubanos, colombianos, uruguayos, argentinos, chilenos, junto a italianos y algún que otro alemán, que llega movido por la curiosidad. hay algunas reglas que parece se han impuesto de modo natural: nadie sabe demasiado bien qué hace el otro, y hay gente muy humilde, alguna incluso sin papeles, que alterna, baila y bebe con arquitectos, ingenieros o abogados. lo principal es el respeto mutuo y el deseo de terminar la semana con una cerveza o un vino, y una salsa o un tango. otro pendiente, me digo, y me prometo pasar un viernes en esta ciudad, la próxima vez.
el paseo sigue y me llama la atención el tráfico.durante las seis horas que anabel conduce, casi sin detenerse salvo para beber un café o ver algo específico, no se escucha un solo bocinazo, una frenada, no se ve una moto (qué placer!) , y el tráfico fluye por los carriles. los caños de escape de los autos funcionan bien (me explica que de otro modo, un auto no tiene permiso de circulación), de modo que no sólo no hay contaminación sonora, sino tampoco de gas. el runrún suave de los autos forma parte del sonido de la ciudad. y ese sonido parece ser la norma en las distintas ciudades que he conocido: claramente el tráfico no es un rompedero de cabeza, un conjunto de estresados e iracundos conductores que manejan mal, como en montevideo. acá se respetan las señales, a nadie se le ocurre meterse contramano, comerse un semáforo o avivarse en un cruce. es un placer, realmente, y se lo hago notar y se sorprende. es claro, para quien hace treinta años que vive aquí, lo civilizado del tráfico no llama la atención, sino que es como debe ser. así con otras cosas, como la amabilidad en las calles, restaurantes, tiendas y estaciones de trenes: “guten tag; bitte schön; haben sie einen guten abend; bis bald; wie kann ich ihnen helfen”, no son meras fórmulas que se repiten con cara seria y de mal humor o con malos modales, sino que parece ser una forma civil de vivir. se ve que se ha desarrollado la sensación cívica, el respeto por el otro, la suficiente buena educación que asegura la convivencia.
seguramente quede mucho en el tintero sobre hamburgo; seguramente mis apreciaciones ni siquiera sean originales, pero en todo caso, de las ciudades más hermosas que he visitado; y, si tuviera que elegir entre berlin y hamburg, no lo dudaría. quizá por el río y las alster, por los canales y el puerto; quizá porque el norte me guste más que el centro; en todo caso, y sin haber visitado un solo museo de arte, ni haber tenido tiempo para tomar un tranvía, hamburg invita a visitarla más extensamente.
por eso, cuando después de casi cinco horas de viaje en tren, llego a bonn (mi casa) y me encuentro con achim, que vivió quince años en hamburg, y le digo: tu ciudad me encantó, sonríe ampliamente. y como no lo recuerdo, le pregunto dónde había vivido, y responde: en "altona". claro. cerca, muy cerca del puerto. entonces le comento: ahora comprendo por qué te gustaba tanto montevideo. tienen algo parecido. y así, con esta conversación sobre mis impresiones de hamburg, vuelvo a bonn, una vez más.
lunes, 23 de enero de 2012
hamburg
llueve desde que llegué, hace dos días. pero eso no impide que recorra esta ciudad que crece al pie del río elba,
jueves, 19 de enero de 2012
museo judío,berlín oriental
es una construcción que se "divide" en dos edificios. una propia de fines del siglo xviii y otra del siglo xx, diseñada, pensada, construida por david libeskind, en 1995 y terminado en 1999, el mismo que hizo el ala nueva (revolucionaria) del museo histórico militar de dresden. me explica mi hermano que una vez que este museo estuvo terminado, la gente concurría a verlo vacío y que demoró más de un año en volverse el museo judío. el concepto del ala construida por libeskind es el del "vacío y la ausencia", ya que alberga la historia de dos mil años del los judíos en alemania, y se propone (y lo logra) transmitir precisamente esa sensación de ausencia de un pueblo, y del vacío que deja en la sociedad desde entonces.
es un edificio que debe ser visitado, las palabras sobran. el ala más antigua, entonces, alberga la entrada, el control de seguridad, un gran café-restaurant, la tienda propia del museo (con interesantísimos libros). luego se desciende una escalera y se ingresa al ala moderna, que lo pone a uno frente a esa cosa espantosa de la incerteza, del mareo, del desconcierto, la incomodidad y cierta angustia existencial: ángulos "inrrectos", planos no lineales, superficies y espacios que son molestos, mínimamente molestos. y tan luego la concepción espacial. tres caminos: el eje de la continuidad, el eje del exilio, el eje del holocausto. el eje de la continuidad cuenta la historia (2000 años) de los judíos en alemania . es muchísima información, pero muchísima, de todo tipo: visual, auditiva, textual. sensorial, en 3D. digamos que es la parte más histórica, que es impresionante en sí misma. el ala de exilio es terrible. se camina por un largo corredor, desigual, desangulado, incómodo y se abre una puerta metálica, pesada. allí se ingresa al jardín del exilio, una superficie en la cual hay columnas rectangulares (con olivos que crecen en los extremos) torcidas, de alturas distintas, dispuestas de modo tal que uno no sabe dónde está ni comprende el código entero del lugar. no llega a ser un laberinto (y eso lo hace más cruel aun) porque es como un ta-te-ti enorme, cuadriculado, pero justamente esa cuadriculación desigual, desangulada, lo hace incomprensible. constantemente se tropieza uno en el piso adoquinado, que contrasta con la lisura impecable de las columnas... y el silencio. uno entra nuevamente al museo un poco liberado de esa experiencia del exilio. recuerda que el exilio es el lugar donde todo se pierde, incluso la noción del yo. entonces se camina hacia la torre del holocausto. qué poco se necesita para decir tanto. se trata de un espacio de unos 24 metros cuadrados de superficie, imposible en su geometría, con negros y grises en las paredes y un techo altísimo, negro, cuya única iluminación proviene de una rendija lateral. se cierra la puerta con un clac seco y uno está allí, solo. la soledad y la claustrofobia y lo imanente son tangibles, y asustan, sobrecogen. uno es, de pronto, cada una de esas victimas que llegó a los hornos y los gases, minimo, diminuto ante el destino que otros diseñaron, pergeñaron, decidieron. la torre del holocausto es la más fuerte de las experiencias que uno puede vivir en relación con la shoa. en todo caso: esto es el exterminio.
el resto del museo, que es amplísimo en cuanto a la historia que toca y la tecnología de la que hace uso para hacerse más vívido (un par de auriculares ante una pared de vidrio oscuro transmiten textos en función de los movimientos de uno), pone de relieve (es mi lectura) que los judíos formaban parte de una sociedad que decidió deshacerse de ellos. pone de manifiesto, clara y crudamente, que de todos esos asesinatos y desapariciones espantosas lo que queda es la ausencia de un pueblo, su cultura, su tradición, que eran indisolublemente aquella europa (y alemania) que es la actual. actualmente la colectividad judía en alemania no es muy numerosa, si bien, según me explica achim, ha habido una inmigración de rusia y de la propia israel. de todos modos, es una comunidad pequeña. el folleto del museo habla de unas cien mil almas, aunque es probable que sean más. no sé cuántos, y en realidad no es importante. cien mil es poco en comparación con los millones que fueron exterminados. por eso se detiene uno ante la maravillosa sinagoga en berlín oriental, que fue incenciada la noche de los cristales, en 1938, posteriormente bombardeada durante la guerra, y reconstruida en 1966.
el museo incluye también fragmentos"off the record" del juicio en frankfurt sobre auschwitz y testimonios orales de víctimas sobrevivientes - rumanos, algunos- que ponen la piel de gallina. hay retratos costumbristas, mezuzas, cuadros, libros, fotografías, están adorno, hanna arendt, einstein y todo un conjunto de pensadores, filósofos, poetas, escritores y gente común. todos están allí y uno se siente un poco abrumado. hay un mapa del mundo con banderitas, en cuyo centro está la del tercer reich. uno puede elegir un país, proyectar una flecha y enterarse cómo se comportó ese país con los judíos que pedían refugio. así, es interesante saber que en 1936, uruguay le pedía a los futuros refugiados un certificado de la gestapo (eso significa que reconocía a la gestapo como algo) sobre la buena conducta política, la capacidad para el trabajo. algunos países especificaban que los refugiados desempeñarían tareas en el campo. es interesante comparar con otros países: cantidad de refugiados inmigrados, tipo de requisitos.
salimos del museo bajo una lluvia fría y persistente. en silencio. no se puede estar tres horas en sitio semejante y salir pensando en cantar, como fred aistaire. caminamos. nos alejamos. hubo un grupo de adolescentes insoportable que durante un rato impidió la concentración. no tuve reparos en pedir silencio. vamos, un poco de respeto por la historia. qué me importa quién seas, si alemán o turco. silencio durante un segundo.
entonces vamos a berlín occidental, la berlín que durante años fue signo y forma, la que decía cómo, cuándo y dónde. sinceramente, y después de la prestancia de berlín oriental, la occidental parece poco. parece de plástico, parece salida de un manual. claro que es enorme, amplia, importante, pero le falta "historia", le faltan gusto y un algo que es difícil de definir. la kürfürsentdamm, la avenida principal, que quizá en los setentas fuera algo genial, ahora no deja de ser lo que es, una avenida de plástico (que me perdone el colegio alemán). acá falta algo. tengo que ganas de salirme, de volver al este. de este lado también está el gran barrio turco, en el que durante y cuadras sólo se oye hablar esa lengua, y las tiendas, los cafés y los mercados se apiñan uno junto al otro. en este lugar también está el barrio kreuzberg, que albergara estudiantes y artistas, que todavía hoy es alternativo y alegre. pero volvemos a berlín oriental. es curioso pensar que antes de la caída del muro esto era imposible. qué pronto olvidamos lo que debe de haber sido aquella época, y lo terrible de 1961 cuando apareció la muralla. que la vemos, lo que queda de ella, en un sector (hay otro, pero está en reparaciones). así que esto es la muralla? uno esperaba ver (yo, al menos) algo así como los muros de una ciudad fortificada de la ciudad media. pero no. esto realmente es un muro. lo que hace la cuestión más perversa aun. de ancho, lo que una pared cualquiera. de alto, da la impresión de no medir más de tres metros. la altura de dos personas altas. suficientemente alta como para que saltar no sea muy cómodo, pero no imposible. dónde estaba "la trampa"? en que había una calle con perros y minas y soldados armados; que si uno lograba burlar todo eso y trepar al muro y saltar, del otro lado -el occidental- había un río. en la muralla que visitamos, ahora convertida en una obra de arte callejero (entre 1991 y 2009 se invitaron a artistas de todas partes a pintarla, bastante espantoso, la verdad) todo es no se nota, porque ya no hay perros, ni tejidos de alambre, ni muros, ni soldados dispuestos a dispararle al osado. sin embargo, los testimonios quedan. aquí y allá fotos y nombres de quienes no lograron alcanzar el otro lado.
es difícil imaginar ese mundo no hace tanto que dejó de ser. es muy difícil.
después, una vez volvemos a la vida real, mi hermano me dice que debemos comer lo típico berlinés: salchicas con curry y ketchup. no sabe ni cuándo ni cómo se instala como tradición gastronómica. son ricas, no llegan a ser comida chatarra, pero a la media hora me muero de sed. quizá la sal o el picante, en todo caso, esperaba otro tipo de comida típica. y después tomamos muchos tranvías y metros y tranvías, para ver la ciudad occidental. barrios más pudientes, barrios turcos, barrios de inmigrantes, barrios de "alemanes", barrios, coquetos, barrios alternativos. dónde está la diferencia? supongo que en el ir y venir normal de una suerte de inmigración interna. los edificios son iguales: casas de cuatro o cinco pisos, del siglo xix que terrminan en áticos con techos inclinados, de tejas. qué hace que uno sea mejor que otro? qué hace que allí vayan los turcos, allí los doctores, allí los artistas? no lo sé. pero se nota la diferencia, y la diferencia se nota en las estaciones del tranvía. acá hay muchos alemanes, acá hay turcos, paquistaníes y unos centro americanos de difícil distinción. algunos mestizos, pocos africanos. los olores cambian también. hay un leitmotiv que se repite: vietnam. el olor a la cocina está en todas partes en que hay tiringuitos o restaurantes. lo demás, parece que se modifica cada rato.
entonces, agradezco cuando dejamos el berlín occidental y volvemos al oriental. todo lo que nos enseñaron en el colegio alemán parece estar al revés. me quedo con el este. vemos la sinagoga, nos detenemos a tomar un café en el patio de un edificio; camimanos lentamente por un barrio que se puso de moda y alberga galerías y tiendas de arte; una pareja pasea un perro, sin pretensiones. más allá está un sushi café y después llegamos al hostel. nos encontraremos con conocidos en el gorki café. y durante la cena, con comida rusa, impronunciable, sale el tema del nazismo, de la integración, de la cultura. no es un tema para nada acabado. todavía hay mucho para decir. mi hermano agrega, en determinado momento que la culpa colectiva se convierte en nada, libera al verdadero culpable de su responsabilidad real, vuelve al hecho banal.
me quedo pensando en nosotros, en uruguay. si acá en alemania, y sesenta años después, se sigue discutiendo este tema, si cada día siguen saliendo tantos libros y estudios, ¿qué nos hace suponer a nosotros que de un plumazo todo está resuelto?
pero me queda un resabio amargo en la boca. en el museo judío hay un libro que repasa a los "importantes" que vivieron en berlín. walter benjamin no figura en ninguna parte. en ninguna parte -en el museo tampoco- se habla de su persona. por qué?
es un edificio que debe ser visitado, las palabras sobran. el ala más antigua, entonces, alberga la entrada, el control de seguridad, un gran café-restaurant, la tienda propia del museo (con interesantísimos libros). luego se desciende una escalera y se ingresa al ala moderna, que lo pone a uno frente a esa cosa espantosa de la incerteza, del mareo, del desconcierto, la incomodidad y cierta angustia existencial: ángulos "inrrectos", planos no lineales, superficies y espacios que son molestos, mínimamente molestos. y tan luego la concepción espacial. tres caminos: el eje de la continuidad, el eje del exilio, el eje del holocausto. el eje de la continuidad cuenta la historia (2000 años) de los judíos en alemania . es muchísima información, pero muchísima, de todo tipo: visual, auditiva, textual. sensorial, en 3D. digamos que es la parte más histórica, que es impresionante en sí misma. el ala de exilio es terrible. se camina por un largo corredor, desigual, desangulado, incómodo y se abre una puerta metálica, pesada. allí se ingresa al jardín del exilio, una superficie en la cual hay columnas rectangulares (con olivos que crecen en los extremos) torcidas, de alturas distintas, dispuestas de modo tal que uno no sabe dónde está ni comprende el código entero del lugar. no llega a ser un laberinto (y eso lo hace más cruel aun) porque es como un ta-te-ti enorme, cuadriculado, pero justamente esa cuadriculación desigual, desangulada, lo hace incomprensible. constantemente se tropieza uno en el piso adoquinado, que contrasta con la lisura impecable de las columnas... y el silencio. uno entra nuevamente al museo un poco liberado de esa experiencia del exilio. recuerda que el exilio es el lugar donde todo se pierde, incluso la noción del yo. entonces se camina hacia la torre del holocausto. qué poco se necesita para decir tanto. se trata de un espacio de unos 24 metros cuadrados de superficie, imposible en su geometría, con negros y grises en las paredes y un techo altísimo, negro, cuya única iluminación proviene de una rendija lateral. se cierra la puerta con un clac seco y uno está allí, solo. la soledad y la claustrofobia y lo imanente son tangibles, y asustan, sobrecogen. uno es, de pronto, cada una de esas victimas que llegó a los hornos y los gases, minimo, diminuto ante el destino que otros diseñaron, pergeñaron, decidieron. la torre del holocausto es la más fuerte de las experiencias que uno puede vivir en relación con la shoa. en todo caso: esto es el exterminio.
el resto del museo, que es amplísimo en cuanto a la historia que toca y la tecnología de la que hace uso para hacerse más vívido (un par de auriculares ante una pared de vidrio oscuro transmiten textos en función de los movimientos de uno), pone de relieve (es mi lectura) que los judíos formaban parte de una sociedad que decidió deshacerse de ellos. pone de manifiesto, clara y crudamente, que de todos esos asesinatos y desapariciones espantosas lo que queda es la ausencia de un pueblo, su cultura, su tradición, que eran indisolublemente aquella europa (y alemania) que es la actual. actualmente la colectividad judía en alemania no es muy numerosa, si bien, según me explica achim, ha habido una inmigración de rusia y de la propia israel. de todos modos, es una comunidad pequeña. el folleto del museo habla de unas cien mil almas, aunque es probable que sean más. no sé cuántos, y en realidad no es importante. cien mil es poco en comparación con los millones que fueron exterminados. por eso se detiene uno ante la maravillosa sinagoga en berlín oriental, que fue incenciada la noche de los cristales, en 1938, posteriormente bombardeada durante la guerra, y reconstruida en 1966.
el museo incluye también fragmentos"off the record" del juicio en frankfurt sobre auschwitz y testimonios orales de víctimas sobrevivientes - rumanos, algunos- que ponen la piel de gallina. hay retratos costumbristas, mezuzas, cuadros, libros, fotografías, están adorno, hanna arendt, einstein y todo un conjunto de pensadores, filósofos, poetas, escritores y gente común. todos están allí y uno se siente un poco abrumado. hay un mapa del mundo con banderitas, en cuyo centro está la del tercer reich. uno puede elegir un país, proyectar una flecha y enterarse cómo se comportó ese país con los judíos que pedían refugio. así, es interesante saber que en 1936, uruguay le pedía a los futuros refugiados un certificado de la gestapo (eso significa que reconocía a la gestapo como algo) sobre la buena conducta política, la capacidad para el trabajo. algunos países especificaban que los refugiados desempeñarían tareas en el campo. es interesante comparar con otros países: cantidad de refugiados inmigrados, tipo de requisitos.
salimos del museo bajo una lluvia fría y persistente. en silencio. no se puede estar tres horas en sitio semejante y salir pensando en cantar, como fred aistaire. caminamos. nos alejamos. hubo un grupo de adolescentes insoportable que durante un rato impidió la concentración. no tuve reparos en pedir silencio. vamos, un poco de respeto por la historia. qué me importa quién seas, si alemán o turco. silencio durante un segundo.
entonces vamos a berlín occidental, la berlín que durante años fue signo y forma, la que decía cómo, cuándo y dónde. sinceramente, y después de la prestancia de berlín oriental, la occidental parece poco. parece de plástico, parece salida de un manual. claro que es enorme, amplia, importante, pero le falta "historia", le faltan gusto y un algo que es difícil de definir. la kürfürsentdamm, la avenida principal, que quizá en los setentas fuera algo genial, ahora no deja de ser lo que es, una avenida de plástico (que me perdone el colegio alemán). acá falta algo. tengo que ganas de salirme, de volver al este. de este lado también está el gran barrio turco, en el que durante y cuadras sólo se oye hablar esa lengua, y las tiendas, los cafés y los mercados se apiñan uno junto al otro. en este lugar también está el barrio kreuzberg, que albergara estudiantes y artistas, que todavía hoy es alternativo y alegre. pero volvemos a berlín oriental. es curioso pensar que antes de la caída del muro esto era imposible. qué pronto olvidamos lo que debe de haber sido aquella época, y lo terrible de 1961 cuando apareció la muralla. que la vemos, lo que queda de ella, en un sector (hay otro, pero está en reparaciones). así que esto es la muralla? uno esperaba ver (yo, al menos) algo así como los muros de una ciudad fortificada de la ciudad media. pero no. esto realmente es un muro. lo que hace la cuestión más perversa aun. de ancho, lo que una pared cualquiera. de alto, da la impresión de no medir más de tres metros. la altura de dos personas altas. suficientemente alta como para que saltar no sea muy cómodo, pero no imposible. dónde estaba "la trampa"? en que había una calle con perros y minas y soldados armados; que si uno lograba burlar todo eso y trepar al muro y saltar, del otro lado -el occidental- había un río. en la muralla que visitamos, ahora convertida en una obra de arte callejero (entre 1991 y 2009 se invitaron a artistas de todas partes a pintarla, bastante espantoso, la verdad) todo es no se nota, porque ya no hay perros, ni tejidos de alambre, ni muros, ni soldados dispuestos a dispararle al osado. sin embargo, los testimonios quedan. aquí y allá fotos y nombres de quienes no lograron alcanzar el otro lado.
es difícil imaginar ese mundo no hace tanto que dejó de ser. es muy difícil.
después, una vez volvemos a la vida real, mi hermano me dice que debemos comer lo típico berlinés: salchicas con curry y ketchup. no sabe ni cuándo ni cómo se instala como tradición gastronómica. son ricas, no llegan a ser comida chatarra, pero a la media hora me muero de sed. quizá la sal o el picante, en todo caso, esperaba otro tipo de comida típica. y después tomamos muchos tranvías y metros y tranvías, para ver la ciudad occidental. barrios más pudientes, barrios turcos, barrios de inmigrantes, barrios de "alemanes", barrios, coquetos, barrios alternativos. dónde está la diferencia? supongo que en el ir y venir normal de una suerte de inmigración interna. los edificios son iguales: casas de cuatro o cinco pisos, del siglo xix que terrminan en áticos con techos inclinados, de tejas. qué hace que uno sea mejor que otro? qué hace que allí vayan los turcos, allí los doctores, allí los artistas? no lo sé. pero se nota la diferencia, y la diferencia se nota en las estaciones del tranvía. acá hay muchos alemanes, acá hay turcos, paquistaníes y unos centro americanos de difícil distinción. algunos mestizos, pocos africanos. los olores cambian también. hay un leitmotiv que se repite: vietnam. el olor a la cocina está en todas partes en que hay tiringuitos o restaurantes. lo demás, parece que se modifica cada rato.
entonces, agradezco cuando dejamos el berlín occidental y volvemos al oriental. todo lo que nos enseñaron en el colegio alemán parece estar al revés. me quedo con el este. vemos la sinagoga, nos detenemos a tomar un café en el patio de un edificio; camimanos lentamente por un barrio que se puso de moda y alberga galerías y tiendas de arte; una pareja pasea un perro, sin pretensiones. más allá está un sushi café y después llegamos al hostel. nos encontraremos con conocidos en el gorki café. y durante la cena, con comida rusa, impronunciable, sale el tema del nazismo, de la integración, de la cultura. no es un tema para nada acabado. todavía hay mucho para decir. mi hermano agrega, en determinado momento que la culpa colectiva se convierte en nada, libera al verdadero culpable de su responsabilidad real, vuelve al hecho banal.
me quedo pensando en nosotros, en uruguay. si acá en alemania, y sesenta años después, se sigue discutiendo este tema, si cada día siguen saliendo tantos libros y estudios, ¿qué nos hace suponer a nosotros que de un plumazo todo está resuelto?
pero me queda un resabio amargo en la boca. en el museo judío hay un libro que repasa a los "importantes" que vivieron en berlín. walter benjamin no figura en ninguna parte. en ninguna parte -en el museo tampoco- se habla de su persona. por qué?
berlín oriental
berlín no es walter benjamin, no es bertold brecht, no es kurt weill, no es la unter den linden, no es las alas del deseo. no es la volskbühne ni el berliner ensamble. berlín no es check point charly ni el muro (lo que queda de él, convertido en una galería de arte callejero). berlín es berlín y es todo eso y mucho más, pero nada que uno pueda imaginar de antemano. es sorprendente.
y no bien llegamos en tren a la estación central y nos reciben el viento, el frío y el movimiento, recuerdo lo leído hace poco (no me acuerdo del título del libro) una tesis doctoral que hace referencia a la constante transformación de berlín. dice el autor (tampoco recuerdo el nombre) que berlín se ha construido sobre la base de textos: discursos de sus habitantes, anuncios y artículos en los periódicos; y que nunca se repite a sí misma. y esa es la impresión que tengo, no bien llegamos. estamos en lo que fue la berlín del este, la de los "rusos", donde ocurre la mayoría de las películas de espías, más duras o más románticas; donde había una vida que fue marcada, en 1961, con el muro. tomamos un bus y nos bajamos en "berlin mitte", que es como un centro cualquiera de una ciudad de 3 millones de habitantes. recuerda, lejanamente a buenos aires, ¿cómo es posible? pues que la arquitectura del siglo xix ya empezaba a volverse internacional. sí, podría ser buenos aires... grandes avenidas, edificios de varios pisos, y mucho movimiento. no, no es buenos aires, pero la capital argentina podría tener un aire berlinés.
nos hospedamos en un hostel, el circus, que es el plan b del hotel circus, que queda enfrente. estamos en la esquina de la avenida de los castaños (lindo nombre). el hostel parece un hotel si lo comparo con los de bolivia o chile. notoriamente se hospedan mochileros jóvenes, pero las áreas de las habitaciones están separadas de las áreas sociales, de modo que salvo la distinción de que el baño es compartido... bien podría ser un hotel. claro que el precio, que no es caro, se recarga si se paga con tarjeta de crédito o en efectivo, y las toallas también suponen 2 euros más, pero bañarse hay que bañarse, sobre todo en berlín.
dejamos las cosas y salimos. objetivo: alexander platz, donde está la torre de la televisión estatal, la que transmitía con fuerza al este. me recuerda la torre de la televisión en beijing, pero mi hermano me dice que la mayoría de las torres de televisión son como ésta. quién sabe. en montevideo, no.
hay algunos sitios que quiero conocer: la avenida unter den linden, la puerta de brandenburgo, el muro (lo que queda él), el museo judío, el famoso check point charly, y los vecindarios.
y eso es lo que hacemos. no importan el frío ni la lluvia que aparece de pronto. estamos en berlín.
es demasiado grande e imponente para mí. hay tranvías, metros, buses, autómoviles, semáforos y cebras, pero a mí me parecen muchísimos más de lo que son. caminamos. según mi hermano, el lado este, el que antaño quedara encerrado en el muro, es mucho más interesante y elegante que el occidental. de hecho, me dice, después de la caída y posterior reconstrucción, el este se volvió mucho más importante que el oeste... y más bonito. buena parte de los grandes edificios emblemáticos están de este lado. así el reichstag, donde está el parlamento alemán (es curioso pensar que sesenta y tantos años después del fin de la segunda guerra, cuando alemania estaba en escombros, se transformó en el primer país de la unión europea, y que es en ese parlamento donde se decide el destino de tantos países y personas), el ministerio de economía y finanzas, un edificio de la época de hitler, en el que flamea, orgullosa, la bandera alemana. también están la catedral, el museo histórico, y las avenidas grandes y amplias. por la unter den linden alcanzamos la puerta de brandenburgo, esa que quise que estuviera en la tapa del señor fischer. sí, impresiona. es al atardecer, y restos de sol, antes de que comience a llover, iluminan la escultura del carro triunfador. a ambos lados, edificios enormes. caminar es lo que hacemos, y sólo nos detenemos a beber algún café o fumar algún cigarrillo (sí, acá también está prohibido fumar en la mayoría de los cafés).
cuando oscurece, cuando se va la luz del sol, entonces pienso que berlín sí me gusta, porque parece el decorado de una película. las luces, el neón, las ventanas iluminadas, los distintos rojos, amarillos y anaranjados de los boliches y cafés del hackescher markt; los patios interiores de las casas de cuatro pisos, que se han convertido en galerías, tiendas de todo tipo, el agua de la lluvia en el empedrado, los faroles de los puentes sobre el río spree, todo eso le da una fisionomía completamente distinta a la diurna. le da el aura que en mi fantasía tiene esta ciudad.
de noche, bebemos vino frío en un café ruso, el gorki park, en recuerdo al parque infantil. allí hay una zona para fumadores lo que, supongo, lo hace más popular. el público es variado; en las paredes se acumulan retratos de la antigua república democrática alemana, y de los soviéticos que vivieron aquí; en blanco y negro (por suerte no son en sepia!), y un menú bilingüe, alemán-ruso. se está bien aquí; un camarero ruso nos atiende y trae las bebidas. en una mesa, dos hombres juegan al ajedrez; en la otra, una pareja gay habla en inglés y coquetea; en otra, dos adolescentes comparten un par de auriculares, se conectan a una laptop, fuman (parece que no tragaran el humo) y escuchan música; en otra, una mujer grande escucha pacientemente a una bastante más joven. me imagino que lo hace con paciencia, como quizá alguna vez alguien la escuchó a ella. por la ventana se ve pasar al tranvía, en una dirección y en la otra. las luces tibias contrastan con los cristales que de a poco se empañan. los ceniceros se llenan de colillas. es hora de irse.
comemos comida libanesa en "babel", en la misma calle de los castaños, donde se apiñan los boliches y cafés más dispares: mexicano, portugués, francés. "babel" hace honor a su nombre; un ruidoso y diminuto cuadrado, con un menú variado, mucho picante, hojas de menta, y un público variopinto. luce un enorme afiche del che guevara, que quizá parezca un poco anacrónico.
cuando salimos, la lluvia está fuerte, realmente, pero no impide que demos una última caminata por el vecindario. calles tranquilas, edificios de varios pisos, ventilados (no se me ocurre otra palabra mejor).
luego hacemos planes para el día siguiente. todavía queda bastante por ver, de mi galería icónica, el muro y el museo judío; y, del lado occidental, el kürfürstendamm (la que fuera la avenida principal, una especie de 18 de julio... arteria principal), la sinagoga que fuera incendiada en la noche de los cristales, y destruida durante un bombardeo, y recuperada en 1966. y seguramente durante el camino aparezcan otros rincones, otras cosas que uno no imagina.
y no bien llegamos en tren a la estación central y nos reciben el viento, el frío y el movimiento, recuerdo lo leído hace poco (no me acuerdo del título del libro) una tesis doctoral que hace referencia a la constante transformación de berlín. dice el autor (tampoco recuerdo el nombre) que berlín se ha construido sobre la base de textos: discursos de sus habitantes, anuncios y artículos en los periódicos; y que nunca se repite a sí misma. y esa es la impresión que tengo, no bien llegamos. estamos en lo que fue la berlín del este, la de los "rusos", donde ocurre la mayoría de las películas de espías, más duras o más románticas; donde había una vida que fue marcada, en 1961, con el muro. tomamos un bus y nos bajamos en "berlin mitte", que es como un centro cualquiera de una ciudad de 3 millones de habitantes. recuerda, lejanamente a buenos aires, ¿cómo es posible? pues que la arquitectura del siglo xix ya empezaba a volverse internacional. sí, podría ser buenos aires... grandes avenidas, edificios de varios pisos, y mucho movimiento. no, no es buenos aires, pero la capital argentina podría tener un aire berlinés.
nos hospedamos en un hostel, el circus, que es el plan b del hotel circus, que queda enfrente. estamos en la esquina de la avenida de los castaños (lindo nombre). el hostel parece un hotel si lo comparo con los de bolivia o chile. notoriamente se hospedan mochileros jóvenes, pero las áreas de las habitaciones están separadas de las áreas sociales, de modo que salvo la distinción de que el baño es compartido... bien podría ser un hotel. claro que el precio, que no es caro, se recarga si se paga con tarjeta de crédito o en efectivo, y las toallas también suponen 2 euros más, pero bañarse hay que bañarse, sobre todo en berlín.
dejamos las cosas y salimos. objetivo: alexander platz, donde está la torre de la televisión estatal, la que transmitía con fuerza al este. me recuerda la torre de la televisión en beijing, pero mi hermano me dice que la mayoría de las torres de televisión son como ésta. quién sabe. en montevideo, no.
hay algunos sitios que quiero conocer: la avenida unter den linden, la puerta de brandenburgo, el muro (lo que queda él), el museo judío, el famoso check point charly, y los vecindarios.
y eso es lo que hacemos. no importan el frío ni la lluvia que aparece de pronto. estamos en berlín.
es demasiado grande e imponente para mí. hay tranvías, metros, buses, autómoviles, semáforos y cebras, pero a mí me parecen muchísimos más de lo que son. caminamos. según mi hermano, el lado este, el que antaño quedara encerrado en el muro, es mucho más interesante y elegante que el occidental. de hecho, me dice, después de la caída y posterior reconstrucción, el este se volvió mucho más importante que el oeste... y más bonito. buena parte de los grandes edificios emblemáticos están de este lado. así el reichstag, donde está el parlamento alemán (es curioso pensar que sesenta y tantos años después del fin de la segunda guerra, cuando alemania estaba en escombros, se transformó en el primer país de la unión europea, y que es en ese parlamento donde se decide el destino de tantos países y personas), el ministerio de economía y finanzas, un edificio de la época de hitler, en el que flamea, orgullosa, la bandera alemana. también están la catedral, el museo histórico, y las avenidas grandes y amplias. por la unter den linden alcanzamos la puerta de brandenburgo, esa que quise que estuviera en la tapa del señor fischer. sí, impresiona. es al atardecer, y restos de sol, antes de que comience a llover, iluminan la escultura del carro triunfador. a ambos lados, edificios enormes. caminar es lo que hacemos, y sólo nos detenemos a beber algún café o fumar algún cigarrillo (sí, acá también está prohibido fumar en la mayoría de los cafés).
cuando oscurece, cuando se va la luz del sol, entonces pienso que berlín sí me gusta, porque parece el decorado de una película. las luces, el neón, las ventanas iluminadas, los distintos rojos, amarillos y anaranjados de los boliches y cafés del hackescher markt; los patios interiores de las casas de cuatro pisos, que se han convertido en galerías, tiendas de todo tipo, el agua de la lluvia en el empedrado, los faroles de los puentes sobre el río spree, todo eso le da una fisionomía completamente distinta a la diurna. le da el aura que en mi fantasía tiene esta ciudad.
de noche, bebemos vino frío en un café ruso, el gorki park, en recuerdo al parque infantil. allí hay una zona para fumadores lo que, supongo, lo hace más popular. el público es variado; en las paredes se acumulan retratos de la antigua república democrática alemana, y de los soviéticos que vivieron aquí; en blanco y negro (por suerte no son en sepia!), y un menú bilingüe, alemán-ruso. se está bien aquí; un camarero ruso nos atiende y trae las bebidas. en una mesa, dos hombres juegan al ajedrez; en la otra, una pareja gay habla en inglés y coquetea; en otra, dos adolescentes comparten un par de auriculares, se conectan a una laptop, fuman (parece que no tragaran el humo) y escuchan música; en otra, una mujer grande escucha pacientemente a una bastante más joven. me imagino que lo hace con paciencia, como quizá alguna vez alguien la escuchó a ella. por la ventana se ve pasar al tranvía, en una dirección y en la otra. las luces tibias contrastan con los cristales que de a poco se empañan. los ceniceros se llenan de colillas. es hora de irse.
comemos comida libanesa en "babel", en la misma calle de los castaños, donde se apiñan los boliches y cafés más dispares: mexicano, portugués, francés. "babel" hace honor a su nombre; un ruidoso y diminuto cuadrado, con un menú variado, mucho picante, hojas de menta, y un público variopinto. luce un enorme afiche del che guevara, que quizá parezca un poco anacrónico.
cuando salimos, la lluvia está fuerte, realmente, pero no impide que demos una última caminata por el vecindario. calles tranquilas, edificios de varios pisos, ventilados (no se me ocurre otra palabra mejor).
luego hacemos planes para el día siguiente. todavía queda bastante por ver, de mi galería icónica, el muro y el museo judío; y, del lado occidental, el kürfürstendamm (la que fuera la avenida principal, una especie de 18 de julio... arteria principal), la sinagoga que fuera incendiada en la noche de los cristales, y destruida durante un bombardeo, y recuperada en 1966. y seguramente durante el camino aparezcan otros rincones, otras cosas que uno no imagina.
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