martes, 24 de enero de 2012

siempre se vuelve a bonn

cuando la conocí por primera vez, todavía era capital de la república federal, el cuerpo diplomático tenía sus embajadas y casonas aquí, las fundaciones importantes, su sede (algunas todavía permanecen aquí), en el aire había olor a rancios funcionarios públicos, los yuppies se apuraban por las calles, y uno estaba, además, en la ciudad que tan bien describió john le carré en una pequeña ciudad en alemania, un libro bellísimo, por cierto.
aquella primera vez, bonn me impresionó mucho. era la primavera tardía, los días se alargaban hasta las once de la noche, todo florecía, y el rin y los parques y bosques de los alrededores parecían salidos de libros ilustrados.
sí, bonn tiene algo. para muchos, sin embargo, decir que a uno le gusta mucho esta ciudad es casi un pecado. los argumentos que esgrimen para semejante aseveración son pobres. que es chica, provinciana, conservadora, con una vida cultural poco interesante. que ahora que ya no es capital, ha perdido lo poco que tenía.

volver a bonn es como regresar a casa. nomás el tamaño a escala humana de la estación de tren resulta agradable. no hay escaleras mecánicas, hay una panadería, una cafetería, hay pocos andenes, y la gente no anda a las apuradas. en la salida de la estación hay un döner (tienda de comida turca al paso), y el empedrado parece ser el mismo de siempre. qué la hace tan especial para mí? el rin, naturalmente. ese río que alguna vez estuvo muerto por la contaminación y que después volvió a vivir, por donde se ven pasar barcos y embarcaciones de todo tipo. en el lado sur, bonn-beul luce las casas menos pretenciosas, rodeadas de árboles; y más atrás, detrás del puente recientemente terminado, está el siebengebirge, un parque natural, que siempre me hace pensar en los cuentos de hadas de la infancia. nunca vi las cumbres sin un halo de niebla cubriéndolas un poco; ni siquiera en días de sol. por algún motivo que desconozco, siebengebirge es sinónimo de goehte y de wagner. asociación libre.

hay una rambla que acompaña la ribera del rin, que hoy está muy crecido. ha llovido bastante, pero además se ha derretido nieve en alguna parte, en alguna de las montañas suizas, y esa agua termina por llegar al río. la subida es notoria, y el río fluye con fuerza, arrastra troncos y ramas consigo. achim y yo caminamos y tomamos fotografías. pasamos por la universidad y el parque, por la iglesia que en navidad da maravillosos conciertos de música sacra, y nos adentramos en las calles adoquinadas que desembocan en la ciudad vieja (que es menos impresionante y "real" que la que está más al sur). allí, en un área no demasiado grande, hay casas de tres pisos, que ya tienen más de cien años, en cuyos alféiceres se ven floreros o velas, y que de noche, cuando se encienden las luces, dan la sensación de un tapiz vivo. también hay tiendas, quioscos, tabacalerías, y cualquier cantidad de gente en los cafés. achim me invita a uno en que, dice, se bebe el mejor espresso de la ciudad, preparado por italianos. no sé si es el mejor, pero en todo caso, pedimos un cappuchino y el que lo prepara hace un cuadro con la leche. en mi taza, un gran corazón; en la de achim, un arbolito. me pongo de pie para ver cómo hace semejante belleza, y el hombre dice que hay un campeonato mundial de decoradores de leche en el cappuchino, que él ha participado. y por si no le creemos, nos prepara otro. la leche, esta vez, dibuja un osito, cuyas orejas, incluso, sobresalen de la superficie. que todo esto esté acompañado de dulces almendrados solo mejora el asunto. entonces me doy cuenta de lo que me ha llamado la atención en todas las ciudades que he visitado: existe la tradición de tomar un café en un café (algunos parecen confiterías). sí, eso es. pero en todos los cafés hay parroquianos, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, disfrutando del café o del cappuchino. algo que, recuerdo de pronto, también ocurría en montevideo, pero que se perdió. tendrá que ver con que ya no quedan cafés que inviten a sentarse (salvo el brasilero o el bacacay...)? una pena realmente. la vida de café invita a conversar, a pensar, a distenderse, a interrumpir el trabajo o lo que sea, y detenerse a disfrutar.

salimos; amenaza con  algo de sol, pero se arrepiente de inmediato y todo vuelve a nublarse. entonces vamos a la librería bouvier, una de las más viejas de la ciudad vieja, que fue recientemente comprada por la cadena de librerías "thalia", que hay en todas las ciudades. en general, thalia es como cualquier librería actual, con lo último de lo último, y alguna cosa más. en el caso de bouvier, decidieron no sólo dejar el nombre, sino seguir, en cierto modo, la tradición libresca. así, en el subsuelo, hay libros de filosofía, teología, religión, comunicación y sociología, y otras ciencias humanas, que ocupan paredes y paredes. y no son caros. buena parte son libros de bolsillo, de suhrkamp o ro-ro-ro, de esos que después no resaltan para nada en un estante, y son todos del mismo tamaño. imposible no acercarse a ver qué hay y dejarse tentar por algunos autores. imposible llevarse todo. habría que mudarse aquí para disfrutar de toda la oferta, lo que uno conoce y lo que (más interesante) es desconocido aún. de inmediato pienso en marisol. seguramente ella me daría buenos consejos sobre qué libros valen la pena.

caminar por las calles angostas que de pronto se abren a una plaza circular en la que se alzan los edificios viejos, o las más modernas boutiques provoca placer. es un lunes de vacaciones, y nos tomamos tiempo. entramos a varias tiendas, solo para ver lo que hay a la venta. ropa, zapatos, adornos, cajas de todos los tamaños, discos, velas, jabones, muñecos, cartucheras con inscripciones ingeniosas, postales. como en cualquier ciudad. ¿por qué entonces esta me gusta tanto?

es la cuarta vez que vengo a bonn, y siempre pienso que alguna vez me dejará de gustar; me dejará de impresionar el rin marrón, me aburrirán la pequeña ciudad vieja, los cafés y los tranvías, los callejones y las avenidas llenas de curvas. sin embargo, es todo lo contrario. reconocer una esquina, una tienda de té, un pequeño restaurant en la plaza; ver cómo el puente, que la última vez estaba a medio construir, está terminado y tiene acumuladores de energía solar para ayudar a proteger el medio ambiente, o el parque frente a la academia de ciencias y otro montón de pequeñeces que a nadie le importan, hace que uno sienta que ha llegado a casa.  y claro, eso se celebra con los amigos y un buen vino regional.

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