es una construcción que se "divide" en dos edificios. una propia de fines del siglo xviii y otra del siglo xx, diseñada, pensada, construida por david libeskind, en 1995 y terminado en 1999, el mismo que hizo el ala nueva (revolucionaria) del museo histórico militar de dresden. me explica mi hermano que una vez que este museo estuvo terminado, la gente concurría a verlo vacío y que demoró más de un año en volverse el museo judío. el concepto del ala construida por libeskind es el del "vacío y la ausencia", ya que alberga la historia de dos mil años del los judíos en alemania, y se propone (y lo logra) transmitir precisamente esa sensación de ausencia de un pueblo, y del vacío que deja en la sociedad desde entonces.
es un edificio que debe ser visitado, las palabras sobran. el ala más antigua, entonces, alberga la entrada, el control de seguridad, un gran café-restaurant, la tienda propia del museo (con interesantísimos libros). luego se desciende una escalera y se ingresa al ala moderna, que lo pone a uno frente a esa cosa espantosa de la incerteza, del mareo, del desconcierto, la incomodidad y cierta angustia existencial: ángulos "inrrectos", planos no lineales, superficies y espacios que son molestos, mínimamente molestos. y tan luego la concepción espacial. tres caminos: el eje de la continuidad, el eje del exilio, el eje del holocausto. el eje de la continuidad cuenta la historia (2000 años) de los judíos en alemania . es muchísima información, pero muchísima, de todo tipo: visual, auditiva, textual. sensorial, en 3D. digamos que es la parte más histórica, que es impresionante en sí misma. el ala de exilio es terrible. se camina por un largo corredor, desigual, desangulado, incómodo y se abre una puerta metálica, pesada. allí se ingresa al jardín del exilio, una superficie en la cual hay columnas rectangulares (con olivos que crecen en los extremos) torcidas, de alturas distintas, dispuestas de modo tal que uno no sabe dónde está ni comprende el código entero del lugar. no llega a ser un laberinto (y eso lo hace más cruel aun) porque es como un ta-te-ti enorme, cuadriculado, pero justamente esa cuadriculación desigual, desangulada, lo hace incomprensible. constantemente se tropieza uno en el piso adoquinado, que contrasta con la lisura impecable de las columnas... y el silencio. uno entra nuevamente al museo un poco liberado de esa experiencia del exilio. recuerda que el exilio es el lugar donde todo se pierde, incluso la noción del yo. entonces se camina hacia la torre del holocausto. qué poco se necesita para decir tanto. se trata de un espacio de unos 24 metros cuadrados de superficie, imposible en su geometría, con negros y grises en las paredes y un techo altísimo, negro, cuya única iluminación proviene de una rendija lateral. se cierra la puerta con un clac seco y uno está allí, solo. la soledad y la claustrofobia y lo imanente son tangibles, y asustan, sobrecogen. uno es, de pronto, cada una de esas victimas que llegó a los hornos y los gases, minimo, diminuto ante el destino que otros diseñaron, pergeñaron, decidieron. la torre del holocausto es la más fuerte de las experiencias que uno puede vivir en relación con la shoa. en todo caso: esto es el exterminio.
el resto del museo, que es amplísimo en cuanto a la historia que toca y la tecnología de la que hace uso para hacerse más vívido (un par de auriculares ante una pared de vidrio oscuro transmiten textos en función de los movimientos de uno), pone de relieve (es mi lectura) que los judíos formaban parte de una sociedad que decidió deshacerse de ellos. pone de manifiesto, clara y crudamente, que de todos esos asesinatos y desapariciones espantosas lo que queda es la ausencia de un pueblo, su cultura, su tradición, que eran indisolublemente aquella europa (y alemania) que es la actual. actualmente la colectividad judía en alemania no es muy numerosa, si bien, según me explica achim, ha habido una inmigración de rusia y de la propia israel. de todos modos, es una comunidad pequeña. el folleto del museo habla de unas cien mil almas, aunque es probable que sean más. no sé cuántos, y en realidad no es importante. cien mil es poco en comparación con los millones que fueron exterminados. por eso se detiene uno ante la maravillosa sinagoga en berlín oriental, que fue incenciada la noche de los cristales, en 1938, posteriormente bombardeada durante la guerra, y reconstruida en 1966.
el museo incluye también fragmentos"off the record" del juicio en frankfurt sobre auschwitz y testimonios orales de víctimas sobrevivientes - rumanos, algunos- que ponen la piel de gallina. hay retratos costumbristas, mezuzas, cuadros, libros, fotografías, están adorno, hanna arendt, einstein y todo un conjunto de pensadores, filósofos, poetas, escritores y gente común. todos están allí y uno se siente un poco abrumado. hay un mapa del mundo con banderitas, en cuyo centro está la del tercer reich. uno puede elegir un país, proyectar una flecha y enterarse cómo se comportó ese país con los judíos que pedían refugio. así, es interesante saber que en 1936, uruguay le pedía a los futuros refugiados un certificado de la gestapo (eso significa que reconocía a la gestapo como algo) sobre la buena conducta política, la capacidad para el trabajo. algunos países especificaban que los refugiados desempeñarían tareas en el campo. es interesante comparar con otros países: cantidad de refugiados inmigrados, tipo de requisitos.
salimos del museo bajo una lluvia fría y persistente. en silencio. no se puede estar tres horas en sitio semejante y salir pensando en cantar, como fred aistaire. caminamos. nos alejamos. hubo un grupo de adolescentes insoportable que durante un rato impidió la concentración. no tuve reparos en pedir silencio. vamos, un poco de respeto por la historia. qué me importa quién seas, si alemán o turco. silencio durante un segundo.
entonces vamos a berlín occidental, la berlín que durante años fue signo y forma, la que decía cómo, cuándo y dónde. sinceramente, y después de la prestancia de berlín oriental, la occidental parece poco. parece de plástico, parece salida de un manual. claro que es enorme, amplia, importante, pero le falta "historia", le faltan gusto y un algo que es difícil de definir. la kürfürsentdamm, la avenida principal, que quizá en los setentas fuera algo genial, ahora no deja de ser lo que es, una avenida de plástico (que me perdone el colegio alemán). acá falta algo. tengo que ganas de salirme, de volver al este. de este lado también está el gran barrio turco, en el que durante y cuadras sólo se oye hablar esa lengua, y las tiendas, los cafés y los mercados se apiñan uno junto al otro. en este lugar también está el barrio kreuzberg, que albergara estudiantes y artistas, que todavía hoy es alternativo y alegre. pero volvemos a berlín oriental. es curioso pensar que antes de la caída del muro esto era imposible. qué pronto olvidamos lo que debe de haber sido aquella época, y lo terrible de 1961 cuando apareció la muralla. que la vemos, lo que queda de ella, en un sector (hay otro, pero está en reparaciones). así que esto es la muralla? uno esperaba ver (yo, al menos) algo así como los muros de una ciudad fortificada de la ciudad media. pero no. esto realmente es un muro. lo que hace la cuestión más perversa aun. de ancho, lo que una pared cualquiera. de alto, da la impresión de no medir más de tres metros. la altura de dos personas altas. suficientemente alta como para que saltar no sea muy cómodo, pero no imposible. dónde estaba "la trampa"? en que había una calle con perros y minas y soldados armados; que si uno lograba burlar todo eso y trepar al muro y saltar, del otro lado -el occidental- había un río. en la muralla que visitamos, ahora convertida en una obra de arte callejero (entre 1991 y 2009 se invitaron a artistas de todas partes a pintarla, bastante espantoso, la verdad) todo es no se nota, porque ya no hay perros, ni tejidos de alambre, ni muros, ni soldados dispuestos a dispararle al osado. sin embargo, los testimonios quedan. aquí y allá fotos y nombres de quienes no lograron alcanzar el otro lado.
es difícil imaginar ese mundo no hace tanto que dejó de ser. es muy difícil.
después, una vez volvemos a la vida real, mi hermano me dice que debemos comer lo típico berlinés: salchicas con curry y ketchup. no sabe ni cuándo ni cómo se instala como tradición gastronómica. son ricas, no llegan a ser comida chatarra, pero a la media hora me muero de sed. quizá la sal o el picante, en todo caso, esperaba otro tipo de comida típica. y después tomamos muchos tranvías y metros y tranvías, para ver la ciudad occidental. barrios más pudientes, barrios turcos, barrios de inmigrantes, barrios de "alemanes", barrios, coquetos, barrios alternativos. dónde está la diferencia? supongo que en el ir y venir normal de una suerte de inmigración interna. los edificios son iguales: casas de cuatro o cinco pisos, del siglo xix que terrminan en áticos con techos inclinados, de tejas. qué hace que uno sea mejor que otro? qué hace que allí vayan los turcos, allí los doctores, allí los artistas? no lo sé. pero se nota la diferencia, y la diferencia se nota en las estaciones del tranvía. acá hay muchos alemanes, acá hay turcos, paquistaníes y unos centro americanos de difícil distinción. algunos mestizos, pocos africanos. los olores cambian también. hay un leitmotiv que se repite: vietnam. el olor a la cocina está en todas partes en que hay tiringuitos o restaurantes. lo demás, parece que se modifica cada rato.
entonces, agradezco cuando dejamos el berlín occidental y volvemos al oriental. todo lo que nos enseñaron en el colegio alemán parece estar al revés. me quedo con el este. vemos la sinagoga, nos detenemos a tomar un café en el patio de un edificio; camimanos lentamente por un barrio que se puso de moda y alberga galerías y tiendas de arte; una pareja pasea un perro, sin pretensiones. más allá está un sushi café y después llegamos al hostel. nos encontraremos con conocidos en el gorki café. y durante la cena, con comida rusa, impronunciable, sale el tema del nazismo, de la integración, de la cultura. no es un tema para nada acabado. todavía hay mucho para decir. mi hermano agrega, en determinado momento que la culpa colectiva se convierte en nada, libera al verdadero culpable de su responsabilidad real, vuelve al hecho banal.
me quedo pensando en nosotros, en uruguay. si acá en alemania, y sesenta años después, se sigue discutiendo este tema, si cada día siguen saliendo tantos libros y estudios, ¿qué nos hace suponer a nosotros que de un plumazo todo está resuelto?
pero me queda un resabio amargo en la boca. en el museo judío hay un libro que repasa a los "importantes" que vivieron en berlín. walter benjamin no figura en ninguna parte. en ninguna parte -en el museo tampoco- se habla de su persona. por qué?
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