a lo largo de los siglos padeció incendios, y fue varias veces arrasada y reconstruida. durante la segunda guerra mundial fue bombardeada por los ingleses y los americanos, que, sin embargo, se cuidaron mucho de no destruir el puerto (hoy el segundo de europa), de importancia estratégica. hamburgo es hermosa. debería llamarse así: ciudad libre y hermosa.
me resulta difícil describir cómo está diseñada, pero hay el río, donde se alza el puerto, una aussenalster (una especie de lago) y una binnenalster (el mismo lago, pero mucho más chico), que la dividen en dos. si entendí bien, en torno al binnenalster están el centro y la innenstadt, la ciudad vieja, y en torno al aussenalster, los demás barrios y vecindarios. puesta a elegir, el binnenalster y su entorno, y la cercanía del puerto, es lo que más atractivo me resulta. de ese lado también está el ayuntamiento, y un conjunto de plazas-mercado, tiendas y galerías, y viejos edificios (siglo xix) en perfectas condiciones. invita a caminar.
la recorro en auto y durante dos días, bajo lluvia, gracias a la buena disposición de anabel, quien, claramente, adora esta ciudad. las fotos que tomo deberían titularse "detrás de un cristal empañado", pero aun así, la belleza supera la inclemencia, incluso la (escasa) nieve que cae, como si de ese modo quisiera hacerse más misteriosa y difícil. sí, hamburg da ganas de quedarse un tiempo largo. tiene más canales que venecia, así dice, con orgullo, mi amiga, mientras me pasea y me explica todo lo que vemos. en cierto modo desordenado, creo que me da un panorama real. tiene unos 2 millones de habitantes, y si bien es una gran ciudad, no da la impresión de estar superpoblada. en todo caso, parece espaciosa, ventilada,y la imagino verde, y la rambla es extensa e invita a pasear y ver las villas y las casonas, cuyos jardines dan al río.
el puerto, de unos 20 km de largo, está integrado al casco urbano, sobre el río elbe. allí, no sólo se alzan los antiguos depósitos de varios pisos en los que los barcos dejaban las mercancías que traían de todas partes, sino la “hafencity”, un conjunto de edificios de viviendas, bares, mercados, restaurantes (algunos de los mejores están precisamente en el puerto), la futura sede de la filarmónica de hamburg, que le cuesta a la ciudad unos 100 millones de euros y que promete convertirse, cuando esté terminada en 2014, en una de los portentos arquitectónicos más impresionantes.
el puerto es tan limpio y dinámico como la ciudad; en algunos muelles hay barcos-restaurantes; en otros, enormes cruceros, en otros, las grúas cargan y descargan contenedores (hamburg-süd, que conocemos de nuestro mini puerto), hay gente que pasea, visita los distintos museos o algunas tiendas de tapices y alfombras de oriente. hay canales, puentes, hay niños y perros. no hay basura, ni se ven marineros ni soldados; el puerto es de la ciudad, y forma parte de una política urbana que decidió que integrarlo era lo mejor que se podía hacer. en todo caso, la ciudad no le da la espalda al puerto, casi siento que se siente orgullosa de él. en el puerto, también, están los mercados de pescados (las pescaderías, se dice en español), y parece que es un espectáculo venir aquí a las cinco de la mañana a ver descargar la mercadería y comprar el pescado fresco, mientras se bebe un buen café (quedará para otra oportunidad). parece que es costumbre que después de pasar una noche de juerga en la reeperbahn, en sankt pauli, se termine aquí en el mercado.
entre muchos lugares, visitamos el museo de las especies, que, según el folleto, es único en el mundo. se llega a él subiendo unas escaleras angostas y empinadas en uno de los antiguos depósitos del puerto. un cartel en la entrada del edificio dice: museo de las especias. guíese por el olfato. y es que desde abajo se huele. al pagar la entrada se recibe, en lugar de una entrada, un paquete de buntes pfeffer, pimienta multicolor. y después se ingresa en una aventura visual, olfativa y táctil. sí. en todo el espacio que se divide según regiones y tipos de especias, además de mostrar los diferentes sistemas de producción, hay enormes sacos de alpillera para que el público meta las manos, huela y saboree todo lo expuesto. muchos niños visitan el museo, y hay una intención claramente lúdico-didáctica en la manera de disponer lo que se exhibe. mientras bebemos un vino caliente con canela, vainilla, clavo de olor y jengibre, meto las manos en los distintos sacos, lo que supone una experiencia nueva para mí. ¿quién ha sumergido las manos y la nariz en romero, o en salvia, o en pimienta, o en lo que sea? para quien guste de cocinar, el museo de las especias no tiene desperdicio ni se compara con nada. algunas están a la venta; lamentablemente no hay pimienta de Sichuan, pese a que estaba en exhibición. una vitrina con chiles de distinto tipo; macetas transparentes con plantas de pimienta y otras especias que se producen a partir de bayas; esquemas, afiches explicativos, una réplica de una antigua tienda, con los recipientes de la época y los nombres de las sustancias, todo eso se encuentra allí y más. da gusto caminar, recorrerlo, oler, tocar, sentir, recordar. dan ganas de ponerse a cocinar allí mismo, de experimentar con recetas de distintas partes. en definitiva, salimos del museo con hambre y buen humor. no importa que la lluvia siga, impertérrita, casi impertinente.
sankt pauli
que oscurezca no impide que sigamos el paseo. y nos intermanos por sankt pauli, donde queda la reeperbahn, la calle del sexo, el juego y la “perversión”. así, al menos, los cuentos que nos hacían los amigos alemanes en la adolescencia. hoy, lejanamente me recuerda al sunset boulevard de hollywood, y los peep shows y los cabarets porno que fueran tan bien pintados en “parís-texas” parecen un juego de niños. es domingo, y muchos de los “antros” están cerrados. yo esperaba la sordidez de las anécdotas, de las fotos vistas en revistas pornográficas de antaño. esto tiene el encanto de algo que ya no le llama la atención a nadie, y que se ha convertido en parte del turismo urbano. la gente que camina por las calles ni repara en los anuncios o fotos provocativas, que seguramente no le llegan al tobillo a cualquier página web hard core. pero tiene algo; quizá precisamente la mezcla de madres con niños que viven a la vuelta, mujeres de cabello blanco que vuelven de una confitería y se adentran entre las tiendas de neón rojo y amarillo. sankt pauli me hace acordar a mis compañeros de clase, a algunos profesores que habían vivido en hamburg, y pienso en la inocencia de esta calle del sexo. por supuesto que ninguna de las fotos que tomo podrá transmitir la sensación de nostalgia que me provoca. pero los neones encendidos, las curvilíneas mujeres que se exhiben aquí y allá, los casinos y los bares – en su conjunto un cuadro menos decadente y bello que las vegas, por ejemplo- todavía resultan interesantes. si antes acá venían los marineros y los hombres solos, ahora también es visitado por nosotras. las viviendas del krameramt
cerca de la iglesia de san miguel hay un callejón donde se construyeron viviendas sociales en el siglo xvii. surge de la casa principal, que da a la calle, que data de 1625. allí dentro se apiña un conjunto de casitas (10 en total) de dos pisos, con muchísimas ventanas, de tamaño reducido, así como las puertas, que también son chicas, destinadas, en su momento, a las viudas de los krämer (comerciantes) y fueron construidas por la sociedad de comercianes . quizá las viudas eran mujeres menudas, de baja estatura, me imagino al ver las dimensiones del lugar. hoy se ha convertido en un paseo que alberga buenos petit restaurants, una tienda que vende tés perfumados de distintas partes del mundo, otra que vende muñecas y piezas de cerámica o porcelana. el empedrado mojado lo hace más "viejo", y me imagino a las mujeres con cofias y túnicas oscuras charlando entre sí, sacudiendo las mantas, ventilando las habitaciones. hay un grupo de turistas rusos que gesticulan, se ríen, fuman y conversan. yo saco fotos, una vez más, empañadas, empapadas.
de cómo se relacionan el café parís y surimex
Fue fundado en 1882, y es una especie de reliquia concurridísima, donde los mozos hablan tanto alemán como francés, se toma buen café o cappuchino, vino o cerveza; se come (sopas u otros platos), y que para mí es una mezcla del antiguo oro del rin y el sorocabana. da pena que en montevideo esos cafés hayan desaparecido, porque al entrar al café parís, repleto de gente de entre 30 y 70 años, uno se siente en casa. pedimos croissants con jamón y queso, y gladys, una rosarina que vive aquí desde hace muchos años y que nos acompaña en esta tarde fría de domingo, dice que eso es muy uruguayo. pero no, los croissants son más bien parisinos, el jamón es ahumado y el queso es cremoso y muy blanco y no tiene el sabor a queso sándwich o alpa. el cappuchino con la cantidad suficiente de café como para que siente bien.las paredes y el techo del café están decoradas con baldosas de época, y en el techo lucen dos enormes pinturas; las mesas y las sillas (vienesas, quizá) se alinean, de modo que realmente parece salido de una foto en sepia. para entrar al salón debe descorrerse un gran cortinado oscuro, y eso hace la entrada teatral. hay gente que espera para tomar asiento. nosotras esperamos en el mostrador, y luego conseguimos una mesa para tres. la conversación se desgrana divertida, previa a un lunes laboral. hablan del “surimex”, un supermercado regenteado por federico, un cordobés hijo de uno de los sobrevivientes del graf spee, que retornó a alemania hace tiempo y abrió el mercado, que conoceré al día siguiente, donde compraré yerba y dulce de leche para mi hermano.
efectivamente, hay yerba canaria, harina pan para hacer arepas, tortillas mexicanas, carne argentina, camarones, y cualquier cantidad de vinos y licores de américa latina y centroamérica. también un pequeño café- bar donde se puede comer o tomar algo. pero lo más interesante, quizá, de surimex, es lo que ocurre los viernes desde hace tres años, y que lamento no haber podido presenciar. a las 8 de la noche se convierte en “boliche” que recibe a latinos y parroquianos de distintas partes, que se reúnen allí para conversar, bailar, beber, en mesas y sillas improvisadas sobre las heladeras que guardan la carne, los pollos o el pescado; y que se transforme en eso, un sitio de diversión y distensión no impide que si entra alguien que quiera comprar algo a las 2 de la mañana no sea debidamente atendido. la fama y el nombre de surimex como fenómeno de cohesión de identidad es conocido en la ciudad. la reunión de los latinos es como se conoce a lo que ocurre los viernes, y hasta ahora coexisten pacíficamente cubanos, colombianos, uruguayos, argentinos, chilenos, junto a italianos y algún que otro alemán, que llega movido por la curiosidad. hay algunas reglas que parece se han impuesto de modo natural: nadie sabe demasiado bien qué hace el otro, y hay gente muy humilde, alguna incluso sin papeles, que alterna, baila y bebe con arquitectos, ingenieros o abogados. lo principal es el respeto mutuo y el deseo de terminar la semana con una cerveza o un vino, y una salsa o un tango. otro pendiente, me digo, y me prometo pasar un viernes en esta ciudad, la próxima vez.
el paseo sigue y me llama la atención el tráfico.durante las seis horas que anabel conduce, casi sin detenerse salvo para beber un café o ver algo específico, no se escucha un solo bocinazo, una frenada, no se ve una moto (qué placer!) , y el tráfico fluye por los carriles. los caños de escape de los autos funcionan bien (me explica que de otro modo, un auto no tiene permiso de circulación), de modo que no sólo no hay contaminación sonora, sino tampoco de gas. el runrún suave de los autos forma parte del sonido de la ciudad. y ese sonido parece ser la norma en las distintas ciudades que he conocido: claramente el tráfico no es un rompedero de cabeza, un conjunto de estresados e iracundos conductores que manejan mal, como en montevideo. acá se respetan las señales, a nadie se le ocurre meterse contramano, comerse un semáforo o avivarse en un cruce. es un placer, realmente, y se lo hago notar y se sorprende. es claro, para quien hace treinta años que vive aquí, lo civilizado del tráfico no llama la atención, sino que es como debe ser. así con otras cosas, como la amabilidad en las calles, restaurantes, tiendas y estaciones de trenes: “guten tag; bitte schön; haben sie einen guten abend; bis bald; wie kann ich ihnen helfen”, no son meras fórmulas que se repiten con cara seria y de mal humor o con malos modales, sino que parece ser una forma civil de vivir. se ve que se ha desarrollado la sensación cívica, el respeto por el otro, la suficiente buena educación que asegura la convivencia.
seguramente quede mucho en el tintero sobre hamburgo; seguramente mis apreciaciones ni siquiera sean originales, pero en todo caso, de las ciudades más hermosas que he visitado; y, si tuviera que elegir entre berlin y hamburg, no lo dudaría. quizá por el río y las alster, por los canales y el puerto; quizá porque el norte me guste más que el centro; en todo caso, y sin haber visitado un solo museo de arte, ni haber tenido tiempo para tomar un tranvía, hamburg invita a visitarla más extensamente.
por eso, cuando después de casi cinco horas de viaje en tren, llego a bonn (mi casa) y me encuentro con achim, que vivió quince años en hamburg, y le digo: tu ciudad me encantó, sonríe ampliamente. y como no lo recuerdo, le pregunto dónde había vivido, y responde: en "altona". claro. cerca, muy cerca del puerto. entonces le comento: ahora comprendo por qué te gustaba tanto montevideo. tienen algo parecido. y así, con esta conversación sobre mis impresiones de hamburg, vuelvo a bonn, una vez más.
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