jueves, 19 de enero de 2012

berlín oriental

berlín no es walter benjamin, no es bertold brecht, no es kurt weill, no es la unter den linden, no es las alas del deseo.  no es la volskbühne ni el berliner ensamble. berlín no es check point charly ni el muro (lo que queda de él, convertido en una galería de arte callejero). berlín es berlín y es todo eso y mucho más, pero nada que uno pueda imaginar de antemano. es sorprendente.

y no bien llegamos en tren a la estación central y nos reciben el viento, el frío y el movimiento, recuerdo lo leído hace poco (no me acuerdo del título del libro) una tesis doctoral que hace referencia a la constante transformación de berlín. dice el autor (tampoco recuerdo el nombre) que berlín se ha construido sobre la base de textos: discursos de sus habitantes, anuncios y artículos en los periódicos; y que nunca se repite a sí misma. y esa es la impresión que tengo, no bien llegamos. estamos en lo que fue la berlín del este, la de los "rusos", donde ocurre la mayoría de las películas de espías, más duras o más románticas; donde había una vida que fue marcada, en 1961, con el muro. tomamos un bus y nos bajamos en "berlin mitte", que es como un centro cualquiera de una ciudad de 3 millones de habitantes. recuerda, lejanamente a buenos aires, ¿cómo es posible? pues que la arquitectura del siglo xix ya empezaba a volverse internacional. sí, podría ser buenos aires... grandes avenidas, edificios de varios pisos, y mucho movimiento. no, no es buenos aires, pero la capital argentina podría tener un aire berlinés.

nos hospedamos en un hostel, el circus, que es el plan b del hotel circus, que queda enfrente. estamos en la esquina de la avenida de los castaños (lindo nombre). el hostel parece un hotel si lo comparo con los de bolivia o chile. notoriamente se hospedan mochileros jóvenes, pero las áreas de las habitaciones están separadas de las áreas sociales, de modo que salvo la distinción de que el baño es compartido... bien podría ser un hotel. claro que el precio, que no es caro, se recarga si se paga con tarjeta de crédito o en efectivo, y las toallas también suponen 2 euros más, pero bañarse hay que bañarse, sobre todo en berlín.

dejamos las cosas y salimos. objetivo: alexander platz, donde está la torre de la televisión estatal, la que transmitía con fuerza al este. me recuerda la torre de la televisión en beijing, pero mi hermano me dice que la mayoría de las torres de televisión son como ésta. quién sabe. en montevideo, no.

hay algunos sitios que quiero conocer: la avenida unter den linden, la puerta de brandenburgo, el muro (lo que queda él), el museo judío, el famoso check point charly, y los vecindarios.

y eso es lo que hacemos. no importan el frío ni la lluvia que aparece de pronto. estamos en berlín.
es demasiado grande e imponente para mí. hay tranvías, metros, buses, autómoviles, semáforos y cebras, pero a mí me parecen muchísimos más de lo que son. caminamos. según mi hermano, el lado este, el que antaño quedara encerrado en el muro, es mucho más interesante y elegante que el occidental. de hecho, me dice, después de la caída y posterior reconstrucción, el este se volvió mucho más importante que el oeste... y más bonito. buena parte de los grandes edificios emblemáticos están de este lado. así el reichstag, donde está el parlamento alemán (es curioso pensar que sesenta y tantos años después del fin de la segunda guerra, cuando alemania estaba en escombros, se transformó en el primer país de la unión europea, y que es en ese parlamento donde se decide el destino de tantos países y personas), el ministerio de economía y finanzas, un edificio de la época de hitler, en el que flamea, orgullosa, la bandera alemana. también están la catedral, el museo histórico, y las avenidas grandes y amplias. por la unter den linden alcanzamos la puerta de brandenburgo, esa que quise que estuviera en la tapa del señor fischer. sí, impresiona. es al atardecer, y restos de sol, antes de que comience a llover, iluminan la escultura del carro triunfador. a ambos lados, edificios enormes. caminar es lo que hacemos, y sólo nos detenemos a beber algún café o fumar algún cigarrillo (sí, acá también está prohibido fumar en la mayoría de los cafés).

cuando oscurece, cuando se va la luz del sol, entonces pienso que berlín sí me gusta, porque parece el decorado de una película. las luces, el neón, las ventanas iluminadas, los distintos rojos, amarillos y anaranjados de los boliches y cafés del hackescher markt; los patios interiores de las casas de cuatro pisos, que se han convertido en galerías, tiendas de todo tipo, el agua de la lluvia en el empedrado, los faroles de los puentes sobre el río spree, todo eso le da una fisionomía completamente distinta a la diurna. le da el aura que en mi fantasía tiene esta ciudad.

de noche, bebemos vino frío en un café ruso, el gorki park, en recuerdo al parque infantil. allí hay una zona para fumadores lo que, supongo, lo hace más popular. el público es variado; en las paredes se acumulan retratos de la antigua república democrática alemana, y de los soviéticos que vivieron aquí; en blanco y negro (por suerte no son en sepia!), y un menú bilingüe, alemán-ruso. se está bien aquí; un camarero ruso nos atiende y trae las bebidas. en una mesa, dos hombres juegan al ajedrez; en la otra, una pareja gay habla en inglés y coquetea; en otra, dos adolescentes comparten un par de auriculares, se conectan a una laptop, fuman (parece que no tragaran el humo) y escuchan música; en otra, una mujer grande escucha pacientemente a una bastante más joven. me imagino que lo hace con paciencia, como quizá alguna vez alguien la escuchó a ella. por la ventana se ve pasar al tranvía, en una dirección y en la otra. las luces tibias contrastan con los cristales que de a poco se empañan. los ceniceros se llenan de colillas. es hora de irse.

comemos comida libanesa en "babel", en la misma calle de los castaños, donde se apiñan los boliches y cafés más dispares: mexicano, portugués, francés. "babel" hace honor a su nombre; un ruidoso y diminuto cuadrado, con un menú variado, mucho picante, hojas de menta, y un público variopinto. luce un enorme afiche del che guevara, que quizá parezca un poco anacrónico.

cuando salimos, la lluvia está fuerte, realmente, pero no impide que demos una última caminata por el vecindario. calles tranquilas, edificios de varios pisos, ventilados (no se me ocurre otra palabra mejor).

luego hacemos planes para el día siguiente. todavía queda bastante por ver, de mi galería icónica, el muro y el museo judío; y, del lado occidental, el kürfürstendamm (la que fuera la avenida principal, una especie de 18 de julio... arteria principal), la sinagoga que fuera incendiada en la noche de los cristales, y destruida durante un bombardeo, y recuperada en 1966. y seguramente durante el camino aparezcan otros rincones, otras cosas que uno no imagina.

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