el 17 de abril de 1975, pol pot y el khmer rouge entraron a phnom penh para liberar el país y crear una sociedad perfecta, autosuficiente e igualitaria. para eso, asesinaron unos 3 millones de personas, cerraron escuelas que convirtieron en prisiones y centros de tortura -como la de tuol seng, que ahora es un museo de obligada visita, aunque terrible de visitar. el campo de exterminio de choeung ek queda a unos 15 km de la capital, y para llegar se atraviesan los suburbios y una zona rural que, si no fuera por algunos anuncios, los automóviles y el ruido, podría estar en el pasado. los caseríos y las casas añejas dan paso a campos y tierras, y la calle se llena de pozos y luego de polvo. el sol lastima la vista, y de pronto el tuk-tuk dobla a la izquierda, en un cartel que anuncia el campo de genocidio de camboya.
recibe uno una guía en audio y un mapa, y un cartel a la entrada pide silencio y calma y respeto por los muertos, por los restos, por los desconocidos que allí descansan. pero no es necesaria la solicitud, porque el lugar llama a recogimiento y tristeza. una mujer llora, y no hace nada para ocultarlo. es que escuchar el relato, detenerse en cada estación y tratar de imaginar lo inimaginable provoca un gran dolor. visto desde afuera, para quien no sabe, es un parque con árboles, algunos pedazos del terreno excavados y algunos espacios cubiertos por un techo a dos aguas con bambú y palmas. sin embargo, cada una de esas cosas encierra el espanto. hay todavía en los caminos serpenteantes prendas de los prisioneros; hay el árbol de la muerte, cubierto de brazaletes en conmemoración de los bebes que fueron asesinados allí, sus cabezas destrozadas contra el tronco, o lanzados al aire y atravesados por lanzas. hay el lugar donde enterraron - a veces todavía con vida- a mujeres y niñas; hay el árbol mágico, que recuerda la iluminación de buda, del que colgaba el parlante por el que se escuchaba la melodía de la muerte y el ruido persistente del generador eléctrico. hay un hermoso estanque semicubierto por lotos, algunos en flor, que también guarda cadáveres. aquí fueron exterminadas cerca de 9000 personas, inocentes, obligadas a confesar traiciones, crímenes espantosos, a denunciar a otros. la voz en la estación 2 le pide al visitante se ponga en su lugar y piense qué habría hecho en su situación. pide compasión por quienes confesaron o acusaron a otros. impresiona el silencio. las personas caminan solas o de a dos, y es menester sentarse bajo un árbol para aceptar lo que se escucha y se ve. hay un recogimiento como de templo o de monasterio, que se vuelve pétreo al entrar al monumento de varios pisos que guarda los cráneos de los muertos que fueron apareciendo, muchos de ellos sin nombre. la vista de la muerte masiva, amontonada, encajonada en estantes de cristal, sin embargo, en cierto modo representa una liberación para el visitante. al menos allí están. la gente deja flores, enciende inciensos, se siente compelida a dar algo de sí, un modo también de pedir perdón por algo que supera cualquier intento de comprender. de diferentes nacionalidades, occidentales y orientales, con rostros serios y tristes, los visitantes hacen el recorrido cada vez con mayor pesadumbre, con mayor peso en los hombros. es que no se comprende.
lo siguiente es visitar el centro de torturas y prisión del S-21, en la capital. nuevamente el camino polvoriento, algunas vacas, gallinas flacas, vendedores, gente. pol pot convirtió esta escuela en cárcel. lo que antes eran salones de clase se transformó en celdas de tortura, de detención, de muerte. es una superficie enorme, con tres edificios de cuatro pisos, en los que los pasillos que dan al parque están tapiados con alambre de púas para evitar que los presos intentaran suicidarse. adentro es terrible. hay fotos de todos los que pasaron por allí, que incluye cientos de niños y mujeres muy jóvenes; hay instrumentos de tortura rudimentarios y por lo tanto más cruentos; hay camas de hierro y más fotos; y en un último cuarto una especie de cristalero lleno hasta el tope de cráneos y huesos.
le pregunto al conductor del tuk-tuk qué edad tenía cuando el régimen de pol pot y el khmer rouge, y me dice que 12. en un inglés difícil de comprender, me cuenta su historia, que seguramente es la de la mayoría de los jóvenes que hoy tiene su edad (27 años). tenía 12 años cuando el khmer rouge entró al pueblo donde vivía. recuerda que todos los recibieron con aplausos y sonrisas, porque habían prometido un país libre y rico. pero a los dos días se dieron cuenta de que nada de eso era cierto. él y su familia fueron obligados, como todos, a abandonar el pueblo. pudieron llevar una olla con arroz, una botella con agua y algo de ropa. al padre lo mataron en la selva, unos días después. dice que después que vietnam venció al khmer rouge, su madre no ha cesado de buscar al padre, porque no sabe dónde está. "y no lo va a saber", agrega. me mira. "triste", dice. sigue contando. no pudo seguir en la escuela, puesto que las escuelas fueron cerradas. durante la salida del pueblo, dice que los soldados entraron al hospital y obligaron a los enfermos a salir, a abandonar las camas, diciendo que eran unos débiles inútiles. a otros simplemente los ametrallaron. recuerda los gritos. dice que la gente se moría durante la caminata. luego tuvieron que trabajar, pero no les daban de comer. dice que los que no murieron asesinados, lo hicieron por hambre, enfermedad o agotamiento. tres años después todo cambió. sin embargo, nadie sabía, en el mundo, lo que habia pasado. él llegó a la frontera con vietnam, pero no la pudo cruzar. no tenían permiso de aprender inglés, estaba prohibido. en algunos lugares, algunas personas, a escondidas, enseñaban inglés. él pagó para aprender, pero el dinero no era suficiente, de modo que sólo podía ver las clases por la ventana. así aprendió.
mi hermano dice que menciono la belleza, pero olvido este espanto. es imposible olvidarlo, obviarlo, ignorarlo. recuerdo cuando salieron las primeras noticias, después de que el khmer rouge fue derrotado, sobre los campos de la muerte. sin embargo, a la belleza nada de esto le importa.
la voz en la última estación dice que un genocidio como el de cambodia no se lo esperaba nadie; pero tampoco, agrega, se esperaba lo sucedido en alemania, ni en chile, ni en argentina, ni en tantos otros países, porque son cosas que no tienen explicación ni justificación, y así como sucedieron pueden volver a ocurrir, y uno debe saberlo. invita a apretar el número 111 y escuchar una música compuesta especialmente para las víctimas del régimen y de este campo en particular. es una música hermosa. entonces, hermano, quizá la belleza sea algo que está más allá de la comprensión, así como la maldad y el genocidio. y parece que coexisten, no sólo ahora, sino desde siempre. ojalá un día sea diferente.
recibe uno una guía en audio y un mapa, y un cartel a la entrada pide silencio y calma y respeto por los muertos, por los restos, por los desconocidos que allí descansan. pero no es necesaria la solicitud, porque el lugar llama a recogimiento y tristeza. una mujer llora, y no hace nada para ocultarlo. es que escuchar el relato, detenerse en cada estación y tratar de imaginar lo inimaginable provoca un gran dolor. visto desde afuera, para quien no sabe, es un parque con árboles, algunos pedazos del terreno excavados y algunos espacios cubiertos por un techo a dos aguas con bambú y palmas. sin embargo, cada una de esas cosas encierra el espanto. hay todavía en los caminos serpenteantes prendas de los prisioneros; hay el árbol de la muerte, cubierto de brazaletes en conmemoración de los bebes que fueron asesinados allí, sus cabezas destrozadas contra el tronco, o lanzados al aire y atravesados por lanzas. hay el lugar donde enterraron - a veces todavía con vida- a mujeres y niñas; hay el árbol mágico, que recuerda la iluminación de buda, del que colgaba el parlante por el que se escuchaba la melodía de la muerte y el ruido persistente del generador eléctrico. hay un hermoso estanque semicubierto por lotos, algunos en flor, que también guarda cadáveres. aquí fueron exterminadas cerca de 9000 personas, inocentes, obligadas a confesar traiciones, crímenes espantosos, a denunciar a otros. la voz en la estación 2 le pide al visitante se ponga en su lugar y piense qué habría hecho en su situación. pide compasión por quienes confesaron o acusaron a otros. impresiona el silencio. las personas caminan solas o de a dos, y es menester sentarse bajo un árbol para aceptar lo que se escucha y se ve. hay un recogimiento como de templo o de monasterio, que se vuelve pétreo al entrar al monumento de varios pisos que guarda los cráneos de los muertos que fueron apareciendo, muchos de ellos sin nombre. la vista de la muerte masiva, amontonada, encajonada en estantes de cristal, sin embargo, en cierto modo representa una liberación para el visitante. al menos allí están. la gente deja flores, enciende inciensos, se siente compelida a dar algo de sí, un modo también de pedir perdón por algo que supera cualquier intento de comprender. de diferentes nacionalidades, occidentales y orientales, con rostros serios y tristes, los visitantes hacen el recorrido cada vez con mayor pesadumbre, con mayor peso en los hombros. es que no se comprende.
lo siguiente es visitar el centro de torturas y prisión del S-21, en la capital. nuevamente el camino polvoriento, algunas vacas, gallinas flacas, vendedores, gente. pol pot convirtió esta escuela en cárcel. lo que antes eran salones de clase se transformó en celdas de tortura, de detención, de muerte. es una superficie enorme, con tres edificios de cuatro pisos, en los que los pasillos que dan al parque están tapiados con alambre de púas para evitar que los presos intentaran suicidarse. adentro es terrible. hay fotos de todos los que pasaron por allí, que incluye cientos de niños y mujeres muy jóvenes; hay instrumentos de tortura rudimentarios y por lo tanto más cruentos; hay camas de hierro y más fotos; y en un último cuarto una especie de cristalero lleno hasta el tope de cráneos y huesos.
le pregunto al conductor del tuk-tuk qué edad tenía cuando el régimen de pol pot y el khmer rouge, y me dice que 12. en un inglés difícil de comprender, me cuenta su historia, que seguramente es la de la mayoría de los jóvenes que hoy tiene su edad (27 años). tenía 12 años cuando el khmer rouge entró al pueblo donde vivía. recuerda que todos los recibieron con aplausos y sonrisas, porque habían prometido un país libre y rico. pero a los dos días se dieron cuenta de que nada de eso era cierto. él y su familia fueron obligados, como todos, a abandonar el pueblo. pudieron llevar una olla con arroz, una botella con agua y algo de ropa. al padre lo mataron en la selva, unos días después. dice que después que vietnam venció al khmer rouge, su madre no ha cesado de buscar al padre, porque no sabe dónde está. "y no lo va a saber", agrega. me mira. "triste", dice. sigue contando. no pudo seguir en la escuela, puesto que las escuelas fueron cerradas. durante la salida del pueblo, dice que los soldados entraron al hospital y obligaron a los enfermos a salir, a abandonar las camas, diciendo que eran unos débiles inútiles. a otros simplemente los ametrallaron. recuerda los gritos. dice que la gente se moría durante la caminata. luego tuvieron que trabajar, pero no les daban de comer. dice que los que no murieron asesinados, lo hicieron por hambre, enfermedad o agotamiento. tres años después todo cambió. sin embargo, nadie sabía, en el mundo, lo que habia pasado. él llegó a la frontera con vietnam, pero no la pudo cruzar. no tenían permiso de aprender inglés, estaba prohibido. en algunos lugares, algunas personas, a escondidas, enseñaban inglés. él pagó para aprender, pero el dinero no era suficiente, de modo que sólo podía ver las clases por la ventana. así aprendió.
mi hermano dice que menciono la belleza, pero olvido este espanto. es imposible olvidarlo, obviarlo, ignorarlo. recuerdo cuando salieron las primeras noticias, después de que el khmer rouge fue derrotado, sobre los campos de la muerte. sin embargo, a la belleza nada de esto le importa.
la voz en la última estación dice que un genocidio como el de cambodia no se lo esperaba nadie; pero tampoco, agrega, se esperaba lo sucedido en alemania, ni en chile, ni en argentina, ni en tantos otros países, porque son cosas que no tienen explicación ni justificación, y así como sucedieron pueden volver a ocurrir, y uno debe saberlo. invita a apretar el número 111 y escuchar una música compuesta especialmente para las víctimas del régimen y de este campo en particular. es una música hermosa. entonces, hermano, quizá la belleza sea algo que está más allá de la comprensión, así como la maldad y el genocidio. y parece que coexisten, no sólo ahora, sino desde siempre. ojalá un día sea diferente.
Gracias por traernos un poco de esta expedicion al terror mas oscuro y por prender una luz al final. Que bueno !
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