miércoles, 11 de febrero de 2015

Beirut-Beyrouth-Bayrut, 1

Tres horas y  media de Kalamata a Atenas, porque  hay tormenta de nieve en Trípoli y es probable que sea difícil cruzar las montañas. Una madrugada helada, y efectivamente la tormenta es seria. Las montañas están nevadas, el viento es blanco y gélido,  más vale no saber la temperatura exterior. En una frenada, justo al alcance de la mano, un zorro. Una hora más tarde, en un parador con nombre en español, un café hirviendo. En esa madrugada desierta y helada, en ese parador vacío, entran cuatro jóvenes, dos varones y dos mujeres, que parecen rusos o gitanos. Una de las mujeres lleva un brazo vendado. Se sientan, hacen tiempo, dan vueltas, esperan no se sabe qué. Afuera, un enorme camión con el motor encendido.
El viaje sigue. Responder quiénes eran y qué hacían allí daría pie a un cuento o a una novela.

Después, en el aeropuerto, se espera hasta saber si el avión despegará, pese a la nieve. Si fuera hielo, seguramente, no; pero la nieve no parece preocuparle a nadie más que a mí. Falsa alarma, pese a que el avión de Middle East Airlines se mueve con enorme pasión entre las nubes. Ningún pasajero se inmuta. Ha de ser algo frecuente.

Una hora y media después de cruzar el Mediterráneo, comienza a aterrizar; un ala del lado del mar; la otra, casi rozando un conjunto de edificios bajos y casuchas, en el sur de Beirut, a donde aconsejan no ir por razones de seguridad: allí, me dicen, viven muchos palestinos.

Después, un taxi se mete por la ciudad que, con un solazo que sorprende, se parece mucho a la entrada a Caracas. Una autopista repleta de tránsito pesado; edificios altos, rascacielos modernos, carteles de todo tipo, fruto de la globalización. El taxista conduce un Mercedes de no sé qué año, tal como se ven en las películas que Hollywood adora producir sobre Medio Oriente; hay palmeras, y otros árboles -una araucaria a lo lejos. Cúpulas de mezquitas; iglesias (cristianos maronitas). No hay que perder de vista que aquí conviven cristianos, musulmanes y drusos. El taxi se desvía, deja la autopista, las calles se angostan, y se detiene ante una escalera. Allí es la entrada al vecindario  "Ain El Mreisse", y las escaleras se angostan también, y el vecindario es como el corazón de la manzana, y después de dar una vuelta aquí y otra allá, y meterse uno en una especie de laberinto que parece una cruza de la Ciudad Vieja (por Piedras) y Barrio Sur (por Carlos Gardel), se llega al número 27. Y allí es. Una construcción bastante vieja y en mal estado, rodeada de otras similares que, según me dicen, es lo que quedó en pie después de la guerra civil (1975-1990); el resto de la ciudad fue prácticamente destruido y construido de vuelta. Quedan algunos edificios, mezquitas y demás, pero nada que se parezca a este vecindario. Del balcón se ve una casa en la que me explican que vive una familia kurda, refugiada de la guerra; a la vuelta, otra familia que viene de no sé dónde; se escuchan vecinos hablar a  los gritos en árabe, a un niño llorar y a dos gatos pelearse y correr por los tejados que hacen alboroto con ruido a chapa. Después, a eso de las cinco de la tarde, comienza a resonar la oración que sale de una de las mezquitas que queda a la vuelta, porque este barrio es mayormente musulmán, y se nota al salir a recorrerlo un poco y comprar algo para comer. Sobre todo, se ven hombres en la calle, que fuman y trabajan, y casi ninguna mujer. Y en caso de ver a alguna, llevan la cabeza cubierta por un pañuelo, la cara despejada. Da un poco de cortedad mostrarse descubierta, pero en la embajada libanesa, y acá también, me han asegurado que no es una falta de respeto. De todos modos, me ataja alguien: las mujeres no fuman en la calle.

La "rambla" -léase el Mediterráneo- queda cerca, a dos cuadras, y se lo ve desde casi todas partes. Un par de cuadras más arriba está la avenida Clemencau; por allí se llega a una de las universidades (si se camina hacia la izquierda) o  hacia Bab Idriss y los Souqs de Beyrouth, si se toma hacia la derecha. Y antes de eso, se puede tomar un café en uno de los tantos que hay por todas partes. En algunos, incluso, se puede fumar narguila, pero eso quedará para otro día, así como conocer la corniche y ver los Pigeons Rocks.

La avenida Clemencau no es muy ancha, pero sí ruidosa. El tráfico es constante, y es difícil cruzar la calle. No sé cómo se las ingenian los automovilistas; las motos -no hay tantas- se meten entre los automóviles y hacen eses, como hacen en todas partes. El ruido es constante, pasa una camioneta de la policía; en una esquina hay un rodaje, y aquí y allá se ven garitas y soldados con uniforme de camuflaje; se ve mucha gente por la calle. La vida comienza temprano. A las siete y media de la mañana ya hay gente trajinando; al mediodía es un hervidero. La gente es amable; la mayoría habla inglés, y  hay muchos que hablan francés. Los carteles de las calles están en francés y en árabe, y, salvo excepciones, no es difícil comunicarse con la gente, hacer las compras, preguntar una dirección, incluso perderse.

Las mujeres son elegantísimas; visten bien, y son de una belleza calma; muchas llevan la cabeza con el pañuelo, lo que les da un aspecto interesante (es imposible no recordar Homeland). No se estila comer en la calle, y no he visto -en estos dos días de caminar por distintos barrios- puestos de comida callejera; pero sí muchos, muchísimos sitios donde comer, tanto comida libanesa, como sushi o francesa. Los cafés, al mediodía, están atestados de personas.

Alguien me ha recomendado una exposición fotográfica, que se despliega en diferentes partes de la ciudad, y que hoy termina. Por la proximidad, hay dos sitios a los que ir: el Hotel Le Grey, que queda cerca de los Beyrouth-Souqs, y en Saifi, que figura en el mapa, pero que  no sé qué es. Para llegar hasta allí, se debe tomar Clemencau a la derecha y caminar, sin desviarse, pese a que no hay una sola línea recta, y que la avenida se angosta y se ensancha, y uno debe confiar en que sigue en su ruta. Se llega a Bab Idriss, un barrio en el que está la torre otomana con el reloj y también los baños romanos. Bab Idriss conserva algunos edificios "viejos", que fueron reconstruidos, y es un barrio amplio, desde donde se ve el Mediterráneo. Después, Clemencau da paso a la avenida Bab Idriss, y después no se sabe cómo se llega a los Souqs. Antes de que fueran destruidos durante la guerra, aquí había un gran mercado, y otras tiendas y boutiques, y representaban la vida comercial de la ciudad, Souq al-Tawileh, Souq al-Jamil y Souq al-Franj, donde estaba el mercado de verduras y frutas. Fueron reconstruidos y son un enorme centro comercial abierto, con los tres "corredores" o Souqs conectados entre sí con grandes espacios abiertos entre ellos, que mantiene los nombres originales, donde se encuentran las marcas más famosas del mundo; joyerías bellísimas, y cafés y librerías, nada que envidiarle a Milán o a Rodeo Drive, incluso más cuidado y más original. Por todas partes, servicio de seguridad, que habla distintos idiomas y es muy amable. Más allá de los souqs, la avenida se ensancha más y se llega al Hotel Le Grey, imponente, en cuyo sexto piso hay una parte de la exposición fotográfica, "Festival Photomed 2015". Aquí se exhibe "Beyrouth in movement"; se trata de un conjunto de fotografías de los años 50, en blanco y negro, que retratan aspectos de la ciudad, la vida cotidiana, sus habitantes. El catálogo es interesante, con reproducciones que parecen originales, y es gratis. Se agradece.

Saifi resulta ser un barrio reconstruido, destinado a artistas, galerías, joyerías y anticuarios, muy cuidado y agradable, con una plazoleta central, varios cafés y edificios de pocos pisos, donde también vive gente. Queda a un par de cuadras de allí, para lo que hay que cruzar una avenida infernal- la exposición continúa en la Galería 169 de la Rue Mkhalassiye, "Voyage en Orient", así se llama. Es un conjunto de retratos que datan de 1864-1865, cuando el fotógrafo Ludovico Wolfgang Hartle, el periodista Charles Lallemand y el editor Varroquier publicaron una serie de fotografías sobre Siria (a la sazón Siria-Líbano). No pensar de inmediato en Said y su Orientalismo es imposible, del mismo modo que fue imposible no recordar El libro de los pasajes, de Walter Benjamin, al recorrer los souqs. Alguien debería comparar aquella burguesía parisina de las primeras galerías, con quienes recorrían los souqs aquí.

Luego, la caminata se prolonga bajo una súbita tormenta, que deviene diluvio, hace enloquecer al tráfico y provoca que en cada esquina los taxis se detengan, a los bocinazos, para ofrecerse a llevarlo a uno a destino. Hay taxis individuales y otros colectivos. Es mejor tomar uno individual, me aconsejan, pero empapada hasta los huesos, no tiene sentido. El paraguas recién comprado no resiste el viento, como en Montevideo, y aunque lo resistiera, la lluvia helada es tan persistente, y las calles de pronto son todas en bajada, que es imposible resistirse a la realidad: se llega a Rue 54 de Ain El Mreisse pasado por agua, como se dice popularmente. Pero con algo de la ciudad visto, olido, palpado.

Es de esperar que mañana no llueva... o que se consigan trajes de buzo y escafandras en alguna parte.

 

sábado, 7 de febrero de 2015

kalamata, 3

entre las seis y las siete de la mañana, todavía es noche, pero se está haciendo el día: la luna casi llena está alta, y, a la vez, al alcance de la mano; y en el horizonte, el perfil azulado de las montañas se confunde con el del mar. hay el silencio total que rara vez se escucha, salvo los que habitan la hora del lobo, a la que tanto le temía el poeta. la línea que separa el temor de la fascinación es tan incierta como la que separa la noche del día.

de pronto, con la primera clareada, todo ocurre a la vez: los gallos cantan, y las iglesias, todas, se lanzan a batir las campanas, como si conversaran entre sí, porque las hay más graves y más agudas, más persistentes y  más frágiles, pero todas, a su  modo, anuncian el nuevo día. después, ladra un perro, corretea un gato negro por un tejado, antes de que la luz del sol lo fulmine; las gallinas en el corral se agitan y se escuchan los voceos del mercado; dos palomas hacen juegos cerca de la bandera del castillo, y luego, sale el sol, y el mar, a lo lejos es un espejo que pronto herirá la vista y hará brillar las cúpulas.

después, y de pronto, el cielo se cubre de nubarrones, se levanta un viento fuerte y áspero, que viene del Este y comienza a llover a cántaros. alguien dice luego que arriba, en la montaña, cayó nieve e incluso hubo granizo. llueve durante horas, el agua helada entra por todas partes y no alcanzan las toallas para detenerla: hay que rendirse a la evidencia. cuando llueve, el agua hace lo que quiere. y después escampa y se sale a caminar, lejos, lejos, para ver otra vez el mar, pero el abierto, no el de la marina. y allí está, azul, turquesa, refulgente, y algunos barquitos de pescadores que han regresado porque el viento es demasiado fuerte como para pescar. algunas personas beben café en los cafetines, y un niño sorbe un helado que le ha ensuciado el rostro. entonces me doy cuenta de que aquí no hay mac donalds, ni burguer king, ni nada que se le parezca. eso vuelve al lugar aun más simpático. niños, se puede vivir sin esa porquería.

se regresa por calles otras, se pierde uno y se llega sin saber cómo a los barrios más humildes, de casas más chicas, con ventanitas cubiertas de plantas un poco resecas, y gatos desprolijos, un monasterio abandonado donde crecen una magnolia y algo que se parece a una orquídea gigantesca, si es que eso fuera posible, y en todas partes un olor nauseabundo, desconocido, irreconocible, que no se sabe de dónde viene y por qué. tan es así, que pregunta uno a qué se debe: son las fábricas procesadoras de aceite de oliva - una al pie de la montaña, tres más cerca de la costa- que están exprimiendo las olivas y lanzan un humo grisáceo y denso, que se convierte en una especie de nube que flota sobre los tejados y es lo que provoca ese olor tan desagradable. como la rosa y la espina, jamás hubiera pensado -por ignorancia, seguramente- que algo tan oloroso y exquisito como el aceite de olvida tiene ese olor inmundo antes de convertirse en tal. de modo que la belleza y la fealdad son las dos caras de la misma moneda, y la una sin la otra parecen no ser posibles.

de noche, la ensalada sabe más sabrosa con aceite virgen de Kalamata, que es más verde que el que conocemos, casi casi, como si fuera exprimido de piedras de jade y no de las aceitunas enormes que hasta no hace tanto colgaban de los olivos en los campos cercanos.
 

jueves, 5 de febrero de 2015

kalamata 2, buscando el mar

el mar queda hacia el Sur; dicen, unos dos kilómetros, no más, en línea recta.
vaya definición de línea recta en el país del laberinto del Minotauro. es cierto, las primeras cuadras son, efectivamente, en línea recta, y uno confía: allá hacia donde apunta la nariz, seguramente esté el mar.

la ciudad despierta de a poco. las calles angostas y los callejones conocidos de la colina, donde están las ruinas del castillo más viejos de todos, se abren y ensanchan en plazoletas y plazas y explanadas con iglesias ortodoxas que ya brillan a la luz clara del fin del invierno. las cúpulas que coronan los torreones iluminados por los ventanucos circulares, que desde el interior dan un efecto diáfano a esa fe, resaltan en el cielo azul y otean por sobre los tejados del pueblo. pronto el terreno se hace llano, y la avenida es un sinnúmero de cafés y cafetines con toldos multicolores, aún vacíos. de un lado; del otro, las tiendas de todo tipo, instituciones, colegios, un hospital, farmacias, ferreterías, zapaterías elegantes y boutiques que parecen salidas de Milán o París; pero basta con alejarse una o dos cuadras de la principal, para que las tiendas se vuelvan mercerías, almacenes, estrechos y  olorosos lugares donde se muele el café a la vista, o se venden sahumerios o ropa de invierno a 3 euros la pieza o hierbas curativas y tés del campo, higos secos, ajos enormes y perfumados, o los bonitos pañuelos de seda y los manteles bordados con los colores de las aceitunas, que representan a Kalamata.

la senda para la bicicleta ocupa buena parte de la acera y es respetada a rajatabla. hay un tránsito regular, controlado, amable. no suenan bocinas ni hay frenadas; no hay ruido, una sensación rara para quien viene de algo tan desagradable como Montevideo.

pronto parece que el Sur ha desaparecido, la avenida se angosta, se enrosca sobre sí misma, se mete por parques y baldíos, y en todas partes olivos y naranjos llenos de fruta, de modo que en el aire hay olor a azahar, a naranja un poco pasada, el olor dulzón que también recuerda al trópico. en la espalda, la montaña. la nariz-brújula se confunde, empieza a hacer calor, se sigue, terco, y aquí y allá se pregunta: el mar? el mar? nadie parece sorprenderse con la pregunta y todos responden lo mismo: allá, derecho, derecho, derecho. siga derecho.
pues derecho habrá que seguir, como se pueda. en el mapa todo parece tener sentido, pero uno se pregunta si los planos realmente representan la realidad o simulan otra, para que el perdido sienta un poco de confianza y continúe. quizá fue  Borges quien dijo que el mapa perfecto superaba al territorio.

por fin, casitas bajas, pobres, con vidrios rotos en las ventanas, y jardincitos florecidos y boyas que cuelgan de vallas pintadas a la cal; redes; viejos sentados en la vereda arreglando anzuelos, de boina y sacón oscuro, y un lejano, lejanísimo viento y rumor a oleaje. unas cuadras más, no puede estar tan lejos, si ya casi no quedan calles. apenas unas tabernas vacías, desmanteladas, capaz que restos de un verano que ya pasó. restos de la otra Grecia.

y por fin, el mar. el puerto. y detrás de las escolleras, el mar como furioso, con olas que rompen unas especies de diques de varios metros de altura y embarcaciones de más de 10 metros de largo. no son los yates coquetos de punta del este; no es la marina de san diego; es un puerto de pescadores a mar abierto, y en todas partes la bandera azul y blanca de Grecia, que alguna vez supo ser, también, dueña de los mares. los nombres de las calles son emblemáticos. Herodoto, Aristóteles, Nikodemos, y otros, que suenan a horizontes lejanos y tierras ignotas. y un faro, y los mástiles que son como brazos correosos.

dos horas más tarde, ya la ciudad está viva. los cafés en la avenida rebosan de gente; no hay turistas de ningún tipo, son locales, gente joven y gente vieja, mayormente vestida de color oscuro; uno piensa que acá viven las mujeres más bonitas del planeta, y los hombres más elegantes y bien educados. cosa curiosa: no hay obesos, ni gordos;  la gente es amable, saluda, ayuda si uno hace una pregunta. la gente sonríe, lee el periódico en el café, hace vida de ciudad. los buses no hacen ruido, se respetan las cebras y hay muchísima gente mayor haciendo compras.

un poco más allá, nuevamente en el laberinto que anuncia el fin de la city y el principio del casco viejo, una tienda vende quesos, yogures, aceite y panes artesanales. es imposible no entrar. la tendera es gentil, bien dispuesta, habla un poco de inglés, me recomienda un tipo de yogurt de cabra, "más dulzón que el de vaca" (tiene razón). le pregunto cómo se siente en relación con las elecciones. dice que antes, con el gobierno viejo, para Grecia las cosas fueron muy duras. ahora, dice, también lo serán, pero tenemos que pelear y eso es lo bueno. le pregunto si cree que algo cambiará. dice que sí, sobre todo eso, que aunque la cosa sea dura, será dura en la pelea, no como antes. sonríe. hace tres años, la primera vez que estuve aquí, lo noto ahora, no había esta esperanza en la gente. quizá de eso se trate, de que syrisa le ha devuelto la esperanza a la gente. le pago. por ahí cerca está el obelisco del 23 de marzo de 1821, día de la independencia. un poco más allá, la iglesia donde ser armó la revolución. está abierta. hay algunos viejos sentados; es diminuta, una pareja joven enciende una vela; hago lo mismo. está fresco y silencioso; afuera unos niños corretean, y una escuela está a punto de entrar al museo antropológico. maestras que corretean y piden calma y niños excitados, eso ha de ser universal. aquí, en Montevideo o en Beijing. más allá, una callecita enteramente adornada, de fachada a fachada, con banderines de colores y macetas con geranios en los portales. en algunos balcones, ropa secándose. en un jardincito pobre, un gato dormita al sol, rodeado de gallinas.

en una esquina, una mujer sin edad, sin dientes, y con los pies cansados de caminar, quiere leerme el destino. carga una bolsa de naranjas y tiene los ojos celestes y vivos. capaz que tiene cien años. me hace pensar en Mnemósine. vaya uno a saber cuántos destinos de otros lleva dentro de sí y en silencio,  y otros, como yo, no le prestaron atención y se quedaron sin saber.

 

miércoles, 4 de febrero de 2015

Kalamata, 1


desde Montevideo, son un sinfín de horas, en bus, en avión, en bus, en bus, en bus. se sale a las 12 del mediodía de un lunes y se llega un martes a las 10 de la noche (cuatro horas de diferencia, eso hacen las 18 horas locales). en Madrid hace frío. en Atenas hace frío. Montevideo era un horno.

la terminal en Atenas no se compara con la de Tres Cruces; si Tres Cruces es caótica y desordenada, la de Atenas, que queda en la otra punta de la ciudad, a una hora en bus, el X93, es ruidosa, una babel de idiomas y cosas que se venden - y se regalan, vaya uno a saber por qué- y personas que preguntan si ese bus va a dónde, y uno confía en haber entendido al boletero cuando dijo "andén 30 o quizás 31" y espera, y como la gente pregunta si desde allí sale el que va a Kalamata, uno termina confiando en ese maravilloso invento que es la masa crítica y espera. puntualmente a las seis, un hombre que fumaba dentro del bus -acá todos fuman en todas partes, gracias a todos los santos, el doctor futuro presidente no los convenció todavía- sale, abre el depósito y otro hombre mete como puede los bultos y las maletas y cajas envueltas y encomiendas. de pronto se hizo la noche, y es una pena, porque la primera parte del trayecto transcurre por una especie de península angosta que se adentra en algún mar. llueve, hace frío, el chofer escucha sirtaki suavemente y uno se dice que ha llegado a Grecia, por fin, recuerda a Leonardo Senkman diciendo que Grecia -esta parte al menos- es la puerta de entrada a Medio Oriente, y agradece la sabiduría ajena.

Casi cuatro horas después, en la terminal nos bajamos unas cinco personas. consigo un taxi. nadie habla inglés. señalo en el plano adónde quiero ir -me han dicho que es a dos minutos a pie de la terminal, pero con lluvia y tanta oscuridad, un taxi parece algo más práctico. el conductor se pierde. le digo cerca de una iglesia (lo poco que sé decir en griego) y él me muestra varias iglesias -parece un tour por el vaticano, vamos-, pero ninguna es. se pierde y yo no sé qué más explicarle. ni mi escaso griego ni su imposible inglés son de ayuda. dice: volvemos a la terminal. allí, quiero pagarle el viaje, no ha dejado de ser un tour extraño, pero se niega. busca a otro taxista, uno un poco mayor. vuelta al plano, al mapa, a la iglesia. ah, dice, clarísimo. estamos muy cerca. hubiéramos empezado por ahí, me digo, pero imposible traducir eso. al fin, me deja al principio de la calle Gortinias (que se pronuncia iortinias), porque es demasiado angosta y el auto no sigue. llueve a cántaros. se compadece y me pregunta si sé a qué casa voy. por supuesto, le digo, a la 21 (es todo lo que sé). buena suerte, dice, y me deja ante algo empinadísimo, angosto y de piedra filosa. maravilloso para una maleta. no hay un alma en la calle, ni un gato ni un perro ni un cristiano. nada. por ahí se ve la cúpula de la mentada iglesia. encuentro la llave. llegué. salgo a la terraza sin que importe que llueva y haga mucho frío. es cierto, desde aquí se ve la bendita terminal. a dos cuadras, exactamente. mañana ya no me perderé. todo son techos de tejas rojas, como en Lucca, como en otras ciudades que fueron amuralladas y crecieron en la edad media. callejones angostos para defenderse, casas cuyos patios y jardincitos se conectan entre sí, como las callecitas de Curacao que se defendían de los piratas. ya alguien habrá escrito -creo que Eco, para variar- sobre las ciudades en la Edad Media y cómo eso (sobre eso escribió Calvetti y el inicio del miedo ante el Otro) definió al burgués (futuro habitante de un burgo) -pero siempre maravilla ver la Historia recreada una y otra vez, salida de un libro y vuelta tangible y real.
mañana será otro día.

amanece frío, sin lluvia, con algo de sol que enrojece los tejados ya rojos y se escuchan los primeros ruidos de la ciudad que se levanta. los limoneros y los naranjos están repletos, y no dejo de pensar en "all you need is love", la película de susanne breier, que es un homenaje a estos frutales. invita a salir. invita al mercado que queda cerca y hacer las compras. allá vamos. las callejuelas se llenan de a poco de mujeres y hombres viejos que van a la feria; de jóvenes en motoneta que van a contramano en calles sin aceras y se ríen cuando de un salto me meto en un zaguán; en el mercado hay de todo, también sacerdotes ortodoxos, con esos sombreretes cuadrados y las barbas blancas que los hacen parecer tan sabios; mujeres que venden cebollines florecidos de algo parecido a las azaleas que huelen bien; con verduras cuyo nombre y uso desconozco, y otras que sí, y volvemos a la prácitca del índice para señalar lo que se quiere y los dedos para decir la cantidad, y los feriantes, como en todas partes del mundo, son cosmopolitas y simpáticos y vocean y en griego en chino o en camboyano o en alemán o el chileno, el voceo se entiende y dan ganas de cocinar todo. ante los pescados uno duda: cómo se prepara algo de eso? mejor para después. lo mismo en las tiendas que venden carne de cerdo y vaca que cuelga de los pinchos, y en otras partes venden chorizos y embutidos por el estilo en unos jarrones de cerámica enormes, y claro, las famosas aceitunas negras de Kalamata, y las frutas y los frutos secos. y hay gitanas, también, y algunas mujeres musulmanas con la cabeza cubierta, y el diarero y un panadero y la rosca de sésamo y girasol que es típica e irresistible, y tan luego el retsina, un vino local que después de que se lo prueba una vez, siente la nostalgia para siempre. se pierde uno un poco en las callecitas intrincadas, pero bien dicen que todos los caminos van a Roma, así que Roma en alguna parte ha de estar y allí está. claro. un perro ladra, las campanas en el campanario suenan y no son una grabación, y alguien practica escalas en un cello (me recuerda a Jordi y a Renata en Lucca) en un balcón.

más tarde, perderse realmente. entonces se llega a una placita dentro del corazón del laberinto, una placita en la que hay tenderetes, con pañuelos de seda y koboloi a la venta, y abrigos gruesos y estampitas y sahumerios y jarras para hacer café a la turca, y otro sinfín de cosas cuya utilidad es incierta, y muchos gatos (eso es una buena señal) y mujeres de negro que saludan "kalimera, kalimera" y después dicen "iasas"; una fuente y un tenderete que es apenas un mostrador con un hombre de ojos muy celestes y barba como de Rasputín y hago el gesto de un pinchito y otro dice: suslaki, y quiere saber si de cerdo o de pollo, y me alzo de hombros, la madre es la cocinera y el vendedor la rezonga porque demora, la mujer me mira y nos sonreímos: los hijos siempre son impacientes; y hay varios griegos allí, de entre cuarenta y sesenta años. me preguntan de dónde soy y digo de uruguay y dicen: qué lejos, y es cierto, qué lejos. pero por fin alguien sabe dónde queda (y por segunda vez nadie dice: pepe! y lo agradezco), y entonces pregunto por las elecciones, por syrisa, por lo que esperan. el cuarentón me explica: los jóvenes lo votaron, pero nosotros, los viejos, los que perdimos el trabajo, tenemos esperanza. los últimos cinco años fueron terribles, el salario se fue a la mitad y los precios al doble. mi mujer se quedó sin trabajo. confiamos en syrisa. digo: esperan que algo cambie? dice: si cumple con la mitad de lo que prometió, ya será otra cosa. hace cuatro años, esto fue terrible. sí, le digo, yo estaba aquí. lo recuerdo. él insiste: necesitamos un cambio. creo que puede hacerlo. y además, los jóvenes creen en él. ganó gracias a los jóvenes. le brillan los ojos. es interesante que alguien crea en los jóvenes. después grazna un cuervo y sé que es buena señal.
y agrega: grecia estaba como argentina. terrible comparación, me digo, porque realmente suena a que ambos países estaban al borde. después dice: ve esa iglesia que está ahí? y justo frente a nosotros hay una construcción bizantina, semi curva, de ladrillos amarronados, con la bandera de Mesina y la de Grecia. dice: acá, en Kalamata, en este mismo lugar, en esa iglesia, nació la revolución, cuando la independencia de los turcos. fuimos nosotros, los de Kalamata que gritamos: independientes o muertos! y salimos de aquí, de esta iglesia, en 1821. está orgulloso, y es contagioso el orgullo. dice que la iglesia fue parcialmente destruida en el terremoto de hace años, pero que luego la reconstruyeron y que es el símbolo de la rebeldía de Kalamata. en uno de los muros, una pareja de edad mediana, que habla en francés, también come un suslaki con papas fritas y pan embebido en aceite, lo mismo que acabo de comer yo por 1,30 euros. sabrán que comen dándole la espalda a, por ejemplo, una barricada de la revolución francesa? no creo, o capaz que no les importa. a quién le importa la revolución a esta altura? pues a estos griegos parece que sí, y de algún modo se me ocurre que fue una asociación con mis preguntas por syrisa, pero esto puede deberse a un natural optimismo histórico. en todo caso, mañana preguntaré más, y qué opinan de la dura Merkel, la que le devolvió a Alemania su reinado,  y de salirse de la zona euro. por ahora, todo está en euros, aunque todo todo todo está escrito en griego, y hay que aprenderse el alfabeto para comprender un poco, si se recuerda a Homero y al cantar de la Iliada. tantas palabras le debemos al griego!

después regreso, tomo un canasto y recojo naranjas y limones. mañana caminaré 3 km al sur, hasta llegar al mar, al puerto.

 

lunes, 22 de diciembre de 2014

sobre el ministro de defensa

las declaraciones del ministro de defensa- actual, en el gobierno de josé mujica, y el entrante, de tabaré vázquez- han encendido el debate y la indignación.
la pregunta es: ¿por qué ahora y no antes? ¿qué parece encender a una parte de la opinión pública en contra de los dichos? ¿ y por qué ahora?

parece que vivimos en un país donde importan más las palabras que las acciones. como si las palabras del ministro de defensa fueran muy diferentes de sus acciones.

vuelve la pregunta: ¿por qué el ministro de defensa actúa así?

hay que sumergirse en la larga historia de la historia reciente, que no está dilucidada en este país, y que ha sido trastocada, una y otra vez, por los distintos protagonistas.

arrogarle al ministro de defensa toda la "culpabilidad" de los dichos, que son consecuencia de los hechos largo tiempo acontecidos, es tener una visión corta. habría que ir mucho más atrás en el tiempo y preguntarse sobre otros asuntos. que nadie parece haberse preguntado, sinceramente, siempre fue mucho más sencillo encontrar culpables aquí y allá y hacer de cuenta de que hubo cosas, en este país, que no acontecieron.

lo que hace el ministro de defensa es coherente con el discurso instalado. no se trata de suponer que hay viejos pactos de silencio entre unos y otros. parece que se trata de cosmogonías mucho más profundas, instaladas, cuestiones a las que la política nacional no está acostumbrada a analizar, ni a ver ni a cuestionar.

las palabras del ministro, en relación con la verdad, encierran mucha rabia. una rabia que da le impresión que deviene de la incomprensión de todos nosotros, la sociedad civil, esa que no supo entender en su momento, y parece no comprender ahora. entonces, antes que nada, habría que pedirle al ministro de defensa que explicara desde dónde habla y por qué dice lo que dice, y dejar de lado, por un instante, las ofensas mayúsculas que le hizo a quienes defienden, en el lado débil que les ha sido asignado, los derechos humanos.
¿qué piensa el ministro de defensa cuando dice lo que dice? ¿y por qué lo dice?

el ministro de defensa es un ser humano como todos. con su historia, con sus circunstancias, con su circunpencción, como todos. la diferencia es que no es una persona cualquiera, es titular de un gobierno, tiene voz pública.
por algo dice lo que dice y cómo lo dice. habría que preguntarle si no le duele el silencio. habría que preguntarle qué lo lleva a querer perdonar a quienes niegan  justicia y verdad (el silencio también incluye el de los civiles que callan).

este ministro de defensa  llena de compasión. porque debe vivir en una democracia en la que él en su momento no creyó, pero que es la que le permite vivir. y es la que acoge a todos, sobre todo a los que se pregunta y exigen saber qué pasó con los que no están. pero hay que pensar, también, que no es justo que pagan todos por algunos, y eso es lo que carga este ministro de defensa sobre sus hombros en la medida en que calla lo que sabe o lo que no sabe.

lo "malo" de todo esto es que quienes llegan al poder, democráticamente electos, hacen de cuenta de que estos temas no existen, en aras de no se sabe qué. hace que se discuta lo indiscutible, y que se olvide quiénes son los verdaderos responsables del silencio y la injusticia.

en aras de lo que fue, podría pedírsele al ministro de defensa, que explicara sus dichos y lo que los motiva.


la previa a la noche buena/frivolidad?

cena con una tía especial de esas cuyo apellido está en nombres de calles, y que ha sabido tener muchas -demasiadas- hectáreas en su haber. vida como tantas, las clases no hacen la diferencia: casamientos, hijos, infidelidades, divorcios, etc. y al final de la vida esto: quién me escucha los recuerdos, las vivencias. humanidad, al fin.

en esa casa, en la que se cena con mantelería de hilo bordado, platos de porcelana y platería, y copas de cristal de todo tipo - a dios gracias, y tenemos a mónica escribiendo de eso hace años- hay una señora que cocina y atiende.

la señora que atiende -léase en viejos léxicos políticamente incorrectos: la empleada, por no llamarla de otro modo- hace regalos de navidad. recibe los suyos, y todos son a tono. ¿quién lee a quién? ¿desde cuándo sabe qué me caracteriza? ¿dónde leyó lo que leyó (se trata de una lectura simbólica, claro)?suena beethoven en el fondo, qué maravilla que nadie cuestiona, a quién se le ocurre pensar que beethoven (al fin y al cabo se quedó sordo por los golpes que le propinaba el padre en la cabeza, ¿eso se entenderá como violencia doméstica? todos los niños golpeados son beethoven en potencia?)

el asunto es que hay relámpagos, alarte naranja o amarilla o roja, da lo mismo, porque el servicio meteorológico no es confiable, pero el cielo oscuro y relampagueante, sí. entonces los "de este lado" deciden acercar al servicio hasta su casa, faltaba más, porque es noche oscura, tormentosa y el transporte, incierto. y allá vamos. ¿la dirección estará en el gps? quién sabe. nombres de calles que nadie conoce, nadie que no haya vivido la inclusión, que se haya "animado" a salir del cuadrilátero "seguro". ¿desde cuándo una patrona lleva a la empleada a su casa? se conversa. claro que sí. se conversa de humanidades. sería esto posible en un país de hace diez años? no. no sería posible. no de este modo.

y se habla de asuntos que rara vez son tratados. dice ella: mi madre me educó: el apellido. la honestidad. es lo que hay. jamás hay que traicionarlo. es lo que tengo.
ay, es lo que hay, piensa uno, y piensa en cuántos se olvidan de que lo único que se tiene es la palabra dada, el apellido y la honestidad.
se habla de quién roba y quién no, de por qué se roba y por qué no.
y mientras la noche transcurre y el gps no sirve de mucho (el gps, sospecho, es clasista!), uno abraza esa noche- esta noche- y se pregunta dónde cornos se perdió aquello que no se sabe qué es, pero cuando se percibe, se detiene en el detalle, está ahí, al alcance de la mano.

viva la navidad, podría decir uno, y pensar en el viejo marx y en el viejo freud y en tantos viejos dando vueltas por ahí, mientras la gente vive, sufre, comprende y sigue sin  bajar los brazos, no importa quién esté al frente del asunto. se trata de distinguir, parece, entre no traicionar lo que uno es (las raíces, cierta educación en valores) y todo lo otro. el oportunismo, la baratura, la indignidad, no importa de dónde venga.

feliz navidad, le decimos, antes de que entre en su casa y nos despidamos. después, es cuestión, sin gps, de encontar el camino de vuelta.

mea culpa.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Santa Bernardina, Durazno, diciembre 2014

Santa Bernardina, Durazno

El barrio - Santa Bernardina- tiene 1500 vecinos, según me informan, en el departamento de Durazno. Durazno,  la ciudad, está habitada por unas 50 mil almas. Es decir, el barrio es chico. Por decirlo de algún modo. Queda un poco alejado del Centro, muy cerca del aeropuerto de la Fuerza Aérea, que es un aeropuerto alternativo (dícese del aeropuerto que recibe naves cuando Carrasco no puede funcionar). Es decir, no es un aeropuerto menor. Allí también está la "villa militar", donde viven los oficiales de la Fuerza Aérea, y otros. Casitas lindas, de ladrillo, con jardincitos y techos a dos aguas, iluminadas cuando cae la noche, silenciosas.Pacíficas.

Heber Souza me recibe en el Centro de Integración Barrial de Santa Bernardina (*). Es un local de techo curvo, con paredes pintadas a la cal y una orgullosa cartelera donde destacan noticias de la policía comunitaria. Me presenta a la oficial, una mujer sonriente y afable que tiene un hijo chico-lo conozco después- que destaca por su energía que dan ganas de atarlo porque no para de moverse.

En ese Centro pasan cosas. Hay una biblioteca del barrio, con libros de todo tipo, mucha literatura nacional (para mi sorpresa), muchos libros infantiles (para mi sorpresa) y muchas enciclopedias (para mi sorpresa). También hay carteles con los nombres de los funcionarios a cargo, gente que trabaja allí, para el barrio, que es lindo, tranquilo, con casas bajas, jardincitos delanteros y mucho verde. Me dicen que abren las oficinas a las 6 de la mañana. Trato de imaginarme a nuestra Intendencia a esa hora. Es un ejercicio difícil.

A Heber Souza lo conocí en Chañaral, la primera vez que fui, y me conmovió la dedicación a su trabajo y su pasión por el departamento. Entonces no sorprende que todos lo saluden y que él hable con cada uno, con la simpatía habitual, esa cosa carismática y cariñosa que todavía se vive en el interior. Me digo que Montevideo debería mirar con más atención al interior, del que tenemos mucho que aprender.
Después alguna gente me comenta que en Montevideo no tratan bien a la gente del interior. Que incluso han visto un pegotín que dice "sos del interior, jodete". No lo vi, pero lo creo posible y me disculpo.

Acá la gente se saluda, dice "salud" si alguien estornuda, cede el paso y se ríe y escucha lo que dicen los demás. Montevideo es un atraso, me digo, y recuerdo un artículo que leí hace poco de cuánto daño le ha hecho la urbanización exagerada a esta ciudad, que separó a los vecinos...

Pues que aquí estamos. Heber me invitó a dar una charla para un público ecléctico, según me adelantó, sobre "Comunicación y escritura". No sabe en el lío que me metió, porque no es un tema menor. Así que desde octubre he estado pensando en el asunto, y cuánto más lo pensé, menos claro tenía el panorama. Después decidí que vería cómo era el público y vería, sobre la marcha, cómo decir lo que había pensado. Y el público realmente es las "fuerzas vivas" de una colectividad. Allí hay madres y abuelas y niños chicos, y funcionarios municipales, y policías y algún militar, y personas de todo tipo, pero en común: son vecinos del barrio, agradecidos por esta actividad. Entonces, después de las palabras del Intendente de Durazno, que para mi sorpresa se sienta entre el público y se queda, las de Heber y las de algún otro, me toca hablar. ¿Qué les puedo decir, si soy yo la que está aquí para aprender? Pero digo algo, claro, sobre lo que considero que es la responsabilidad del escritor en relación con el lector, al que rara vez conoce. Sobre la responsabilidad de las palabras y sobre la necesidad de las palabras. Sobre el vínculo con la comunicación, y Heber interviene y pregunta si creo que la escritura ayuda a la comunicación. Entonces se abre el ruedo, y algunas personas hablan, comentan, sobre la lectura, sobre la escritura, y los niños se silencian, y es un tiempo increíblemente enriquecedor y afectuoso. Agradezco la invitación de Heber, y la paciente atención del público que ha colmado la sala, mientras afuera se ha hecho de noche y es verano y algunos niños juegan en la calle como ya no se ve en Montevideo. Después, hay entrega de reconocimientos, porque este Centro de Integración Barrial dicta cursos para los vecinos que quieran asistir, con la intención, también, de ofrecerles una salida laboral. Y la gente aplaude, y yo fumo en silencio y se me hace que estoy en otra parte, donde la gente es gente y pese a las dificultades está feliz. Parece tan sencillo. Y mientras Alicia, la compañera de Heber, sirve saladitos y sándwiches y me pone un plato entre las manos para "que me alimente, porque no comés nada, nena", me digo que hay una continuidad con lo que hacemos en Chañaral.

Heber comenta sobre el grupo de murga de adultos mayores y otros proyectos que desarrollan; también, que en ese Centro, todos limpian, barren, pintas las paredes y trabajan como descosidos. Entonces pienso que para esto sirve ser escritor. Me quedo con estos encuentros, con estos intercambios, con los ojos brillantes de esas mujeres y hombres que se han acercado para escuchar hablar de este tema, que claramente no es un tema que cambie al mundo, pero que de algún modo les interesa. La noche sigue lenta. Heber me convida con un vino dulce. Es diciembre, se acercan las fiestas, hay arbolitos de Navidad en las casas, y esto es una celebración. Ojalá haya muchos Centros Integrales Barriales en este país; ojalá haya muchos Heber Souza y Alicias para sacar adelante este trabajo que le devuelve a la gente la sensación y el sentimiento de ser eso, gente, personas, seres humanos.

----
(*) Estos Centros surgen como iniciativas de las Intendencias en relación con la descentralización para fortalecer los vínculos con las comunidades.