entre las seis y las siete de la mañana, todavía es noche, pero se está haciendo el día: la luna casi llena está alta, y, a la vez, al alcance de la mano; y en el horizonte, el perfil azulado de las montañas se confunde con el del mar. hay el silencio total que rara vez se escucha, salvo los que habitan la hora del lobo, a la que tanto le temía el poeta. la línea que separa el temor de la fascinación es tan incierta como la que separa la noche del día.
de pronto, con la primera clareada, todo ocurre a la vez: los gallos cantan, y las iglesias, todas, se lanzan a batir las campanas, como si conversaran entre sí, porque las hay más graves y más agudas, más persistentes y más frágiles, pero todas, a su modo, anuncian el nuevo día. después, ladra un perro, corretea un gato negro por un tejado, antes de que la luz del sol lo fulmine; las gallinas en el corral se agitan y se escuchan los voceos del mercado; dos palomas hacen juegos cerca de la bandera del castillo, y luego, sale el sol, y el mar, a lo lejos es un espejo que pronto herirá la vista y hará brillar las cúpulas.
después, y de pronto, el cielo se cubre de nubarrones, se levanta un viento fuerte y áspero, que viene del Este y comienza a llover a cántaros. alguien dice luego que arriba, en la montaña, cayó nieve e incluso hubo granizo. llueve durante horas, el agua helada entra por todas partes y no alcanzan las toallas para detenerla: hay que rendirse a la evidencia. cuando llueve, el agua hace lo que quiere. y después escampa y se sale a caminar, lejos, lejos, para ver otra vez el mar, pero el abierto, no el de la marina. y allí está, azul, turquesa, refulgente, y algunos barquitos de pescadores que han regresado porque el viento es demasiado fuerte como para pescar. algunas personas beben café en los cafetines, y un niño sorbe un helado que le ha ensuciado el rostro. entonces me doy cuenta de que aquí no hay mac donalds, ni burguer king, ni nada que se le parezca. eso vuelve al lugar aun más simpático. niños, se puede vivir sin esa porquería.
se regresa por calles otras, se pierde uno y se llega sin saber cómo a los barrios más humildes, de casas más chicas, con ventanitas cubiertas de plantas un poco resecas, y gatos desprolijos, un monasterio abandonado donde crecen una magnolia y algo que se parece a una orquídea gigantesca, si es que eso fuera posible, y en todas partes un olor nauseabundo, desconocido, irreconocible, que no se sabe de dónde viene y por qué. tan es así, que pregunta uno a qué se debe: son las fábricas procesadoras de aceite de oliva - una al pie de la montaña, tres más cerca de la costa- que están exprimiendo las olivas y lanzan un humo grisáceo y denso, que se convierte en una especie de nube que flota sobre los tejados y es lo que provoca ese olor tan desagradable. como la rosa y la espina, jamás hubiera pensado -por ignorancia, seguramente- que algo tan oloroso y exquisito como el aceite de olvida tiene ese olor inmundo antes de convertirse en tal. de modo que la belleza y la fealdad son las dos caras de la misma moneda, y la una sin la otra parecen no ser posibles.
de noche, la ensalada sabe más sabrosa con aceite virgen de Kalamata, que es más verde que el que conocemos, casi casi, como si fuera exprimido de piedras de jade y no de las aceitunas enormes que hasta no hace tanto colgaban de los olivos en los campos cercanos.
de pronto, con la primera clareada, todo ocurre a la vez: los gallos cantan, y las iglesias, todas, se lanzan a batir las campanas, como si conversaran entre sí, porque las hay más graves y más agudas, más persistentes y más frágiles, pero todas, a su modo, anuncian el nuevo día. después, ladra un perro, corretea un gato negro por un tejado, antes de que la luz del sol lo fulmine; las gallinas en el corral se agitan y se escuchan los voceos del mercado; dos palomas hacen juegos cerca de la bandera del castillo, y luego, sale el sol, y el mar, a lo lejos es un espejo que pronto herirá la vista y hará brillar las cúpulas.
después, y de pronto, el cielo se cubre de nubarrones, se levanta un viento fuerte y áspero, que viene del Este y comienza a llover a cántaros. alguien dice luego que arriba, en la montaña, cayó nieve e incluso hubo granizo. llueve durante horas, el agua helada entra por todas partes y no alcanzan las toallas para detenerla: hay que rendirse a la evidencia. cuando llueve, el agua hace lo que quiere. y después escampa y se sale a caminar, lejos, lejos, para ver otra vez el mar, pero el abierto, no el de la marina. y allí está, azul, turquesa, refulgente, y algunos barquitos de pescadores que han regresado porque el viento es demasiado fuerte como para pescar. algunas personas beben café en los cafetines, y un niño sorbe un helado que le ha ensuciado el rostro. entonces me doy cuenta de que aquí no hay mac donalds, ni burguer king, ni nada que se le parezca. eso vuelve al lugar aun más simpático. niños, se puede vivir sin esa porquería.
se regresa por calles otras, se pierde uno y se llega sin saber cómo a los barrios más humildes, de casas más chicas, con ventanitas cubiertas de plantas un poco resecas, y gatos desprolijos, un monasterio abandonado donde crecen una magnolia y algo que se parece a una orquídea gigantesca, si es que eso fuera posible, y en todas partes un olor nauseabundo, desconocido, irreconocible, que no se sabe de dónde viene y por qué. tan es así, que pregunta uno a qué se debe: son las fábricas procesadoras de aceite de oliva - una al pie de la montaña, tres más cerca de la costa- que están exprimiendo las olivas y lanzan un humo grisáceo y denso, que se convierte en una especie de nube que flota sobre los tejados y es lo que provoca ese olor tan desagradable. como la rosa y la espina, jamás hubiera pensado -por ignorancia, seguramente- que algo tan oloroso y exquisito como el aceite de olvida tiene ese olor inmundo antes de convertirse en tal. de modo que la belleza y la fealdad son las dos caras de la misma moneda, y la una sin la otra parecen no ser posibles.
de noche, la ensalada sabe más sabrosa con aceite virgen de Kalamata, que es más verde que el que conocemos, casi casi, como si fuera exprimido de piedras de jade y no de las aceitunas enormes que hasta no hace tanto colgaban de los olivos en los campos cercanos.
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