Tres horas y media de Kalamata a Atenas, porque hay tormenta de nieve en Trípoli y es probable que sea difícil cruzar las montañas. Una madrugada helada, y efectivamente la tormenta es seria. Las montañas están nevadas, el viento es blanco y gélido, más vale no saber la temperatura exterior. En una frenada, justo al alcance de la mano, un zorro. Una hora más tarde, en un parador con nombre en español, un café hirviendo. En esa madrugada desierta y helada, en ese parador vacío, entran cuatro jóvenes, dos varones y dos mujeres, que parecen rusos o gitanos. Una de las mujeres lleva un brazo vendado. Se sientan, hacen tiempo, dan vueltas, esperan no se sabe qué. Afuera, un enorme camión con el motor encendido.
El viaje sigue. Responder quiénes eran y qué hacían allí daría pie a un cuento o a una novela.
Después, en el aeropuerto, se espera hasta saber si el avión despegará, pese a la nieve. Si fuera hielo, seguramente, no; pero la nieve no parece preocuparle a nadie más que a mí. Falsa alarma, pese a que el avión de Middle East Airlines se mueve con enorme pasión entre las nubes. Ningún pasajero se inmuta. Ha de ser algo frecuente.
Una hora y media después de cruzar el Mediterráneo, comienza a aterrizar; un ala del lado del mar; la otra, casi rozando un conjunto de edificios bajos y casuchas, en el sur de Beirut, a donde aconsejan no ir por razones de seguridad: allí, me dicen, viven muchos palestinos.
Después, un taxi se mete por la ciudad que, con un solazo que sorprende, se parece mucho a la entrada a Caracas. Una autopista repleta de tránsito pesado; edificios altos, rascacielos modernos, carteles de todo tipo, fruto de la globalización. El taxista conduce un Mercedes de no sé qué año, tal como se ven en las películas que Hollywood adora producir sobre Medio Oriente; hay palmeras, y otros árboles -una araucaria a lo lejos. Cúpulas de mezquitas; iglesias (cristianos maronitas). No hay que perder de vista que aquí conviven cristianos, musulmanes y drusos. El taxi se desvía, deja la autopista, las calles se angostan, y se detiene ante una escalera. Allí es la entrada al vecindario "Ain El Mreisse", y las escaleras se angostan también, y el vecindario es como el corazón de la manzana, y después de dar una vuelta aquí y otra allá, y meterse uno en una especie de laberinto que parece una cruza de la Ciudad Vieja (por Piedras) y Barrio Sur (por Carlos Gardel), se llega al número 27. Y allí es. Una construcción bastante vieja y en mal estado, rodeada de otras similares que, según me dicen, es lo que quedó en pie después de la guerra civil (1975-1990); el resto de la ciudad fue prácticamente destruido y construido de vuelta. Quedan algunos edificios, mezquitas y demás, pero nada que se parezca a este vecindario. Del balcón se ve una casa en la que me explican que vive una familia kurda, refugiada de la guerra; a la vuelta, otra familia que viene de no sé dónde; se escuchan vecinos hablar a los gritos en árabe, a un niño llorar y a dos gatos pelearse y correr por los tejados que hacen alboroto con ruido a chapa. Después, a eso de las cinco de la tarde, comienza a resonar la oración que sale de una de las mezquitas que queda a la vuelta, porque este barrio es mayormente musulmán, y se nota al salir a recorrerlo un poco y comprar algo para comer. Sobre todo, se ven hombres en la calle, que fuman y trabajan, y casi ninguna mujer. Y en caso de ver a alguna, llevan la cabeza cubierta por un pañuelo, la cara despejada. Da un poco de cortedad mostrarse descubierta, pero en la embajada libanesa, y acá también, me han asegurado que no es una falta de respeto. De todos modos, me ataja alguien: las mujeres no fuman en la calle.
La "rambla" -léase el Mediterráneo- queda cerca, a dos cuadras, y se lo ve desde casi todas partes. Un par de cuadras más arriba está la avenida Clemencau; por allí se llega a una de las universidades (si se camina hacia la izquierda) o hacia Bab Idriss y los Souqs de Beyrouth, si se toma hacia la derecha. Y antes de eso, se puede tomar un café en uno de los tantos que hay por todas partes. En algunos, incluso, se puede fumar narguila, pero eso quedará para otro día, así como conocer la corniche y ver los Pigeons Rocks.
La avenida Clemencau no es muy ancha, pero sí ruidosa. El tráfico es constante, y es difícil cruzar la calle. No sé cómo se las ingenian los automovilistas; las motos -no hay tantas- se meten entre los automóviles y hacen eses, como hacen en todas partes. El ruido es constante, pasa una camioneta de la policía; en una esquina hay un rodaje, y aquí y allá se ven garitas y soldados con uniforme de camuflaje; se ve mucha gente por la calle. La vida comienza temprano. A las siete y media de la mañana ya hay gente trajinando; al mediodía es un hervidero. La gente es amable; la mayoría habla inglés, y hay muchos que hablan francés. Los carteles de las calles están en francés y en árabe, y, salvo excepciones, no es difícil comunicarse con la gente, hacer las compras, preguntar una dirección, incluso perderse.
Las mujeres son elegantísimas; visten bien, y son de una belleza calma; muchas llevan la cabeza con el pañuelo, lo que les da un aspecto interesante (es imposible no recordar Homeland). No se estila comer en la calle, y no he visto -en estos dos días de caminar por distintos barrios- puestos de comida callejera; pero sí muchos, muchísimos sitios donde comer, tanto comida libanesa, como sushi o francesa. Los cafés, al mediodía, están atestados de personas.
Alguien me ha recomendado una exposición fotográfica, que se despliega en diferentes partes de la ciudad, y que hoy termina. Por la proximidad, hay dos sitios a los que ir: el Hotel Le Grey, que queda cerca de los Beyrouth-Souqs, y en Saifi, que figura en el mapa, pero que no sé qué es. Para llegar hasta allí, se debe tomar Clemencau a la derecha y caminar, sin desviarse, pese a que no hay una sola línea recta, y que la avenida se angosta y se ensancha, y uno debe confiar en que sigue en su ruta. Se llega a Bab Idriss, un barrio en el que está la torre otomana con el reloj y también los baños romanos. Bab Idriss conserva algunos edificios "viejos", que fueron reconstruidos, y es un barrio amplio, desde donde se ve el Mediterráneo. Después, Clemencau da paso a la avenida Bab Idriss, y después no se sabe cómo se llega a los Souqs. Antes de que fueran destruidos durante la guerra, aquí había un gran mercado, y otras tiendas y boutiques, y representaban la vida comercial de la ciudad, Souq al-Tawileh, Souq al-Jamil y Souq al-Franj, donde estaba el mercado de verduras y frutas. Fueron reconstruidos y son un enorme centro comercial abierto, con los tres "corredores" o Souqs conectados entre sí con grandes espacios abiertos entre ellos, que mantiene los nombres originales, donde se encuentran las marcas más famosas del mundo; joyerías bellísimas, y cafés y librerías, nada que envidiarle a Milán o a Rodeo Drive, incluso más cuidado y más original. Por todas partes, servicio de seguridad, que habla distintos idiomas y es muy amable. Más allá de los souqs, la avenida se ensancha más y se llega al Hotel Le Grey, imponente, en cuyo sexto piso hay una parte de la exposición fotográfica, "Festival Photomed 2015". Aquí se exhibe "Beyrouth in movement"; se trata de un conjunto de fotografías de los años 50, en blanco y negro, que retratan aspectos de la ciudad, la vida cotidiana, sus habitantes. El catálogo es interesante, con reproducciones que parecen originales, y es gratis. Se agradece.
Saifi resulta ser un barrio reconstruido, destinado a artistas, galerías, joyerías y anticuarios, muy cuidado y agradable, con una plazoleta central, varios cafés y edificios de pocos pisos, donde también vive gente. Queda a un par de cuadras de allí, para lo que hay que cruzar una avenida infernal- la exposición continúa en la Galería 169 de la Rue Mkhalassiye, "Voyage en Orient", así se llama. Es un conjunto de retratos que datan de 1864-1865, cuando el fotógrafo Ludovico Wolfgang Hartle, el periodista Charles Lallemand y el editor Varroquier publicaron una serie de fotografías sobre Siria (a la sazón Siria-Líbano). No pensar de inmediato en Said y su Orientalismo es imposible, del mismo modo que fue imposible no recordar El libro de los pasajes, de Walter Benjamin, al recorrer los souqs. Alguien debería comparar aquella burguesía parisina de las primeras galerías, con quienes recorrían los souqs aquí.
Luego, la caminata se prolonga bajo una súbita tormenta, que deviene diluvio, hace enloquecer al tráfico y provoca que en cada esquina los taxis se detengan, a los bocinazos, para ofrecerse a llevarlo a uno a destino. Hay taxis individuales y otros colectivos. Es mejor tomar uno individual, me aconsejan, pero empapada hasta los huesos, no tiene sentido. El paraguas recién comprado no resiste el viento, como en Montevideo, y aunque lo resistiera, la lluvia helada es tan persistente, y las calles de pronto son todas en bajada, que es imposible resistirse a la realidad: se llega a Rue 54 de Ain El Mreisse pasado por agua, como se dice popularmente. Pero con algo de la ciudad visto, olido, palpado.
Es de esperar que mañana no llueva... o que se consigan trajes de buzo y escafandras en alguna parte.
El viaje sigue. Responder quiénes eran y qué hacían allí daría pie a un cuento o a una novela.
Después, en el aeropuerto, se espera hasta saber si el avión despegará, pese a la nieve. Si fuera hielo, seguramente, no; pero la nieve no parece preocuparle a nadie más que a mí. Falsa alarma, pese a que el avión de Middle East Airlines se mueve con enorme pasión entre las nubes. Ningún pasajero se inmuta. Ha de ser algo frecuente.
Una hora y media después de cruzar el Mediterráneo, comienza a aterrizar; un ala del lado del mar; la otra, casi rozando un conjunto de edificios bajos y casuchas, en el sur de Beirut, a donde aconsejan no ir por razones de seguridad: allí, me dicen, viven muchos palestinos.
Después, un taxi se mete por la ciudad que, con un solazo que sorprende, se parece mucho a la entrada a Caracas. Una autopista repleta de tránsito pesado; edificios altos, rascacielos modernos, carteles de todo tipo, fruto de la globalización. El taxista conduce un Mercedes de no sé qué año, tal como se ven en las películas que Hollywood adora producir sobre Medio Oriente; hay palmeras, y otros árboles -una araucaria a lo lejos. Cúpulas de mezquitas; iglesias (cristianos maronitas). No hay que perder de vista que aquí conviven cristianos, musulmanes y drusos. El taxi se desvía, deja la autopista, las calles se angostan, y se detiene ante una escalera. Allí es la entrada al vecindario "Ain El Mreisse", y las escaleras se angostan también, y el vecindario es como el corazón de la manzana, y después de dar una vuelta aquí y otra allá, y meterse uno en una especie de laberinto que parece una cruza de la Ciudad Vieja (por Piedras) y Barrio Sur (por Carlos Gardel), se llega al número 27. Y allí es. Una construcción bastante vieja y en mal estado, rodeada de otras similares que, según me dicen, es lo que quedó en pie después de la guerra civil (1975-1990); el resto de la ciudad fue prácticamente destruido y construido de vuelta. Quedan algunos edificios, mezquitas y demás, pero nada que se parezca a este vecindario. Del balcón se ve una casa en la que me explican que vive una familia kurda, refugiada de la guerra; a la vuelta, otra familia que viene de no sé dónde; se escuchan vecinos hablar a los gritos en árabe, a un niño llorar y a dos gatos pelearse y correr por los tejados que hacen alboroto con ruido a chapa. Después, a eso de las cinco de la tarde, comienza a resonar la oración que sale de una de las mezquitas que queda a la vuelta, porque este barrio es mayormente musulmán, y se nota al salir a recorrerlo un poco y comprar algo para comer. Sobre todo, se ven hombres en la calle, que fuman y trabajan, y casi ninguna mujer. Y en caso de ver a alguna, llevan la cabeza cubierta por un pañuelo, la cara despejada. Da un poco de cortedad mostrarse descubierta, pero en la embajada libanesa, y acá también, me han asegurado que no es una falta de respeto. De todos modos, me ataja alguien: las mujeres no fuman en la calle.
La "rambla" -léase el Mediterráneo- queda cerca, a dos cuadras, y se lo ve desde casi todas partes. Un par de cuadras más arriba está la avenida Clemencau; por allí se llega a una de las universidades (si se camina hacia la izquierda) o hacia Bab Idriss y los Souqs de Beyrouth, si se toma hacia la derecha. Y antes de eso, se puede tomar un café en uno de los tantos que hay por todas partes. En algunos, incluso, se puede fumar narguila, pero eso quedará para otro día, así como conocer la corniche y ver los Pigeons Rocks.
La avenida Clemencau no es muy ancha, pero sí ruidosa. El tráfico es constante, y es difícil cruzar la calle. No sé cómo se las ingenian los automovilistas; las motos -no hay tantas- se meten entre los automóviles y hacen eses, como hacen en todas partes. El ruido es constante, pasa una camioneta de la policía; en una esquina hay un rodaje, y aquí y allá se ven garitas y soldados con uniforme de camuflaje; se ve mucha gente por la calle. La vida comienza temprano. A las siete y media de la mañana ya hay gente trajinando; al mediodía es un hervidero. La gente es amable; la mayoría habla inglés, y hay muchos que hablan francés. Los carteles de las calles están en francés y en árabe, y, salvo excepciones, no es difícil comunicarse con la gente, hacer las compras, preguntar una dirección, incluso perderse.
Las mujeres son elegantísimas; visten bien, y son de una belleza calma; muchas llevan la cabeza con el pañuelo, lo que les da un aspecto interesante (es imposible no recordar Homeland). No se estila comer en la calle, y no he visto -en estos dos días de caminar por distintos barrios- puestos de comida callejera; pero sí muchos, muchísimos sitios donde comer, tanto comida libanesa, como sushi o francesa. Los cafés, al mediodía, están atestados de personas.
Alguien me ha recomendado una exposición fotográfica, que se despliega en diferentes partes de la ciudad, y que hoy termina. Por la proximidad, hay dos sitios a los que ir: el Hotel Le Grey, que queda cerca de los Beyrouth-Souqs, y en Saifi, que figura en el mapa, pero que no sé qué es. Para llegar hasta allí, se debe tomar Clemencau a la derecha y caminar, sin desviarse, pese a que no hay una sola línea recta, y que la avenida se angosta y se ensancha, y uno debe confiar en que sigue en su ruta. Se llega a Bab Idriss, un barrio en el que está la torre otomana con el reloj y también los baños romanos. Bab Idriss conserva algunos edificios "viejos", que fueron reconstruidos, y es un barrio amplio, desde donde se ve el Mediterráneo. Después, Clemencau da paso a la avenida Bab Idriss, y después no se sabe cómo se llega a los Souqs. Antes de que fueran destruidos durante la guerra, aquí había un gran mercado, y otras tiendas y boutiques, y representaban la vida comercial de la ciudad, Souq al-Tawileh, Souq al-Jamil y Souq al-Franj, donde estaba el mercado de verduras y frutas. Fueron reconstruidos y son un enorme centro comercial abierto, con los tres "corredores" o Souqs conectados entre sí con grandes espacios abiertos entre ellos, que mantiene los nombres originales, donde se encuentran las marcas más famosas del mundo; joyerías bellísimas, y cafés y librerías, nada que envidiarle a Milán o a Rodeo Drive, incluso más cuidado y más original. Por todas partes, servicio de seguridad, que habla distintos idiomas y es muy amable. Más allá de los souqs, la avenida se ensancha más y se llega al Hotel Le Grey, imponente, en cuyo sexto piso hay una parte de la exposición fotográfica, "Festival Photomed 2015". Aquí se exhibe "Beyrouth in movement"; se trata de un conjunto de fotografías de los años 50, en blanco y negro, que retratan aspectos de la ciudad, la vida cotidiana, sus habitantes. El catálogo es interesante, con reproducciones que parecen originales, y es gratis. Se agradece.
Saifi resulta ser un barrio reconstruido, destinado a artistas, galerías, joyerías y anticuarios, muy cuidado y agradable, con una plazoleta central, varios cafés y edificios de pocos pisos, donde también vive gente. Queda a un par de cuadras de allí, para lo que hay que cruzar una avenida infernal- la exposición continúa en la Galería 169 de la Rue Mkhalassiye, "Voyage en Orient", así se llama. Es un conjunto de retratos que datan de 1864-1865, cuando el fotógrafo Ludovico Wolfgang Hartle, el periodista Charles Lallemand y el editor Varroquier publicaron una serie de fotografías sobre Siria (a la sazón Siria-Líbano). No pensar de inmediato en Said y su Orientalismo es imposible, del mismo modo que fue imposible no recordar El libro de los pasajes, de Walter Benjamin, al recorrer los souqs. Alguien debería comparar aquella burguesía parisina de las primeras galerías, con quienes recorrían los souqs aquí.
Luego, la caminata se prolonga bajo una súbita tormenta, que deviene diluvio, hace enloquecer al tráfico y provoca que en cada esquina los taxis se detengan, a los bocinazos, para ofrecerse a llevarlo a uno a destino. Hay taxis individuales y otros colectivos. Es mejor tomar uno individual, me aconsejan, pero empapada hasta los huesos, no tiene sentido. El paraguas recién comprado no resiste el viento, como en Montevideo, y aunque lo resistiera, la lluvia helada es tan persistente, y las calles de pronto son todas en bajada, que es imposible resistirse a la realidad: se llega a Rue 54 de Ain El Mreisse pasado por agua, como se dice popularmente. Pero con algo de la ciudad visto, olido, palpado.
Es de esperar que mañana no llueva... o que se consigan trajes de buzo y escafandras en alguna parte.
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