desde Montevideo, son un sinfín de horas, en bus, en avión, en bus, en bus, en bus. se sale a las 12 del mediodía de un lunes y se llega un martes a las 10 de la noche (cuatro horas de diferencia, eso hacen las 18 horas locales). en Madrid hace frío. en Atenas hace frío. Montevideo era un horno.
la terminal en Atenas no se compara con la de Tres Cruces; si Tres Cruces es caótica y desordenada, la de Atenas, que queda en la otra punta de la ciudad, a una hora en bus, el X93, es ruidosa, una babel de idiomas y cosas que se venden - y se regalan, vaya uno a saber por qué- y personas que preguntan si ese bus va a dónde, y uno confía en haber entendido al boletero cuando dijo "andén 30 o quizás 31" y espera, y como la gente pregunta si desde allí sale el que va a Kalamata, uno termina confiando en ese maravilloso invento que es la masa crítica y espera. puntualmente a las seis, un hombre que fumaba dentro del bus -acá todos fuman en todas partes, gracias a todos los santos, el doctor futuro presidente no los convenció todavía- sale, abre el depósito y otro hombre mete como puede los bultos y las maletas y cajas envueltas y encomiendas. de pronto se hizo la noche, y es una pena, porque la primera parte del trayecto transcurre por una especie de península angosta que se adentra en algún mar. llueve, hace frío, el chofer escucha sirtaki suavemente y uno se dice que ha llegado a Grecia, por fin, recuerda a Leonardo Senkman diciendo que Grecia -esta parte al menos- es la puerta de entrada a Medio Oriente, y agradece la sabiduría ajena.
Casi cuatro horas después, en la terminal nos bajamos unas cinco personas. consigo un taxi. nadie habla inglés. señalo en el plano adónde quiero ir -me han dicho que es a dos minutos a pie de la terminal, pero con lluvia y tanta oscuridad, un taxi parece algo más práctico. el conductor se pierde. le digo cerca de una iglesia (lo poco que sé decir en griego) y él me muestra varias iglesias -parece un tour por el vaticano, vamos-, pero ninguna es. se pierde y yo no sé qué más explicarle. ni mi escaso griego ni su imposible inglés son de ayuda. dice: volvemos a la terminal. allí, quiero pagarle el viaje, no ha dejado de ser un tour extraño, pero se niega. busca a otro taxista, uno un poco mayor. vuelta al plano, al mapa, a la iglesia. ah, dice, clarísimo. estamos muy cerca. hubiéramos empezado por ahí, me digo, pero imposible traducir eso. al fin, me deja al principio de la calle Gortinias (que se pronuncia iortinias), porque es demasiado angosta y el auto no sigue. llueve a cántaros. se compadece y me pregunta si sé a qué casa voy. por supuesto, le digo, a la 21 (es todo lo que sé). buena suerte, dice, y me deja ante algo empinadísimo, angosto y de piedra filosa. maravilloso para una maleta. no hay un alma en la calle, ni un gato ni un perro ni un cristiano. nada. por ahí se ve la cúpula de la mentada iglesia. encuentro la llave. llegué. salgo a la terraza sin que importe que llueva y haga mucho frío. es cierto, desde aquí se ve la bendita terminal. a dos cuadras, exactamente. mañana ya no me perderé. todo son techos de tejas rojas, como en Lucca, como en otras ciudades que fueron amuralladas y crecieron en la edad media. callejones angostos para defenderse, casas cuyos patios y jardincitos se conectan entre sí, como las callecitas de Curacao que se defendían de los piratas. ya alguien habrá escrito -creo que Eco, para variar- sobre las ciudades en la Edad Media y cómo eso (sobre eso escribió Calvetti y el inicio del miedo ante el Otro) definió al burgués (futuro habitante de un burgo) -pero siempre maravilla ver la Historia recreada una y otra vez, salida de un libro y vuelta tangible y real.
mañana será otro día.
amanece frío, sin lluvia, con algo de sol que enrojece los tejados ya rojos y se escuchan los primeros ruidos de la ciudad que se levanta. los limoneros y los naranjos están repletos, y no dejo de pensar en "all you need is love", la película de susanne breier, que es un homenaje a estos frutales. invita a salir. invita al mercado que queda cerca y hacer las compras. allá vamos. las callejuelas se llenan de a poco de mujeres y hombres viejos que van a la feria; de jóvenes en motoneta que van a contramano en calles sin aceras y se ríen cuando de un salto me meto en un zaguán; en el mercado hay de todo, también sacerdotes ortodoxos, con esos sombreretes cuadrados y las barbas blancas que los hacen parecer tan sabios; mujeres que venden cebollines florecidos de algo parecido a las azaleas que huelen bien; con verduras cuyo nombre y uso desconozco, y otras que sí, y volvemos a la prácitca del índice para señalar lo que se quiere y los dedos para decir la cantidad, y los feriantes, como en todas partes del mundo, son cosmopolitas y simpáticos y vocean y en griego en chino o en camboyano o en alemán o el chileno, el voceo se entiende y dan ganas de cocinar todo. ante los pescados uno duda: cómo se prepara algo de eso? mejor para después. lo mismo en las tiendas que venden carne de cerdo y vaca que cuelga de los pinchos, y en otras partes venden chorizos y embutidos por el estilo en unos jarrones de cerámica enormes, y claro, las famosas aceitunas negras de Kalamata, y las frutas y los frutos secos. y hay gitanas, también, y algunas mujeres musulmanas con la cabeza cubierta, y el diarero y un panadero y la rosca de sésamo y girasol que es típica e irresistible, y tan luego el retsina, un vino local que después de que se lo prueba una vez, siente la nostalgia para siempre. se pierde uno un poco en las callecitas intrincadas, pero bien dicen que todos los caminos van a Roma, así que Roma en alguna parte ha de estar y allí está. claro. un perro ladra, las campanas en el campanario suenan y no son una grabación, y alguien practica escalas en un cello (me recuerda a Jordi y a Renata en Lucca) en un balcón.
más tarde, perderse realmente. entonces se llega a una placita dentro del corazón del laberinto, una placita en la que hay tenderetes, con pañuelos de seda y koboloi a la venta, y abrigos gruesos y estampitas y sahumerios y jarras para hacer café a la turca, y otro sinfín de cosas cuya utilidad es incierta, y muchos gatos (eso es una buena señal) y mujeres de negro que saludan "kalimera, kalimera" y después dicen "iasas"; una fuente y un tenderete que es apenas un mostrador con un hombre de ojos muy celestes y barba como de Rasputín y hago el gesto de un pinchito y otro dice: suslaki, y quiere saber si de cerdo o de pollo, y me alzo de hombros, la madre es la cocinera y el vendedor la rezonga porque demora, la mujer me mira y nos sonreímos: los hijos siempre son impacientes; y hay varios griegos allí, de entre cuarenta y sesenta años. me preguntan de dónde soy y digo de uruguay y dicen: qué lejos, y es cierto, qué lejos. pero por fin alguien sabe dónde queda (y por segunda vez nadie dice: pepe! y lo agradezco), y entonces pregunto por las elecciones, por syrisa, por lo que esperan. el cuarentón me explica: los jóvenes lo votaron, pero nosotros, los viejos, los que perdimos el trabajo, tenemos esperanza. los últimos cinco años fueron terribles, el salario se fue a la mitad y los precios al doble. mi mujer se quedó sin trabajo. confiamos en syrisa. digo: esperan que algo cambie? dice: si cumple con la mitad de lo que prometió, ya será otra cosa. hace cuatro años, esto fue terrible. sí, le digo, yo estaba aquí. lo recuerdo. él insiste: necesitamos un cambio. creo que puede hacerlo. y además, los jóvenes creen en él. ganó gracias a los jóvenes. le brillan los ojos. es interesante que alguien crea en los jóvenes. después grazna un cuervo y sé que es buena señal.
y agrega: grecia estaba como argentina. terrible comparación, me digo, porque realmente suena a que ambos países estaban al borde. después dice: ve esa iglesia que está ahí? y justo frente a nosotros hay una construcción bizantina, semi curva, de ladrillos amarronados, con la bandera de Mesina y la de Grecia. dice: acá, en Kalamata, en este mismo lugar, en esa iglesia, nació la revolución, cuando la independencia de los turcos. fuimos nosotros, los de Kalamata que gritamos: independientes o muertos! y salimos de aquí, de esta iglesia, en 1821. está orgulloso, y es contagioso el orgullo. dice que la iglesia fue parcialmente destruida en el terremoto de hace años, pero que luego la reconstruyeron y que es el símbolo de la rebeldía de Kalamata. en uno de los muros, una pareja de edad mediana, que habla en francés, también come un suslaki con papas fritas y pan embebido en aceite, lo mismo que acabo de comer yo por 1,30 euros. sabrán que comen dándole la espalda a, por ejemplo, una barricada de la revolución francesa? no creo, o capaz que no les importa. a quién le importa la revolución a esta altura? pues a estos griegos parece que sí, y de algún modo se me ocurre que fue una asociación con mis preguntas por syrisa, pero esto puede deberse a un natural optimismo histórico. en todo caso, mañana preguntaré más, y qué opinan de la dura Merkel, la que le devolvió a Alemania su reinado, y de salirse de la zona euro. por ahora, todo está en euros, aunque todo todo todo está escrito en griego, y hay que aprenderse el alfabeto para comprender un poco, si se recuerda a Homero y al cantar de la Iliada. tantas palabras le debemos al griego!
después regreso, tomo un canasto y recojo naranjas y limones. mañana caminaré 3 km al sur, hasta llegar al mar, al puerto.
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