el mar queda hacia el Sur; dicen, unos dos kilómetros, no más, en línea recta.
vaya definición de línea recta en el país del laberinto del Minotauro. es cierto, las primeras cuadras son, efectivamente, en línea recta, y uno confía: allá hacia donde apunta la nariz, seguramente esté el mar.
la ciudad despierta de a poco. las calles angostas y los callejones conocidos de la colina, donde están las ruinas del castillo más viejos de todos, se abren y ensanchan en plazoletas y plazas y explanadas con iglesias ortodoxas que ya brillan a la luz clara del fin del invierno. las cúpulas que coronan los torreones iluminados por los ventanucos circulares, que desde el interior dan un efecto diáfano a esa fe, resaltan en el cielo azul y otean por sobre los tejados del pueblo. pronto el terreno se hace llano, y la avenida es un sinnúmero de cafés y cafetines con toldos multicolores, aún vacíos. de un lado; del otro, las tiendas de todo tipo, instituciones, colegios, un hospital, farmacias, ferreterías, zapaterías elegantes y boutiques que parecen salidas de Milán o París; pero basta con alejarse una o dos cuadras de la principal, para que las tiendas se vuelvan mercerías, almacenes, estrechos y olorosos lugares donde se muele el café a la vista, o se venden sahumerios o ropa de invierno a 3 euros la pieza o hierbas curativas y tés del campo, higos secos, ajos enormes y perfumados, o los bonitos pañuelos de seda y los manteles bordados con los colores de las aceitunas, que representan a Kalamata.
la senda para la bicicleta ocupa buena parte de la acera y es respetada a rajatabla. hay un tránsito regular, controlado, amable. no suenan bocinas ni hay frenadas; no hay ruido, una sensación rara para quien viene de algo tan desagradable como Montevideo.
pronto parece que el Sur ha desaparecido, la avenida se angosta, se enrosca sobre sí misma, se mete por parques y baldíos, y en todas partes olivos y naranjos llenos de fruta, de modo que en el aire hay olor a azahar, a naranja un poco pasada, el olor dulzón que también recuerda al trópico. en la espalda, la montaña. la nariz-brújula se confunde, empieza a hacer calor, se sigue, terco, y aquí y allá se pregunta: el mar? el mar? nadie parece sorprenderse con la pregunta y todos responden lo mismo: allá, derecho, derecho, derecho. siga derecho.
pues derecho habrá que seguir, como se pueda. en el mapa todo parece tener sentido, pero uno se pregunta si los planos realmente representan la realidad o simulan otra, para que el perdido sienta un poco de confianza y continúe. quizá fue Borges quien dijo que el mapa perfecto superaba al territorio.
por fin, casitas bajas, pobres, con vidrios rotos en las ventanas, y jardincitos florecidos y boyas que cuelgan de vallas pintadas a la cal; redes; viejos sentados en la vereda arreglando anzuelos, de boina y sacón oscuro, y un lejano, lejanísimo viento y rumor a oleaje. unas cuadras más, no puede estar tan lejos, si ya casi no quedan calles. apenas unas tabernas vacías, desmanteladas, capaz que restos de un verano que ya pasó. restos de la otra Grecia.
y por fin, el mar. el puerto. y detrás de las escolleras, el mar como furioso, con olas que rompen unas especies de diques de varios metros de altura y embarcaciones de más de 10 metros de largo. no son los yates coquetos de punta del este; no es la marina de san diego; es un puerto de pescadores a mar abierto, y en todas partes la bandera azul y blanca de Grecia, que alguna vez supo ser, también, dueña de los mares. los nombres de las calles son emblemáticos. Herodoto, Aristóteles, Nikodemos, y otros, que suenan a horizontes lejanos y tierras ignotas. y un faro, y los mástiles que son como brazos correosos.
dos horas más tarde, ya la ciudad está viva. los cafés en la avenida rebosan de gente; no hay turistas de ningún tipo, son locales, gente joven y gente vieja, mayormente vestida de color oscuro; uno piensa que acá viven las mujeres más bonitas del planeta, y los hombres más elegantes y bien educados. cosa curiosa: no hay obesos, ni gordos; la gente es amable, saluda, ayuda si uno hace una pregunta. la gente sonríe, lee el periódico en el café, hace vida de ciudad. los buses no hacen ruido, se respetan las cebras y hay muchísima gente mayor haciendo compras.
un poco más allá, nuevamente en el laberinto que anuncia el fin de la city y el principio del casco viejo, una tienda vende quesos, yogures, aceite y panes artesanales. es imposible no entrar. la tendera es gentil, bien dispuesta, habla un poco de inglés, me recomienda un tipo de yogurt de cabra, "más dulzón que el de vaca" (tiene razón). le pregunto cómo se siente en relación con las elecciones. dice que antes, con el gobierno viejo, para Grecia las cosas fueron muy duras. ahora, dice, también lo serán, pero tenemos que pelear y eso es lo bueno. le pregunto si cree que algo cambiará. dice que sí, sobre todo eso, que aunque la cosa sea dura, será dura en la pelea, no como antes. sonríe. hace tres años, la primera vez que estuve aquí, lo noto ahora, no había esta esperanza en la gente. quizá de eso se trate, de que syrisa le ha devuelto la esperanza a la gente. le pago. por ahí cerca está el obelisco del 23 de marzo de 1821, día de la independencia. un poco más allá, la iglesia donde ser armó la revolución. está abierta. hay algunos viejos sentados; es diminuta, una pareja joven enciende una vela; hago lo mismo. está fresco y silencioso; afuera unos niños corretean, y una escuela está a punto de entrar al museo antropológico. maestras que corretean y piden calma y niños excitados, eso ha de ser universal. aquí, en Montevideo o en Beijing. más allá, una callecita enteramente adornada, de fachada a fachada, con banderines de colores y macetas con geranios en los portales. en algunos balcones, ropa secándose. en un jardincito pobre, un gato dormita al sol, rodeado de gallinas.
en una esquina, una mujer sin edad, sin dientes, y con los pies cansados de caminar, quiere leerme el destino. carga una bolsa de naranjas y tiene los ojos celestes y vivos. capaz que tiene cien años. me hace pensar en Mnemósine. vaya uno a saber cuántos destinos de otros lleva dentro de sí y en silencio, y otros, como yo, no le prestaron atención y se quedaron sin saber.
vaya definición de línea recta en el país del laberinto del Minotauro. es cierto, las primeras cuadras son, efectivamente, en línea recta, y uno confía: allá hacia donde apunta la nariz, seguramente esté el mar.
la ciudad despierta de a poco. las calles angostas y los callejones conocidos de la colina, donde están las ruinas del castillo más viejos de todos, se abren y ensanchan en plazoletas y plazas y explanadas con iglesias ortodoxas que ya brillan a la luz clara del fin del invierno. las cúpulas que coronan los torreones iluminados por los ventanucos circulares, que desde el interior dan un efecto diáfano a esa fe, resaltan en el cielo azul y otean por sobre los tejados del pueblo. pronto el terreno se hace llano, y la avenida es un sinnúmero de cafés y cafetines con toldos multicolores, aún vacíos. de un lado; del otro, las tiendas de todo tipo, instituciones, colegios, un hospital, farmacias, ferreterías, zapaterías elegantes y boutiques que parecen salidas de Milán o París; pero basta con alejarse una o dos cuadras de la principal, para que las tiendas se vuelvan mercerías, almacenes, estrechos y olorosos lugares donde se muele el café a la vista, o se venden sahumerios o ropa de invierno a 3 euros la pieza o hierbas curativas y tés del campo, higos secos, ajos enormes y perfumados, o los bonitos pañuelos de seda y los manteles bordados con los colores de las aceitunas, que representan a Kalamata.
la senda para la bicicleta ocupa buena parte de la acera y es respetada a rajatabla. hay un tránsito regular, controlado, amable. no suenan bocinas ni hay frenadas; no hay ruido, una sensación rara para quien viene de algo tan desagradable como Montevideo.
pronto parece que el Sur ha desaparecido, la avenida se angosta, se enrosca sobre sí misma, se mete por parques y baldíos, y en todas partes olivos y naranjos llenos de fruta, de modo que en el aire hay olor a azahar, a naranja un poco pasada, el olor dulzón que también recuerda al trópico. en la espalda, la montaña. la nariz-brújula se confunde, empieza a hacer calor, se sigue, terco, y aquí y allá se pregunta: el mar? el mar? nadie parece sorprenderse con la pregunta y todos responden lo mismo: allá, derecho, derecho, derecho. siga derecho.
pues derecho habrá que seguir, como se pueda. en el mapa todo parece tener sentido, pero uno se pregunta si los planos realmente representan la realidad o simulan otra, para que el perdido sienta un poco de confianza y continúe. quizá fue Borges quien dijo que el mapa perfecto superaba al territorio.
por fin, casitas bajas, pobres, con vidrios rotos en las ventanas, y jardincitos florecidos y boyas que cuelgan de vallas pintadas a la cal; redes; viejos sentados en la vereda arreglando anzuelos, de boina y sacón oscuro, y un lejano, lejanísimo viento y rumor a oleaje. unas cuadras más, no puede estar tan lejos, si ya casi no quedan calles. apenas unas tabernas vacías, desmanteladas, capaz que restos de un verano que ya pasó. restos de la otra Grecia.
y por fin, el mar. el puerto. y detrás de las escolleras, el mar como furioso, con olas que rompen unas especies de diques de varios metros de altura y embarcaciones de más de 10 metros de largo. no son los yates coquetos de punta del este; no es la marina de san diego; es un puerto de pescadores a mar abierto, y en todas partes la bandera azul y blanca de Grecia, que alguna vez supo ser, también, dueña de los mares. los nombres de las calles son emblemáticos. Herodoto, Aristóteles, Nikodemos, y otros, que suenan a horizontes lejanos y tierras ignotas. y un faro, y los mástiles que son como brazos correosos.
dos horas más tarde, ya la ciudad está viva. los cafés en la avenida rebosan de gente; no hay turistas de ningún tipo, son locales, gente joven y gente vieja, mayormente vestida de color oscuro; uno piensa que acá viven las mujeres más bonitas del planeta, y los hombres más elegantes y bien educados. cosa curiosa: no hay obesos, ni gordos; la gente es amable, saluda, ayuda si uno hace una pregunta. la gente sonríe, lee el periódico en el café, hace vida de ciudad. los buses no hacen ruido, se respetan las cebras y hay muchísima gente mayor haciendo compras.
un poco más allá, nuevamente en el laberinto que anuncia el fin de la city y el principio del casco viejo, una tienda vende quesos, yogures, aceite y panes artesanales. es imposible no entrar. la tendera es gentil, bien dispuesta, habla un poco de inglés, me recomienda un tipo de yogurt de cabra, "más dulzón que el de vaca" (tiene razón). le pregunto cómo se siente en relación con las elecciones. dice que antes, con el gobierno viejo, para Grecia las cosas fueron muy duras. ahora, dice, también lo serán, pero tenemos que pelear y eso es lo bueno. le pregunto si cree que algo cambiará. dice que sí, sobre todo eso, que aunque la cosa sea dura, será dura en la pelea, no como antes. sonríe. hace tres años, la primera vez que estuve aquí, lo noto ahora, no había esta esperanza en la gente. quizá de eso se trate, de que syrisa le ha devuelto la esperanza a la gente. le pago. por ahí cerca está el obelisco del 23 de marzo de 1821, día de la independencia. un poco más allá, la iglesia donde ser armó la revolución. está abierta. hay algunos viejos sentados; es diminuta, una pareja joven enciende una vela; hago lo mismo. está fresco y silencioso; afuera unos niños corretean, y una escuela está a punto de entrar al museo antropológico. maestras que corretean y piden calma y niños excitados, eso ha de ser universal. aquí, en Montevideo o en Beijing. más allá, una callecita enteramente adornada, de fachada a fachada, con banderines de colores y macetas con geranios en los portales. en algunos balcones, ropa secándose. en un jardincito pobre, un gato dormita al sol, rodeado de gallinas.
en una esquina, una mujer sin edad, sin dientes, y con los pies cansados de caminar, quiere leerme el destino. carga una bolsa de naranjas y tiene los ojos celestes y vivos. capaz que tiene cien años. me hace pensar en Mnemósine. vaya uno a saber cuántos destinos de otros lleva dentro de sí y en silencio, y otros, como yo, no le prestaron atención y se quedaron sin saber.
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