domingo, 15 de abril de 2012

un poco de violencia urbana

sí, me digo, los que consumimos csi-miami-las vegas-nueva york, castle y criminal minds, vemos cualquier cantidad de crímenes, con mucha sangre, con mucha violencia. los que de algún modo hemos viajado, también hemos visto situaciones "irregulares" en la calle, en caracas, bonn,  los ángeles y en rhodos, que parecen salidas de una serial clase b. sabemos que la violencia existe, leemos sobre la violencia, nos hacemos cruces sobre la violencia. queremos que no exista. el policía a quien le pago la cuota del sindicato policial, dinero con el que religiosamente compran canastas estudiantiles para los policías muertos de hambre que conviven con los chorros, me dice:

- y usté, ¿no tiene un arma?

lo miro, entre sorprendida y muerta de la risa.

- yo soy incapaz de matar una mosca. además, dicen las malas lenguas que si uno tiene un arma, es para disparar. y hay que disparar al centro, para matar. y yo no quiero matar a nadie.

él responde:

- es cierto. pero quizá debería tener aunque sea un aerosol con gas pimienta.
- no, tampoco. no sirvo para eso.
- pero la cosa está brava.
- sí, está brava, pero qué le vamos a hacer.

el asunto es que el policía trata de aconsejarme, y su consejo me parece un disloque. si todos andamos armados, ¿qué logramos? el que roba se arma, el que se defiende se arma, todos armados, un caos total.

pero hoy asisto a un robo, que resulta muy violento. no tanto por lo que ocasiona, sino por la forma. tres mujeres, de unos sesenta años, vuelven a su casas. caminan, al caer la tarde, por la calle, comadreando. van las tres del brazo, como si fueran adolescentes, y no sé por qué reparo en ellas cuando voy a tirar la basura. pasan autos por la calle. ellas están concentradas en sí mismas. de pronto se escucha un motor agudo, de moto, y efectivamente, una moto se mete por ellauri y hacia cavia a contramano a una velocidad extraña. me llama la atención, esa cosa de ver tanta serie de televisión, porque es una moto con dos ocupantes. hasta ahora siempre vi que las motos a contramano son los desgraciados del delivery que violan todas las normas del tránsito para que los clientes tengan pizzas-milanesas-chivitos-ravioles a temperatura "recién salida del horno", y si bien los detesto, me dan pena. pero estos dos no. y zás. fue un segundo y quedé entre espantada y maravillada por la estrategia casi militar del operativo. la moto se detiene a pocos metros de las víctimas, sin el freno puesto, el conductor con un pie a tierra, el motor que se acelera; el acompañante -ambos con casco, muy jóvenes de aspecto, por el físico sin formar, casi- se baja, corre hacia las mujeres, golpea a la del medio, la tira al piso con fuerza, le arranca la cartera y vuelve a la moto, que desaparece por ellauri. la violencia del gesto del chorro, el golpe y el tirón, todavía me dan dolor de estómago, porque es una imagen que no va a desaparecer del todo nunca más. porque fue todo en un mismo nano-segundo, casi una obra de arte de la violencia. me queda el sonido que surge después de la acción, como el relámpago y el trueno. la mujer demora en gritar, las tres mujeres demoran en darse cuenta de lo que pasó, pasmadas de verse de pronto en una situación impropia, inesperada. entonces, sí, los gritos, los lamentos. me acerco; tiene una herida en la sien; varios autos se detienen -se detuvieron segundos después de la caída, cuando los dos chorros huían; una conductora se ofrece a llevarlas a la coronaria, otro hombre quiere llamar a la policía; un adolescente que pasea con su abuelo apura el paso, ayuda a levantarla y a la otra, que de pronto dice: yo también estoy temblando. la tercera, que parece la más firme, ya está llamando a un marido, dice tener el auto estacionado acá nomás, y se apura. el adolescente, que quizá vea tantas seriales como yo, dice, muy seguro: van a tirar la cartera acá a la vuelta. es cuestión de ir a buscarla.

y uno se queda así, un poco sorprendido, un poco triste, un poco añorando la época en que había punguistas en los buses que, salvo excepciones, -al decir de salvador pérez, que conoce del asunto y sabe cómo herían a las víctimas- robaban carteras, billeteras, y tenían un arte.

en realidad, la rabia es mayúscula. a uno se le pasa de todo por la cabeza. control de conductores de motos,como pedir carnet de buena conducta a quien quiera comprar una; cambio del tipo de cascos (los de antes permitían ver los rostros), y otros largos etcétera irrealizables, idealistas y utópicos.

en definitiva, el que roba es porque algo necesita. y si algo necesita, es porque las cosas están mal. muy mal. entonces la solución está en otra parte.  y puede que necesite algo material o puede que sea otra cosa. sé que suena fácil decirlo (me amparo en que me han asaltado varias veces, de mala manera, por cierto, y no les tengo compasión), pero insisto en que la solución está en otra parte. más allá de que se reparta dinero, y largos etcéteras que no necesariamente significan inclusión, el consumismo de nuestra sociedad también influye en todo esto. el consumismo y la impunidad. que son dos pésimos ejemplos para cualquiera que no tenga los valores instalados.

domingo, 8 de abril de 2012

de mudanzas y escrituras del yo - para juan carlos romero, cronista en ciernes; y para andrés alsina, cronista a secas

bien, se viaja demasiado (nunca es demasiado), se juntan papeles inútiles -salvo para uno mismo- y se lee "las escrituras del yo".  un ateo supersticioso como quien firma esta crónica sospecha que viajar a caracas a un homenaje a ángel rama, con una delegación de uruguayos, se parece un poco al accidente que tuvieran él, marta traba y otros (como cristina gaab, antigua compañera de clase), al despegar de madrid hace muchísimos años. uno, entonces, decide, dos días antes de partir, hacer un testamento, ese papelucho infame que siempre es pista en cualquier novelita policial. pues que no hay bienes que repartir (ni tampoco deudas), sino precisamente esos papeles inútiles -salvo para uno mismo- que, contra toda lógica, uno quiere preservar. pero, si uno muere -un suponer, aceptando el silogismo socrático- y todo eso queda a la buena de dios? precisamente, dios nos salve, en esta época en que cualquier intimidad, por más idiota que sea, parece valer oro y moro, e inescrupulosas manos deciden publicar cualquier inédito (pobre tolkien!) o la correspondencia o lo que sea? ni qué hablar de todas las barrabasadas que guarda un disco duro.  en "escrituras del yo", idea vilariño -a través de ana inés larre borges- explica por qué fue incapaz, en vida, de quemar sus diarios y su correspondencia (vale la pena leer ese artículo, perfecto). es tan acertada su exposición, que fue una iluminación tajante. nadie puede quemar toda una vida, tomos y tomos de palabrejas, apuntes y tonterías, porque es como convertirse en bonzo sin un motivo muy altruista, pero quiere asegurarse de una especie de fuego que hará otro. así que no puede hacerlo, pero teme que alguien, alguna vez, lea (y se da cuenta de que ese temor, salvo excepciones, como las de gide o flaubert en ciertas partes de su correspondencia o incluso proust, son bastante comunes en escribidores de diarios, adicción sobre la que el psicoanálisis no ha expuesto demasiados motivos, pero ya será tema de coloquios interdisciplinarios). va más allá de eso, tiene algo de ética proyectada. vayan las intimidades propias, de las que uno se hace cargo. pero las de los demás? y ya se sabe que las iniciales no son un misterio para nadie. alcanza con leer los diarios comentados de wittgenstein (o los de kafka o los de virginia woolf), que además estaban cifrados, para darse cuenta de que no es posible ocultar nada. y no es que uno se crea wittgenstein, pero en la viña del señor -así, dicho por un ateo- hay de todo. entonces hay que hacer un testamento. dejar la casa ordenada, cada cosa en su lugar y que otro se haga cargo de encender el fósforo. pues resulta que un testamento no es algo tan sencillo. hay fórmulas, obligaciones, y se necesitan tres testigos. cómo se consiguen testigos a medianoche? pues aparecen, y los testigos aceptan, pensando que es una especie de broma. cuando llega la hora de firmar, se dan cuenta de que es en serio. antes dicen: no se te ocurra morirte en la mitad del semestre. después de firmar, en  ausencia del testamentario, y a la vuelta, agregan: pero era en serio! pues sí, nadie hace un testamento en broma! (además de pienso, cuesta dinero) pues bien, hecho el testamento queda la gran duda, que instaló el señor kafka, cuando su voluntad fue burlada por su amigo del alma, max brod. dice la leyenda que kafka le pidió a brod que quemara todo y no publicara nada. brod le aseguró que lo haría, y no bien muerto kafka -por suerte- todo fue editado. el testamentario no es kafka, por supuesto, ni su amigo es max brod (una pena). pero se instala la pregunta: y quién se ocupa de que las condiciones del testamento sean fielmente cumplidas y supervisadas? ah, los escribanos han pensado en todo. existe la figura del albacea. el albacea es una especie de sargento incorruptible, con una vara en la mano, que comprueba que el deseo último del testamentario se cumpla cabalmente, hasta las últimas consecuencias. así que el testamentario debe decidir, en su lista de amistades y conocidos (y también enemigos, por qué no) cuál de ellos puede asumir ese rol, quizá mañana, quizá dentro de muchos años, cuando incluso el testamentario se haya olvidado de que dejó un testamento. pues aparece un albacea, que también debe firmar. alguien que, como caballero de la edad media, y sin espada en el hombro mediante, se compromete a eso: cuidar que la última voluntad se cumpla. bien, todo queda resuelto unas horas antes del viaje. pero no hay accidente, no hay muertos, hay todo lo contrario, un enorme saludo a la vida. y el testamento permanece, impoluto.

llegada la mudanza, el testamentario decide ocuparse personalmente de embalar sus propias intimidades. y, por supuesto, porque es ateo y dios no existe, las empaca mal. pésimamente mal, porque de embalajes y mudanzas sabe tanto como de bonsai. pero no se da cuenta. llega el rudo proletariado, que de intimidades y correspondencias no entiende nada ni debe entender, carga con las cajas - con ollas, con libros, con papeles, con cajas de té, con tonterías de todo tipo y color- y las empieza a subir por una ventana.

y entonces ocurre.
 la caja que responde al testamento, la que ha suscitado esa última voluntad custodiada por un cancerbero más dantesco que el de dante, se desfonda. vuelan por la acera y en el jardín vecino, cientos de papelitos y papeles, cuadernos partidos en dos, anotaciones, fotografías, recuerdos de viajes y todo eso que no vale nada más que para uno mismo, vuela y parece que serrat está cantando en el fondo, y el rudo proletariado no repara en el asunto, pero el testamentario sí, que aúlla como si fueran las joyas de la corona, los lingotes perdidos del capitán blood, la cara oculta de la luna. entonces, el rudo proletariado, en un esfuerzo sobrehumano por complacer a la mudante que se ha convertido en araña pollito, deja todo y corretea atrás de papelitos y papelones, aquí y allá, y el testamentario que ha sobrevivido a un accidente que no llegó, desde la ventana, convertido en inspector del gusano loco, dice que lo más importante ha caído en el jardín del vecino. y ellos, que no han hecho todavía la revolución rusa ni han espantado a los rusos blancos ni tomado el palacio de invierno, ni leído el manifiesto, ni parece que vayan a hacerlo ya, ideologías muertas mediante, se trepan a la reja que nos separa del caserón del vecino -una réplica de castillito de la cenicienta- en cuyo hermoso jardín, cuidado, podado, regado y reverdecido, campean los papelitos en cuestión.

se trepan, violan la verja, violan las seguridades inalámbricas y entonces estalla la alarma. a las cuatro de la tarde explota una alarma que indica que hay intrusos en una finca. ellos son los intrusos, y el que lo ha ordenado es el testamentario que se muda. qué hacer? una alarma insoportable como todas las alarmas del mundo, del planeta, del universo, que taladra los oídos y, atea también, no sabe lo que es la compasión. me miran, los miro. nada de preocuparse por alarmas, el deber supone recoger cada cuestioncita de esas, que, frágiles, todas desafían las leyes de la gravedad y revolotean entre flores y más flores. uno dice:
-no importa, la cámara nos filmó, pero estamos de mudanza, y ella lo vio todo.
el otro agrega:- callate la boca, y desconectá el botón.

los botones se desconectan, lección del día.

la alarma se silencia y ellos recogen incluso boletos capicúa que no sé bien cómo llegaron a la caja de la vida privada, esa que debe ser quemada algún día si la cobardía no se vuelve valiente.

entregan todo y el testamentario  respira aliviado. pero, oh, faltan un par de tomos de los cuadernitos rojos! el que tiene albacea (cuestión no menor, vamos) reclama:
 - dónde están? es lo más importante de todo.

uno dice:
-los pusimos en aquella caja (lejos, lejos, lejos de la ventana).

el testamentario dice, ordena, clama:
-me dan la caja ya.

el hombre se encoge de hombros; supongo que cada mudanza tendrá su personaje. ellos ya fueron los míos cuando pensaron que el cuadro representaba a montevideo bombardeada durante el golpe de estado. ahora yo soy el de ellos. pero menos literario y menos lisonjero, seguramente.

ahora hay un cajón lleno de estúpidos papelitos, que no valen nada, salvo para el testamentario, que debe ordenar de algún modo. si el invierno es largo y tedioso, será un pasatiempo más. a quién se le ocurre mudarse, a quién guarduar todas estas cosas? menos mal que dios no existe, si no, lo castigaría a uno por pedante. y que dios le dé ánimos al heredero universal y sentido de humor al albacea, y confiemos en que los testigos sobrevivan al testamentario. el testamentario, mi fuente, se olvidó de averiguar si debía nombrar suplentes, en caso de que fallecieran antes que el testamentario, como en el fútbol.

clasificadores de basura

tengo ante mí el currículum vitae de guillermo (omito el apellido a propósito), 35 años, recién llegado al país después de 15 años de trabajar en ciudad popayán, colombia, muy cerca de la frontera con ecuador (y según wikipedia, de las ciudades más antiguas de colombia, de las mejor conservadas, con cerca de 300 mil habitantes y a unos 600 km de bogotá). y qué hacía guillermo en popayán, conocida como la ciudad blanca? pues era asistente y auxiliar en una radio, porque siempre quiso ser periodista, pese a que sólo terminó el segundo año de secundaria. allí trabajaba y desde allí ayudaba a la familia, humilde, que vive en bella italia. el padre falleció en febrero, y la madre -ama de casa- y la hermana -madre, a su vez, de dos niños chicos- no pudieron sostenerse solas y  él llegó a dar una mano. hace ocho meses que está y trabaja como clasificador de basura. no tiene carro, ni bicicleta ni otra cosa que la tracción humana. los años de secundaria -escasos dos años- y los de trabajo en la radio lo hacen un buen conversador, respetuoso, con un lejano cantito colombiano, un riguroso tratamiento de usted. prolijo, limpio, se ofrece de la nada a dar una mano cuando un amigo y yo pretendemos deshacernos de innumerables cantidades de basura de la mudanza: cajas, telas, bolsas, restos de artefactos; en fin, todo eso que de pronto deja de formar parte de la vida y cobra vida propia. es de noche, el contenedor no está cerca; vamos y venimos y de pronto aparece guillermo. nos ofrece ayuda, dice que sabe cómo poner la basura -los trastos, las maderas, las cajas de cartón, y el resto, lo inútil- en el contenedor para que otros compañeros se beneficien. efectivamente, sabe hacerlo. es ordenado y rápido. para cuando queremos acordar, aquello parece que nunca hubiera ocurrido. entonces le agradecemos y él nos da un papelito con su nombre y un número de teléfono. dice, señora, si aparece algo más, me llama, que yo vengo y me ocupo. nos despedimos; ha refrescado y dan ganas de estar dentro de una casa. él se regresa caminando, me entero al día siguiente, porque no sólo no comió, sino que tampoco tiene dinero para pagar el boleto. cuántas horas hay que caminar hasta llegar a bella italia? muchas, supongo, y con hambre y cansancio han de ser muchas más.

la basura vuelve a acumularse y miramos con desazón todo ese montón, que ya incluye pequeños muebles, algún cuadro que no ha sobrevivido a la mudanza, y todo tipo de enseres. y si llamamos a guillermo? capaz que le sirve. dice que vendrá dentro de dos horas, y es puntual como un alemán. mira todo, calibra cómo trasladar todo eso en el ómnibus -el 405 lo deja a algunas cuadras- hace dos pilas, decide qué se lleva en este primer viaje. sonríe. intenta conseguir un carro, pero no hay. así que dice que seguramente venga con la hermana, más tarde. le damos dinero para los boletos, y algo para que coma, puesto que sigue sin hacerlo. y tres horas más tarde llega con natalia, la hermana, muy joven, muy agradable y mesurada en el hablar. ayuda al hermano y se organiza incluso mejor que él para llevarse todo. entonces guillermo me da el curriculum y una fotocopia con los aportes al bps de sus años de trabajo en uruguay. le digo que intente terminar secundaria en un nocturno para adultos, así después puede entrar a la utu y cursar comunicación, que es lo que quiere hacer. él dice que averiguará, pero que también quiere volver a colombia, porque en la radio lo esperan con un contrato y trabajo seguro y firme, y de ese modo puede ayudar a la familia.

- no me avergüenzo del trabajo que hago - dice, -pero no me gusta ni quiero ser clasificador. soy honesto, mis padres me educaron en valores, eso que a la sociedad tanto le falta ahora. muchos creen que por trabajar en esto y por vivir donde vivimos, no somos de fiar. pero hay de todo en todas partes; sólo quiero ayudar a mi madre y a mi hermana, y después volver a colombia, a trabajar en la radio. es lo que me gusta hacer.

- tengo pasaporte y volver a colombia, por tierra, me cuesta 450 dólares. demoro una semana, y llego. estoy juntando el dinero para eso.

(ni falta hace hacer cuentas; para unos, 450 dólares son el futuro y la solución; para otros, un pantalón de marca, un par de botas de marca, un celular de marca, una cena de marca) 

los acompañamos; es de noche, tienen un par de horas por delante, y me pregunto cómo se las ingeniarán con todos esos paquetes en el 405. les hacemos adiós con la mano y ellos devuelven el saludo, cargados y sonrientes.

ojalá consiga un trabajo distinto, que esté de acuerdo a su experiencia laboral. ojalá la familia salga adelante y pueda volver a colombia, a trabajar en la radio.

y si alguien sabe de un trabajo, avise.

sábado, 17 de marzo de 2012

caracas, instantáneas de la ciudad

museo de arte moderno, parque central, exposición permanente de grabados de picasso. rosario es una guía excelente, y lee para mí los dibujos, los trazos, la composición espacial. hay 106 grabados expuestos en una gran sala -la iluminación es pésima-, y cada vez que uno se acerca para ver mejor, suena una alarma bastante aguda y  molesta. creo que suena 106 veces, pero vale la pena. salimos de allí en busca de la tienda del museo, y encontrarla supone recorrer el laberinto del minotauro. la tienda está en uno de los pasajes del parque central, lejos del museo, después de doblar varias esquinas y preguntar a innumerables peatones de buena voluntad. una vez allí... el único catálogo de la exposición que queda es el de la tienda, pero la persuasión y la pasión funcionan, la dependienta consulta a su jefe, que a su vez le pregunta: realmente quieren ese catálogo? rosario afirma y yo le cruzo los dedos. el catálogo pasa a su bolso, amén de varios afiches y libros que compramos. me quedo con un afiche hermosísimo de zapata, el famoso caricaturista, de quien nos dice que estuvo "malito, pobre, pero ya se ha recompuesto", y recuerdo el uso de diminutivos que tanto me molestaba. en este caso, por tratarse de zapata y de un afiche magnífico, casi que pasa desapercibido.

en la feria, alguien ha dejado una nota para mí, y después recorremos algunos stands. al rato, viejos amigos venezolanos aparecen y nos vamos a beber una por los tiempos pretéritos en el pasaje que han montado, similar al de medellín, en que se mezclan tarantines que venden café, vino, dulces y todo tipo de comidas típicas, con gritos de gentes que se saludan, poetas que recitan, la radio que transmite en vivo de la feria y todo el ruido de la ciudad que se cuela entre los árboles. el sol alcanza cada rincón y el calor aumenta a velocidad segundo.

de tarde, rosario da su conferencia, y el cubano que habla es tan, pero tan aburrido, tan alambicado, tan salido de hace mil años, que ahí nomás, me quedo dormida. mi amiga myriam, la negra, una periodista me dice: mira, chica, que has roncado. y yo me quiero morir, y ella agrega: una broma, nada más. nos vamos de la conferencia con pena, porque yo quería escuchar la exposición de rosario, pero está última, y he quedado en encontrarme con la poeta astrid lander. que aparece, elegante y sonriente como en atacama, y ahí me doy cuenta de que no tengo editorial que nos presente, de modo que hay que presentarse de alguna manera, que ella sortea de lo más bien. entonces empiezo a reconocer caras, a las que de pronto se le suman los nombres. caracas, 1979, viejos amigos han leído que estoy aquí y han venido a saludar. ha de ser lo más emocionante de todo, tanto como reconocer la ciudad. entonces las conversaciones se vuelven tan tropicales como el trópico, porque es un picoteo de lo de antes con lo de ahora, y casi todos hablamos a la vez, pero nos escuchamos con atención, no sé cómo. alberto, julia, rómulo, alicia, ruben, y otros que aparecen luego. no sé si disfruto tanto la presentación por su presencia, que es como rendir un examen, el más difícil de todos, el de los pares, tantos años después.

en el correo del orinoco hay una entrevista a achugar. él dice que después de salir del país, uno se queda sin casa. es cierto. pero caracas es como una casa, una casona. que hoy transitamos, hacia la hoyada, a las apuradas, porque queremos comprar música y ron. van juntas, naturalmente. en la hoyada nos metemos en una suerte de mercado laberíntico, y le digo a mirla: aquí huele a santería, y dice, sí, a santería. entre los pasillos ella pregunta dónde hay buena música, y un negrote alto y simpático le dice: donde el chino. y allí, sentado en un enorme pipote, con una cachucha y cara de semi chino, está el chino. dirige todo lo de la música: música llanera a la izquierda, él tiene salsa. y entonces recuerdo una salsa que me gustaba mucho, de la que, sin embargo, no sé ya el nombre ni quién cantaba. digo: mirla, una que decía algo así: mi gata está enojada, porque no puede vacilar... y ella dice: sí, sí, espérate, y se la pone a cantar, y va donde el chino y le dice: chino, esta salsa busca mi amiga... y se la canta y la baila, ese pedacito, ese trocito de estrofa y él dice: claro, héctor lavoe, espérate un segundo. el segundo se convierte en un minuto que se convierte en otros, porque en ese tarantín que vende de todo, los cedés no están ordenados bajo ninguna otra lógica que la del chino, el tiempo corre contra reloj y él dice: sin ansiedad, con calma, mientras un hombre que tiene un programa de radio también le pide material. es claro que todo, absolutamente, es pirata, y lo más parecido a beijing que he visto. en realidad, podría ser beijing. por fin aparece el cd, y por quince bolos me llevo 106 temas de lo más granado de la salsa, y vaya que sí. ahora nos falta tu ron, dice mirla, vamos a por él. otra vez pasillos y calles, y donde antes no había aceras, y mucho menos en el centro, las hay. ella dice: es aquello de que hace unos años se dieron cuenta de que había que hacer obra pública...  y reconstruyeron la vialidad. total, que ya no puede decirse más que en caracas no hay aceras y que caminar por la calle es imposible. y a los buhoneros los han destinado en estos mercados, de modo que todo está limpio. allí está el abasto, la droguería, la bodega. los rones... de precios tan distintos que no se entiende. ella dice: yo compro ese, que es ron del puro, del bueno. moneda de plata vale 28 bolos, y el pampero añejo, 250. es bueno, pregunto, porque el precio es... extraño. mírame, me dice, y confía en mí. y lo preparas así:aguaquina, un poco de jugo de limón, mucho hielo, si tienes angostura, mejor, y tan luego el ron. te bebes uno, dos, tres, cuatro, te cuelgas en el chinchorro a leer, y te acordarás de mirla. entonces me convence, y compro varias botellas. estoy segura de lo que diría la negra myriam, la que ha negado todo desde que me la encontré: eso no es ron, es gasolina de avión.

myriam me lleva a sabana grande y a chacaíto. quiero ver en qué se ha convertido todo. a mí me gustaría volver a ver el gran café y el juan sebastián bar, pero ella, una antichavista casi violenta, está empeñada en que yo vea lo feo y horroroso que está todo. y yo no logro ver la fealdad, y lo que a ella le parece la peor decadencia, a mí me suena a una buena solución urbana. creo que se resigna un poco, porque a mí me conmueve recuperar olores y sonidos, aquellos en los que terminé de crecer. volvemos en metro, y supongo que se alegra cuando da una frenada de aquellas. sonríe y dice: te lo dije, ni el metro! (y yo pienso:ojalá montevideo tuviera uno)

cenamos arepas, pabellón, en una arepera, con los amigos que hemos ido reuniendo en la feria. han pasado muchos años, pero la conversación se mantiene viva y alimentada por los enormes cambios del continente de este tiempo en que no nos hemos visto ni sabido nada unos de otros. reconocerse un poco en los otros es como alegrarse de tener un espejo que todavía refleja.

nos despedimos, quién sabe cuándo será la última vez.

al mediodía se comienza a armar una gran manifestación porque chávez ha vuelto al país y la gente vestida de rojo, con pancartas y banderas marcha, cantando y gritando. si este cristiano se muere, decimos, acá se arma un problema de novela. nadie sabe qué va a ocurrir, y a mí me da un poco de pena este presidente, que se cree tan poderoso como un dios, tan certero y absoluto como un dios, tan iluminado como un dios, y se olvidó de que es un ser humano. siento que estos gobernantes tropicales, tanto da que sean dictadores o autoritarios están pagando la culpa de tener que demostrar que son más machos que un macho cabrío, bien diferente a lo que ocurre en el sur. en todos lados hay fotos del retorno del líder. y la manifestación impide que haga una última recorrida por el este y vea la cota mil, porque anuncian que el tráfico a la guaira estará imposible y me mandan en un taxi casi cinco horas antes. pero el tránsito es una maravilla, y llegamos en media hora a maiquetía. y qué se hace cuando no hay sillas ni nada, y se debe esperar tanto? se lee. el magnífico catálogo que rosario me ha regalado sobre la exposición de ángel rama. y después se escribe esto y se despido uno de caracas, adiós, la bella.

jueves, 15 de marzo de 2012

caracas, la feria

uruguay tiene un stand de la cámara del libro bien nutrido, que incluye, no sólo libros de variados autores y temas, sino murales de los autores homenajeados (galeano, benedetti, ángel rama), un lamentable televisor enorme que transmite fútbol (como si lo único que tuviéramos para mostrar fuera eso, once tipos demenciados atrás de un balón), personal bien dispuesto e informado. la feria es grande, se extiende en varios niveles, incluye una zona al aire libre, en el parque (similar a la de medellín) y un par de salas en las que se presentan libros, se hacen conferencias, se habla. en la sala ángel rama, rosario peyrou presenta el diario de ángel rama, editado por monteávila, una editorial de renombre que hace años sacaba de lo mejor de la literatura latinoamericana (ahora supongo que también, pero no lo sé). la presentación de rosario es una delicia, porque para llegar al diario que escribió rama durante su exilio en caracas, es menester decir quién fue y qué representó (y acá en caracas fue el fundador y editor de la biblioteca ayacucho, que es una de las más ambiciosas e importantes de la literatura latinoamericana). y de pronto se encuentra uno escuchando con completa fascinación toda la historia de un hombre hijo de inmigrantes gallegos, que hizo de la literatura, de la crítica literaria, de su afán por lograr una construcción latinoamericana literaria, que fundó arca y publicó a los grandes -garcía márquez, vargas llosa, cortázar, antes de que fueran alguien-  su vida y su propia obra. uno sabe quién fue ángel rama, uno llegó a conocerlo tangencialmente, sabe y calibra y admira el valor de su obra, de su inteligencia y de su aporte a la reflexión, y, sin embargo, al escuchar a rosario parece que estuviera oyendo algo nuevo, distinto, y quiere salir a leer lo que no leyó, empezando por el diario. el público también se embelesa. porque rosario embelesa, tiene esa cosa docente de transmitir una pasión y una calidez, de acercar y de provocar. la gente aplaude, se encanta, termina de ver vivo, en carne y hueso, a ese hombre flaco y alto, de mirada intensa (en mi recuerdo de tantos años). hay algo que dice rosario, que queda en el aire: las casas vacías. irse de montevideo, y el largo periplo -caracas, estados unidos, parís- era eso, llenar casas vacías (y pienso en la canción de cabrera, mudanza). de a poco la sala se ha ido llenando, como ocurre en las ferias, y el público pende de las palabras de la presentadora.

después, paseamos por algunos stands y librerías, llenas hasta el tope de gente de todas las edades, que compra libros, hace colas para pagar, revisa estantes y mesas de ofertas. por allí anda hugo ulive, el cineasta uruguayo, tan agudo como siempre. por allí anda también el insoportable luis britto garcía, convertido en la personalidad venezolana de la feria, a quien se lo homenajea una y otra vez. su curriculum pasa por la literatura, la dramaturgia y la ensayística. todo un señor intelectual, y por tal motivo, nos han invitado a una obra teatral que se da en la feria, en unearte -creo que el antiguo ateneo de caracas, pero no estoy segura, le han cambiado el nombre a casi todo-, "muñequita linda", dirigida por román chalbaud, famoso dramaturgo y director vernáculo. una larga cola, eterna, y luego la sala llena. y la obra, infumable. anacrónica, tonta, pasada de tiempo, con un intento triste y tedioso de actualizarla, lenta y sin nudo de ningún tipo, con dos o tres actuaciones interesantes (la criada; una consejera sentimental; y no más que eso), con la repetición del recurso de narrar la historia real de venezuela con documentales de época, que a la tercera vez son un castigo, y el mismo recurso con una radio a válvula. una rara mezcla de costumbrismo con parodia (se parodia a un maestro de escuela comunista; se parodia a un candidato a la presidencia, pero no se entiende por qué), en realidad no se entiende demasiado y me duermo en varias partes, de modo que no termino de comprender qué quiso decir britto, ni qué se propuso chalbaud. pero a la conclusión que se llega fugaz y malditamente es que britto garcía debe de ser uno de los pocos intelectuales afectos a chávez, y que no importa lo que sea, allí está. apoteósico es cuando los casi veintipico actores saludan al público (que aplaude con pasión) y el director grita: el autor, el autor! (como en las pelis de hollywood) y sube el autor, el puño alzado, combativo y combatiente y hay flores y ramos para ellas y ellos, flores rojas, naturalmente, el color de la revolución, y el telón sube y baja, y tal parece que estamos ante una obra mayor de brecht. triste final para un día de feria que incluyó una lectura de poesía de mujeres en un pequeño círculo en el parque, con un público atento,  que escucha mientras bebe cerveza y come pepitos.

son las nueve de la noche, y el teatro queda en la acera de enfrente del hotel. para llegar al hotel hay dos chances: o se cruza el elevado que une una acera con la otra, un puente de unos quince metros construido en cemento gris, que es lo que cruzamos de día, o se cruza la calle, cuando el semáforo cambia a verde. preguntamos y dos hombres jóvenes nos dicen: no crucen por el elevado, porque es peligroso. mejor cruzan rapidito la calle y como está iluminado y desde todas partes las ven, es menos riesgoso. nos miramos con rosario y nos parece increíble. es peligroso cruzar un puentecito a las nueve de la noche que une un centro cultural de la envergadura del teresa carreño con un hotel de la envergadura del alba (ex hilton) donde hay guardias, taxis y un movimiento incesante. cruzamos la calle a las corridas. no, no, no se puede vivir en una ciudad donde después de que cae el sol no se puede andar por la calle, no se puede cruzar una calle.

el ascensor me lleva, por error o por afán, hasta el piso 23, donde suben dos muchachitos que parecen taxi boys salidos de una peli de almodóvar. en el tablero del ascensor, desde el piso 21 hasta el 26 son "ejecutivos", está marcado de ese modo, muy evidente, y estos jovencitos, con dos bolsos y cinturas quebradas, que saludan amablemente y se arreglan el cabello ante el espejo y están pálidos como vampiros, descienden en el 26, en la sala ejecutiva, raudos, excitados, desafiantes. son distintos a todo lo que he visto en el hotel, durante el desayuno, el almuerzo, la cena y el trajinar en el lobby y en las distintas salas y tiendas que hay en el hotel. ni siquiera parecen amigos, o tan solo una pareja clandestina, o no sé qué, que explique sus gestos apresurados y fingidos, sus miradas entre directas y escondidas. cuando me encuentro con rosario para ir a cenar, le digo: había algo raro allí, y le cuento. sí, es raro. pero todo se disuelve, como si hubiera sido apenas un deja vu, o algo inventado, o un pedazo de relato, porque en la terraza donde cenamos, los jueves hay música venezolana, llanera, y entonces me olvido de los vampiros pálidos y excitados, de sus cinturas quebradas y los ojos delineados, y suenan el arpa, el cuatro y las maracas, y tan luego aparece el cantor, con esa voz más aguda del llano, y los joropos se meten en la noche fresca, de cielo sin estrellas y el agua de la piscina un poco picada porque se ha levantado la brisa. los mozos diligentes llevan y traen bebidas, y hay gentes de todas partes, y la música tiene esa belleza de la tierra con horizontes amplios, con historias de amor de campo, y hasta la vaca mariposa de simón díaz aparece (y el pobre simón está viejito y con alzheimer, ay, qué pena, qué pena que ya no suene su voz ni resuene su simpatía y su liquiliqui blanco se vea como una bandera), y una mujer entrada en años y en carnes se levanta y baila ese joropo, algo tan difícil de bailar, y se olvida uno del elevado peligroso, de que hay una especie de toque de queda natural, de sobrevivencia,  y se deja llevar por la aparente alegría de la música llanera que, en el fondo, muy en el fondo, tiene una melancolía, la melancolía de todos los campos de cualquier parte, esa soledad del hombre ante la naturaleza.

y después aparece cristina, la presidente de todo lo vinculado a la feria, y conversamos y habla de la inseguridad, del peligro, y de cómo, de a poco, han ido cambiando las cosas. es sencillo, dice, se trata de recuperar los espacios públicos, que habían sido tomados por la delincuencia. entonces, el plan estratégico (y desde hace dos años hay una universidad donde se forman los policías) se propone, de a poco,  ir reocupando los espacios públicos, con cafés y actividades, y tiendas y vida pública. "no ceder los espacios", dice. la conversación se vuelve más política, mientras el llano sigue sonando con fuerza desde el escenario. le pregunto dónde se puede comer bienmesabe. piensa y dice: mañana le pregunto a las niñas y te respondo. tan difícil como siempre, le respondo, el bienmesabe se hace desear, siempre. y ríe. algo tan sencillo, algo tan sabroso, y de tan difícil captura.

ya las luces de la cota mil se ven, se ven las luces de los rascacielos y de los rancheríos, de los autos, del encendido, de los parques. y salvo los carros, la ciudad se vacía de gente, cambia de sonido. desde el ventanal del décimo piso parece un contrapicado de una serial norteamericana. una frenada, unos bocinazos, el semáforo cambia a rojo, un carro de policía atraviesa una cebra y sigue, una arepera valiente sigue abierta. la noche, en cualquier ciudad grande, se parece.

caracas, segundo día

desayuno a la venezolana: huevos revueltos, arepas, mantequilla, jugo de parchita, guayoyo en taza grande, carne esmechada y pollo idem, pabellón, salchicha asada. después de eso, larguísima caminata por el casco antiguo. la memoria sigue firme, pero asombrada. antes, el centro, era donde no se podía estar. caos, suciedad, fealdad, dejadez. bicentenario y gobierno "socialista" de por medio, se lo recastó. zonas peatonales, tráfico ordenado, casonas recuperadas, guardia civil (con boina roja y camisa caqui, botas militares y caras salidas de lo profundo), da gusto caminar y ver y meterse en todas partes. plaza venezuela, el reloj solar que atrasa cinco minutos (no entiendo por qué, será porque acá todo es posible); ni un sólo desperdicio ni papel ni nada en la calle; tampoco hay gatos, dicen que dicen que desde que llegaron los chinos, desaparecieron los gatos; hay papeleras por todas partes, y la algarabía de siempre: el venezolano dirige el tránsito, le dice al otro lo que debe y no debe hacer, y  mientras tanto, nosotros, la comitiva, avanzamos. nos guía mirla, a nuestro cargo por la feria, una especialista en literatura latinoamericana hasta el año 1920, que resulta, además, una mujer que sabe muchísima historia venezolana y caribeña, y que claramente disfruta de mostrarnos lo que nosotros no veríamos. feliz, nos dice que el paseo comienza por montarnos en un carrito por puesto (el pasaje cuesta desde hace tres años, me responde, feliz, tres bolívares; el dólar oficial da cuatro, de modo que más o menos es como nuestro boleto). la comitiva incluye un especialista cubano y un ecuatoriano, y pronto nos damos cuenta de que el ecuatoriano es un peligro, distraído, que se pierde a cada esquina y nos hace perder mucho tiempo buscándolo. y cuando no se pierde, hace cosas insólitas que nos restan el poco tiempo que tenemos para recorrer lo que mirla se ha propuesto. pues bien, la casa del padre de la patria, simón bolívar. explica que una casa que tiene un patio con aljibe ya significa poder y dinero, pero en ésta hay tres patios sin contar las caballerizas. es algo magnífico, con cuadros originales en las distintas paredes, los muebles de época y un sabor a historia viva que da gusto. unas cuadras más allá, está la casa donde vivió josé martí en su pasaje por caracas, y ella recita de memoria: "cuentan que un día un viajero llegó un día a caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba adonde estaba la estatua de bolívar...", y allí, en esa casa, nos recibe zaida, una mujerona simpática, nacida en maracaibo, que nos regala libros (libros!)  y claro que aceptamos libros y un guayoyo de lo más sabroso y una charla como saben tejerla los venezolanos cuando están en vena, y da la impresión de que siempre lo están. memorias.

de allí -vueltos a perder al ecuatoriano por tercera vez y en realidad deseosos de que se termine de perder del todo, como pulgarcito- vamos a la plaza bolívar, donde está la estatua del prócer y todo un merequetengue de cultura popular. montada en medio de la plaza, como el circo que llegó a macondo una vez, hay una tienda donde hay un grupo que canta y baila una mezcla de salsa y merengue, y que televisión nacional transmite, a los gritos, en vivo y en directo, mientras una multitud, alborozada, baila y disfruta. son las once de la mañana de un día laboral, pero acá parecen pasarla de lo más bien. preguntamos qué significa este festejo y nos responden que es la concepción chavista de la cultura popular. vemos que varios de los asistentes van envueltos en banderas de la patria, y también llama la atención. reconozco, por acá cerca viví, entre la avda. barralt y la urdaneta, y algunos perfiles se han mantenido, y otras cosas han cambiado mucho, pero el aire es el mismo. mirla nos dice que pronto cambiaremos dinero. "a ver, mujeres", dice, "ustedes son de las que necesitan y quieren todo registradito y en regla, o puede ser de otro modo?" de inmediato le digo que somos muy desordenadas. el desorden es una virtud. nos metemos por una galería, después de que ella saluda a un mulato simpático y pronto nos encontramos, al final del pasillo, ante un mostrador en una tienda que no vende nada. dos hombres atienden, mulatos también. "mira", le dice, "aquí mis amigas tienen algo para cambiar". él nos mira: "¿cuánto?" le decimos. "bien", responde, "tanto". y le entregamos los billetes, y secundados por el cubano y el ecuatoriano, que parecen dos guardias pretorianos y mirla, que es delgada y se maneja en el mercado negro como cualquier cristiano en cualquier parte, duplicamos lo que sería el cambio oficial. "a la orden, mirlita", se despide nuestro agente financiero. "volveremos", responde ella y nos sonríe. entonces nos lleva por las callecitas ahora peatonales, donde se vende de todo, en la calle, como parece ser en toda américa latina que conozco menos uruguay, argentina y chile, al menos en sus capitales, y por aquí y por allá nos va contando la historia de esta zona. visitamos la alcaldía, otra casa colonial, con esos patios abiertos y la vegetación frondosa, y con el ávila siempre verde al norte, y del otro lado, al sur, las laderas de los cerros crecidas de rancheríos. por fin la biblioteca nacional, un edificio a la bauhaus, portentoso, enorme, cerca del colegio lasalle, rodeado de un parque en el que crece, orgulloso, un samán, árbol vinculado a las leyendas de este país. la biblioteca es literalmente enorme, y uno piensa en borges. pero borges en el trópico? quizá se hubiera deleitado con el bullicio, los olores y los gritos de los vendedores ambulantes. vamos a la sección de libros y manuscritos raros... y vemos el cuadro original de andrés bello, y rosario m e pide que le tome una fotografía. y allí, en una vitrina está la "gramática de la ortolojía y la métrica del idioma español" y distintas versiones del quijote, y muchos manuscritos y tantos libros que uno no saldría más de allí. en otra sala, la de prensa, están todos los periódicos desde el siglo xix... es extraño salir de allí, tan silencioso, tan fresco, nuevamente a la parte vieja de la ciudad, a pocas cuadras de la pastora, a pocas cuadras de los rancheríos que siempre empiezan en la cuesta donde termina la última acera transitable.

hacemos un alto para beber algo fresco; café helado, había olvidado el sabor que tenía, y de pronto un arco iris de gustos se agolpan en el paladar y pienso que cuatro días no son suficientes para tanta memoria y recuerdos juntos. cruzar la urdaneta es realmente turismo de riesgo; y descubrir que el nuevo circo, la antigua terminal de buses, que era lo m ás parecido a un caos salido de un círculo infernal de dante, se ha convertido en algo más desarrollado que tres cruces sorprende. ¿cómo ha ocurrido todo esto?, le pregunto a mirla, y ella responde: en el 2010, el gobierno se dio cuenta de que caracas estaba desurbanizada. y decidió urbanizarla. ojalá en montevideo el gobierno se diera cuenta de que tenemos problemas de desurbanización y cambiara las cosas. tal parece que en dos años y con recursos, algunas cosas mejoran. de todos modos, el tránsito es el tránsito, los mensajeros en sus motos están en todas partes, y andan que parecen insectos de la quinta dimensión; y como es el bicentenario, hay gente que viste ropa de época: un llanero, una guajira, unas mujeres vestidas como en la corte del siglo xviii. las tiendas de abarrotes se mezclan con los comederos desde los que salen los olores más deliciosos que uno puede imaginar en el trópico, y se amontonan las arepas, los quesos, los dulces dulcísimos y las frutas de todos colores.

tomamos el metro en capitolio, y cuatro estaciones más tarde, en bellas artes, quedamos a media cuadra del hotel. hace mucho calor. el fresco de la mañana dio paso al color denso del mediodía y el sol, que parece que está en el zenit desde hace horas, hiere los ojos y la piel. en el lobby la gente entra y sale, apurada, con carpetas y distintas tarjetas colgadas al cuello. todos bolivarianos, todos con distintivos, todos miembros de alguna institución del poder popular de algo. llama la atención el poder popular de la inclusión y el género.

hay algo extraño en esta mezcla de cosa que parece funcionar bien, de ciudad por fin limpia y relativamente organizada, con el culto a la personalidad de don chávez, que recuerda a otros similares. mirla nos dice, cuando vemos las fotos y los documentos de la exhumación de bolívar: dicen que el cáncer de chávez es resultado de que usurpó las cenizas del padre de la patria. eso dicen los santeros. le respondo: si dicen los santeros, el hombre no tiene cura. y ella responde: eso creemos, que no se juega con las cenizas, y que no tiene cura.

después, con rosario bebemos un jugo y una polar heladas, con una foto de un chavez furibundo que nos recuerda que la patria es esta, latinoamérica. vaya, pero la polar es anterior, y sigue sabiendo igual de buena. y la parchita y la lechosa son la parchita y la lechosa, y la salsa y los manglares seguirán estando. eso tranquiliza. lo demás, es historia.

y como demostró goytisolo, la historia es mentira y sólo existe la ficción. será por eso que uno se vuelve, un día, escritor.

miércoles, 14 de marzo de 2012

caracas 1, primer día

ver la guaira y maiquetía desde la ventanilla del avión ya emociona. los recuerdos, olvidados, surgen de a uno. debe de haber una memoria casi física, metabólica, que hace que uno se ubique.
no bien salimos de la manga, una azafata de protocolo del aeropuerto no espera, de modo que - no sabía que éramos tan importantes- no debemos hacer colas eternas de inmigración, ni nada de lo que ocurre en los aeropuertos. sorprende que no haya un cuadro de chávez en la entrada, aunque sí un enorme cartel de la patria bolivariana. salir es sencillo, aunque las maletas se demoran más de la cuenta. afuera nos espera gente de la feria del libro. y, como hace 34 años, el contraste con el aire acondicionado y la humedad envolvente, que cae como un mazazo, de maiquetía, es la misma. y también la vegetación asombrosa, deslumbrante. es época de seca, pero no se nota. incluso el ávila está verde. los caseríos que antes, o al menos en mi memoria, eran marrones, ahora son multicolores, y han crecido hoteles al pie del aeropuerto, y los cerros están poblados de esas casuchas que se derrumban cuando llueve. la alegría venezolana es la misma que recuerdo de hace tantos años. tenemos suerte y la autopista está relativamente despejada. atravesamos boquerón 1 y 2 en un santiamén y entramos en caracas, la bella. cómo ha crecido. donde antes no había nada, ahora se amontonan las casitas y los edificios. entonces sí, se ven los próceres a los lados de la avenida. incluso junto a artigas (no sé por qué está dos veces) está nuestro presidente, el señor mujica. lo ve rosario, yo no, y no me extraña, tengo una especie de ceguera para el señor presidente del uruguay.
caracas es ruidosa, siempre; hay muchos carros, mucha gente caminando, y, en mi recuerdo, para lo que era esta parte -parque central- está limpia. al menos, más limpia que montevideo, lo que es mucho decir.
primer problema: no estamos en un país cualquiera. no se puede sacar moneda extranjera de un cajero automático, y el tipo de cambio oficial es la mitad de lo que se consigue en el negro. por suerte -y da vergüenza- la presidente de la cámara del libro me presta algo de dinero en dólares, y  nos da un par de indicaciones de sobrevivencia elemental: no salir de noche, cuidar el pasaporte. andar con cuidado. pero de algún modo eso ya era así antes, de modo que nada sorprende. cruzamos el elevado y nos metemos en el teresa carreño, donde funciona la feria. llegamos a tiempo para escuchar una conferencia de napoleón baccino vía teleconferencia, en la que participan miguel barnett, el que escribió la historia de raquel, un magnífico libro que se considera fundante en su género (él lo niega y lo atribuye a la supina ignorancia de los yankis, que fueron quienes lo definierono así); juan goytisolo, que hace un racconto apasionado y rizomático de lo que NO es la novela histórica, y cómo la historia en realidad es una gran mentira, y cómo la ficción subsana lo que la historia no narra, y luis britto garcía, escritor y ensayista venezolano, figura homenajeada en esta feria, que hace acotaciones que son un compendio de lugares comunes y banalidades por el estilo. se lleva las palmas goytisolo, quien, como buen español, tiene el arte del decir instalado, y la gracia de los españoles que le corre por la sangre. baccino nos adormece profundamente, porque habla de maluco y no sale de un sí mismo un poco tedioso. hay público que hace preguntas, y una estudiante de ciencias políticas que plantea una pregunta que en realidad es una aseveración eterna sobre la identidad latinoamericana que suena a los años sesenta y por lo tanto no sólo no aporta en nada a lo que se ha dicho sobre la novela histórica o la ficción histórica, sino que hace que goytisolo responda: su pregunta es tan compleja, que ni sé qué comentarle. ella se sienta, contenta; parece una líder estudiantil pasada de moda, pasada de época, convencida de que sí existe una identidad latinoamericana, y cuando dice que cualquier escritor latinoamericano debe escribir y reflejar esa búsqueda y esa afirmación de la identidad, me corre frío por la espalda. sonamos, me digo, volvemos a la torta frita, a la guayaba, a la alpargata, a la milonga, lo mágico y el bolero. esa rara certeza instalada, mientras el mundo se debate en precisamente en que ya no se sabe lo que es la identidad, y que todo se ha vuelto una mescolanza, choca irremediablemente con su discurso pasado de época. goytisolo es muy claro: prefiero hablar de consumismo global y no de capitalismo global. cada una de sus intervenciones ha sido un cachetazo al mainstream de cualquier tipo. un placer. irónico, con un humor muy fino y un paseo por toda clase de autores y de temas, sin dejar de lado un amplio conocimiento de las migraciones, da por tierra con cualquier postura medianamente cuadriculada. uno saluda que existan intelectuales de este tipo. barnett se disculpa y se va a una reunión en su embajada. nosotros vamos a descansar un poco y pensar qué haremos mañana.

estoy en caracas, pienso, y no puedo creerlo. ya veré a mis amigos pretéritos y mis nuevos amigos, pero todo es conocido, todo es como nunca dejó de ser, más allá de los cambios, del gobierno, de lo que sea. entonces capaz que existe algo parecido a la identidad, pero como nadie la sabe decir, y se olvida de la emocionalidad, la complica con definiciones categóricas. rosario es más simple: nada de todo esto es científico. la historia no es científica. y y dejo caer algo del bolsillo y respondo: a diferencia de la física: sé que, cuando dejo caer algo, acá o en cualquier parte, va a cumpir con newton y precipitarse hacia abajo. eso es infalible. estoy en un piso diez. no voy a demostrarlo en carne propia. pero la vista es magnífica: caracas a los pies. ruidosa, brillante, peligrosa como siempre.