jueves, 12 de febrero de 2015

Beirut, 2

La tormenta de ayer dejó al diluvio de Noé en quinto lugar en el Guiness, y esta batió todos los récords. no paró de diluviar, y el viento se llevó todo. las olas en la "rambla" fueron tan fuertes que arrancaron parte del malecón de hormigón y hierro.
de modo que la lluvia persistente de hoy de mañana no es un impedimento para salir, con el inútil paraguas y botas gruesas para evitar vergonzosos resbalones (como los de ayer) en las aceras angostas y empinadas.

Avda. Clemencau hasta Rue de Rome, para llegar a la Avenida Hamra, donde debe de encontrarse la Librería Antoine y un poco más abajo (?) una tienda grande, que es muy esquiva. Pero llegar a Clemencau supone cruzar un tráfico que ya está demasiado atorado, así que ¿por qué no tomar un desvío, si se supone que todos los caminos conducen a Roma? Una callecita lateral, que corre como un caracol, y que resulta ser la Rue John Kennedy, desemboca en un hospital en callejón cerrado, y después a la Rue Bliss, y si se dobla a la izquierda, con un poco de suerte se llegue a Hamra. Como la izquierda en el mapa es la derecha real y viceversa, no parece tan complicado orientarse. Sí, la Avenida Hamra combina cafés, joyerías, edificios como de los años sesenta donde todavía se ven los viejos anuncios de tiendas, hoy convertidas en boutiques más elegantes, consultorios de dentistas, tiendas de electrónica y vidrieras vestidas para San Valentín. Hay mucha gente por la calle, y maniobran con los paraguas que da gusto. Se aprende. Todo se aprende.
A un par de cuadras en dirección Este, está la librería. Pretendo conseguir Beirut, de Samir Kassir, porque un par de adelantos lo hicieron fascinante. En el subsuelo se encuentran los libros en inglés y francés. ¡Qué tonta pretensión pensar que sólo sería ese libro! Le siguen House of Stone, de Anthony Shadid, que ganó el Pulitzer; Beirut re-collected (crónicas sobre la ciudad, un verdadero hallazgo); un librito de Khalil Gibrán, en alemán, y un librito en francés con dichos y refranes para cada día del año, según el prólogo "como los que recitaba mi abuela". Es el de las crónicas el que resulta una caja de Pandora. Porque abierto al azar, surge una  sobre un bazar de libros en Hamra -vecindario que no debe de quedar lejos de donde estoy; quiero que no quede lejos-; y el cronista pone: "Disregard Borges' Labyrinth; or even the Cemetery of forgotten books... Nothing you've read in books or seen in movies resembles the Book Bazaar in Hamra, or its owner, who insists on anonymity".
Le pregunto al vendedor si sabe dónde queda ese bazar, lee en diagonal el principio de la crónica, y responde que en caso de que exista, debería quedar por acá cerca, en la Rue Jean D'Arc, a dos cuadras, y hay que doblar a la izquierda y caminarla. Allí, en alguna parte y con suerte, está ese bazar de libros.
Pago, y con cada vez más lluvia, busco la calle de nombre tan emblemático. Sí, allí está; un cartelito en azul, como todos, la callecita de Juana De Arco. Es angosta; hay edificios viejos, destartalados, como los que uno imaginó que habría en toda la ciudad; con las arcadas árabes, con balcones y fachadas blanqueadas a la cal, ya descascarados; con celosías que se caen a pedazos, y pasillos abiertos llenos de plantas. Cafés, una peluquería, un almacén con delivery, algunas florerías (en una compro una flor en su bulbo, que huele muy dulce, y el dueño me explica en francés-árabe que hay dos flores, una sin florecer, de modo que me conviene cambiarla de maceta, vaya problema, ahora hay que conseguir una maceta y tierra!; merci, merci, le digo, y ya llevo dos bolsas de libros y una planta, más el paraguas, y todavía nada del bazar).  Recorro Juana De Arco de punta a punta, hasta que es tan angosta que no da para seguir; en las aceras no entra ni una persona, y cada vez que pasa un auto, la salpicadura helada llega hasta los comercios. Hay basura acumulada en portales y esquinas, y la gente esquiva charcos y veredas rotas. Los vendedores de paraguas, como hongos. Eso debe de ser algo universal. En alguna parte tiene que estar el bazar. Entonces le pregunto a una mujer que fuma delante de una óptica si sabe dónde queda el bazar.
- Sí -responde- a la vuelta de la esquina, después de la farmacia y antes del café.

Sigo las indicaciones; a la vuelta de la esquina hay una especie de enorme terreno baldío y en el fondo dos edificios de tres pisos, tan viejos como los demás, donde notoriamente vive gente, porque en algunos balcones cuelga ropa y en otros, alfombras. Después hay una tienda con juegos infantiles "de antes" (caballitos de madera; muñecas con cara de muñeca y no de estúpidas de Disney; cajitas de música y un sinfín de otros muñecos que uno se llevaría a montones, y que me recuerda a una similar de Berlín). Después la farmacia, y por fin un letrerito que dice "books" una puerta entornada, nada de luz adentro y otro cartelito que dice "bienvenue" entre un afiche tamaño A4 del Che Guevara, otro de Mao y otro de alguien que desconozco. Abro la puerta, me asomo, y detrás de una pila enorme de libros, hay una mujer vestida según la tradición musulmana, y un niño. Pregunto si está abierto, si puedo entrar, y me dice que sí, que pase. Ninguno de los dos se sorprende. Es como la librería de usado más desordenada (como Sureda, cuando estaba en 18 de Julio) que uno pueda imaginar, con libros y revistas y periódicos y carteles en todas partes -seguramente tenga un orden, siempre hay un orden, que sólo conoce el dueño- y libros mayormente en árabe, aunque mucho en francés (Verne, Proust), y muchísimas revistas similares a Life, pero locales, sobre todo de la guerra civil. Hay versiones de cuentos de los Hermanos Grimm en árabe - como en otras lenguas no occidentales, los libros empiezan al revés, por el final- y, en fin, dan ganas de ponerse a revisar. Entonces aparecen La pequeña Lulú, Superman, Tobi, Batman y otros, en árabe, y eso sí es irresistible. En otra pila, llaman la atención las fotografías de las tapas, que remedan las fotonovelas de tradición italiana, tan comunes en Montevideo en los años 60. Pues habrá que investigarlas. Sí, efectivamente, son fotonovelas "a la occidental", pero en árabe también. Da lo mismo, porque siempre terminan bien, el rico se casa con la pobre, etc., no importa en qué idioma sea. Le pago a la mujer y le digo que llegué allí debido a la crónica del libro, y se lo muestro. Se sorprende al verse allí, ella que vende libros, dentro de otro. Me mira y mira al libro, y le digo que es la pura casualidad, que de otro modo jamás hubiera conocido su tienda. "Eres bienvenida", dice, y sonríe. Mete las revistas en una bolsita (las personas deberíamos tener un brazo auxiliar en alguna parte, que sólo aparezca en caso de extrema necesidad) y me despido de ella. Llueve cada vez más fuerte y apetece un café. Al fin encuentro uno en que se puede fumar. Se llama Laziz y atiende un mozo de nombre Serge, que se presenta con simpatía formal. Me aseguro de que se puede fumar, hasta que veo a un viejo que ya fuma, y a otro que lo hace de una narguila. Bien. Pido el café y algo de comer. Me trae la carta. Realmente, es un poco al azar. Así que pido algo llamado arayess que es pan de pita caliente con kebab habibi y otras cosas más, que desconozco. Digo que sí, muy segura y espero. Al rato traen una panera llena de pan lavash, y dos recipientes; uno con una salsa picante de sésamo, y otro con una pasta de aceitunas negras, ambos embebidos en aceite. Después viene el arayess, acompañado de laban (una especie de yogurt condimentado, más liviano); el arayess es pan de pita tostado relleno de una carne muy condimentada, que no llega  a ser picante, y que resulta muy suave, como afelpada.
Es sabroso, realmente, y devuelve el alma al cuerpo. La cuenta se presenta discretamente en una especie de cartucherita de metal, con el mapa del norte de África y el Líbano. Entonces me doy cuenta de que no sé si se deja propina (en China se lo considera una ofensa), y dudo. Recojo el paraguas y retomo Avenida Hamra, más poblada aun que hace una hora. En alguna parte vi un sacón negro, elegante y original. Sí, en esa boutique, en la que hay que tocar timbre para que te dejen entrar. Eso debió ser un aviso. Sí, el sacón es precioso, y resulta que cuesta 1400 dólares. No debería sorprenderme, pero de todos modos sí, porque está en una callecita lateral, nada ostentosa; porque hoy, más que ayer y que antes de ayer, han aparecido mujeres con niños en brazos pidiendo limosna; en una esquina, en el Banco del Líbano, otra mujer de edad indescifrable, el pelo y las manos completamente rojas, en cuclillas fumando, cubierta por una manta, y varios niños que también piden que les dé algo. ¿Por qué debería ser diferente Beirut a otras partes del mundo?

Después, pregunto si el barrio armenio queda muy lejos, pero me aconsejan no ir. No es peligroso por la criminalidad (Beirut es considerada una de las ciudades más seguras del mundo), sino porque allí está la mayoría de los refugiados sirios de Beirut, y es una zona que, me dice alguien, es liderada por Hezbollah.
Bueno saberlo.
Entonces es hora de regresar, bajo agua, a la seguridad del conocido Ain El Mreisse, y las letanías.
Si deja de llover... cerca de la corniche debería existir la "casa rosada", una casona que en los años dorados de Beirut reunió a la crema literaria, artística, intelectual y política de la ciudad (como ocurrió con el café La Dolce Vita, según consigna Kassir en su libro). Y si no deja de llover... Visitaré el único mercado que todavía existe, hacia el Este, y que sólo abre los sábados. Se llama Souq al-Ahad y dicen que en los 7000 metros cuadrados, puede encontrarse de todo, y se calcula que hay unos 12 mil libros expuestos; allí también se puede comer en los tenderetes, en la calle. 

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