la salida está pautada para las 19:30; primero un trago en un pub, y luego se sigue en otra parte, es lo que sugiere Deidre, de la Embajada Británica, una inglesa que resulta simpatiquísima, habla español y ha recorrido buena parte del mundo. la lluvia se solidariza, se detiene los cuarenta minutos que se demora- a buen tranco- en llegar de Ain el Mreisse (Beirut Este) hasta Gemmayzé (Beirut Oeste). La división se relaciona con los años de la guerra civil, en que la ciudad se partió en dos; en el Este la población musulmana; en el Oeste, la cristiana (católicos maronitas). Los rastros de esa división pueden verse en algunos edificios, y en un mayor número de iglesias de un lado, y un mayor número de mezquitas del otro. La avenida corre paralela a la rambla, tuerce, se angosta, y se entra en un vecindario en el que todavía se ven las grandes casas (villas) de estilo árabe, con escalinatas amplias, ventanas con el arco morisco, balcones repujados, jardines con palmeras, y una prestancia de los años 40 y 50. Otras, igualmente grandes, han corrido peor suerte, y son despojos que pronto se convertirán en edificios modernos, como los hay en todas las capitales del mundo, y que no dicen otra cosa que la avidez de constructores y agentes inmobiliarios. Tan luego, la calle se ensancha nuevamente y estamos a punto de entrar por uno de los costados del Grand Serail, donde se encuentran algunas oficinas del gobierno, y un poco más "arriba" el reloj otomano y los baños romanos, de reciente descubrimiento. Se cruza otra avenida, para lo cual hay que desarrollar el arte de la inconsciencia: se trata de atravesar la corriente de autos en el momento en que alguno se detiene mínimamente; no parece haber otra regla para hacerlo, da lo mismo que sea en una esquina, en un cruce o en la mitad de la calle. Recuerda una práctica similar en Phnom Pen, pero acá los automóviles son más grandes y van a mayor velocidad. Por fin, estamos en la avenida Rue George Haddad, amplia e iluminada, que corre en paralelo a Saifi, del que ahora veo el otro rostro, los edificios afrancesados, recuperados, que dan a la avenida y al mar, allí, a pocos metros, con apartamentos a alquileres altísimos. El pub convenido, "Urbanista", no aparece por ninguna parte, y decidimos preguntar en una tienda hermosísima, con estantes de madera oscura y alfombras mullidas, y ventanas biseladas, "Le marchand a Venice", que sólo vende habanos y cognacs. Allí, el dueño, un calco de Marcello Mastroianni, elegantísimo vestido con un traje como sólo un sastre es capaz de hacer, explica, en francés e inglés -parece una película, realmente- dónde queda la calle que buscamos. Pues a dos cuadras, y aparece "Urbanista", donde beber un trago antes de ir a cenar a otro. Arriba del Urbanista hay otro local, en el que ondean una bandera de Argentina y otra de España, que se llama "El Gardel", y no queda clara la nacionalidad de los dueños: un español nostálgico, un argentino que vivió en España, un libanés que admira el Barca y a Maradona? Infinitas posibilidades, y la incógnita no se revela. Pero es raro ver esas banderas en ese balcón.
El Urbanista es un boliche como los hay en Buenos Aires, en Barcelona o en Berlín. Moderno, internacional, con una carta de vinos locales "buenos y muy buenos", en el que hay personas elegantemente vestidas, jóvenes sobre todo -prepondera el color negro en las vestimentas-, y se escuchan distintas lenguas. Una música a tono, que no impide la conversación y que también es internacional: la clase de jazz con unos toques de etnicidad, de world music, a tono con mozos vestidos de negro, políglotas, amables, que toman el pedido en tablets.
Se habla menos de política y más de los fondos destinados a la educación en relación con los refugiados sirios (a esta altura 1 millón y medio, lo que incide notoriamente en el presupuesto del Estado y en cualquier política nacional). Se habla de eso, y de Jordania, y de Yemen, y nuevamente de Beyrouth, de la vida aquí, y de este lugar, que podría estar en cualquier otra ciudad. Después, se sale. La calle de los restaurantes son varias, muchas cuadras, con boliches, pequeños pubs y restaurantes de todo tipo a ambos lados; las aceras angostas, la calle superpoblada de automóviles y de gente, gente en todas partes fumando, bebiendo, es la noche en Beyrouth y este es uno de los lugares a los que se va. Como si fuera la Ciudad Vieja, entre los restaurantes (lugares claramente reciclados que fueron casas viejas) todavía quedan edificios destartalados, portones abiertos por donde se ven patios y balcones; escaleras que desembocan en otros callejones, aceras en muy mal estado; basura, gatos, gente que quizá vive allí y espera no sé qué. Hay barsuchos con luz mortecina, apenas con algunos parroquianos que parecen ser vecinos; en otros, se fuma narguila; y en otros entra y sale gente elegantemente vestida, riendo a carcajadas, y si fuera posible, nuevamente uno pensaría que está dentro de una película. En un boliche que parece salido de los años 70, dos mujeres con pantalones muy ajustados y botas hasta las rodillas, el pelo rubio de una y fuego la otra, fuman y nos miran pasar. No son prostitutas, pero pienso en las mujeres de Ain El Mreisse, con las cabezas cubiertas con el jihab. Contrastes. Por fin, alguien se decide por un restorán italiano, que queda por ahí cerca, en un callejón oscuro, por el que el desfile de automóviles tampoco cesa. Tal parece que realmente este es el corazón de la noche y la diversión. Digo que me hubiera gustado conocer esta ciudad en los años 40 y 50, cuando la vida intelectual, política y artística era una explosión; cuando había refugiados de distintas partes, que debatían en boliches y cafés hasta la madrugada, y los poetas le cantaban a la ciudad y a sus ideales. De todos modos, algo del espíritu refinado, cosmopolita y puente entre el Medio Oriente más tradicional y el Occidente, persiste en la ciudad, más estridente en esta noche. Entonces, no deja de ser sintomático que por encima de todo esto, resalte la enorme cúpula de la mezquita, con la medialuna mirando el cielo.
El restorán italiano es un restorán italiano con todos los clichés que eso supone, empezando por el nombre, "La Traviata" (Bologna-Beyrouth); la comida es buena (aunque los raviolis tiene forma de otra cosa muy distinta, y la masa es levísima), el parmesano es realmente rico y el vino de viñedos libaneses es bueno. Se cena y se conversa; política, ayuda a refugiados, política. Algo de viajes, desarraigo, política. Nada personal.
Se hace la hora de volver y hay que esperar un taxi. No pasan demasiados, quizá porque todos parecen tener automóvil, hasta que vemos aparecer uno, extraño. En el techo, además del letrerito de taxi, lleva lamparitas y pasto, y una especie de torre; está pintado de rojo y blanco (un taxi tuneado?) con el cedro de la bandera del Líbano en cada puerta; y adentro... ah, adentro no se puede creer. El suelo es de pasto sintético; los asientos están tapizados con la bandera; el techo, con billetes de todo tipo, las manijas de las puertas son de bronce tallado, y no hay un sólo espacio en el que no haya algo colgado o adherido; estampitas, adornos, cadenitas, moneditas y todo lo que uno quiera imaginar, tanto que sospecho que la mitad de las cosas no las veo. El conductor también está enteramente vestido de rojo, y podría parecer un Papá Noel, porque incluso lleva un sombrerito rojo, tejido, y no queda muy claro qué es esto, si el hombre es realmente un conductor de taxi o un loco suelto, porque hace como que no comprende la dirección y amenaza con uno de esos trayectos larguísimos, especialmente dedicados a los turistas o a los incautos. Ni lo uno, ni lo otro. Deidre protesta, el tipo se alza de hombros, hace "mffff" y retoma el camino. La noche, en otras partes de la ciudad, sigue poblada de automóviles, y en algunos lados, la cosa recién empieza, como por ejemplo en el Casablanca, a tres cuadras de la Rue 54. Un edificio que durante el día no llama la atención -y pensé que era una suerte de depósito abandonado-, pero que de noche es esto, uno de los bares más "in" de la ciudad. Deidre se queda en su hotel, y nuevamente a pie y a dormir. Antes, en el balcón, en el vecindario en silencio, se mira el cielo y se desea de todo corazón que mañana no llueva, que salga el sol, que se pueda caminar sin paraguas.
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