lunes, 16 de febrero de 2015

Beyrouth 4: Ibrahim y Le Souffleur

en Beirut re-collected, la cronista denise maroney, irlandesa-libanese, escribe un texto delicioso titulado "Le souffler", que refiere a un personaje, Ibrahim, y a una enorme colección de "objetos", aquí en este vecindario, Ain el Mreisseh. No hay  ningún otro dato, salvo la historia de Ibrahim, y un par de fotos del museo personal de un hombre que fue  bombero y pescador y al que un accidente, hace muchos años, dejó tullido. Desde que llegué, me ha llamado la atención un balcón en el que se acumulan "trastos": un ropero con vidrios biselados, un par de carteles, algunas lámparas y otras cosas que no distingo. Algo me dice que allí vive Ibrahim, en caso de que todavía exista. Me propongo encontrarlo y conocer le souffler. Le pregunto a una mujer que fuma en la entrada de la casa contigua, si conoce a Ibrahim. Me dice que sólo habla árabe y repito: I-bra-him, y hace que sí con la cabeza y señala una dirección. Creo que se trata de un hombre de pelo blanco, que veo todos los días, sentado en una terraza llena de plantas y jaulas con pájaros. Y allí está;  llevo el libro bajo el brazo, en caso de que efectivamente sea él. La crónica permite pensar que esa posibilidad es real. En el pasado -mucho antes de la guerra civil- este barrio era de pescadores, y ayer vi el antiguo puerto, en el que todavía hay amarrados algunos botes, con un edificio abandonado, que debió de haber sido tan imponente como todos los que aún se mantienen en pie, pese a lo destruidos que están. Me acerco al muro y le pregunto si es Ibrahim. Me hace que sí con la cabeza y le pregunto si él es el que "construyó" le souffler. Dice que sí, y  me hace señas de que entre. Hay una puertita negra, de metal, semiabierta, una escalera que da un par de vueltas y después estoy en la terracita de Ibrahim. Sonríe. Soy yo, dice. Me presento y nos damos la mano. Se disculpa por no levantarse, señala un andador de metal y luego las piernas cubiertas por una manta. Le muestro el libro y se sorprende, del mismo modo que se sorprendió la vendedora del bazar de libros. Dice que no sabía de su existencia. Se asoma una mujer y él dice que es su hermana. Habla un inglés en el que se mechan palabras en árabe; cuántos años tiene no lo sé, pero estimo que rondará los setenta, aunque es de complexión fuerte y los ojos celestes le brillan mucho. Me pregunta de dónde vengo, qué hago aquí, y de inmediato agrega que ya no le gusta Beirut, porque hay problemas, Hezbollah, etc., y que antes el vecindario era distinto: demasiados edificios, dice, pocas casas. Después le pregunto por le souffleur y dice que es la palabra francesa para "buzo", y que él trabajaba en el mar, igual que su padre y su abuelo, y que empezó coleccionando caracoles... y después se apasionó. Dice que su hermana está preparando todo para que yo recorra las tres habitaciones -necesito dos más, agrega- en las que guarda unas 60 mil piezas, sin contar las diez mil fotografías que también atesora en otro de los cuartos. La hermana no habla inglés, pero es simpática; después aparece otra hermana que sí habla un poco de inglés, y tras esperar un rato, me dice que ya puedo subir. Subimos otra escalera, entre plantas y pájaros y aparece un portón de madera de color bordeaux, con un cartel en el que se lee, tallado y un poco descascarado, "souffleur". La mujer abre el cerrojo y me hace pasar. La acompaña su hija, Tía, de siete años, y muy alta. El lugar es indescriptible y pregunto si puedo tomar fotos. Por supuesto, dice la mujer sonriendo, y no hace nada por mostrarme nada; es uno el que va descubriendo algunas cosas -imposible de una sola mirada entender todo esto- hasta que se descubre una especie de orden. Aquí, una mesa con armas de fuego -algunas muy antiguas; allá, una pared con espadas, cimitarras y otro conjunto de armas blancas, también muy viejas; un rincón con instrumentos musicales: cítaras, un acordeón, un laúd y otros instrumentos de cuerda que desconozco; una vitrina que ocupa media pared con caracoles; dos trajes de buzo con escafandra de hace demasiado tiempo y uno se pregunta cómo podían moverse con esos trajes pesados bajo el mar; lámparas que cuelgan del techo; un estante con no menos de veinte relojes de pared; otra vitrina con lámparas que funcionan a aceite, talladas en piedra; radios a válvula; cámaras de filmación; fotos en las paredes, carteles; otra mesa repleta de yesqueros de todo tipo y forma (que serían la envidia del poeta Cunha, si los viera); y así, se pasa de cuarto en cuarto y es como estar realmente en un museo, o en lugar donde quedarse y descubrir cada una de las cosas.

Salgo y vuelvo a la mesa donde espera Ibrahim. Me invita a almorzar con él, con ellos, y al rato aparece (no comprendo el nombre), un hombre joven, enorme de tamaño, que sólo habla árabe, y que es el que reparte la verdura en los mercaditos del barrio: abajo está estacionado el camioncito, en el que se ven tomates, pepinos, cebollas. Sonríe, y de algún modo nos entendemos. Intercambiamos Marlboro, dice que los míos son más ricos, pero los de él son más baratos. Se ríe. Ibrahim traduce, le explica quién soy y qué hago allí, le muestra el libro. Le pido que lo firme, y dice que con gusto, que pondrá su nombre escrito en árabe; después agrega que conoce a Uruguay por Suárez, pero claramente sabe mucho más, porque sabe dónde queda, y menciona otros países de América Latina. Le pregunto de dónde son las cosas que hay en su colección, y dice que muchas de aquí, de Beirut; otras, de Damasco, de Aleppo, y de más lejos, y no me imagino cómo ha hecho para cargar todo eso, o de a uno. Le pregunto si el "museo" es abierto al público, y dice que si alguien viene a verlo, porque oyó de él, es siempre bienvenido; mientras conversamos, la hermana sirve spaghettis con carne y queso blanco, y trae un jugo de frutilla, y pan lavash, y se charla en una mezcla de idiomas. ¿Cómo se dice gracias, cómo se dice adiós?, pregunto, y él se ríe. "La semana pasado vino un periodista del Independent a entrevistarme; y el mes pasado, alguien del Guardian". Se mira las manos y me pregunta si quiero más comida. Después agrega que vienen estudiantes, gente joven, los que han oído hablar de souffleur. Me pregunta hasta cuándo me quedo, y después le digo que si no le molesta, volveré a ver las fotografías. Dice que soy bienvenida, que podemos charlar en el balcón, siempre recibe a sus amigos allí. Se ríe, porque agrego que somos vecinos. La hermana también se ríe. Qué vecinos, me digo, y qué suerte haber comprado ese libro. No es frecuente que el contenido de un libro se vuelva real y tangible. Me despido con lástima, pero le digo que volveré pronto. "Y pruebas el café de mi hermana", dice. Es cierto lo que alguien me ha dicho: para los libaneses, la comida es algo muy importante, y compartirla con alguien es señal de hospitalidad y de amistad.
Dos horas más tarde, cuando salgo a comprar algo de verdura, supongo que es la que su amigo el repartidor acaba de distribuir, y la puerta sigue igualmente abierta, y la cabeza blanca de Ibrahim se ve desde la calle.
 

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