miércoles, 18 de febrero de 2015

beyrouth 6, en el bazar de abdul sattar

la lluvia torrencial y el frío amenazan seriamente los planes. pero de pronto, sale el sol, y es el momento de salir. primer destino, el "centre des artistes de la ville", léase "mercado de los artesanos", en francés, y con vista al mar mediterráneo. la visita vale la pena. un local grande y espacioso, con mesas cubiertas de  objetos, prendas, artesanías en metal, madera, piedra; jabones de todo tipo, ropa típica (hermosísima y muy cara), joyas, amuletos contra el mal de ojo y para la buena suerte, aceite de oliva de regiones ignotas, almohadones, alfombras, cortinas y otro conjunto de cosas cuyo destino desconozco. las dependientas, de uniforme azul que las hace parecer azafatas de air france, son amablemente distantes, y no sé si son libanesas, pero me recuerdan lo antipáticos que son los franceses, buena parte del tiempo. quizá es parte de su identidad. éstas podrían perfectamente ser parisinas. y esa fría amabilidad hace que salga pronto de allí, vuelva al mediterráneo y vea a los primeros pescadores de la mañana lidiar con anzuelos y carnada, porque se ha levantado el viento y las olas rompen contra uno de los farallones.
mi intención es ir a los souqs por la rambla; y de pronto, como escondido entre un restaurante que ofrece comida de mar, que está cerrado y en muy mal estado, y otro tenderete cerrado a cal y canto, una vidriera en la que se abarrota cualquier cantidad de objetos disímiles, como si fuera - y lo es- un bazar. en la vidriera hay lámparas a mantilla, cacerolas de bronce para preparar café "turco", estatuillas de siluetas fenicias, fotografías un poco desteñidas, sombreros, rosarios. entro. delante de una mesa hay un hombre arreglando algo, con una pinza muy delicada que contrasta con sus manos fuertes; y entonces aparece quien después conoceré como "sattar". es el dueño. un libanés que ha de rondar los setenta años, muy afable, que me da la bienvenida y  me pregunta de dónde soy. cuando le digo, me dice (como han dicho todos hasta el momento): "ah, en uruguay hay una gran colonia libanesa" (y después de leer algunos artículos, llego a la conclusión de que todos los libaneses del mundo se conocen y son familiares entre sí. de acuerdo a lo que me dijo ayer Madelaine, la diáspora libanesa reúne a 20 millones de almas). le pregunto si puedo husmear y dice que por supuesto, y me va mostrando lo que para mí son tesoros. ay, uno se quedaría con todo. pero no es posible. y sobre cada cosa que pregunto, tiene una historia que contar. el  backgammon lo inventaron los turcos, pero no lo juegan, lo introdujeron en el Líbano, le dieron la espalda, y los libaneses son campeones mundiales de backgammon. se ríe y  me muestra diferentes tamaños y diseños, cada uno más hermoso que el anterior. sobre el ajedrez "yo lo vendo, mi vendedora sí juega". y efectivamente, hay una mujer joven, sentada en un taburete jugando al ajedrez. me muestra joyas, algunas antigüedades. le pregunto de dónde son y dice que muchas fueron descubiertas en la propia Beyrouth, que "está construida en capas, siete, y cuando se hace un edificio nuevo o se tira abajo una casa, entre los escombros aparecen cosas". "como qué?" muestra: cajitas de plata para guardar pastillas; pulseras, un ananá en miniatura en plata; collares, perfumadores, un peine de plata. sigo revolviendo. un sombrero al viejo estilo, de mujer, me vence, y una pulsera de plata y ónix. se amontonan las cosas, y es agradable su charla. le pregunto el nombre y dice "abdul sattar, pero me dicen sattar". le tiendo la mano. quiero pagar, una máquina no funciona, dice "vamos al banco". caminamos. para cruzar la calle dice "sígame" y se mete entre los autos que semi lo esquivan. en el banco, el guardia nos mira. cuando pasamos por el hotel Saint George, dice: "la bomba que mató a Hariri destruyó mi tienda. bum, atómica". me despido y me pregunta si sé seguir mi camino, le digo que sí. entonces sonríe: venga a verme, la invito a tomar un café. antes de las seis. le digo que lo haré.
después sí, al souq, a escuchar las plegarias de las mezquitas, y tomar un café libanés en el grand café. el mozo me reconoce. el sol brilla, el tráfico es menos pesado de lo que pensé, o quizá uno se acostumbra. en todo caso, ya no me resulta tan difícil cruzar las calles y avenidas. y entonces decido volver y tomar el café con sattar. antes, cerca de su bazar, consigo el tabaco y el carbón y los filtros para la narguila. la mujer que atiende es vieja, con ojos celestísimos, y fuma. parece seria, y casi no me hace caso. me da las cosas sin decir nada. y sin explicación -vaya uno a saber en qué pensaba y después dejó de pensar- sonríe, me dice "bienvenida al Líbano, deseo que vuelva, que este no sea su único viaje". sale y se sienta al sol a fumar. cerca, unos gatos se acercan a jugar. le pregunto si puedo tomarle una fotografía y hace que no con la cabeza. ¿de la tienda? sí, puedo. y vuelvo a lo de sattar.

 "ha vuelto", sonríe y le dice a la vendedora que prepare dos cafés. le pregunto si es de aquí, y dice que sí, que nació aquí, pero que su padre era de India -nombre de ciudad incomprensible- y que viajó a Irak, donde conoció a su esposa, de modo que su madre era irakí. Luego viajaron a Egipto, por negocios, a Trípoli, a trabajar en el petróleo, luego a Haifa, y en los años complicados vinieron al Líbano y aquí se quedaron. Esta tienda existe desde 1952. Entonces sí le pregunto por la bomba. Se ríe y dice: todo voló en pedazos, los vidrios, las cosas, y yo salí herido. Mi vendedora me salvó; no sabía que podía saltar con tanta velocidad. me empujó, me tiró al suelo y saltó.
ambos ríen. recuerda la Beyrouth de antes, la de las fotografías en sepia que me muestra. me da una silla. le digo que no quiero robarle el tiempo, que tiene que trabajar. dice: pues que los clientes esperen afuera, los ve? que hagan cola, estoy conversando con usted. y entonces le pido que me muestre lo que hay en esas bandejas bien abajo, y qué es esto y qué es lo otro; después me pregunta si hablo árabe. le digo que no, que sólo tres palabras. "¿cuáles", quiere saber. le digo: sushkrat, habibi, mahaba. dice: aprendió tres hermosas palabras. me alegra. a mí también. y no sé por qué le pregunto si conoce a Ibrahim. y dice: el que tiene esa colección? por supuesto, somos amigos y vecinos. le digo: no puede ser, usted vive en ain el mreissé? y dice que toda la vida ha vivido aquí, igual que la vendedora. le digo que yo también y quiere saber dónde. hago un dibujito. dice: sí, somos vecinos. qué increíble. doblemente bienvenida. la vendedora también se ríe. es una rara coincidencia, creo. me pide que le dé saludos de parte de sattar a Ibrahim. le digo que si lo veo, con gusto lo haré.
después, ambos dicen que he de quedarme  más tiempo en Beyrouth o volver; la primavera, agregan, es hermosa aquí; y sí, ha de serlo. ojalá pudiera, pienso. ni siquiera sé si mañana voy a ir a byblos, depende de cómo esté el clima.

sí, es hora de regresar. pero el mar vuelve a atraparlo a uno. hay un hombre parado, que mira el horizonte y fuma, y otro que espera un taxi.

volver es una buena decisión, porque a poco de llegar, vuelve a llover a cántaros. después escucho las plegarias de la tarde; seguimos con apagón, hace mucho frío, y me doy cuenta de que me olvidé de tomarle una fotografía a sattar. es una buena excusa para volver mañana y revisar un poco más.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario