miércoles, 11 de enero de 2012

llegada a dresden

el tren desde la estación central de praga hasta dresden, con pocas estaciones intermedias, demora dos horas. el día está encapotado, lluvioso, y el taxista habla alemán. fue jugador de fútbol (uruguay... montevideo... buen equipo) y ahora es entrenador de niños. hablamos de ese deporte y no dejo de decir un lugar común atrás del otro, que parecen sensatos por las respuestas que recibo, o este hombre es un filósofo paciente y me soporta.

en todo caso, abordo el tren. en el vagón van otras tres personas, que rápidamente se sumergen en una especie de sopor silencioso y yo miro por la ventana.

las vías bordean el moldava (el río más extenso de la rep. checa, 430 km), que forma, en algún momento, una especie de ángulo recto y se junta con el río elba, el más largo de europa que desemboca en el norte, en hamburg. el trayecto, entonces, es un viaje por la ribera de este río ancho, ahora de aguas bastante altas y de aspecto congelado, en cuyas laderas se alternan bosques, caseríos y, en un trayecto no demasiado largo, un ingenio industrial con unas chimeneas altísimas que desparraman un humo oscuro que se mezcla con las nubes oscuras que ocultan el sol. el paisaje parece sacado de un almanaque alemán de los años sesenta, y son inconfudibles las casas macizas de tres pisos y techos quebrados; los árboles arracimados a un costado, y las ventanas en las que hay macetas con plantas y flores. se escuchan los graznidos de los cuervos (esta vez son cuervos y no cornejas) y el tren deja todo atrás, pero en cada recodo surge un nuevo caserío.
y de pronto esa cosa de la frontera no dicha, invisible, de la gran unión europea. los guardas y los policías que hablaban checo desaparecen y aparecen los alemanes, cuya lengua por fin comprendo y todo se convierte en algo menos ajeno. es cierto, el alemán, para quien no lo habla, suena mucho más duro y tenaz, más certero; suena como si no hubiera margen para la duda. la primera estación en territorio germano es bad schandau (en checo, zandov,) un balneario elegante del siglo xviii que crece al norte del río elba, a los pies de los peñascos escarpados y los bosques. por su ubicación geográfica, el pueblo fundado en el siglo xiv (sin el "bad", schandau a secas) obtiene el rango de ciudad en 1467; en el siglo xviii se vuelve balneario y ciudad de veraneo. dan ganas de apearse y caminar por entre las casas señoriales, villas de varios pisos, de techos inclinados y ventanas amplias, con verandas y balcones. ante algunas, en los embarcaderos, hay unos barquitos que ahora lucen desprotegidos, pero que en verano uno los imagina con toldos multicolores llevando y trayendo a los lugareños y a los visitantes.

media hora después, la voz anuncia que estamos llegando a dresden. el elba se ensancha muchísimo y ya se ven algunos de los puentes que comunican el norte con el sur, los caseríos se convierten en suburbios, y sigue siendo la postal que recuerdo, una ciudad elegante, señorial, asentada, una ciudad que es como una mujer madura y tranquila. hace mucho frío y está ventoso; mi hermano dice que apenas hacen 3 grados, y él parece de lo más cómodo en ese apenas tres grados, que para mí son como no sé cuántos bajo cero. qué maravilla el transporte! a la vuelta de la estación pasa el tranvía, el 11 es el que nos sirve, que nos deja, quince minutos después, a una cuadra de su casa. en todas partes, los perros son admitidos, y también en el tranvía (en restaurantes, farmacias, aeropuertos, estaciones de bus y tren, etc., el perro acompaña a su dueño, y a nadie le parece raro). mi hermano dice que son un símbolo de la nueva pequeña burguesía, la que es pro-ambientalista, políticamente correcta, que forma familias tradicionales con tres hijos, porque hay que ser positivos y creer en el mundo, y por supuesto tienen perros. perros grandes, chicos, lindos y horrorosos. perros que huelen bien, mal y regular. el perro en el tranvía se sienta a los pies de su dueño y espera para bajar. a mí me da un poco de pena la mirada triste que tiene, parece un perro fuera de lugar, y ni siquiera mueve la cola. un perro en tranvía.

si queneau lo viera, seguramente ampliaría su historia. y felisberto también.

a las cuatro y media oscurece y a las cinco es noche cerrada. se encienden las luces aquí y allá en las casas del vecindario, y otra vez la sensación de estar dentro de un cuento. un cuento alemán.

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