supongo que, dentro de determinados parámetros, se da por sentado que cada quien tiene su lugar en el mundo. puede ser grande o chico, importante o anónimo, bueno o malo. pero es como si se diera por sentado que al comprar una botella de vino, dentro de la botella hay vino.
también se da por sentado que se conoce el lugar en el mundo que uno ocupa, y que más o menos se parece a sí mismo a lo largo del tiempo. como la vida humana es relativamente corta (por suerte) en comparación con la de la historia de la humanidad, a menos que ocurran esas cosas espantosas como guerras, revoluciones, tsunamis o crisis de algún tipo (por ejemplo, económicas o financieras), el lugar se mantiene relativamente inmodificado, o no lleva a grandes interrogantes.
sin embargo, no es tan así. se puede perder el lugar en el mundo por cosas en apariencia tan sencillas como dejar de comprenderlo. o dejar de sentir que uno pertenece a él. o por espantarse verdaderamente ante cosas que a la mayoría le parece males necesarios (o, saquemos "males" y dejemos necesarios, algo así como "así son las cosas"). se puede perder el lugar en el mundo cuando uno se da cuenta de que la mediana capacidad que uno tiene, la mediana sensibilidad, la mediana tolerancia, la mediana medianía que lo hace humano, ya no es herramienta suficiente como para seguir estando. no hablamos aquí de nihilismo o de retirarse al everest, sino de algo mucho más simple: no entiendo cómo funciona, no entiendo cómo debo manejarme para seguir formando parte de lo que, en principio, me espera para los siguientes 15 años.
el lugar en el mundo, entonces, ahora para mí es un no-lugar. el no-lugar de marc augé, al que le sumo la desaparición del sentido del espacio público y, por lo tanto, del espacio público. ya no es el asombro, punto de partida imprescindible para cualquier idea creativa, interrogante cuya respuesta lleva a una búsqueda que hasta hace no demasiado provocaba disfrute y alegría. no es asombro, es profunda preocupación e ignorancia sobre qué hacer, qué pensar, desde dónde pensar y cómo actuar, sin dejar de ser uno mismo, sin traicionarse. el extraño equilibrio entre el cambio y la conservación.
¿es el mundo más inhóspito que hace treinta años? quizá. y si no es más inhóspito, entonces la sensación es de que está habitado, mayormente, por un bicho avaro, codicioso, al que no le importa demasiado nada más que enriquecerse a velocidad luz. ¿que la mayoría no es así? puede ser, pero qué desgracia que esa minoría es la que parece gobernar el planeta!
malena cita lo que le dice michael douglas a charlie sheen en "wall street", aquella peli de los últimos ochentas. "greed is good", dice malena, mientras entramos a una librería (la central) que es un antro del vicio (para quien tiene el vicio de la lectura y, sobre todo, del libro). sí, malena ha dado en el clavo. mientras me maravillo con los libros, libros, libros, libros, y me repito que no me va a dar el tiempo para leer todo lo que quiero, entiendo que busco una respuesta a la pregunta sobre el lugar en el mundo, los avaros y los desgraciados. unas horas más tarde, compartiendo un café y mi preocupación por el futuro, matías me dice que las cosas cambiaron y que quizá (sin el quizá) la vida no pasa ya por el conocimiento (lo dice y pienso en sócrates, no sé por qué, y en heidegger, y en hanna arendt y en walter benjamin). ah, era eso. así de sencillo. pero ¿qué hacemos los que seguimos creyendo que es el conocimiento el que da libertad, capacidad de decisión, vuelo mental y, seamos un poco avaros, también, satisfacción personal? ¿qué hacemos los que vemos entre los titulares de la prensa, los programas de televisión, las publicidades mentirosas, los circos políticos, y sentimos que algo se avecina, algo muy triste y oscuro? podemos, claro, refugiarnos en la teoría taoísta del péndulo. dice algo así como: algo empieza a andar. un golpecito al péndulo, cuyo ángulo de apertura se va acelerando a medida que toma velocidad. cuando llega al extremo, no importa a cuál de los dos, las cosas se van de las manos, se salen de curso. entonces se vuelve al eje central de nuevo y se recomienza. y esa vuelta al centro, necesariamente es controladora, conservadora, hasta que empiezan los movimientos de liberación de ese eje central, autoritario. para yim, el chino, además de ser dueño de una gran paciencia, está sentado en un banquito de tres patas: el taoísmo, el budismo y el confucianismo. en época de liviandad, de alegría, de bonanza, el taoísmo es la celebración lúdica de la vida. se vive con sentido del humor. en épocas de dudas, el budismo es la herramienta espiritual y filosófica que ayuda a ubicar al hombre en el cosmos y por lo tanto consigo mismo. y en épocas de debacle moral, confucio dice lo que se debe hacer.
cuando el péndulo llega a alguno de los extremos, es cuando hace falta un confucio. sin embargo, las voces que se alzan, preocupadas, los indignados de tantas partes del mundo, los científicos y técnicos que hablan del decrecimiento, de la locura de un consumismo que no lleva a ninguna parte, de los altísimos grados de contaminación... a todos ellos también les hace falta un confucio, porque todavía son voces que no son LA voz. (es probable que matías dijera que pensar en UNA voz es un error, y puede que tenga razón)
hace años, eco introdujo la dicotomía "apocalípticos e integrados", y durante un tiempo había quienes se sentían apocalípticos, y otros, integrados, en franca oposición. esa dicotomía, hoy, ya no dice nada tampoco. hay una cosa apocalíptica en la integración (creo que ganaron los integrados), porque en su momento, los apocalípticos no supieron cómo canalizar la visión de edad media que tenían del futuro.
necesitamos una herramienta nueva para pensar; necesitamos que un pensador como amin maalouf siga pensando y preocupándose, pero que haya muchos más como él. porque maalouf plantea y hace públicas sus dudas, sus interrogantes. y eso lleva a pensar.
acabo de pasar por una plaza. una pequeña manifestación (habría unas treinta personas) por "democracia en siria", con carteles en español, en árabe. quien dirigía todo era un niño. un niño árabe (no sé si sirio, supongo que sí), de unos ocho años, chiquito, flaquito, con un micrófono. dirigía las consignas, reclamaba, y la gente repetía con él.
seguramente él sienta que ese es su lugar en el mundo. viendo eso, quizá lo que dijo matías, que la vida no pasa por el conocimiento, tenga su cuota de acierto; quizá, como hacían los esquimales, cuando uno siente que deja de entender, se retira. y le deja el lugar a personas como matías o este niño que es capaz de exigir democracia para siria, con la voz aflautada y el desencanto de una inocencia que seguramente perdió hace mucho, más conocedor de la guerra y el sufrimiento que de los videojuegos, el playstation y los blackberries.
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