martes, 17 de enero de 2012

nieve, nevada, ventiscas, agua-nieve

la nieve es un fenómeno meteorológico, que consiste en la condensación del vapor de agua a temperaturas iguales o menores al 0 grado, que después se precipita a la tierra. más allá de las latitudes a las que la nieve es posible, las descripciones de las formas geométricas (fractales) de los copos, y los diferentes tipos de nieve que señalan las enciclopedias, se trata de algo hermoso de ver y de escuchar. distingue uno el proceso de la nevada, cuando caen los copos; si no hay viento, se parece a una llovizna más "flaquita" y visible, un sinnúmero de puntos blancos que de a poco van cubriendo ramas, aceras, cornisas, balcones, tejados, personas. los pinos, esos gigantes siempre verdes y erguidos, se vuelven más elegantes, con las ramas súbitamente blancas; el aspecto de algodón tienta a meter la mano allí, pero la textura es otra, helada, áspera, que hace doler los dedos. el jardín que hasta hace dos días resplandecía con el césped verde, parejo, ahora es una superficie blanca, impecable. un tapiz. dan ganas de acostarse allí, porque se imagina uno que el cuerpo se hará un lugar en la nieve, como si fuera el molde de una escultura, y se volverá tibio. urna muerte dulce, dormirse en lo blanco.

en todo caso, el vecindario, las calles aledañas, el bosque, todo luce transformado por la nieve que cayó durante toda la noche. si el bosque sin nieve tenía un aire tristón, casi melancólico, con olor a pino y tierra húmeda, ahora, blanco y brillante, se ha transformado en otro lugar. hasta el pabellón chino, deslucido y vacío, renace con la nieve, cobra prestancia, presencia. se lo ve. es como si la nieve resaltara lo que hasta el momento no llamaba la atención. así, un balcón nevado es una escultura minimalista; tres escalones que conducen a un portal son la entrada a lo onírico; un porche, el refugio del caminante; una ventana iluminada, los ojos vivos que todo lo ven.

claro que el suelo se vuelve resbaladizo, peligrosamente resbaladizo, y el andar se enlentece. en la acera de enfrente, dos maestros de pre-escolares guían a un grupo de niños, vestidos con anoraks multicolores, sombreritos puntiagudos y mochilitas que son un arcoíris. cada uno de los niños se trepa a una montaña de nieve, y una vez en la punta, da saltitos mientras grita encantado. los maestros, con gran paciencia, les dan un golpecito en el hombro y los apuran. "vamos, vamos", parecen decirles. los niños disfrutan, se nota,  y no puedo dejar de tomarles una fotografía: niños multicolores en la nieve.

uno se imagina que la ciudad detendría su marcha, que la gente se quedaría en sus casas... romántica visión desde el tercer piso donde vivo. pero no es así. hasta hay gente paseando a los perros. uno en particular llama la atención. es tan diminuto que las patas traseras son más delgadas que las de un pollo. parece que se va a hundir en la nieve, pero no, casi flota sobre ella. olisquea y mea. el chorrito amarillo desaparece en el fieltro blanco.

de a poco, tantos transeúntes y automóviles afean la blancura, que sólo resplandece únicamente en los jardines, escalinatas y tejados. en las aceras y la calzada se ha vuelto una cosa amarronada, fea, resbalosa y helada. el frío atraviesa los zapatos gruesos, los tres pares de medias y llega al cerebro. imperativo neuronal: regresar a la tibieza de una cocina y disfrutar del espectáculo detrás del cristal. pero antes de entrar y sin que nadie vea, hago un muñequito de nieve de veinte centímetros de alto; con dos piñas minúsculas pergeño los ojos, y le hago una sonrisa un poco torcida. completamente infantil, sí. al rato, ya no quedan rastros de él.

de todos modos, si la temperatura no sube, si sigue bajo cero, la nieve permanecerá en todas partes. espero que hasta que yo me vaya. el tip-tip-tip es un sonido inconfundible e inolvidable.

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