domingo, 1 de enero de 2012

caminando por barcelona

el metro nos deja en liceu y de allí caminamos por las ramblas, que están naturalmente atoradas de personas, turistas y locales y otros que no son ni lo uno ni lo otro, sino claramente -para mí- inmigrantes que vienen escapando de realidades más nefastas, más pobres y míseras. pero todos están allí, y nosotros también. hay muchos turcos, aunque bajo esa categoría políticamente incorrecta uno debería distinguir entre indios (de la india), pakistaníes, turcos, árabes de algún tipo, palestinos y toda esa suerte de población que migra de un lado para el otro y que malouuf retrató tan bien en sus libros (especialmente león, el africano). matías me lleva por un callejón secundario, rumbo al raval, donde nos sentaremos a beber algo. poco antes de llegar al anatolia, descubro la casa leopoldo, uno de los lugares que nuestro personaje (el de jordi y mío), manel p ons, frecuentara después de que franco ocupara barcelona. es extraño encontrarse de pronto con algo que uno mismo ha escrito, salido de la novela, vuelto realidad, cuando verdaderamente, era realidad metida en la novela. de modo que estoy en el barrio del personaje, lo que hace el paseo azaroso, más azoroso aun. hay tanta gente... frente a nosotros un edificio pobre, cuya fachada está decorada en forma multicolor (me recuerda una del barrio árabe en bruselas), en que sus habitantes cuelgan carteles: "por un barrio digno", pero otros inquilinos se han tomado la protesta con sentido del humor, y con la misma tipografía reclaman, por ejemplo: "queremos helicópteros" y más allá "uribe es paramilitar" y  más allá, y en tono serio "tierras para palestina", todo un edificio convertido en una enorme pancarta ideológica.
seguimos por el raval hacia "abajo", a ver el mar, en ese contrasentido que nosotros le llamamos rambla a lo que ellos, no; y aparece un cristóbal colón avistando ¿qué?, puesto que no era catalán ni salió de este puerto, pero allí está colón viendo algo en el horizonte. quizá la globalización y arrepintiéndose de haber buscado las indias.

por la costanera seguimos y descubrimos una réplica de la nave con la que sebastián elcano dio la vuelta al mundo; pequeñita la embarcación para el tamaño mundo que recorrió, aquellos hombres con sus sueños y sus desesperanzas. y a unos metros, la carpa del circo. los circos siempre me han enamorado, y resulta que este es el mismo que vi hace unos doce años... que marcelo isaurralde retrató bien en el libro y donde conocí al último hombre bala. es que hubo un hombre bala que dio una función, aquí, en barcelona, hace décadas, y hubo una joven entre el público que lo vio y se enamoró de él (ella me lo contó hace mucho tiempo), y decidió seguirlo. así que abandonó todo y se volvió cirquera, si es que eso existe, y cuando la conocí, ya retirada, vivía en el mismo vagón, y hacía crochet contra una ventanita diminuta y me mostraba las fotos de cuando eran jóvenes y recorrían el país y el mundo con el circo. tenían una familia, claro, con varios hijos, todos miembros del circo. vaya, por qué la tradición no debería continuar en una profesión tan poco liberal como la de tener un circo? las alas del deseo.

de pronto, nuevamente la novela se impone a la realidad: allí está, imponente, la estación de francia, a la que manel acude cuando no sabe qué hacer y pierde la inspiración. la misma que recibe inmigrantes que huyen de la pobreza, creídos de la retórica franquista de que con él españa será mejor: pienso en el sevillano, el andalú, el extremeño, y aquí está la estación, que es grande, majestuosa, que invita a viajar. y luego la villa donde construyó todo para las olimpíadas, un recinto enorme, donde también está el edificio del parlamento y una construcción del siglo xix con un carro de triunfo tan impresionante como todos los carros de triunfo que se puedan ver. contra la luz del atardecer y entre los árboles, parece un triunfo mayor que otros. a lo lejos se ve el arco de triunfo, pero mis conocimientos históricos no alcanzan para comprender sobre qué triunfaron los catalanes.
seguimos entre las callecitas, que a veces se hacen tan arracimadas y angostas como cualquier calle en cualquier casco viejo de ciudad europea, en que las ropas tendidas de una familia conversan con las vecinas, y parece que nunca se va a ver el cielo. entre medio, la nueva central de la ugt, un hotel circular, perritos falderos, niños que andan en bicicleta, gente que pasea, un metro rebosante.

en el metro, un africano. vaya un a saber de dónde. después de haber leído crónicas de las guerras en el continente africano, de ver documentales, de leer reportes de amnistía, este negro representa, para mí, todos los negros olvidados del gran continente donde se originó la vida. es altísimo y de piel oscura, pero no azul, más bien de un bordeaux de terciopelo. se me hace que está triste. va solo en el metro y carga dos enormes bolsas de plástico, de esas para meter mucha basura. revisa una: saca carteras y las pone en la otra. por lo que la primera queda vacía y la otra, llena de carteras. después se sienta, cuidando las bolsas. nadie lo mira, nadie repara en él. a mí me impresiona. me pregunto cómo se llama, cuántos años tiene, qué idioma habla, y qué piensa del primer día del nuevo año. pero es algo que uno no va y le dice a un desconocido. tal vez aquí por fin se siente feliz y seguro. tal vez aquí no tiene que temer a los machetazos o a guerras o a injusticias o al  hambre o la violación de sus hijas o esposa o madre, o a la larga lista de espantos que vive buena parte de la población africana. pero si yo le dijera algo, quizá se ofendería. así que no le digo nada, y lo lamento. nos bajamos del metro. estamos en gracia otra vez, valga la pobre metáfora, pero así se llama el barrio. gracia.

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